El sistema financiero de Estados Unidos parece un paciente en la unidad de
cuidados intensivos. El cuerpo trata de luchar contra una enfermedad que se
propaga y al hacerlo entra en convulsiones, luego se calma, luego se vuelve a
convulsionar. Los médicos responden con tratamientos cada vez más invasivos y
ahora experimentan con remedios que nunca se habían utilizado.
Por Jon Hilsenrath, Serena Ng y Damian Paletta -
The Wall Street Journal
Esto aún no ha
terminado.
Un día después que el gobierno asumiera el control de la aseguradora
American International Group Inc. (AIG), el miércoles 17, el Promedio Industrial Dow Jones
perdió otros 449,36 puntos.
La premura de los inversionistas por apoderarse de los valores más seguros
del mercado, los bonos del Tesoro estadounidense, fue tal el miércoles que en
cierto momento los inversionistas estuvieron dispuestos a pagar por los
papeles en lugar de recibir interés.
El Tesoro, respondiendo al creciente temor de que la Reserva Federal (Fed)
podría quedarse sin munición financiera, maniobró para concederle al banco
central US$40.000 millones. A su vez, la desconfianza de las otrora venerables
firmas de Wall Street ahora se trasladó a Morgan Stanley.
La crisis financiera que empezó hace 13 meses entró en una fase nueva y más
grave. El principal responsable del descalabro actual ya no son las hipotecas
de alto riesgo, sino las pérdidas de los seguros contra cesaciones de pagos,
más conocidos como CDS, vendidos por AIG y otras entidades. Las consecuencias
para las compañías y los presidentes ejecutivos que esperaron una ocasión más
propicia para recaudar capital, vender activos o asumir nuevas pérdidas se han
vuelto tan nítidas como brutales, lo que llevó a John Thain a vender Merrill
Lynch a Bank of America. Cada episodio parece tener como consecuencia una
intervención estatal más extensa y costosa que la anterior.
Asimismo, las esperanzas de una solución rápida a la crisis se están
desvaneciendo. "Creo que esto va a durar mucho más de lo que habíamos
anticipado", predijo miércoles Anne Mulcahy, presidenta ejecutiva de Xerox
Corp.
"Esta ha sido la peor crisis financiera desde la Gran Depresión. Sin lugar
a dudas", dijo Mark Gertler, economista de la Universidad de Nueva York que
colaboró con Ben Bernanke, el actual presidente de la Fed, en investigaciones
para explicar cómo las turbulencias financieras infectan a la economía real.
"Pero al mismo tiempo, tenemos las políticas adecuadas para combatirla, algo
que no tuvimos durante la Gran Depresión".
El sistema financiero de Estados Unidos parece un paciente en la unidad de
cuidados intensivos. El cuerpo trata de luchar contra una enfermedad que se
propaga y al hacerlo entra en convulsiones, luego se calma, luego se vuelve a
convulsionar. Los médicos responden con tratamientos cada vez más invasivos y
ahora experimentan con remedios que nunca se habían utilizado. Bernanke y el
secretario del Tesoro, Henry Paulson, entraron a la reunión de emergencia con
los líderes del Congreso el martes por la noche para informarles del rescate
de AIG con la apariencia de cirujanos exhaustos que tienen que darles las
malas noticias a los familiares del paciente.
La Reserva Federal y el Departamento del Tesoro ya identificaron la
patología. Se llama desapalancamiento. Durante el auge crediticio, las
instituciones financieras y las familias estadounidenses se endeudaron en
exceso. Entre 2002 y 2006, los préstamos a los hogares crecieron a una tasa
promedio anual de 11%, muy por encima del crecimiento de la economía. Las
instituciones financieras hicieron lo mismo. Ahora, muchos acreedores no
pueden pagar los préstamos debido en parte al colapso en los precios
inmobiliarios. Necesitan reducir su dependencia del dinero prestado, un
doloroso proceso que puede ahogar el crecimiento económico y del crédito.
Al menos tres cosas tienen que suceder para que concluya el proceso de
desapalancamiento. Las instituciones financieras y otros necesitan admitir sus
errores y asumir rebajas contables sobre los activos problemáticos que
compraron con dinero prestado. También tienen que saldar sus deudas y, en
tercer lugar, apuntalar su capital que fue erosionado por las pérdidas de esos
activos problemáticos.
El proceso, sin embargo, produce un círculo vicioso. Tratar de vender los
activos reduce su precio, lo cual hace que sean más difíciles de vender y
lleva a que las firmas traten de vender más activos. Eso, a su vez, hace caer
los precios de las acciones y dificulta que las empresas emitan nuevas
acciones para recaudar capital. En su época de académico, Bernanke llamó a
este círculo vicioso un "acelerador financiero".
Goldman Sachs estima que en los últimos doce meses, las instituciones
financieras alrededor del mundo han realizado rebajas contables del orden de
los US$408.000 millones en activos y recaudado US$367.000 millones en capital.
Pero eso no parece suficiente. Cada vez que las firmas financieras y los
inversionistas sugieren que han hecho las rebajas contables y recaudado el
capital suficiente, una ola de ventas causa una reevaluación, inaugurando un
nuevo capítulo de la crisis.
Las crisis financieras no son nada nuevo. Desde la Gran Depresión a la
crisis de la deuda externa latinoamericana en los años 80 y la crisis asiática
en los 90, los ejemplos abundan. Ni los economistas ni las autoridades tienen
soluciones fáciles. Recortar las tasas de interés y lanzar planes de estímulo
fiscal pueden ayudar e incluso prevenir o aplazar una recesión profunda, pero
al menos en esta ocasión no bastan. En tales circunstancias, los gobiernos
experimentan con diferentes recetas. Japón, por ejemplo, recurrió al gasto
fiscal durante una década para tratar de reanimar su economía en los años 90.
Hoy, Bernanke está sacando su propia receta "e improvisando sobre la marcha",
dice Gertler.
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