(IAR
Noticias)
24-Marzo-09
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Luego de realizar el sábado 21 de marzo un recorrido en autobuses por las casas de algunos
altos ejecutivos de AIG que recibieron abultados bonos, organizado por grupos
sindicales y comunitarios, manifestantes expresan su molestia por el abuso con
fondos federales, frente al edificio central de la división de productos
financieros, en Wilton, Connecticut. (Foto Reuters)
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En vísperas de la trascendental cumbre del G-20 del próximo 2 de abril en
Londres, que constituye la última oportunidad para instalar un nuevo orden
mundial de corte multipolar, el G-7 llega sumamente averiado, mientras el BRIC
(Brasil, Rusia, India, China) ha exhibido sus grandes vulnerabilidades
financieras.
Por Alfredo Jalife-Rahme -La Jornada, México
Desde el punto de vista geoeconómico, la cumbre del G-20 constituye en realidad
"una cumbre del G-11": la suma del G-7, en plena decadencia, y del cuatripartita
BRIC, en pleno ascenso, a quienes les corresponderá definir el nuevo orden
mundial más geofinanciero que geoeconómico.
El orden geoeconómico y sus tendencias tanto en el corto como en el mediano
plazo han sido definidos, con la obvia salvedad de una tercera guerra mundial:
ascenso irreversible del BRIC que, junto a las potencias petroleras del Golfo
Pérsico (en el que descuella en forma impresionante el doble ascenso geopolítico
y geoeconómico de Irán como nueva potencia regional), y declive del G-7, que ha
penetrado los infiernos e inviernos del crecimiento negativo.
En el orden geopolítico global también los hechos señalan un empate técnico
entre las dos superpotencias nucleares, Estados Unidos y Rusia.
El verdadero desorden mundial se centra en el tsunami financiero que creó la
dupla anglosajona, y cuyo símbolo inequívoco de poder lo constituye el
dolarcentrismo, con la paradoja trágica de contar con un dólar sin valor
económico intrínseco, pero todavía muy funcional debido a la ominosa ausencia de
divisas competitivas.
El nuevo orden mundial ya asentó sus reales multipolares en los ámbitos
geoestratégico y geoeconómico, pero falta por definir el destino de las
geofinanzas.
¿Qué tanto estarán dispuestos Estados Unidos y Gran Bretaña a ceder su hegemonía
financiera, al riesgo de llevar al mundo a una hecatombe sin paralelo?
Las finanzas especulativas anglosajonas –con todo su sistema bancario, contable,
de seguros, de regulación y de calificadoras– se convirtieron en un cáncer
intratable cuya metástasis empieza a carcomer a la socioeconomía y a la
sicopolítica del mundo.
En la pasada cumbre del G-20 en Washington, que resultó estéril en el ocaso del
aciago bushismo (lo cual hizo perder un tiempo precioso), afloraron tres
posturas: 1) la exigencia de Rusia, Alemania y Francia para finiquitar la
hegemonía del dólar a favor de una multipolaridad de divisas relativamente
fuertes (euro, yen, yuan y rublo); 2) el unilateralismo anglosajón, apuntalado
por Japón (que, en realidad, siempre ha pertenecido a la esfera de influencia
del dólar, desde la Segunda Guerra Mundial), pese al tsunami financiero que
provocó pretende mantener las prerrogativas unipolares del dolarcentrismo
caduco, y 3) la equidistancia china, entre las posturas uno y tres, cuya
desgracia consiste en poseer la mayor reserva de divisas, pero en dólares
inservibles, que, insistimos, todavía son insustituibles.
Si la globalización financiera anglosajona reflejó la unipolaridad geopolítica
de Estados Unidos a partir de 1991 (fecha de la disolución de la URSS), ergo,
por necesidad imperativa el nuevo orden multipolar tanto geoestratégico como
geoeconómico desemboca ineluctablemente en la desglobalización, con mayor ahínco
en la "regionalización" con sus respectivas esferas de influencia que subsumen
lo que hemos planteado como el "nuevo orden hexapolar" configurado por Estados
Unidos, la Unión Europea y el BRIC. Con todo nuestro debido respeto, pero Japón,
pese a representar todavía la segunda superpotencia económica, paradójicamente,
a diferencia de los citados, no cuenta con una esfera de influencia regional, ya
ni siquiera en el noreste ni el sureste de Asia. Japón no es un líder mundial,
sino que pertenece a la zona de influencia de la anglosfera, que lideran Estados
Unidos y Gran Bretaña.
En el ámbito geofinanciero se afinan las posturas previas a la cumbre del G-20
en Londres, entre las que cabe destacar la guerra a los paraísos fiscales que
han declarado Alemania, Francia e Italia. Los paraísos fiscales, donde se
manejan opacamente los "derivados", representan una de los principales causales
del tsunami financiero anglosajón y donde también se practican la evasión fiscal
y el lavado de dinero de los bancos gracias a la "contabilidad invisible" y a la
desregulación, es decir, la ausencia de supervisión gubernamental y ciudadana.
Al respecto el portal alemán Der Spiegel (23/2/09) afirma que "Europa desea una
mayor seguridad financiera", que pasa por la abolición de la piratería que
practica la banca anglosajona en sus paraísos fiscales.
Entre las medidas que adoptaron los líderes de Francia, Alemania, Italia,
España, Holanda y Gran Bretaña en la cumbre de Berlín del pasado 22 de febrero
se sugirió la recapitalización del Fondo Monetario Internacional (FMI), es
decir, su duplicación de capital hasta 500 mil millones de dólares (Obama
levantó la puja para triplicar el capital del FMI). Falta ver qué tanto el BRIC,
donde el FMI goza de pésima reputación, estará dispuesto a avalar tales
propuestas, que pretenden resucitar subrepticiamente al cadavérico viejo orden
mundial de los depredadores FMI y Banco Mundial.
La postura de Francia, Alemania e Italia no es nueva, y recordamos que durante
una cumbre del G-7 celebrada en Francia, el entonces presidente gaullista
Jacques Chirac había catalogado a los hedge funds (fondos de cobertura de
riesgo) como un "sida financiero" y había exigido la erradicación de los
paraísos fiscales, a lo que siempre se opuso Gran Bretaña.
Der Spiegel asevera que los "comentaristas no creen" la abolición de los
paraísos fiscales "hasta no verla implementada".
Es evidente que a la demencial desregulación que imperó en los mercados de la
globalización financiera anglosajona proseguirá una mayor regulación que los
grandes de Europa continental (Alemania, Francia e Italia) desean sea mucho
mayor a lo que quizá llegue a conceder la dupla anglosajona de Estados Unidos y
Gran Bretaña. No faltarán comentaristas a los dos lados del Atlántico que
aduzcan que la administración Obama, de corte eminentemente rooseveltiano, se
acerque más a la postura de Europa continental y se aleje de la clásica
piratería financiera de Gran Bretaña, que ha llevado al planeta al borde del
colapso financiero. Tales comentaristas se basan en la gélida recepción que
Obama procuró al primer ministro británico Gordon Brown en su reciente visita a
Estados Unidos, llegando hasta vaticinar el fin de la "relación especial" entre
Washington y Londres.
No creer hasta ver. La cumbre del G-20 marcará los verdaderos posicionamientos
de los actores y probablemente la salvación financiera del planeta radicará en
gran medida en la trascendental postura que adopte Obama: en tanto cuanto se
aleje de la desregulación británica y se acerque a la regulación de Europa
continental, al unísono del BRIC.
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