Japón tiene menos que perder que otros países con la crisis financiera. Sus
grandes bancos, que sobrevivieron a una notable travesía del desierto tras el
crac de "Japón, S.A." en 1990, se recobraron a tal punto, que hasta pueden
aprovecharse del desplome de los bancos norteamericanos para salir de compras.
Pero la crisis de la economía real y las fracturas del comercio internacional
golpean al país del sol naciente harto más que a otros países industriales: ya
comienza hablarse en Tokio de "la crisis del siglo".
He aquí, desnudas, las pésimas cifras: el PIB ha caído en el último trimestre de
2008 cerca de un 3,3%. Si se comparan los años 2007 y 2008, se observa un
retroceso del 12,7%. La economía japonesa se encoge con una virulencia que no se
veía desde la crisis del petróleo de hace 35 años. Simultáneamente, el déficit
comercial sube, y se acerca ahora a los 8 mil millones de euros (como en 1979).
No por casualidad: como país industrial, Japón vive de las exportaciones de alta
tecnología (automóviles, máquinaria, electrónica), y no puede existir sin
importaciones masivas de materia prima y petróleo.
Vuelta a los tipos de interés cero
Pero, puesto que las salidas exportadoras están literalmente bloqueadas y el
ínfimo mercado interior apenas puede absorber lastre, la producción industrial
tiene que reorganizarse en todos los frentes. Con terribles consecuencias: en el
sector de la construcción, por ejemplo, se ha registrado en el último año una
pérdida de cerca de un 50% de pedidos. Cierres de empresa, despidos masivos y
recortes de la jornada laboral están a la orden del día, incluso en empresas
transnacionales como Honda, Toyota, Sony y Toshiba. Hasta los Yakuza, los
señores del crimen organizado, se quejan de malos negocios.
El Banco de Japón rebajó ya en noviembre de 2008 los tipos de interés hasta un
0,3%, y se apresta a volver a los tipos de interés cero de los años 90. Y sin
embargo, la bolsa de Tokio sufre. Y sin embargo, el mercado monetario está
agarrotado. El vuelo a las alturas del yen, merced al cual Japón estuvo menos
expuesto que otros países industriales a comienzos de 2008 a los elevados
precios de las materias primas y los combustibles, parece cosa del pasado.
Pero, puesto que europeos y norteamericanos, tras el estallido de la crisis
financiera, buscan refugio en una política de tipos bajos, ya no les compensa
tomar prestados yenes a bajo interés y cambiarlos a dólares o a euros en
depósitos remunerados a interés más alto. Así pues, esos préstamos fueron
masivamente devueltos, a fin de colocar en otros sitios más lucrativos el
capital especulativo: eso disparó a las alturas el curso del yen, que,
entretanto se ha revalorizado cerca de un 20% respecto del dólar y cerca de un
40% frente al euro. Sólo la interrupción de las exportaciones ha frenado esa
tendencia. Por ahora, a la industria japonesa no le queda otra esperanza que la
dimanante de la caída de los precios de las materias primas y del petróleo (y de
un yen débil).
Los "flexibles" vuelan
Más de la mitad de las exportaciones japonesas van a parar a los mercados
asiáticos, pero particularmente a China, el "Número 1" desde julio de 2008 para
la economía exportadora japonesa, por delante de los EEUU y de la UE. Por
consecuencia, todas las esperanzas japonesas se centran en la locomotora
coyuntural china. Y hasta ahora, no en balde. No hay mejor indicador de las
reales dimensiones de la crisis en la economía china que el desplome que está
experimentando la construcción de máquinas e instalaciones japonesas. En pocos
meses, las estadísticas oficiales mostrarán lo que ya empiezan a intuir ahora
los jugadores globales japoneses, y es a saber: que el milagro económico chino
se acercan a un punto muerto; la industria se estanca, por vez primera en muchos
años amaga con encogerse.
Japón va a notar las consecuencias de esa tendencia con un creciente desempleo
masivo que no podrá mitigar con un Estado social de impronta europea. El sistema
social japonés se basa en ventajas fiscales y prestaciones sociales
empresariales, incluidas las pensiones proporcionadas por las empresas. Sólo
pueden recibir sus beneficios los empleados estables y de larga duración.
Tampoco en los buenos tiempos, cuando los grandes bancos japoneses salían de
compras por los EEUU, había otra cosa que prestaciones sociales sólo a medias
suficientes y sólo para una minoría de los empleados. Ahora, las pensiones
proporcionadas por las empresas se pierden a ojos vista, y se extiende
rápidamente la pobreza entre la tercera edad. Desde hace años, los gobiernos
japoneses no han hecho sino seguir la receta neoliberal de "flexibilizar" cada
vez más el mercado de trabajo, de modo que ahora más de un tercio de los
trabajadores y empleados japoneses pertenece a la masa de maniobra de los
ocupados "irregulares" y "precarios" (para ser exactos: se trata del 34,5% de
los 55,3 millones de trabajadores dependientes).
Una deuda gigantesca
Muchos grandes empresarios han reaccionado inmediatamente a la drástica crisis
exportadora con despidos masivos; los "flexibles" se van a la calle de un día
para otro. Literalmente, porque muchos de los despedidos pierden también, con el
trabajo, su apartamento. De los casi 140.000 despidos registrados oficialmente
entre octubre de 2008 y enero de 2009, ¡sólo 6.000 eran empleados fijos! El
pronóstico de aquí a fines de 2009 es una tasa de paro del 5%. Pronóstico
errado, de todos modos, porque el subempleo fáctico no se computa ni de lejos.
A todo eso, no debe olvidarse lo siguiente: Japón a sus espaldas una de las
peores crisis bancarias del mundo capitalista. Durante más de una década se
trató por todos los medios de mitigar los daños causados durante los años 80 del
pasado siglo por una especulación inmobiliaria de proporciones ciclópeas. Los
contribuyentes siguen pagando la factura hasta el día de hoy, porque los costes
del saneamiento bancario cargaron al Estado japonés con una deuda gigantesca,
superior al 180% del PIB. Comparados con ellos, los costes de la errática y
pusilánime política de coyuntura del gobierno de la señora Merkel son "granos de
anís", como diría el castizo, o peanuts, cacahuetes, como se dice con cierta
gracia en la jerga bancaria.
El gobierno del primer ministro Aso parece de todo punto desorientado, y
trastabilla de escándalo en escándalo. En las elecciones a la Cámara Baja
japonesa, que habrán de celebrarse como muy tarde en septiembre, los
liberal-demócratas podrían perder un poder del que han disfrutado
ininterrumpidamente durante 50 años. En la Cámara Alta, la oposición tiene ya la
mayoría. El Japón está maduro para una revolución política. Demasiado paciente
fue ya el país con las viejas elites.
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(*)Michael R. Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam, investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad y catedrático de economía política y director del Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Lancaster en el Reino Unido.
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss.