n los siglos de la edad de oro de la piratería, esta se concentraba en el
mar Caribe, por el que cada año surcaban miles de buques cargados con el
producto del sudor y la sangre de millones de africanos esclavizados que
trabajaban gratuitamente para que Europa lo derrochara en los dispendiosos
fastos de las monarquías absolutas y en las guerras interétnicas que sacudían
el continente. No menos de un tercio de estos piratas eran personas
esclavizadas que habían conseguido escapar de la opresión y la ignominia del
más productivo crimen de la Historia de la humanidad, la esclavitud de
africanos en América. Ya por entonces existía la contaminación por metales
pesados, sobre todo por los productos utilizados en los procesos de minería
del oro y la plata. En la actualidad, poco parece haber cambiado en el mapa
del saqueo y las justificaciones morales para matar pájaros a cañonazos son
las mismas que entonces.
Cuando en 2008 los ex pescadores somalís asaltaron el buque ucraniano Fania
cargado con armamento no declarado, el representante de los corsarios Januna
Ali aseguró que “se tomaban el rescate en pago por la destrucción de las
costas somalís por la basura tóxica”. Entonces, en medio de la polémica por el
destino de las armas, pocos medios se hicieron eco de estas declaraciones,
pero esta puede ser otra de las razones por la que Wardheer News asegura que
más del 70 por ciento de la población local apoya las acciones de estos
hombres de mar por considerarlas una forma de defensa de los intereses
nacionales.
El Partido Verde Europeo puso de manifiesto que, ya en 1992, las compañías
Suiza Achair Partners e Italiana Progresso negociaron con determinados señores
de la guerra arrojar basura tóxica en las costas del Cuerno de África, si bien
ambas firmas han negado este extremo. El oportunismo ha llevado desde entonces
a decenas de compañías de diferentes países a arrojar sin pedir permiso, ni
siquiera a las débiles e ilegítimas autoridades de los estados semi
independientes, decenas de toneladas de residuos tóxicos, incluido material
radiactivo. La razón es evidente: se calcula que el coste por tonelada de
residuo tóxico en Somalia es de entre 8 dólares para los vertidos negociados y
2,5 dólares para los vertidos gratuitos, mientras que el coste de hacerlo en
un país con control y tratamiento científico de residuos tóxicos puede
alcanzar los 1.000 dólares. El tsunami de diciembre de 2004 puso de manifiesto
este problema al remover las aguas cercanas a la costa y llevar hasta las
playas de las humildes aldeas y pueblos bidones con un veneno de largo
recorrido de muerte, en ocasiones de decenas de miles de años.
Representantes del Programa de Naciones Unidas para el Medioambiente han
venido señalando desde entonces que en las poblaciones del norte de Somalia se
da una anormal concentración de hemorragias abdominales y problemas cutáneos.
Estos efectos son propios de una contaminación nuclear: se estima que cerca de
300 personas podrían haber fallecido por causa directa de estos residuos,
mientras que los efectos sobre la fauna marina no han sido aún evaluados.
Según Ahmedou Ould-Abdallah, enviado de Naciones Unidas, las evidencias
muestran que se han venido arrojando toneladas de residuos tóxicos, metales
pesados producto de desechos hospitalarios y residuos nucleares. Además, se
denuncia la posible implicación de la mafia italiana, que controla un tercio
del procesado de residuos y basuras en el país europeo.
Mientras tanto, los hechos históricos siguen su curso, y desde principios
de 2007 han fallecido en los diferentes enfrentamientos más de 16.000 civiles,
más de un millón de personas se han visto desplazadas y tres millones dependen
de los diferentes programas de ayuda alimentaria. En la actual batalla de
Mogadiscio se dirime si los somalís van a adoptar el modelo del islamismo
radical por connivencia del actual Gobierno moderado de la Unión de Cortes
Islámicas, liderado por el jeque Sharif (Sheikh) Ahmed, con los intereses de
Occidente y de determinados países de Asia. Aunque la información veraz
escasea, parece que todavía las milicias radicales de Al Sahab no cuentan con
el apoyo mayoritario de la población somalí. Ya es hora de que los países
africanos vecinos se den cuenta del peligro de que la inestabilidad somalí sea
una excelente excusa no sólo para verter basura tóxica, sino para que las
potencias mundiales propongan la recolonización de África.
Como refuerzo a este argumento, están las declaraciones del portavoz de la
OTAN, James Appathurai, quien ha afirmado que hay que solucionar el agujero
legal existente sobre qué hacer con los piratas de Somalia. El hecho es que la
reforma legal que se propone sólo puede ir en la línea de subvertir la
soberanía somalí, porque tal y como está conformado el Derecho Internacional,
no hay otra forma de cumplir, como diría Patrice Émery Lumumba, con la
voluntad del más fuerte disfrazada de legalidad internacional.