Un
tono apocalíptico ha invadido los niveles más altos del capital mundial, a
medida que el sistema financiero continúa su implosión. Esta implosión no es más
que la última crisis financiera que viene a golpear al capitalismo mundial. Las
crisis financieras son inevitables desde que el crecimiento capitalista ha sido
conducido de forma creciente por burbujas especulativas, como la inmobiliaria en
Estados Unidos.
Esos vaivenes financieros
incontrolados tienen su origen en la divergencia creciente entre la expansiva
economía financiera y la estancada economía real. Esta "desconexión" proviene de
la persistente tendencia al estancamiento de la economía real debida a
sobreproducción o sobrecapacidad. La búsqueda de beneficios es la fuerza motora
del capitalismo y, cada vez en mayor medida, sólo pueden obtenerse cuantiosos
beneficios gracias a la especulación financiera, en lugar de conseguirlos
gracias a la inversión industrial.
De todos modos, este es un proceso
inestable y volátil, dado que la divergencia entre los indicadores financieros
coyunturales como los precios de activos financieros e inmobiliarios y los
valores reales sólo puede ampliarse hasta un punto en el que la realidad fuerza
una "corrección" de retorno de precios. La explosión de la burbuja inmobiliaria
norteamericana es una de tales correcciones, y está conduciendo no sólo a una
recesión en los Estados Unidos, sino a una depresión mundial debido a un nivel
de integración sin precedentes fogoneado por una globalización dirigida por las
corporaciones transnacionales. No será fácil restaurar el dinamismo fomentando
otra burbuja especulativa, por ejemplo, recurriendo al "keynesianismo militar".
"Tenemos que pagar por los pecados del pasado". Klaus Schwab, organizador clave
de la fiesta de la elite en el forum de Davos.
San Francisco, 17 de febrero de 2008. Precios petroleros por las nubes, un dólar
en caída y mercados financieros al borde de la quiebra son los principales
ingredientes de un brebaje económico que podría terminar en más que una simple
recesión. El dólar cayendo y el precio del petróleo en constante aumento han
estado sacudiendo la economía mundial durante algún tiempo, pero es la
espectacular implosión de los mercados financieros lo que está conduciendo a la
elite financiera a un estado de pánico.
¿Apocalipsis capitalista?
Y el pánico ya está aquí. Así como el signo del pánico fue ostensible con el
anuncio por parte del presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, en persona
de un fuerte descenso de hasta 1,25 puntos porcentuales de la tasa de interés
prime el pasado enero, The Economist también admitió que "no hay duda de que es
un momento escalofriante". Las pérdidas procedentes de malos activos vinculados
a los préstamos hipotecarios en fallidos a prestatarios de alto riesgo se
estiman situadas en torno a los 400 mil millones de dólares. Pero, como ha
advertido el Financial Times, "la gran pregunta es qué más hay", en un momento
en que al sistema financiero mundial "está muy expuesto a un fracaso
catastrófico".
Lo que hay de "más" queda plasmado
en el hecho de que sólo en las últimas semanas se ha sabido que una serie de
bancos coreanos, japoneses y suizos han tenido miles de millones de pérdidas
relacionadas con las hipotecas basura. La globalización de las finanzas fue,
desde el inicio, la vanguardia del proceso globalizador, y siempre existió la
ilusión de pensar que la crisis de las hipotecas basura podría ser confinada a
las instituciones financieras estadounidenses, como pensaban algunos analistas.
Algunos de los actores y agitadores principales no parecían presas del pánico,
sino resignados a una suerte de apocalipsis. En la reunión anual de las elites
mundiales celebrada en Davos el pasado enero, George Soros sonó decididamente
necrológico, declarando tan campante que el mundo estaba siendo testigo del "fin
de una era". El anfitrión del Foro Económico Mundial habló del capitalismo
mientras saboreaba su postre diciendo: "Tenemos que pagar por los pecados del
pasado…". "No es que el péndulo se esté ahora inclinando hacia el socialismo
marxista", dijo a la prensa, "pero la gente se está preguntando '¿Cuáles son los
límites del sistema capitalista?' Creen que el Mercado tal vez no sea siempre el
mejor mecanismo para ofrecer soluciones".
Reputaciones arruinadas y políticas fracasadas
Mientras algunos parecen haber perdido los nervios, otros han visto disminuir su
estatura debido al colapso financiero.
Como presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente Bush en 2005,
Ben Bernake atribuyó el incremento de los precios inmobiliarios a "fundamentos
económicos sólidos", no a la actividad especulativa. Siendo esto así, queda una
incógnita, y los críticos se preguntan: ¿por qué, como jefe de la Reserva
Federal se equivocó en anticipar el colapso del Mercado inmobiliario proveniente
de la crisis de las hipotecas basura?
De todos modos, su predecesor Alan
Greenspan sufrió un golpe más duro, pasando del estatus de icono al de villano a
los ojos de algunos. Le atribuyen la culpa de la burbuja por las agresivas
rebajas operadas en los tipos de interés prime para sacar a los EEUU de la
recesión en 2003, y por mantenerlos en niveles bajos durante un año. Otros dicen
que ignoró las advertencias sobre los inescrupulosos y agresivos forjadores de
hipotecas que embarcaron a los prestatarios de alto riesgo en acuerdos
hipotecarios que nunca podrían enfrentar.
El escrutinio de los antecedentes de Greenspan y el fracaso de las disminuciones
de tipos de interés de Bernanke para impulsar los préstamos bancarios han
levantado serias dudas sobre la efectividad de la política monetaria para
prevenir una recesión que ahora es vista como inevitable. Tampoco lo conseguirá
la política fiscal, ni poner dinero en manos de los consumidores, según algunas
voces de peso.
Los 156 mil millones del paquete
de estímulo recientemente aprobados por la Casa Blanca y el Congreso consisten
fundamentalmente en retornos fiscales, y el grueso, de acuerdo con Paul Krugman,
el columnista del New York Times, irá a parar a quienes en realidad no lo
necesitan. La tendencia será entonces ahorrar más que gastar las devoluciones en
un período de incertidumbre, frustrando su propósito de estimular la economía.
El fantasma que se le aparece ahora a la economía estadounidense es la
experiencia japonesa de un crecimiento anual virtualmente nulo y deflación
durante los noventa y comienzos de esta década, a pesar de los paquetes de
estímulos que siguieron uno tras otro después de que se desinflara la gran
burbuja inmobiliaria de Tokio a fines de los 80.
La burbuja inevitable
Aun cuando las acusaciones no han terminado, muchos analistas nos recuerdan que,
a pesar de todo, la crisis inmobiliaria debería haber sido anticipada. La única
pregunta era cuándo llegaría. Conforme notó en un análisis hace unos cuántos
años el economista del Centro de Investigaciones en Política Económica, Dean
Baker: "Como la burbuja financiera, la burbuja inmobiliaria explotará.
Finalmente, debe hacerlo. Cuando lo haga, la economía atravesará una grave
recesión, y decenas de millones de propietarios de casas que jamás imaginaron
que los precios de sus viviendas podrían caer, probablemente, se vean en serios
apuros".
La crisis de las hipotecas basura no fue un caso de oferta excediendo la
demanda. La "demanda", en gran medida, fue creada por una manía especulativa por
parte de financieros y agentes inmobiliarios que buscaban generar enormes
beneficios a partir de su acceso al dinero extranjero que inundó a los Estados
Unidos durante la ultima década. Las elevadas hipotecas fueron enérgicamente
vendidas a millones de personas que en condiciones normales no podían
afrontarlas, ofreciéndoles tasas de interés "engañosas" que luego serían
reajustadas para aumentar el precio de los pagos de los nuevos propietarios.
Estos activos fueron entonces "titulizados"
[NdT: la operación de securitización, aquí traducida como titulización, consiste
en agrupar activos financieros con similares condiciones de plazos, colaterales
e intereses, para transformarlos en un solo instrumento financiero con garantía
hipotecaria que las entidades colocan en el mercado internacional para hacerse
con liquidez y dispersar el riesgo] junto con otros activos en complejos
productos financieros derivados denominados "obligaciones de deuda
colateralizadas (CDO, por sus siglas en inglés)" por los iniciadores de las
hipotecas que trabajan en conjunto con intermediarios de rangos medios que
subestimaron el riesgo para poder colocar los nuevos títulos lo más rápido
posible en otros bancos e inversores institucionales. El aumento de los tipos de
interés desencadenó una oleada de cesación de pagos, y muchos de los inversores
y bancos de renombre –incluyendo Merrill Lynch, Citigroup, y Wells Fargo— se
encontraron con miles de millones de dólares de activos financieros de mala
calidad que habían gozado de luz verde por parte de sus sistemas de evaluación
de riesgos.
El fracaso de la autorregulación
La burbuja inmobiliaria no es sino la última de cerca de 100 crisis financieras
que se han sucedido una tras otra desde que los controles de capitales de la
época de la Depresión comenzaron a ser levantados en la era neoliberal que
empezó a comienzos de los 80. Los reclamos que ahora provienen de algunos
sectores para frenar el capital especulativo tienen un aire de déjà vu para
muchos observadores. En particular, tras la crisis asiática de 1997, se produjo
una fuerte exhortación para aumentar los controles al movimiento de capitales en
el marco de una "nueva arquitectura financiera mundial". Entre las apelaciones
más importantes fiscalizar las transacciones monetarias están la famosa Tasa
Tobin, que desaceleraría los movimientos de capital, o la creación de algún tipo
de autoridad financiera mundial que, entre otras cosas, regularía las relaciones
entre los prestamistas del norte y los países en desarrollo endeudados.
De todos modos, el capital financiero mundial se resistió tenazmente el regreso
a la regulación estatal. Nada pasó con la propuesta de la Tasa Tobin. Incluso un
relativamente débil "mecanismo de reestructuración de la deuda soberana",
semejante al Capítulo Once [N. del T.: capítulo del Código de bancarrotas de
EEUU que procura sostener el funcionamiento del negocio, en oposición a otros
códigos que regulan su liquidación], para dar algún grado de maniobra a los
países en desarrollo con problemas de cumplimiento, fue frenado por el sistema
bancario, a pesar de haberlo propuesto Ann Krueger, la conservadora directora
norteamericana del FMI.
En su lugar, el capital financiero
promovió lo que se conoce como proceso de Basilea II, descrito por el economista
político Robert Wade como una serie de pasos hacia una estandarización económica
que "maximice la libertad [de las firmas financieras globales] en punto a
movilidad geográfica y sectorial, a la vez que fije restricciones colectivas a
sus estrategias competitivas". El énfasis se puso en la autovigilancia y la
autorregulación financieras, apuntando a una mayor transparencia de las
operaciones financieras y a nuevos estándares para el capital. A pesar del hecho
de que la crisis asiática fue originada por el capital financiero del norte, el
proceso de Basilea se centró en hacer que los procesos e instituciones
financieras de los países en desarrollo sean más transparentes y estandarizados
mediante las líneas de lo que Wade llamó el modelo financiero "angloamericano".
Y aunque no faltaron los reclamos para regular la proliferación de los nuevos y
sofisticados instrumentos financieros, como los derivados colocados en el
mercado por las instituciones financieras de los países desarrollados, todo
quedó en nada. La regulación de los derivados sería dejada en manos de los
agentes del mercado que tienen acceso a los sofisticados modelos cuantitativos
de "asignación del riesgo" que estaban siendo desarrollados.
Al concentrarse en disciplinar a los países en desarrollo, el proceso de Basilea
II consiguió muy poco en relación a la autorregulación de las finanzas mundiales
del Norte, a punto tal, que Robert Rubin, de Wall Street y antiguo Secretario
del Tesoro bajo la presidencia de Clinton, advirtió en 2003 que "las crisis
financieras futuras serán casi seguramente inevitables y podrían ser aún más
graves".
Lo mismo que con la asignación de riesgos de derivados como las "obligaciones de
deuda colateralizadas CDOs" y los "vehículos de inversiones estructuradas (SIVs)"
–la vanguardia de lo que el Financial Times describió como "la vasta y creciente
complejidad de las hiperfinanzas"—, el proceso se derrumbó casi completamente
con los modelos cuantitativos de riesgo más sofisticados, nulificados por el
hecgho de que el riesgo acabó midiéndose conforme a la siguiente regla impuesta
por los vendedores de activos financieros: subestimar el riesgo real, y
transmitirlo a los pardillos de abajo en la cadena de transacciones financiera.
Al final, era difícil distinguir lo que era fraudulento, lo que era un error de
criterio, lo que era completamente idiota y lo que andaba fuera de cualquier
control. Como lo expuso un informe sobre las conclusiones de una reciente
reunión del Foro de Estabilidad Financiera del Grupo de los Siete:
Hay muchas culpas a repartir en el caos financiero: el mercado de las hipotecas
basura norteamericanas se caracterizó desde el comienzo por pésimos criterios de
suscripción y por "algunas prácticas fraudulentas". Los inversores no actuaron
con la debida diligencia cuando compraron activos hipotecarios. Los bancos y
otras empresas administraron muy pobremente sus riesgos financieros y fracasaron
en revelar al público los peligros de sus hojas de balance. Las empresas de
calificación de riesgo hicieron un mal trabajo evaluando el riesgo de los
activos financieros más complejos. Y las instituciones financieras retribuyeron
a sus empleados en formas que estimularon una toma de riesgos excesiva y una
consideración insuficiente de los riesgos a largo plazo.
El fantasma de la sobreproducción
No es sorprendente que el informe del G-7 sonara en el mismo tono que las
necrológicas de la crisis financiera asiática y de la burbuja de las punto-com.
Tal vez inconscientemente, un cacique de una corporación financiera y redactor
principal del Financial Times captó el problema básico que caracteriza estas
manías especulativas, cuando señaló que "se ha producido una creciente
desconexión entre la economía real y la financiera en los últimos años. La
economía real ha crecido… pero nada que ver con la economía financiera, que
creció aun más rápidamente, hasta que implosionó". Lo que su declaración no nos
dice es que la desconexión entre lo real y las finanzas no es accidental, que la
economía financiera se expandió precisamente para compensar el estancamiento de
la economía real.
Esta brecha creciente entre la economía real y la financiera no puede entenderse
en su totalidad sin hacer referencia a la crisis de sobreacumulación que afectó
a las principales economías a fines de los 70 y en los 80, un fenómeno que
también se conoce como sobreproducción o sobrecapacidad.
El período dorado del crecimiento mundial de posguerra, que no experimentó
grandes crisis durante 25 años, se debió a la creación masiva de demanda
efectiva mediante incrementos de los salarios en el Norte, la reconstrucción de
Europa y Japón y la industrialización sustitutiva de importaciones en América
Latina y otras partes del Sur. Se hizo principalmente por la intervención del
Estado en la economía. Este periodo dinámico llegó a su fin hacia mediados de
los 70, con el comienzo de un estancamiento económico provocado por el
desequilibrio entre la capacidad productiva y la demanda mundial, que fue
contenido mediante una creciente desigualdad en la distribución de la renta. De
acuerdo con los cálculos de Angus Maddison, el gran experto en tendencias
estadísticas históricas, la tasa de crecimiento anual del PIB cayó desde un 4,9%
durante lo que ahora se conoce como la edad dorada del sistema mundial de
Bretton Woods que siguió a la II Guerra Mundial –1950-1973— al 3% en 1973-1989:
una caída del 39%. Estas estadísticas reflejan la desgarradora combinación de
estancamiento e inflación en el Norte, la crisis de la industria de sustitución
de importaciones en el Sur y la erosión de los márgenes de beneficios por
doquier.
En los 80 y 90, el capital mundial abrió tres vías de escape para el fantasma
del estancamiento económico. Una fue la reestructuración neoliberal, que incluía
redistribución de la renta a favor de los más ricos mediante recortes fiscales,
desregulación y ataques a las organizaciones sindicales. El neoliberalismo tomó
la forma del thatcherismo y el reaganismo en el Norte desarrollado, y del Banco
Mundial y el Fondo Monetario Internacional –que impusieron los ajustes
estructurales— en todo el Sur.
Otra vía de salida la ofreció la globalización conducida por las corporaciones
transnacionales, una "acumulación extensiva" que abrió mercados en el mundo en
desarrollo y trasladó el capital desde áreas de salarios altos hacia las de
salarios bajos. Como señaló Rosa Luxemburgo mucho tiempo en su clásica obra La
acumulación de capital, el capital necesita integrar constantemente sociedades
precapitalistas al sistema capitalista para mitigar la caída de la tasa de
beneficio. En las últimas dos décadas, el caso más espectacular de incorporación
de una sociedad precapitalista al sistema ha sido China, que se ha convertido en
el segundo mayor exportador mundial, a la par que en el principal destino de la
inversión extranjera. De todos modos, como veremos, ésta fue una espada de doble
filo para el capitalismo.
La tercera vía de escape fue el proceso por el que estamos principalmente
preocupados aquí: la "acumulación intensiva o 'financiarización'", esto es, la
canalización de la inversión hacia la especulación financiera, donde se obtenían
muchas mayores utilidades que en la industria, en la que los beneficios estaban
muy estancados. El capital financiero forzó la eliminación de los controles de
capital, de lo que resultó una rápida globalización del capital especulativo
para sacar ventaja de los diferenciales en las tasas de interés y de los tipos
de cambio entre diferentes mercados de capital. Estos movimientos volátiles,
resultado de verse el capital liberado de los grilletes a que lo sujetaba el
sistema monetario de Bretton Woods de posguerra, han sido una de las fuentes
permanentes de inestabilidad. Otra fue la proliferación de nuevos y más
sofisticados instrumentos especulativos, como los derivados financieros, que
escaparon a controles y regulaciones. La inestabilidad derivó, en última
instancia, del hecho de que la especulación financiera se concentró en extraer
más "valor" de un valor ya creado, en vez de crear un nuevo valor: porque esta
última opción estaba lastrada por el problema de sobreproducción en la economía
real.
La desconexión entre la economía real y la economía virtual de las finanzas se
puso en evidencia en la burbuja de las punto-com de la década del 90. Con los
beneficios en la economía real estancándose, el dinero fluyó rápidamente al
sector financiero. El funcionamiento de esta economía virtual quedó
ejemplificado por el rápido incremento en los valores accionariales de las
empresas de Internet, las cuales, como, señaladamente, Amazon.com, todavía
tienen que empezar a dar beneficios. El fenómeno de las punto-com probablemente
alargó el boom de los 90 durante un par de años. "Nunca antes en la historia de
Estados Unidos", escribió Robert Brenner, "el mercado de valores jugó un papel
tan directo y decisivo en la financiación de las empresas no financieras,
impulsando el crecimiento de la inversión en capital y, a través de ella, la
economía real. Nunca antes la expansión económica norteamericana había sido tan
dependiente de las subidas en el mercado de valores". Pero la divergencia entre
indicadores financieros coyunturales, como los precios de las acciones, y los
valores reales sólo podría aumentar hasta el punto en que la propia realidad
económica los contuviera, forzando una "corrección". Y la corrección vino
salvajemente con el hundimiento de las punto-com de 2002 en forma de evaporación
de unos 7 billones de dólares de riqueza de los inversores.
Se evitó una recesión duradera, pero a costa de la creación de otra burbuja, la
inmobiliaria, y aquí, como señalé antes, Greenspan jugó un papel fundamental
recortando los tipos de interés prime hasta el menor registro conocido en los
últimos 45 años: un 1%, en junio de 2003. En palabras de Dean Baker, "un aumento
sin precedentes en el mercado de valores propulsó la economía norteamericana a
fines de los 90, y ahora un incremento sin precedentes de los precios de los
inmuebles está provocando la recuperación actual".
El resultado fue que el precio de los inmuebles aumentó un 50% en términos
reales, con alzas cercanas al 80%, de acuerdo con Baker, en las principales
zonas afectadas, como la Costa Oeste, la Costa Este, el norte de Washington,
Washington DC y Florida. ¿Qué dimensiones llegó a adquirir la burbuja así
creada? Baker estimó que el aumento en el precio de la vivienda "creó más de 5
billones de dólares en riqueza inmobiliaria [NdT, más de 3 veces el PIB de
España], por encima de la riqueza que se habría conseguido gracias a un
crecimiento normal de los precios. El efecto riqueza provocado por los precios
de los inmuebles está convencionalmente estimado en cinco céntimos respecto al
dólar, lo que significa que el consumo anual es aproximadamente de 250 mil
millones de dólares (2% del PIB de EEUU) más de lo que hubiera sido en ausencia
de la burbuja inmobiliaria".
El "factor China"
La burbuja inmobiliaria estimuló el crecimiento estadounidense, lo cual fue
excepcional dado el estancamiento que ha caracterizado a la economía mundial en
los últimos años. Durante este período, la economía global se ha caracterizado
por la subinversión y por una persistente tendencia al estancamiento económico
en las principales regiones, aparte de Estados Unidos, China, India y otros
pocos lugares. El débil crecimiento ha caracterizado a la mayoría de las demás
regiones del mundo, especialmente a Japón, que hasta hace poco situaba su tasa
de crecimiento del PIB en torno al 1% anual, y a Europa, que creció anualmente
alrededor del 1,45% en los últimos años.
Con estancamiento en la mayoría de las demás regiones, Estados Unidos absorbió
alrededor del 70% de los flujos de capital mundiales. Una gran porción del mismo
procede de China. De hecho, lo que caracteriza al actual período de burbuja es
el papel de China como fuente, no sólo de bienes para el mercado estadounidense,
sino también de capital para la especulación. La relación entre las economías
norteamericana y china es lo que en otro lugar he caracterizado como "la
economía de presos esposados" (chain-gang economics). Por un lado, el
crecimiento económico de China se ha vuelto cada vez más dependiente de la
capacidad de los consumidores norteamericanos para continuar financiando su
gasto con deuda que absorba buena parte de la producción china. Por otro lado,
esta relación depende de una realidad financiera mayúscula: la dependencia del
consumo norteamericano respecto a los dólares de China prestados al Tesoro
Norteamericano y al sector privado, dólares procedentes de las reservas que
viene acumulando de su enorme superávit comercial con EEUU: en torno a un billón
de dólares, según algunas estimaciones. En efecto, una gran porción de las
escandalosas sumas que China –y otros países asiáticos— prestaron a las
instituciones norteamericanas fueron a financiar el gasto de la clase media en
viviendas y otros bienes y servicios de consumo, prolongando, ciertamente, el
débil crecimiento económico norteamericano, pero sólo merced a la elevación de
la deuda del consumidor a niveles peligrosos.
El acoplamiento entre China y EEUU ha tenido importantes consecuencias para la
economía mundial. Una de ellas está relacionada con el aumento masivo de nueva
capacidad productiva por parte de inversores estadounidenses y de otros
inversores extranjeros desplazados a China. Esto ha agravado el persistente
problema de sobrecapacidad y sobreproducción. Un indicador del persistente
estancamiento de la economía real es la tasa de crecimiento anual mundial, que
alcanzó una media de 1,4% en la década de los 80 y un 1,1% en los 90, comparada
con la media de un 3,5% durante los 60 y de un 2,4% en los 70. Desplazarse a
China para sacar ventaja de los bajos salarios puede apuntalar los beneficios en
el corto plazo, pero, a medida que se incrementa la sobrecapacidad en un mundo
donde el aumento en el poder adquisitivo global está limitado por crecientes
desigualdades, los beneficios terminan mermando en el plazo largo. Más aún: la
tasa de beneficios de las 500 principales corporaciones norteamericanas cayó
estrepitosamente desde el 4,9% entre 1954-59 al 2,04% en 1960-69, al -5,30% en
1989-89, al -2,64% durante 1990-92, y al -1,92% en 2000-02. Detrás de estos
datos, señala Philip O'Hara, estaba el fantasma de la sobreproducción: "la
sobreoferta de bienes y una insuficiente demanda son las principales anomalías
corporativas que inhiben el buen desempeño de la economía mundial".
La sucesión de manías especulativas en los Estados Unidos ha tenido la función
de absorber una inversión que no encontraba rendimientos beneficiosos en la
economía real, impulsando así, no sólo la economía norteamericana, sino
"sosteniendo también la economía mundial", como sugirió indicó un documento del
FMI. De modo, pues, en resolución, que, con la implosión de la burbuja
inmobiliaria y la paralización del crédito en la casi la totalidad del sector
financiero, la amenaza de una recesión mundial es muy real.
¿Desacoplamiento o economía de presos esposados?
En este sentido, los debates sobre un proceso de "desacoplamiento" de las
economías regionales, especialmente la asiática, respecto de los Estados Unidos
carecen de contenido.
En verdad. la mayoría de las demás
economías del este y sudeste asiático han sido impulsadas por la locomotora
China. En el caso de Japón, por ejemplo, un estancamiento económico que duraba
una década terminó en 2003 con una primera recuperación sostenida, alentada por
exportaciones destinadas a saciar la sed china de capitales y bienes
tecnológicamente intensivos: las exportaciones se dispararon hasta un récord del
44%, unos 60 mil millones de dólares. En efecto, China se convirtió en el
principal destino de las exportaciones asiáticas, representando un 31% de las
mismas, a la vez que la participación japonesa cayó del 20% al 10%. Como señala
un informe, "analizando uno a uno los perfiles de países, China es ahora el
motor principal del crecimiento de las exportaciones de Taiwán y Filipinas, y el
principal comprador de los productos de Japón, Corea del Sur, Malasia y
Australia".
De todos modos, como destaca una investigación de Jayati Ghosh y C.P.
Chandrasekhar, China está incluso importando bienes intermedios y componentes
desde estos países, pero sólo para ensamblarlos para la exportación de bienes
finales a Estados Unidos y Europa, no para su mercado interno. De este modo, "si
cae la demanda europea y norteamericana de exportaciones chinas, como es
probable que suceda por la recesión en Estados Unidos, no sólo se verá afectada
la industria manufacturera china, sino también la demanda china de importaciones
de los países asiáticos en desarrollo". Tal vez la imagen más adecuada es que
los "presos esposados" no sólo son China y Estados Unidos, sino muchas más
economías satélites, cuyos destinos están básicamente ligados a la ahora
represada ola de gasto (financiado con deuda) de la clase media estadounidense.
¿Nuevas burbujas al rescate?
Conviene, de todos modos, no subestimar la capacidad de hallar salidas del
capitalismo. Muchos ahora se preguntan: después del colapso del boom de las
punto-com y del boom inmobiliario, ¿existe una tercera línea de defensa frente a
un estancamiento que trae su origen en la sobrecapacidad? Una teoría es que el
gasto militar podría ser una forma por la cual el gobierno está sacando a los
Estados Unidos de las garras de la recesión. Y, además, la economía militar jugó
un papel importante a la hora de sortear la recesión en 2002, con un gasto en
defensa que en 2003 llegó a representar un 14% del crecimiento del PIB
estadounidense, siendo así que apenas representaba el 4% de ese PIB. De acuerdo
con las estadísticas citadas por Chalmers Johnson, los gastos relacionados con
la defensa en 2008, y por primera vez en su historia, rebasarán el billón de
dólares.
El estímulo también podría venir del "complejo capitalista ante catástrofes",
tan bien estudiado por Naomi Klein: de "una nueva y consumada economía de la
seguridad interior, de la guerra privatizada y de las tareas de reconstrucción
frente a desastres, nada menos que construyendo y realizabdo un estado de
seguridad privatizado tanto en casa como en el extranjero". Klein dice que, de
hecho, "el estímulo económico de esta espectacular iniciativa se probó
suficiente para levantar el lastre que dejaron la globalización y las punto-com.
De la misma forma que Internet lanzó la burbuja de las punto-com, el 11-S lanzó
esta burbuja del capitalismo del desastre. Esta posible nueva burbuja,
consiguiente a la burbuja inmobiliaria, parece ser relativamente inmune al
colapso de la anterior.
No es tarea fácil seguir la pista de las cantidades que circulan en este
complejo capitalista ante catástrofes, pero un indicador es que InVision, una
filial de General Electric que produce detectores de bombas de alta tecnología
usados en aeropuertos y otros espacios públicos ha recibido la extraordinaria
suma de 15 mil millones de dólares por contratos firmados con Seguridad Interior
entre 2001 y 2006.
Que el "keynesianismo militar" y el complejo capitalista ante catástrofes puedan
de hecho llegar a jugar el papel otrora desempeñado por las burbujas
financieras, es pregunta que queda abierta. Fomentarlos, al menos durante los
gobiernos republicanos, ha significado reducir el gasto social, resultando, al
final, que el efecto positivo sobre el empleo fue rápidamente superado por las
reducciones en la demanda efectiva. Un estudio de Dean Baker citado por Johnson
descubrió que, tras un inicial estímulo de la demanda, cerca de seis años
después el efecto generado por el incremento del gasto militar se transformó en
negativo. Después de 10 años de incremento del gasto militar, habría unos
464.000 puestos de trabajo menos que en un escenario de menor gasto militar.
Pero, aún más importante como límite del keynesianismo militar y del capitalismo
del desastre, es el hecho de que los compromisos militares adquiridos son
probablemente atolladeros como Irak y Afganistán, que podrían disparar una
reacción contraria violenta, tanto fuera como dentro del país. Ello podría
finalmente minar la legitimidad de estos emprendimientos, reducir su acceso a
los fondos públicos y erosionar su viabilidad como fuentes de expansión
económica en una economía en contracción.
Sí: el capitalismo global puede ser resistente, pero se diría que sus opciones
son cada vez más limitadas. Las fuerzas que empujan al estancamiento a largo
plazo de la economía capitalista mundial son ahora muy robustas, demasiado como
para ser fácilmente desactivadas con el equivalente económico a una resucitación
boca a boca.