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Asia, África y América Latina
concentran a la población de más alto riesgo en caso de hambruna mundial.
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El Banco Mundial y el resto de fervientes seguidores de la economía liberal
consideran que las causas de esta crisis son coyunturales y que sólo hay que
esperar para presenciar como el aparato productivo global se adapta a las nuevas
características de la demanda. No obstante, se olvidan de que no se trata de un
fenómeno repentino y nuevo, sino de un proceso que tiene sus raíces más
profundas en el sistema económico y comercial internacional generado por el
mismo Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial
del Comercio, bajo la influencia de la Oficina del Tesoro de los Estados Unidos
y con todo el espaldarazo de las grandes empresas transnacionales de la
agroindustria.
Por Albert Sales -
Revista Sin Permiso
El trigo ha aumentado su precio un 160% en un año, el maíz un 50% y el arroz
un 38% durante los primeros meses de 2008. Esto ha provocado disturbios y
enfrentamientos en México, Haití, Senegal, Burkina Faso, Marruecos, Camerún,
Tailandia, Filipinas, Indonesia... entre otros países. Ante el riesgo de hambre
severa algunos gobiernos han tomado medidas para reducir la exportación de
alimentos y por promover la producción interna. En Egipto, el ejército ha estado
produciendo pan de manera temporal; en Pakistán o en Rusia se han incrementado
los impuestos aplicados a las importaciones; India, China y Vietnam han empezado
a prohibir o limitar las importaciones; en Filipinas, en Bangladesh y en
Tailandia se está subsidiando la compra de alimentos...
Parece que hay consenso generalizado al afirmar que estamos viviendo una
crisis alimentaria mundial que pone en riesgo el acceso a la comida de millones
de personas. Pero no genera el mismo consenso el análisis de las causas y la
propuesta de soluciones. Pese a la urgencia de la situación, el Banco Mundial
mantiene que no intervendrá en el mercado internacional de alimentos y que el
mercado encontrará un equilibrio satisfactorio a esta situación. Según Juan José
Daboud, alto cargo de este organismo, sólo hace falta tener paciencia para qué
el mercado se ajuste aunque admitió que “no es cuestión de semanas ni meses, el
ajuste puede tardar dos o tres años al llegar”.
Se han argumentado varios factores explicativos del aumento desmesurado de
los precios de los alimentos. El más utilizado es el del incremento repentino de
la demanda de cereales y otras materias primeras agrícolas debido a la
desviación de maíz, avena y de otros cereales, del consumo humano y ganadero
hacia las plantas de producción de etanol o de agrocombustible. La crisis “de la
tortilla” en México se usa para ejemplificar este proceso a partir del que la
sustitución del petróleo por derivados del maíz habría fijado precios
inaccesibles para los consumidores y consumidoras de este país. También han
generado un aumento de la demanda los cambios en los hábitos de consumo de
varios sectores sociales del que se han denominado países emergentes. Estos
sectores estarían dejando de lado su alimentación tradicional por una más
“occidentalizada” con un consumo muy alto de carne vacuna y de pollo, provocando
que se necesite mucho más cereal para la ganadería industrial.
El Banco Mundial y el resto de fervientes seguidores de la economía liberal
consideran que las causas de esta crisis son coyunturales y que sólo hay que
esperar para presenciar como el aparato productivo global se adapta a las nuevas
características de la demanda. No obstante, se olvidan de que no se trata de un
fenómeno repentino y nuevo, sino de un proceso que tiene sus raíces más
profundas en el sistema económico y comercial internacional generado por el
mismo Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial
del Comercio, bajo la influencia de la Oficina del Tesoro de los Estados Unidos
y con todo el espaldarazo de las grandes empresas transnacionales de la
agroindustria.
Las instituciones económicas de Bretton Woods han trabajado sin descanso por
instaurar un sistema librecambista global que permita a las Empresas
Transnacionales de los países opulentos realizar sus operaciones de la manera
más favorable. Los Planes de Ajuste Estructural del FMI han llevado a los
países empobrecidos a orientar su producción a la exportación y a la
especialización en la agricultura intensiva. Este tipo de agricultura tiene una
fuerte dependencia de la mecanización, los fertilizantes químicos, los
insecticidas y pesticidas y, en definitiva, del paquete tecnológico de la
revolución verde. Todo dificultades para la agricultura tradicional familiar,
que son aprovechadas por grandes inversores y por las grandes plantaciones. En
el mercado global los alimentos producidos de este modo se transforman en
mercancías de exportación y, como tales, se los atribuyen precios
internacionales sólo asequibles en determinadas zonas del globo.
La movilidad de capitales propiciada por las mismas instituciones ha
facilitado las inversiones especulativas en el mercado alimentario. Ante
factores realmente circunstanciales que indican un aumento de la demanda de
determinados productos, los mercados financieros han reaccionado acumulando
títulos sobre estos productos, acelerando así el incremento de la demanda y, por
lo tanto, el precio. Las compras que se realizan en estos mercados no son sólo
de producto existente sino también de producto futuro. Al mercado CME de Chicago
se están comprando del orden de 30 toneladas de soja diarias que no se recogerán
hasta el 2009.
La dependencia del petróleo va mucho más allá de las necesidades derivadas del
transporte. El paquete tecnológico de la revolución verde que permito los
cultivos de la agroindustria está compuesto por productos derivados del
petróleo. El aumento del precio de esta materia primera no sólo incrementa el
coste de mover los productos de un extremo del planeta al otro, también pone más
obstáculos a los pequeños productores para sobrevivir y genera el entorno
apropiado para una mayor concentración de la tierra y del poder en manos de los
grandes inversores.
El aumento de los precios para los consumidores y consumidoras no significa
que los productores reciban más por su materia primera. La crisis de precios se
presenta sólo a un extremo de la cadena. La razón de esta crisis unidireccional
también es estructural. El mercado agroalimentario está dominado por grandes
corporaciones que controlan la relación con los productores y la venta minorista
de productos. Casi la totalidad del mercado agroalimentario europeo pasa por 110
centrales de compras y 600 empresas propietarias de los súper e hipermercados.
Nombres como Carrefour, Tesco, Auchan o Lidl, imponen sus condiciones, los
precios de venta al público y los precios a los que compran a los productores,
aprovechando las grandes cifras de negocio que mueven y una situación de mercado
oligopolística. En el Estado Español, el 62% de los alimentos son adquiridos a
una gran superficie comercial y el 38% en un establecimiento propiedad de
Carrefour, Mercadona o Eroski.
Hace falta un Comercio Justo en el sentido más amplio del término. Y el
comercio sólo será justo en la medida en que dinamice y proteja los mercados
locales y garantice la soberanía alimentaria. Será justo si obedece a reglas
humanas que no sitúen los mercados financieros por encima de las personas. Y
será justo cuando acerque a los consumidores al proceso de producción reduciendo
los intermediarios y eliminando las grandes concentraciones de poder e
información.
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