on el fin de que el matrimonio euroestadounidense tuviese éxito "Estados
Unidos tendría que compartir su liderazgo con su socio europeo", lo cual
llega hasta la creación de una moneda común transatlántica, después de haber
realizado la doble unificación monetaria (el "amero") y centralbanquista
norteamericana entre Estados Unidos, Canadá y México (¡súper-sic!).
Como consecuencia del tsunami financiero global provocado por Wall
Street, el eje anglosajón parece haber abandonado a Europa y ahora pretende
incorporar como nuevo socio a China al espejismo del G-2, en preámbulo del nuevo
orden mundial (ver "Brzezinski: del G-20 al G-2 para cambiar al mundo",
Bajo la Lupa; 26/4/09).
Hechos: en la reciente onceava cumbre sino-europea celebrada en Praga, el
primer ministro chino Wen Jiabao (WJ) "rechazó (¡súper sic!) el concepto del
G-2 que comprende a Estados Unidos y a China", según la reseña de Jian Junbo
(JJ) del People’s Daily (29/5/09).
No pudo haber existido mejor selección de parte de WJ que Praga, otrora foco
civilizatorio católico que se ha extraviado en el caduco unilateralismo
misilístico y teológico de Estados Unidos.
WJ actuó estupendamente ya que cualquier equívoco al respecto puede resultar
contraproducente a los intereses globales chinos cuando Pekín ha lanzado
vectores multipolares con el resto del mundo y, en particular, con Brasil, con
quien ha establecido una complementariedad geoeconómica de alcances estratégicos
que ha sacudido las entrañas comerciales del planeta (ver "Brasil y China
Desechan al Dólar"; Geoeconomía Mensual; El Financiero; 25/5/09).
JJ puntualiza que es la primera vez que un líder chino ha comentado
públicamente la noción del G-2 cuando un buen número tanto de funcionarios (sic)
como de centros de pensamiento chinos han puesto en duda la aplicación práctica
del neologismo "Chimerica" (simbiosis de "China" y la "América"
estadounidense).
La quimera de "Chimerica" es una alucinación más de los desfasados
neoliberales anglosajones y hasta de geoestrategas de peso como Zbigniew
Brzezinski: ex asesor de seguridad nacional de Carter y ahora muy cercano a
Obama, quien impulsó el G-2 el pasado enero durante el trigésimo aniversario del
establecimiento de relaciones entre Estados Unidos y China.
JJ evidencia la visión británica del ministro de relaciones exteriores David
Milliband, quien "predijo que las próximas décadas China sería uno de los dos
poderes que cuentan" y "todo dependía de Europa si deseaba cambiar el G-2
por un G-3".
Los círculos belicosos anglosajones, con vocación mercantilista y/o
neoliberal, desechan con la mano en la cintura a potencias (re) emergentes, de
la talla de Rusia, India y Brasil, como si a Washington y a Londres les
incumbiese solos el diseño divino del nuevo orden mundial en gestación que, por
necesidad imperativa, es multipolar y no bipolar; ni siquiera tripolar.
JJ cuestiona la viabilidad de un G-2 que "no ha sido claramente definido"
y que busca “establecer la agenda de las relaciones internacionales (…) que se
asemejaría a una hegemonía mundial”.
Pese a su nuevo estatus, bien ganado a pulso, al haberse colocado en los
primeros sitiales de varios rubros de su notable desempeño en el planeta, "
China no tiene la capacidad ni el deseo (sic) de convertirse en miembro del
G-2", a juicio de JJ, quien destaca que “China también puede ser vista
como un país pobre y subdesarrollado con un PIB per capita, que se encuentra
en el ranking global número 104, según datos del Banco Mundial de
2008”, lo cual es relativamente verdadero hasta cierto punto.
A nuestro
juicio, lo que menos les importa a Wall Street y la City es la enorme
disparidad económica y social de China, por lo que la dupla anglosajona ha
puesto la mira en capturar sus pletóricas reservas de divisas (las primeras
del mundo) para nutrir el parasitismo consuetudinario del neoliberalismo
global.
JJ se arroja al suelo sin deseos de que lo recojan para recordar que
China es todavía "un país en vías de desarrollo", mientras coloca en
relieve “los mayores avances de Estados Unidos en casi (sic) todos los
sectores económicos y en el poderío militar y el poder-suave (‘soft-power’)”,
por lo que "no existe comparación entre China y Estados Unidos en el
poderío integral".
El G-2 rebasa la "capacidad y las ambiciones de China", ya no se
diga cuando "muchos (sic) académicos chinos temen que en el G-2 China
pueda ser enredada en una estructura construida por Estados Unidos y que
obligaría a contribuir con mayores aportaciones económicas y sociales
superiores a sus posibilidades". JJ agrega que el G-2 atenta contra "
los principios básicos de China como el multilateralismo y el deseo de un
orden mundial multipolar".
Pregunta en forma ingenua; "¿Quién le ha conferido dado el poder o la
autorización a Estados Unidos para crear el G-2?" Como decimos
coloquialmente: pues el mismo Estados Unidos "por sus pistolas"
unilaterales, sin percatarse de su impotencia global.
En forma romántica, JJ aduce que el G-2 sería rechazado en un "
referéndum global" cuando "ningún (¡súper-sic!) país, excepto Estados
Unidos, desea ver la emergencia de una pax chimeramericana". Ahora sí que
JJ no está actualizado del estado masoquista de ciertos países del planeta y
le podemos enumerar muchísimos, entre ellos el "México neoliberal"
calderonista.
En resumen: con el G-2 China "dañaría su imagen" y "sería el
blanco de los movimientos antihegemónicos y antimperiales", en un
contexto de franco "antiamericanismo global", además de "amenazar a
la sociedad civil global", por lo que sería mejor optar por el G-20 y la
ONU, pese a sus deficiencias.
Concluye juiciosamente que "el G-2 no le haría ningún bien a otros
países y potencias, especialmente a las crecientes estrellas (sic)
industriales como India, Rusia y Brasil". ¡Olé!
Epílogo: en esta fase de la decadencia multidimensional del eje
anglosajón, el G-2 representa, a nuestro humilde entender, una trampa del
tamaño de la Vía Láctea que, por fortuna, no se tragan los altos
funcionarios ni los académicos chinos.
Y decimos "por fortuna" porque la claudicación de China a los
enredos anglosajones del G-2, una unipolaridad encubierta con el fin de
salvarse de los infiernos unilaterales que prohijó, aplazaría el
imperativamente urgente requilibrio armónico del planeta que teóricamente
estaría mejor bajo la multipolaridad plural donde el BRIC (Brasil, Rusia,
India y China) tendría mejores oportunidades de florecer.