costumbrados a tomar las medidas necesarias para apoyar las
ambiciosas políticas del gobierno en Oriente Próximo, ahora estos funcionarios
se han visto obligados a enfrentarse a la realidad de que los mandos militares
de Pakistán simplemente no comparten la opinión de que la amenaza del Islam
radical debería ser su prioridad máxima para la seguridad nacional y que esta
discrepancia no va a cambiar de ninguna manera a corto plazo.
Los funcionarios estadounidenses llevan mucho tiempo respondiendo a la
evidente constatación con declaraciones que reflejan sus perentorias e
indignadas exigencias, pero al menos uno de los principales responsables
políticos- el secretario de Defensa, Robert Gates- hace alusiones a la
existencia de estrictos límites en las posibilidades estadounidenses de
cambiar las estrategias de Pakistán respecto a sus intereses de seguridad.
El gobierno de Georges W. Bush se esforzó en tratar de negar las
discrepancias en los intereses de seguridad, contando con que el régimen de
Pervez Musharraf había tomado la fundamental decisión de ponerse al lado de
EE.UU. contra sus enemigos en Afganistán y Pakistán. El gobierno Obama ha
heredado esta premisa, a pesar de las evidentes pruebas en sentido contrario.
Tras los atentados terroristas de Bombay a finales de noviembre y la
escalada de tensiones entre Pakistán e India, quedaba claro que Pakistán no
tenía interés en desviar su atención de la amenaza proveniente de India hacia
la de los Talibán.
Sin embargo, según fuentes cercanas al dirigente máximo del ejército
estadounidense, y jefe del Estado Mayor conjunto, el almirante Mike Mullen ha
seguido durante meses argumentando que los paquistaníes estaban realizando la
transición para situar su foco en los Talibán, ya que su colega pakistaní,
Ashfaq Kiyani, jefe del Estado Mayor del ejército, le había dicho que Pakistán
estaba trasladando tropas desde el frente indio para luchar contra los Talibán.
Pero cuando en abril, el ejército paquistaní se vio incapaz o no quiso
enfrentarse al control Talibán del valle Swat( N.T.: Valle situado en la
frontera noroccidental de Pakistán), aquellas promesas rápidamente empezaron a
sonar falsas en Washington. Durante un viaje a Pakistán a principios de abril,
el propio Mullen se vio aparentemente sorprendido por la falta de decisión por
parte del gobierno paquistaní en relación con el valle de Swat. Mullen, afirmó
una fuente cercana a él, “estuvo tan serio como nunca le había visto”.
La retórica de los altos cargos del Gobierno enseguida tomó tintes
apocalípticos. El 24 de abril, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, acusó
al gobierno paquistaní de “rendirse ante los Talibán” y advirtió de que el
deterioro de la seguridad en aquel país planteaba “una amenaza letal” contra
EE.UU. y contra el mundo.
En una entrevista con el noticiario de Fox, Clinton aludió a la amenaza que
supondría el que los Talibán se hicieran con el control del “arsenal nuclear
de Pakistán” y advirtió que “Nosotros no podemos siquiera imaginarlo. No
podemos dejar que el asunto vaya más allá...”.
El mismo día, el general David Petraeus exigía que Pakistán reconfigurara
sus fuerzas armadas para dedicarse a operaciones de contrainsurgencia en lugar
de continuar con su tradicional obsesión hacia su rival, India.
Asimismo, el 24 de abril, Gates insinuaba que los paquistaníes no
compartían el punto de vista estadounidense sobre cuáles deberían ser sus
prioridades. “Confío en que habrá un creciente reconocimiento por parte del
gobierno paquistaní de que los Talibán en Pakistán son verdaderamente una
amenaza existencial para el gobierno democrático de su país”, declaró, dejando
claro que ese reconocimiento todavía era sólo aparente.
Más tarde, el 30 de abril, Petraeus dio la impresión de amenazar con
dramáticos cambios en la política estadounidense si el gobierno y el ejército
paquistaníes no tomaban medidas más concretas en el plazo de dos semanas.
El Gobierno continuó desarrollando el tema de que las armas nucleares
corrían peligro. El 4 de mayo, el general James Jones, consejero nacional de
seguridad, en una entrevista en la BBC, declaraba que si los
paquistaníes no tuvieran éxito en su enfrentamiento con los Talibán, “Es obvio
que el tema nuclear debería plantearse”. Afirmó que si las armas nucleares
paquistaníes cayeran en poder de los Talibán sería “el peor de los escenarios
posibles”.
Pero el efecto de la apasionada retórica del gobierno Obama sirvió para
distanciar más a los mandos militares de Pakistán de los intereses
estratégicos de Estados Unidos.
El 24 de abril, en una declaración pública insólita, el jefe del Estado
Mayor del ejército paqustaní, Kayani, “condenaba rotundamente las
declaraciones de potencias extranjeras que planteaban dudas sobre el futuro
del país”.
Al día siguiente, el jefe del Estado Mayor aéreo, Marshal Raq Qamar Suleman,
declaró que las fuerzas aéreas paquistaníes seguían manteniendo su máxima
disposición para afrontar cualquier tipo de misión contra las amenazas
internas y exteriores”. Lo que era una clara referencia a la amenaza de India,
que Estados Unidos trataba que Pakistán minimizara.
Finalmente, tras las declaraciones de Petraeus dando dos semanas de plazo a
Pakistán para que cambiase o afrontara una consecuencias poco explícitas, el 1
de mayo los mandos militares se reunieron con el jefe del Estado Mayor
Conjunto, general Tariq Majeed, quien declaró seguidamente: “que se oponía a
la campaña lanzada desde los medios de comunicación occidentales sobre la
seguridad de las armas nucleares de Pakistán”
Esa extraordinaria serie de declaraciones indican que los militares
paquistaníes no tienen intención de plegarse ante las presiones públicas
procedentes de Washington.