a promesa se está diluyendo: esta semana declaró:
“Dije que retiraría de Irak nuestras tropas de combate en 16 meses, en el
entendimiento de que podría ser necesario –probablemente necesario– mantener
una fuerza residual a fin de proporcionar entrenamiento y apoyo logístico para
proteger a nuestros civiles en Irak” (The New York Times, 4-12-08). “El
residuo”, al parecer, no será pequeño: el ex secretario de Marina Richard
Danzig –uno de los asesores de Obama en materia de seguridad– había ya
declarado que sería de 30 mil a 55 mil efectivos. Algunos dicen que la cifra
podría llegar a 70 mil, casi la mitad del número actual. Hay residuos así.
Pocos creen que la retirada se llevará a cabo en el lapso prometido y que
el último soldado norteamericano dejará suelo iraquí el 31 de diciembre del
2011, según lo pactado con el gobierno de Bagdad. Unos 20 halcones demócratas
–la mayoría de la vieja guardia clintoniana de los años ’90– dominan el equipo
de seguridad y política internacional de Obama y no falta un legado
significativo de W. Bush: el reconfirmado jefe del Pentágono Robert Gates, un
insistente partidario de ganar la guerra en Irak como objetivo mínimo. Ahora
está “menos preocupado” –dijo– por las promesas de campaña del presidente
electo, dado que éste comentó que la retirada de Irak se haría de manera
“responsable” y que dependerá de la opinión de los jefes militares (rawstory.com,
2-11-08). En esas condiciones, tal vez no haya sido un trabajo pesado
tranquilizar a un belicista de la talla de Gates.
El senador Lindsey Graham, el almirante Nike Mullen, jefe de Estado Mayor
Conjunto, y otros “halcones-gallina” republicanos elogiaron estos
nombramientos de Obama (www.timesonline.co.uk, 1-12-08). No es para menos:
tienen un firme bastión en Hillary Clinton, la nueva secretaria de Estado,
acérrima partidaria de la invasión a Irak y Afganistán y de atacar a Irán con
bombas nucleares. Se recuerda su propia confesión: “Llamé por teléfono (a su
esposo presidente) y lo urgí a bombardear (Yugoslavia)” en el marco de la
OTAN; los bombardeos duraron 74 días y a nadie perdonaron. Cabe señalar que la
era de Bill no fue precisamente pacifista: a poco de instalarse en la Casa
Blanca bombardeó Irak en 1993; logró que la ONU le impusiera a Saddam Hussein
un embargo que costó la vida de medio millón de niños iraquíes; atacó a Sudán
y Afganistán; desestabilizó a Haití; militarizó la ambigua lucha contra los
narcotraficantes que se ha convertido en contrainsurgencia y que no ahorra
vidas de civiles inocentes en América latina; apoyó la privatización de las
operaciones militares norteamericanas otorgando enjundiosos contratos a la
industria armamentista; autorizó la venta de armas a países como Indonesia y
Turquía, utilizadas en el genocidio de kurdos y habitantes de Timor Oriental.
Un record que el olvido suele abrigar.
Obama nombró jefe del staff de la Casa Blanca a Rahm Emanuel, admirador de
las ejecuciones extrajudiciales israelíes, impulsor del servicio paramilitar
obligatorio para todos los estadounidenses de 18 a 25 años de edad, del
aumento de los efectivos de las fuerzas armadas y de la creación de un sistema
de espionaje semejante al MI5 británico. Está en buena compañía: el general
(R) James L. Jones, ex comandante del cuerpo de marines y amigo personal del
derrotado candidato republicano John McCain, será el asesor jefe de seguridad
nacional y es difícil suponer que el hecho de pertenecer al directorio de
Boeing no influirá en sus decisiones. Susan Rice, la próxima embajadora de
EE.UU. ante la ONU, apoya una intervención militar en Sudán por la crisis de
Darfur, de preferencia con la participación de la OTAN. Etc., etc.
Barack mismo ha anunciado objetivos de guerra que poco cambian las
políticas de Clinton y de ambos Bush: el incremento de la guerra en
Afganistán; el eventual mantenimiento por largo rato de un número ingente de
efectivos en Irak; la intervención unilateral en Pakistán; el empleo de
ejércitos privados en las zonas donde combate EE.UU.; entre otras cosas. Su
vice Jose Biden no es un demócrata cualquiera: como presidente del Comité de
Relaciones Exteriores del Senado, sostuvo las mentiras de W. desestimando en
el 2002 los testimonios de expertos que señalaban que Irak no tenía armas de
destrucción masiva ni constituía una amenaza para la región “y mucho menos
para EE.UU.” (www.alternet.org, 20-11-08). Rara vez un cambio se ha parecido
tanto a una continuidad.