(IAR Noticias) 01-Abril-08
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Operadores de Wall Street, el lunes
17 de marzo (Foto EFE) |
A comienzos de semana se hizo súbitamente claro para Wall Street, como
para el grueso de los norteamericanos, que se hallaban definitivamente en el
epicentro de una crisis financiera global que iba a superar todo lo visto hasta
ahora.
Por Michael R. Krätke (*) -
Sin Permiso
Bear Sterns, el quinto banco
inversor estadounidense, se fue al garete en unos pocos días, y sólo fue salvado
de la quiebra porque JP Morgan Chase se hizo con él a precio de saldo. Le salió
al comprador por 236 millones de dólares, dos dólares por acción. ¿Cómo pudo un
player como Bear Sterns, valorado hace todavía un año en 20 mil millones de
dólares, derrumbarse en cuestión de días? Muy sencillo: el banco estaba hasta el
cuello de créditos hipotecarios que no podía seguir refinanciando, y tuvo que
reconocer en el balance de 2007 pérdidas de 1,9 mil millones de dólares. Su
valor en bolsa se desplomó, las carreras para sacar los depósitos empezaron; los
clientes reclamaban sus dineros.
Como siempre en esos casos, el banco central norteamericano –la Fed— intervino
para evitar la quiebra y un pánico que habría podido arrastrar a otros bancos.
El trato con JP Morgan llegó a cerrarse, porque la Fed aportó ¡30 mil millones
de dólares! Bien puede decirse, pues, que Washington salvó a Wall Street. Las
bolsas reaccionaron decepcionadas por doquier: una vez más, miles de millones de
valores bursátiles ficticios quedaban en nada. El golpe más rudo lo recibieron
bancos europeos como la suiza UBS, el mayor administrador patrimonial del mundo,
cuya situación desesperada en el lodazal hipotecario es harto conocida.
Se puede apostar a que en las próximas semanas seguirán ulteriores quiebras o
quasi-quiebras de grandes bancos, en EEUU y en otras partes. Los mercados
financieros se columpian sobre el abismo, aun cuando han logrado la
intervención, en calidad de prestamistas de urgencia y último recurso, de
gobiernos y bancos centrales: ya por separado, ya de concierto en el marco del
grupo de los 10 bancos centrales de los países más industrializados del mundo,
de manera que, entretanto, y sin pausas, se han ido inyectando enormes sumas de
dinero a dosis cada vez más elevadas en el mercado monetario, al tiempo que la
Fed rebajaba drásticamente sus tipos (dos veces en sólo una semana).
Pero todas esas importantes actuaciones financieras estatales han transcurrido
hasta ahora en vano; en el mejor de los casos, contribuyen a inducir una efímera
euforia bursátil. No han logrado por el momento proteger a los mercados
financieros de la afilada guadaña que pende sobre ellos.
En la última operación global llevada a cabo poco antes del desplome de Bear
Stearns, los bancos centrales llegaron tan lejos, que ofrecieron a las empresas
bancarias afectadas títulos estatales de primera clase a término que podían
venderse o prestarse en cualquier sitio. El efecto de esa pesada transacción de
más de 200 mil millones de dólares, en la que participaron también el Banco
Central Europeo, el Banco Nacional Suizo y el Banco de Inglaterra, quedó en
nada. Ahora apenas hay opciones de dominar la crisis. Hasta el momento se ha
procedido conforme a recetas ortodoxas pero estériles; como si la crisis lo
fuera de liquidez y de lo que se tratara es de inundar los mercados monetarios
con créditos de los bancos centrales para ver la luz al final del túnel. Una
inferencia falaz: el mundo financiero sólo ha evitado hasta ahora el colapso
final, porque los concernidos se esconden unos a otros el verdadero alcance de
sus pérdidas. La contabilidad creativa consigue por el momento prevenir el gran
crac. Sólo si los bancos centrales se resolvieran a comprarles a los bancos y a
los fondos de inversión sus créditos fallidos podría contenerse la sangría a la
larga. Pero a un paso así, que montaría tanto como socializar las pérdidas de
los especuladores, no puede avilantarse ni siquiera un banco central de las
dimensiones de la Fed.
Ello es que el Congreso norteamericano ha aprobado un programa de coyuntura en
toda regla para 120 millones de hogares gravemente endeudados. El presidente de
la Fed, Ben Bernanke, quiere una moratoria, es decir: un aplazamiento parcial de
la devolución de la deuda hipotecaria por parte de los propietarios de vivienda.
Pero incluso el FMI ha admitido públicamente que la política monetaria
tradicional de inyecciones crediticias y manipulaciones de tipos no da más de
sí; que se precisa de otro apoyo fiscal. En efecto, lo que naufragó por culpa de
la miopía de los bancos del Norte cuando la crisis de la deuda del Tercer Mundo,
podría resultar ahora inevitable: una moratoria, primordialmente para la deuda
hipotecaria, en un frente amplio y en muchos países. Es sólo cuestión de tiempo
el que la crisis financiera se abata sobre la llamada economía real. Llegados a
ese punto, la apelación a “un nuevo New Deal“ ya no podrá ser desoída.
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(*)Michael Krätke, miembro del Consejo
Editorial de SINPERMISO, estudió economía y ciencia política en Berlín y en
París. Actualmente es profesor de ciencia política y de economía en varias
universidades alemanas y en el extranjero, desde 1981 principalmente en
Amsterdam. Coeditor de la revista alemana SPW (Revista de política socialista y
economía) y de la nueva edición crítica de las Obras Completas de Marx y Engels
(Marx-Engels Gesamtausgabe, nueva MEGA). Investigador asociado al Instituto
Internacional de Historia Social en Amsterdam. Autor de numerosos libros sobre
economía política internacional.
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss.
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