La visión gubernamental que lee
el conflicto agropecuario bajo la clave excluyente de desafío a la autoridad, y
que privilegia una estrategia que sólo busca el triunfo oficial en la contienda,
se priva de tener una mirada más inteligente sobre lo que está ocurriendo.
Por Claudio Lozano (*) -
Revista Sin Permiso
(I)Poco importa el detonante del conflicto. Importa entender lo que
pasa. En el sector agropecuario se expresan tensiones acumuladas debidas no sólo
a la problemática local sino también a la coyuntura mundial. El mundo exhibe la
conformación de un orden agrario y energético nuevo donde tierras y cultivos son
destinados a la producción de biodiésel y etanol con el objeto de reemplazar a
los hidrocarburos.
Esto, si bien promueve mejores precios para las materias primas, también ha
desatado tendencias que, si no son contrarrestadas por políticas públicas,
plantean verdaderas amenazas para el futuro. Durante los últimos veinte años,
estas tendencias se han hecho presentes en el desarrollo agropecuario.
Se expresan en la consolidación como cultivo dominante de la soja, en el
desplazamiento de múltiples actividades que eran propias del sector, en la
puesta en cuestión de la soberanía alimentaria, en la mayor concentración de la
propiedad y de la producción, en la amenaza de perder el control a manos
extranjeras del proceso de producción agropecuaria, en una especialización
exportadora degradada que nos hace vendedores de pasto para el ganado de China,
India o la Unión Europea, en el desplazamiento de campesinos y comunidades
aborígenes, en la destrucción de la agricultura familiar, en la expulsión de
trabajadores, así como en la devastación del ecosistema.
Una sola cifra basta para ilustrar lo que se expone. Al comparar la superficie
cultivada en cereales y oleaginosas en 1974/ 75 con la última campaña 2006/2007,
puede observarse que las hectáreas trabajadas se expandieron en 17,8 millones,
de las cuales el 90% corresponde a soja. La tendencia al monocultivo es evidente
y ha producido el desplazamiento de la ganadería, de los lácteos, de múltiples
economías regionales, de frutas y hortalizas.
Éstos son los problemas de fondo, los que explican la conflictividad que vive un
campo en profunda mutación, los que habría que encarar y que por cierto no se
pueden enfocar desde la lectura oficial. Por ende, el conflicto es un buen marco
para reorientar el desarrollo agropecuario.
El gobierno, a su vez, no puede aparecer ahora descubriendo la relevancia del
boom sojero. Básicamente, porque durante el gobierno de Néstor Kirchner las
hectáreas plantadas con soja se expandieron en casi cinco millones y a tal punto
llegó la asociación que uno de los máximos exponentes de esta experiencia,
Roberto Urquía (dueño de Aceitera General Deheza) es senador del oficialismo.
(II) La apropiación pública de aquellas ventajas que el país posee en
razón de su dotación diferencial de recursos naturales respecto del resto del
planeta no sólo es justa, sino que es indispensable para financiar nuestro
desarrollo. Debe quedar claro que la renta no es la ganancia del empresario, es
la diferencia entre el precio local del recurso (sea éste la soja, el barril de
petróleo, o cualquier mineral) y el existente a nivel internacional.
Obsérvese que se habla de precio local, es decir, la suma de los costos más la
ganancia normal. Es el excedente extraordinario que se logra no como fruto del
esfuerzo inversor, sino por las bondades de la naturaleza, lo que debe ser
apropiado e invertido a favor del conjunto. Nadie hizo fértil el suelo o gestó
con su esfuerzo los minerales, los peces o el petróleo. Por ende, si esto otorga
una ventaja, le corresponde al conjunto de la Nación.
Suscribimos, por tanto, toda decisión que suponga la apropiación pública de las
rentas, al tiempo que creemos que debe examinarse en cada caso cuáles son los
instrumentos más adecuados para captarlas. Tomando en cuenta los estudios
disponibles, la suma de las rentas agropecuaria (u$s8.000 millones), petrolera (u$s21.000
millones) y minera (u$s10.000 millones) redondean para el año 2007 unos u$s39.000
millones. Si comparamos esta cifra con lo recaudado por retenciones (que no
alcanza ni a u$s7.000 millones), queda claro que éstas capturan mucho menos que
lo que deberían apropiar.
Pero, además de la magnitud, cabe preguntarse si los recursos se obtienen de
quienes corresponde o si en el afán de capturar las rentas se termina
penalizando a los sujetos más débiles. Es aquí donde debemos ubicar al sector
agropecuario.
El conflicto no debe plantearse en términos de si debe o no haber regulación
sobre el sector. La cuestión es qué regulación debe existir. En este sentido, lo
que fracasó es una regulación oficial cuyo resultado concreto se expresa en
reducir el precio de las materias primas para luego, en base a regulaciones y
subsidios, favorecer a los actores más concentrados de la cadena agropecuaria.
Esto es lo que ocurre cuando se suspende la exportación de trigo obligando a los
productores a vender a un precio menor para luego abrir por unas semanas la
exportación, permitiendo que las trasnacionales cerealeras hagan diferencias
brutales con los precios internacionales. Es lo que pasa al obligar a los tambos
a vender al costo para luego subsidiar a La Serenísima. Por ende, hay que
capturar todas las rentas, las retenciones pueden ser un instrumento válido,
pero hay que hacerlo afinando la regulación de acuerdo con las características
de cada sector.
Este gobierno no captura rentas importantes (de hecho, la renta apropiada por
las petroleras durante el gobierno Kirchner triplicó y hoy quintuplica la que
obtenían en la convertibilidad) para el caso minero; estamos pagando nosotros
para que se lleven todo y además destruyan el ambiente, y está claro también que
los instrumentos utilizados en el sector agropecuario han producido el efecto
inverso al señalado por el discurso oficial. Es por esto que no debe sorprender
el hecho de que sea Urquía y no Eduardo Buzzi el senador oficial.
(III) En la actitud oficial de leer el conflicto como un simple desafío a
su autoridad, la apelación a la historia revitalizando la añeja contradicción
pueblo vs. oligarquía ha ocupado un lugar central. Desde esta definición, el
intento oficial fue situar la discusión en términos absolutamente simplistas y
dicotómicos entre "retenciones sí o no". Esta presentación del problema oculta a
los actores que protagonizan el conflicto, al tiempo que empobrece la
consideración de la problemática agropecuaria.
Oculta que quienes han puesto sus cuerpos en los piquetes han sido
dominantemente los pequeños y medianos productores con y sin tierra. No entiende
que, en esta nueva coyuntura agroenergética mundial y en un proceso de mutación
profunda del sector, quien emerge plasmando el cuestionamiento a la
concentración que el modelo sojero promueve es una burguesía rural media, que en
el marco de la Argentina de la desindustrialización es la única burguesía media
que queda con capacidad económica concreta. Burguesía rural media que de la mano
de la Federación Agraria Argentina estaba bloqueando los puertos de Dreyfus y de
Cargill veinte días antes del decreto que puso en marcha las retenciones
móviles.
Es cierto que a partir del decreto del 11 de marzo el conflicto incorporó al
resto de las entidades, que se masificó entre otras cosas por la particular
instalación mediática obtenida, y que dicha influencia responde a que se
montaron sobre el conflicto segmentos del poder agropecuario que sólo discuten
el recorte de sus ganancias futuras.
Pero, casualmente, lo expuesto indica que estamos frente a una situación
compleja, que no resiste el ser simplificada bajo la sola mirada de que se está
desafiando a la autoridad. Es más, un gobierno que quisiera construir seriamente
un proyecto de país signado por la igualdad y la democratización reconocería en
este actor (burguesía media rural) un pilar fundamental para potenciar la
construcción de una nueva perspectiva agropecuaria.
Asimismo, la lectura propuesta por el oficialismo es parcial y equivocada. En
primer lugar, el problema agropecuario no se resuelve con las retenciones. De
hecho, la experiencia reciente indica que su sola presencia no impidió la
consolidación de un rumbo inadecuado para el sector. Es más, ni siquiera han
impedido que los alimentos exhiban una inflación anual superior al 30 por
ciento. Por cierto, tampoco se resuelve problema alguno eliminando las
retenciones. No se resuelve debilitando la capacidad regulatoria del Estado,
sino fortaleciéndola y haciéndola más virtuosa a efectos de promover un Plan
Nacional de Desarrollo Agropecuario.
En segundo término, el oficialismo ha planteado una asociación directa entre
retenciones y distribución progresiva del ingreso. Ciertamente, las retenciones
son redistributivas, pero su sentido se define en el marco general de la
política económica.
En la política oficial, las retenciones son parte de una estrategia cuyas
prioridades han sido la reconstrucción del pago de la deuda pública, el aumento
de los subsidios a los sectores más concentrados, la compra de divisas para
sostener el tipo de cambio que demandan grupos exportadores como Techint, y el
incremento de la inversión pública en infraestructura que viene a compensar la
desinversión que durante los noventa practicaron los concesionarios privados,
pero sin siquiera demandar o penalizar la actitud de dichos concesionarios.
Para el año 2007, esto representó más de $50.000 millones, en tanto las
retenciones sólo significaron $20.000 millones. Por lo tanto, el nudo del
conflicto por las retenciones que se montó sobre el cuestionamiento general a la
política agropecuaria que venían llevando los pequeños y medianos productores
refleja, en realidad, una pulseada por la apropiación de la renta entre un
gobierno que pretende ordenar los predominios al interior de los ganadores de
esta Argentina, privilegiando acreedores y grupos con base industrial
exportadora, frente a trasnacionales cerealeras que no quieren que se les
obturen las perspectivas de ganancias futuras. Se trata, en este nivel, de un
conflicto por la apropiación en el que no se discute la distribución de la renta
con dirección a otro modelo de mayor igualdad.
El conflicto es complejo y no resiste miradas simplistas. Superarlo implica
bastante más que una cosmética de las retenciones. Supone encarar tres
cuestiones: soberanía alimentaria (lo cual exige reorientar el desarrollo
agropecuario argentino); mayor poder adquisitivo para nuestro pueblo (lo cual
requiere del replanteo de la política económica en función de una mejor
distribución del ingreso), y apropiación pública de las rentas de nuestros
recursos naturales para poder fundar una nueva estrategia de desarrollo.
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(*)
El autor, Claudio Lozano, es un veterano sindicalista argentino (CTA)
y Diputado de la Mesa Nacional.