La crisis capitalista mundial ha ingresado en una nueva etapa. El domingo
pasado, el gobierno de Estados Unidos anunció el mayor rescate de la
historia al tomar bajo su protección a dos gigantes del crédito hipotecario,
cuyos activos y pasivos llegan a casi 6 billones de dólares. Al correr de la
pluma, el secretario del Tesoro incrementó al doble la deuda pública
norteamericana, que equivale ahora al ciento por ciento del PBI.
Por Jorge Altamira -
Prensa Obrera
Apenas se difundió la información, algunos economistas interpretaron que el
tamaño de la nacionalización equivalía a un cambio de régimen social, y que
el país debía ser rebautizado con el nombre de Estados Unidos Socialistas de
América (Ussa). Pero la ironía tiene, de todos modos, su miga porque el
Estado se ha quedado ahora con la mitad de las hipotecas de viviendas
(propiedad) y con alrededor de un 12% del patrimonio inmobiliario del país
(que está valuado en 60 billones de dólares). Nada mal para un régimen
político que ha impulsado la privatización universal de los bienes
estatales.
Default
Estamos, en realidad, ante una declaración de 'default' que no tiene
precedentes. Aunque las empresas en cuestión (Fannie Mae y Freddie Mac) no
dejaron de honrar ninguna de sus deudas, dos informaciones dejaron ver que
la cesación de pagos era inminente. Una decía que los balances de estos
bancos estaban fraguados en dos aspectos esenciales: por un lado, de acuerdo
con una auditoría del Morgan Stanley, el valor de las hipotecas registradas
en los libros no correspondía a los precios de mercado, o sea que los
accionistas no habían reducido el valor contable de las hipotecas a medida
que caía el precio de la vivienda en el mercado, ni tampoco a medida que
caían los títulos que financian hipotecas en poder de otros bancos. También
quedó claro que la valuación del capital declarado no correspondía a la
realidad, pues no se había registrado la desvalorización de los bonos que
forman una parte del total de ese capital. Hubiera bastado que esta
información llegara al público para provocar el derrumbe del mercado
financiero internacional, el cual en sus distintas expresiones involucra a
80 billones de dólares (80 millones de millones).
Pero otra información, más conocida, añadía que los bancos centrales y
numerosas entidades financieras del exterior habían comenzado a retirar sus
inversiones en dichas empresas. Cuatro bancos centrales tienen invertidos
más de 1,5 billones de sus reservas en Fannie y Freddie (China sola, unos
500 mil millones de dólares). Interrogado acerca de por qué tenía colocada
semejante suma en entidades con una posición tan precaria, un ejecutivo del
Banco Central de China retrucó preguntando en qué otro lugar hubieran estado
más seguras. Estamos hablando del 25% del total de las reservas
internacionales de China.
El objetivo de la nacionalización es prevenir una liquidación (venta)
apresurada de los títulos hipotecarios que tienen las dos entidades, que es
lo que habría ocurrido en el caso de un 'default'. Semejante liquidación es
capaz de destruir el valor de activos similares que tienen en su poder la
mayoría de los bancos y numerosas compañías, ni qué decir de los que
prestaron plata a los dos afectados. Por otro lado, ni Fannie ni Freddie
hubieran podido pagar a sus acreedores. Con la nacionalización se busca
mantener (e incluso abaratar) la obtención de los créditos necesarios para
la continuidad de los negocios de ambas empresas. Se estima que una
estabilización del financiamiento permitiría al Estado proceder a una
liquidación ordenada de los créditos hipotecarios de Fannie y Freddie a
partir de 2010.
Todo indica, sin embargo, que ocurrirá lo contrario, en primer lugar porque
los precios de las viviendas y de las hipotecas no han dejado de caer, ni
tampoco los títulos que financian esas hipotecas. O sea que el
incumplimiento en el pago de los créditos por parte de los que compraron
viviendas a préstamo deberá crecer. Por otra parte, los bancos entrampados
en el negocio hipotecario buscarán que Freddie y Fannie les compren sus
títulos invendibles (que es una de las funciones que éstas tienen asignadas
por estatuto), más ahora que -con la nacionalización- cuentan con
financiación pública del Tesoro. El balance de las empresas se va a inflar
con una cantidad mayor de títulos invendibles por estas dos razones, en
lugar de reducirse. Es muy difícil, entonces, que en semejantes condiciones
las empresas en cuestión vean facilitado el acceso al crédito para sí
mismas. Si sirve como ilustración, digamos que el nacionalizado banco
escocés Northern Rock, ha tenido que recurrir al dinero público por un monto
igual a más del doble (100 mil millones de libras esterlinas) de su cartera
de títulos invendibles (40 mil millones). El equivalente para esta
nacionalización yanqui es una suma estratosférica. O sea que antes de poder
sanear la situación, el Tesoro norteamericano deberá inflar todavía más el
esquema de negocios que se ha derrumbado. Solamente para comprar la parte
del capital (acciones preferidas) que lo autoriza a manejar la empresa, el
Tesoro deberá comprometer 200.000 millones de dólares. La compra
oficializará la depreciación de esas acciones, lo que debe provocar un
perjuicio rayano en la quiebra a sus tenedores, la mayor parte en manos de
bancos regionales de Estados Unidos. Simultáneamente, la entidad que asegura
los depósitos de esos bancos regionales, Federal Insurance, se está quedando
sin fondos para cumplir con ese cometido.
La gran depresión
Las derivaciones de esta crisis son inconmensurables. La nacionalización,
por ejemplo, ha detonado la ejecución de numerosos contratos de seguro de
los bonos comprados a esas entidades. Ante el peligro de que se pudiera
desatar un reclamo de indemnizaciones por alteración de las condiciones de
los contratos, se está buscando un arreglo que le saque a la nacionalización
cualquier connotación de cesación de pagos. O sea que los yanquis deberán
comenzar a gobernar con leyes de emergencia o decretos de necesidad. El otro
tema son los fondos de pensiones, que tienen la mayor parte de su dinero
invertido en esas dos entidades, o sea que se encuentran en riesgo las
jubilaciones de millones de personas. Como advirtió el ejecutivo ya
mencionado del banco de China: ¿en dónde invertir el dinero que se retire de
esas empresas? Un dinero que no rinde no paga jubilaciones y erosiona el
capital al ritmo de la inflación.
En hipótesis, esta crisis no sería de difícil resolución, incluso ahora que
alcanzó proporciones devastadoras. Bastaría que el capital en su conjunto
ajustara sus balances a la pérdida de valor registrada por la propiedad
inmobiliaria. Sería como una 'quita de la deuda' aplicada en forma
generalizada a todos los créditos. La producción y su financiamiento se
reanudarían sobre la base de nuevos proyectos, y se reiniciaría el ciclo
económico. Pero semejante solución es incompatible con el capitalismo. En
primer lugar, por ausencia de una contabilidad social y de una autoridad
universal, lo cual hace imposible un ajuste generalizado de patrimonios. En
segundo lugar, porque la posición de los capitalistas en el mercado no es
uniforme, o sea que la crisis los afecta en forma diferente. Tercero, porque
la quiebra de algunos capitalistas es la oportunidad de negocio de otros
capitalistas, o sea que forma parte de la competencia capitalista. Es así
que la posibilidad de un nuevo equilibrio capitalista debe pasar por la
prueba de la competencia entre capitalistas, o sea por bancarrotas y crisis
sistémicas. Pero estas bancarrotas y crisis pueden marcar y, en última
instancia marcan, el fin del proceso capitalista.
Cuando los paniagudos ya estaban celebrando la intervención estatal a Fannie
y Freddie como una salida definitiva a la crisis, el cuarto banco de
inversión en el mundo, Lehman Brothers, anunciaba que no conseguía un equipo
de rescate en ningún lado. Estamos, por lo tanto, en las vísperas de una
nueva quiebra y de una nueva intervención estatal, porque alguien deberá
hacerse cargo de los títulos invendibles de este banco. Sumando aquí y
sumando allá, Estados Unidos va camino a contraer una deuda pública
descomunal, sin precedentes, con excepción de la Segunda Guerra Mundial. El
déficit de presupuesto, de casi 500 mil millones de dólares al año, se irá
por las nubes. La suerte del dólar está echada -no por la competencia del
euro, el yen o el yuan, sino por la quiebra de las finanzas públicas.
Crisis mundial
Ninguna crisis es una 'verdadera' crisis hasta que no alcanza proporciones
internacionales, incluso si en este caso afecta nada menos que a Estados
Unidos. Pero la crisis es ya, desde hace bastante tiempo, internacional. La
quiebra de la especulación hipotecaria norteamericana ha puesto al
descubierto la especulación en hipotecas en numerosos países, uno de los
cuales es China. La urbanización fenomenal de China explica, con mayor razón
que en cualquier otro país, este fenómeno especulativo. Su derrumbe ha
provocado una gigantesca caída de la Bolsa: más del 60% (lo cual barre con
cualquier suba anterior hasta un 200%). Para hacer frente a este derrumbe,
las empresas chinas han salido a buscar financiación, que ahora es escasa y
usuraria. Este endeudamiento, combinado con la desvalorización de las
inversiones internacionales de China y con la caída que se registra en la
tasa de ganancia e incluso en la producción, plantea allí la emergencia de
una crisis industrial.
El ciclo iniciado con la incorporación masiva de China al mercado mundial
(luego de la crisis asiática de 1998 y de la recesión internacional de 2001)
ha concluido. Más allá de la pedantería de los economistas oficiales, que
niegan la recesión, la recesión mundial es un hecho porque afecta en todos
lados a la industria, porque hay una reducción sistemática de ganancias y de
empleos, porque hay caídas generalizadas de salarios, porque hay quiebras
industriales, porque hay una contracción del crédito en la mayor parte de
los países. Lo singular de esta crisis mundial es que, en primer lugar,
tiene su centro en Estados Unidos y no se limita a una recesión en la
industria sino que afecta a todo el sistema de relaciones de mercado. En
segundo lugar, involucra a China y a Rusia, que se presentaron al inicio del
ciclo como una salida a la crisis mundial. China y Rusia han sido
reincorporadas como actores principales de la acumulación mundial de capital
como consecuencia de la restauración de la propiedad privada. El derrumbe de
los mercados de crédito abre un período que cuestiona el conjunto de las
relaciones internacionales establecidas en la pos-guerra fría, aclarando que
estas relaciones internacionales expresan, antes que nada, una modificación
de las relaciones sociales entre el capital y el trabajo - avance del
capital mediante un sistemático proceso de expropiación de la fuerza de
trabajo (en ella se incluyen todas sus conquistas sociales, incluidas en
ellas a los Estados que habían expropiado al capital).
'Bye, bye Brazil'
La nueva etapa de la crisis capitalista ya está asestando un golpe
descomunal a América del Sur. La presidenta de Argentina tuvo la mala idea
de elogiar a Brasil en vísperas del derrumbe del mercado de capitales
brasileño, que ha sido la viga maestra de su crecimiento en los últimos
cuatro años. Brasil ha atravesado una gigantesca especulación del mercado de
consumo, financiado por el ingreso de capitales del exterior, que ha tenido
un costo extraordinario en término de endeudamiento de los consumidores. El
derrumbe brasileño se lleva puesta a la Argentina en menos de lo que canta
un gallo. 'Bye Bye Brazil'. Pobre Lula, tan cerca de finalizar el mandato,
recibirá una soberana lección de marxismo 'na marra' (en la práctica, en los
hechos).