Presionado
por los "frentes de conflicto" (internos y externos) que hereda de la
administración Bush, el presidente electo de EEUU, Barack Obama, tiene por estos
días una obsesión principal: Asumir la presidencia el 22 de enero sin huelgas
ni conflictos sociales en EEUU.
Lo que suena como un panorama
fantástico para el Imperio norteamericano (las huelgas y los conflictos
sociales) es un escenario de corto plazo que ya están manejando entre líneas
analistas y medios norteamericanos a la luz de la crisis del sector
automotriz y de las quiebras empresariales que están desatando una ola de
despidos en EEUU.
A 64 días de su asunción, Obama y su
entorno -según The Washington Post- están convencidos que Bush y los
republicanos, además de dejarles un legado de conflictos internacionales
abiertos, están conspirando para sembrarle de obstáculos el frente interno
sacudido por la crisis recesiva que se extiende por todos los sectores de la
economía.
Según The New York Times, las
usinas del ultra-conservadorismo blanco en Internet claman casi al unísono
consignas "desestabilizadoras" contra Obama, mientras el círculo del
presidente electo alimenta todo tipo de versiones "conspirativas" que la prensa
demócrata difunde creando la sensación de un "golpe nacionalista" en su
contra.
Lo cierto, lo concreto, es que Obama,
sin ningún tipo de "experiencia administrativa" en la alta política imperial,
terminado el discurso de cotillón electoral "progresista", se enfrenta a un
complejo cuadro de situación signado por conflictos económicos, geopolíticos y
militares -hoy en estado "latente". que amenazan con entrar en erupción en
cualquier momento.
Irán, Afganistán, Irak, Medio Oriente, el Cáucaso, y la
"guerra fría" con Rusia sobresalen nítidamente en la agenda de Obama, mientras que las mechas multiplicadas de la crisis económica recesiva
pueden tornar en pesadilla los 64 días que le faltan al senador mulato (mitad
blanco y mitad negro) para sentarse en el sillón de la Casa Blanca
Pero -según The Washington Post-,
dentro de ese cuadro explosivo, el principal dilema que azota a Obama por
estas horas es la obsesión de "adivinar lo que va a hacer Bush". El
presidente republicano y su administración de halcones conservadores tienen, en
los 64 días que restan para la asunción, el poder de decisión sobre todos los
conflictos imperiales en curso.
En otras palabras, de Bush depende
que esos conflictos se activen o permanezcan encorsetados hasta que Obama
se convierta en el presidente número 44 de los EEUU el próximo 22 de enero.
Si bien la prensa norteamericana está
cruzada por todo tipo de rumores de "conspiración" contra Obama, hay
señales concretas de que Bush y los republicanos (quienes además de perder la
Casa Blanca se han quedado en minoría en el Congreso) no piensan regalarle
ninguna gloria al presidente electo, sobre todo en el terreno económico.
Desde la semana pasada, el
protagonismo de la crisis financiera-bursátil fue rebalsado y cedió paso a un
nuevos personajes: Las quiebras empresariales y los despidos masivos.
El sector bancario y el automotriz
encabezan la lista de la crisis que ya se extiende por toda la geografía de la
primera economía imperial.
A los despidos en el sector bancario,
en las automotrices y en las grandes tiendas y centros de consumo, esta semana se
suman
los 50.000 despidos de Citigroup, lo que marcan una tendencia "masiva" del
proceso.
De esta manera, la desocupación
(emergente de la desaceleración económica) se ha convertido en una cuestión
clave para el establishment de poder estadounidense que teme que su propagación
convierta a EEUU, la primera potencia mundial, en un polvorín de huelgas y
conflictos sociales que terminen paralizando aún más a la economía.
Según The Wall Street Journal, Obama
y su entorno están conmocionados con el pedido de "salvataje urgente"
lanzado por los tres principales pulpos de la industria automotriz
estadounidense con asiento en Detroit: Ford, General Motors y Chrysler.
Dos de las tres grandes automotrices
de Detroit están al borde del colapso, señalaron ejecutivos de la
industria a un panel del Senado estadounidense el martes, pidiendo ayuda
económica de emergencia para evitar lo que dijeron que sería una catástrofe
económica.
Según escribe The Wall Street Journal, este miércoles, "La lúgubre
perspectiva de la industria automotriz estadounidense empeoró luego que el
presidente ejecutivo de Chrysler LLC Robert Nardelli revelara que su
empresa estaba en peligro de quedarse sin dinero, de no recibir ayuda
financiera".
Hasta el martes -prosigue el diario-,
las miradas en Washington estaban principalmente dirigidas a los problemas de
General Motors Corp., el cual enfrenta rumores cada vez más fuertes de que
se verá forzada a buscar la protección contra la bancarrota.
"Esto va mucho más allá de Detroit",
dijo el presidente de GM Richard Wagoner, argumentando que un colapso de la
empresa tendría efectos expansivos a lo largo de la economía. "Se trata de
salvar a la economía estadounidense de un colapso catastrófico".
Por su parte, Alan Mulally, presidente ejecutivo de Ford, dijo que aunque su
compañía no está en tanto peligro como GM, un colapso de su rival se sentiría en
las operaciones de Ford "en cuestión de días, si no horas". Aseguró
que la industria automotriz es única en la medida en que los fabricantes son
abastecidos por los mismos proveedores de partes.
"Un colapso de uno de nuestros competidores aquí tendría un efecto dominó a lo
largo de todas las automotrices, proveedores y concesionarios", Mulally dijo en
un testimonio preparado, asegurando que se podrían perder millones de empleos.
El sector automotriz, por su
implicancia masiva y efecto de arrastre en la economía de EEUU, está concitando
por estas horas todas las preocupaciones de Obama y su equipo que han convertido
a la crisis automotriz en la "columna vertebral" de su gestión durante la
transición.
De acuerdo con lo que informa este miércoles la prensa norteamericana, el
presidente electo, Barack Obama, considera que el sector automotriz es la espina
dorsal del sector industrial estadounidense, cuya bancarrota podría
detonar -por efecto dominó- una ola de conflictos laborales de efectos
imprevisibles.
En consecuencia, en los últimos días
el círculo de especialistas del presidente electo realiza febriles acciones para
impedir que los llamados "tres grandes de Detroit" ingresen a la quiebra con
despidos masivos de obreros y empleados.
Obama solicitó al Gobierno y a las
cámaras legislativas que se les otorguen US$ 25.000 millones de los US$
700.000 millones del rescate aprobado recientemente por el Congreso para limpiar
de deuda incobrable a los bancos.
Abriendo su primer frente de conflicto con Obama, el presidente en ejercicio,
George Bush, se opuso enérgicamente al pedido, no obstante a que el presidente
electo le pidió que sostenga a esa industria en la primera reunión que
mantuvieron después de las elecciones en la Casa Blanca.
Por su parte, el secretario del
Tesoro, Henry Paulson, dijo el martes que "el paquete de rescate no fue
concebido para ser un plan de reactivación (...) fue concebido para
consolidar los fundamentos de nuestra economía al estabilizar el sistema
financiero".
Para apuntalar la gestión de Obama, y
con su empresa al borde de la quiebra (se asegura que caería en bancarrota antes
del 20 de enero, la fecha de la inauguración del nuevo gobierno demócrata), el
presidente de General Motors, Rick Wagoner, se presentó el martes en el Senado
junto con sus colegas de Ford y Chrysler, Alan Mulally y Robert Nardelli, a
"mendigar" ayuda.
La negativa del gobierno republicano
-que sigue privilegiando el "salvatajee financiero" con dinero público- es
interpretado como una clara señal de que la administración Bush a dado con el
Talón de Aquiles de Obama quien corre el riesgo de asumir en medio de una
crisis social.
Pero los peligros que acechan a Obama
antes de su asunción no se limitan solamente al sector automotriz.
Según The Wall Street Journal, los
ejecutivos que dirigen empresas que van desde cadenas de peluquerías hasta
gigantes de los servicios públicos están reforzando sus defensas al recortar los
gastos de capital, aplazar la construcción de plantas, despedir empleados y
limitar aumentos de sueldo.
Los presidentes ejecutivos
participaron de una reunión en The Wall Street Journal CEO Council,
para analizar los principales desafíos que aguardan al gobierno del presidente
electo Barack Obama.
Temas como salud, energía y medio
ambiente ocuparon un lugar destacado en la agenda, aunque ninguno de ellos
superó al de la quiebra de empresas como la "mayor preocupación" de los
ejecutivos, publica el Journal.
Las señales son claras: La crisis
financiera ya devino en recesión y amenaza (por efecto de la desocupación)
en convertirse en una crisis social de difícil pronóstico en EEUU.
Los 64 días que le faltan a Barack
Obama para asumir la presidencia de la primera potencia imperial estarán
marcados por una presadilla: La quiebra de empresas y la desocupación masiva
que han desplazado de la escena al colapso financiero y a los derrumbes
bursátiles.
Un escenario que puede convertir la
asunción de Obama en una crucifixión anunciada.