La cuestión es que Lehman Brothers, un importante banco de inversión, está en
bancarrota. Y nadie sabe qué pasará después. Para entender el problema, el
lector debe saber que el viejo mundo de los bancos, en el que instituciones
instaladas en grandes edificios de mármol aceptaban depósitos y prestaban ese
dinero a clientes de largo plazo, en gran medida ha desaparecido, reemplazado
por lo que se conoce como "sistema bancario fantasma".
Los bancos depositarios, los de los edificios de mármol, ahora tienen un
papel menor en canalizar los fondos de los ahorristas hacia los tomadores de
créditos; la mayor parte de las transacciones financieras se realizan a través
de complejas operaciones organizadas por instituciones "no depositarias",
instituciones como el extinto Bear Sterns. y Lehman.
El nuevo sistema supuestamente iba a ser más eficiente en distribuir y
reducir el riesgo. Pero, tras el estallido de la burbuja inmobiliaria y la
consecuente crisis de las hipotecas, parece evidente que ese riesgo fue más bien
escondido que reducido: había demasiados inversores que no tenían idea de lo
expuestos que estaban. Y conforme las incógnitas desconocidas se fueron
transformando en incógnitas conocidas, el sistema comenzó a experimentar
corridas bancarias posmodernas.
Estas no se parecen a la versión tradicional: con pocas excepciones, no
estamos hablando de multitudes de depositantes enloquecidos que corren a golpear
las puertas cerradas de los bancos.
Hablamos de actores financieros que con frenéticas llamadas telefónicas y
clics de los mouse cierran una línea de crédito o tratan de reducir el riesgo de
incumplimiento de pago.
Pero los efectos económicos -congelamiento del crédito, espiral
descendente en el valor de los inmuebles- son los mismos que los de las grandes
corridas bancarias de los años 30. Y el problema es este: las defensas que se
han creado para impedir la repetición de esas corridas bancarias -seguros de
depósitos y acceso a líneas de créditos de la Reserva Federal- sólo protegen a
los habitantes de los edificios de mármol, que no son parte central de la actual
crisis. Esto abre la puerta a la posibilidad real de que 2008 sea una repetición
de 1931.
Los funcionarios son conscientes de los riesgos; antes de que le asignaran
la responsabilidad de salvar al mundo, Ben Bernanke era uno de los cuatro
especialistas más destacados del mundo en la economía de la Gran Depresión. En
el último año, la Reserva Federal y el Tesoro han orquestado una serie de planes
de rescate ad hoc.
Los funcionarios y los banqueros privados pasaron el fin de semana
encerrados en la Fed de Nueva York tratando de idear un acuerdo que salvara a
Lehman o, al menos, le permita quebrar más lentamente. Pero Henry Paulson,
secretario del Tesoro, se mantuvo inflexible en su postura de no "endulzar" el
acuerdo aportando más fondos públicos. Muchos pensaron que sólo estaba
fanfarroneando. Pero la ayuda no llegó, y aparentemente tampoco se llegó a un
acuerdo. Paulson parece apostar a que el sistema financiero podrá asimilar el
sacudón.
Pronto sabremos si fue valiente o estúpido. La verdadera respuesta al
actual problema, por supuesto, habría sido tomar medidas preventivas antes de
que llegáramos a este punto. Pero aquí estamos, en manos de Paulson, que
aparentemente piensa que jugar a la ruleta rusa con el sistema financiero es su
mejor opción.
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(*)Paul Krugman es economista, divulgador y periodista norteamericano, cercano a los planteamientos neokeynesianos.
Copyright Clarin y The New York Times, 2008. Traducción: Elisa Carnelli