Nadie pestañea ni un instante cuando el editor de una revista llamada
Multinational Monitor –o sea, yo mismo- insinúa que los intereses de las
corporaciones transnacionales divergen de los de la gente de la calle, a los que
bien a menudo llegan a contraponerse. Pero las cosas cambian cuando tal
afirmación procede del BusinessWeek.
Por Robert Weissman (*)
- Sin Permiso
Así se titulaba el artículo de
portada del último número del citado semanario: “Transnacionales: ¿son buenas
para América?” La respuesta a dicha pregunta, procurada por el economista en
jefe del BusinessWeek, Michael Mandel, era quizás un tanto escurridiza –del
estilo del “por un lado esto, pero por el otro aquello”-, pero la conclusión
final no ofrecía dudas: no especialmente.
El artículo pone énfasis en el hecho de que el éxito de las transnacionales
radicadas en Estados Unidos, que constituyen los actores empresariales mejor
preparados para hacer frente a la crisis que atraviesa el país, por ejemplo
sacando provecho del declive del dólar a través de mayores niveles de ventas en
otros países, no están tomando las decisiones que más ayudarían a la economía
estadounidense.
En descarga de las transnacionales, el artículo del BusinessWeek saca a colación
los resultados de estudios de investigación que aseguran que aquéllas son más
productivas, ofrecen salarios más altos y están mejor gestionadas que las
empresas de ámbito estatal. Además, las empresas transnacionales tienden a
radicar su actividad de investigación y desarrollo en Estados Unidos, lo que se
traduce en puestos de trabajo de salarios altos para el país.
Pero mientras que las transnacionales se muestran más eficientes en muchos
sentidos –y conviene señalar que aquí el BusinessWeek opta por no evaluar si son
eficientes porque son transnacionales o, por el contrario, terminan siendo
transnacionales porque son eficientes-, tales empresas dejan de ofrecer muchas
de las ventajas que las gentes esperan de una economía sólida.
Quizás las cifras más significativas puedan encontrarse en los pésimos registros
que han logrado en el ámbito de la creación de empleo. Entre 2000 y 2005, las
empresas transnacionales situadas en Estados Unidos destruyeron la friolera de
dos millones de puestos de trabajo, informa el BusinessWeek. A su vez, durante
el mismo período, las transnacionales redujeron el número de puestos de trabajo
en suelo estadounidense en 500.000.
Y esto no es sólo un efecto de las deslocalizaciones empresariales hacia
espacios en que los costes, empezando por los salariales, son menores.
Comparadas con las grandes compañías que operan sólo en Estados Unidos, el ratio
entre los puestos de trabajo creados y los niveles de ventas y beneficios que
muestran las corporaciones transnacionales es mucho menor –y contamos aquí los
puestos de trabajo que crean tanto en Estados Unidos como en el extranjero-.
Pero lo cierto es que, en gran medida, la drástica reducción de puestos de
trabajo radicados en Estados Unidos que se observa en el seno de las empresas
transnacionales se explica por su tendencia a desplazar su actividad a países
donde los salarios son más bajos, así como por el auge de la subcontratación
–algo que el BusinessWeek desatiende-. “En lugar de promover la actividad
económica del país a fin de vender más y mejor en los mercados globales,
compañías estadounidenses ciclópeas como General Electric, IBM o United
Technologies decidieron trasladar su producción al extranjero” –asegura Michael
Mandel, del BusinessWeek. “En efecto, durante la década anterior, las
transnacionales estadounidenses se han ido divorciando de la economía del país”
–concluye Mandel.
Asimismo, un dólar en caída libre debería animar a los productores que operan a
escala global a invertir cada vez más en Estados Unidos, que se está
convirtiendo en un país cada vez más barato a medida que su moneda se derrumba.
Pero el BusinessWeek advierte de la presencia de por lo menos dos problemas que
están debilitando este proceso.
El primero de ellos es de orden fiscal. En particular, se trata del conjunto de
estrategias de fraude fiscal que han seguido las corporaciones transnacionales
en los últimos años. “Trasladar la producción al extranjero permite a las
transnacionales recurrir a un número prácticamente infinito de estrategias
legales o cuasi-legales para la reducción de su renta imponible”. Entre las
consabidas estrategias para lograr tales objetivos, el artículo cita las
siguientes: la transferencia de precios (operación a través de la cual filiales
estadounidenses pagan más de lo apropiado para obtener productos de otras
filiales del grupo situadas en otros países, con lo que se trasladan rentas y
beneficios a países donde los impuestos son menores); la transferencia de la
propiedad intelectual a empresas filiales que operan también en países con
menores cargas fiscales, mientras que las filiales estadounidenses se ven
obligadas a pagar altas regalías a sus homólogas extranjeras; y la contracción
de préstamos en países donde los impuestos son altos, con el objetivo de obtener
provechosas deducciones fiscales.
El segundo problema que el BusinessWeek identifica es la habilidad de las
corporaciones transnacionales para chantajear (la palabra es mía, no de
BusinessWeek) al Estado solicitando concesiones a cambio de mantener en el país
sus plantas productivas.
El artículo de Mandel toma como ejemplo el sector de los semiconductores, pues
se trata de un ámbito en el que la investigación sigue desarrollándose en
Estados Unidos y en el que existen perspectivas de expansión de la producción, y
cita a líderes de dicho sector que han declarado con la mayor desfachatez que
Estados Unidos no tiene otra opción sino favorecer sus compañías a través de
exenciones y deducciones impositivas, además de otros incentivos. “Tenemos que
decidirnos de una vez por todas a ser competitivos en términos de oportunidades
de inversión y, así, igualar las ofertas en materia de incentivos y de
reducciones de impuestos que otros países ofrecen” –asegura George Scalise,
presidente de la Semiconductor Industry Association. “Si no lo hacemos, lo vamos
a tener muy difícil para mantener nuestro liderazgo en el campo de la tecnología
y de la innovación”.
En esta misma dirección se expresaba Héctor Ruiz, Director General de Advanced
Micro Devices: “No se trata de ‘bienestar empresarial’. [De lo que se trata es
de] asumir que estamos en un mundo competitivo”. Lo que Ruiz no explica es que
dicha competición está amañada. En un mundo como el nuestro, regido como está
por las empresas transnacionales, la competición se libra entre los países (o
entre entes administrativos de diverso nivel) y, también, entre las gentes de la
calle que los habitan. Y, en este punto, tanto da cuáles de estas instancias
logren ofrecer más, pues hay algo que ocurre indefectiblemente: quienes siguen
venciendo son, en realidad, las mismas corporaciones de siempre.
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(*)Robert Weissman es el editor del
Multinational Monitor, (www.multinationalmonitor.com), revista bimestral
radicada en Washington D.F., y director de Essential Action (www.essentialaction.org).
Traducción para www.sinpermiso.info: David Casassas