Por Michael T. Klare
(*)- Revista Sin Permiso
De
todos los desafíos a los que se enfrenta el presidente Barack Obama el próximo
mes de enero, ninguno será tan titánico e importante para el futuro de esta
nación como lo es el de la energía. Después de todo, la política energética
-desastrosamente gestionada por la administración Bush-Cheney saliente- está en
cada uno del resto de los principales desafíos a los que se enfrenta el nuevo
presidente, incluyendo la economía, el medio ambiente, la política exterior y
nuestras guerras en Oriente Medio. Más aún, demostrará ser un gigantesco
desafío, ya que los Estados Unidos se enfrentan a una crisis energética de una
magnitud sin precedentes en su historia que empeora a cada día que pasa.
Los EE.UU. necesitan energía, montones de energía. Día tras día este país,
con sólo el 5% de la población mundial, consume una cuarta parte del total de
las reservas energéticas. Aproximadamente un 40% de la energía proviene del
petróleo: cerca de 20 millones de barriles, o 840 millones de galones [más de
3.175 millones de litros, N.T.] diarios. Otro 23% proviene del carbón, y un
porcentaje similar procede del gas natural. Proporcionar toda este energía a los
empresarios y consumidores norteamericanos, más aún durante una recesión
económica, no sólo sigue siendo una tarea hercúlea, sino que todavía lo será más
en los años por venir. Encarar las consecuencias económicas del consumo de
combustibles fósiles a semejantes niveles mientras se emiten gases invernadero
que alteran el clima sólo hace que la ecuación sea más intimidante si cabe.
Cuando el presidente Obama se enfrente a nuestro problema energético, tendrá
que encarar tres desafíos globales:
1. Los Estados Unidos dependen excesivamente del petróleo para satisfacer sus
necesidades energéticas en un momento en el que la disponibilidad del petróleo
en el futuro próximo está cada vez más en duda.
2. Nuestra fuente de combustible más abundante, el carbón, es el mayor emisor
de gases invernadero si se consume tal y como se hace actualmente.
3. Ninguna otra fuente energética, incluyendo el gas natural, la energía
nuclear, los biocombustibles, la energía eólica y la solar es actualmente capaz
de reemplazar nuestro consumo de petróleo y carbón, incluso si se toma la
decisión de reducir la importancia de éstas en el total de nuestras fuentes
energéticas.
Éste es, en resumidas cuentas, el dilema energético de Obama. Ahora veamos
más de cerca cada uno de sus factores determinantes.
Dependencia excesiva del petróleo
Ninguna otra de las principales potencias mundiales depende tanto del
petróleo para abastecer sus fuentes energéticas. Lo que hace que ese 40% sea
especialmente sobrecogedor es que las reservas mundiales de petróleo están a
punto de contraerse. En consecuencia, la competición por las reservas existentes
se intensificará, mientras que la mayor parte del ya existente se localiza en
regiones endémicamente inestables, lo que amenaza con conducir a los EE.UU. a un
sinfín de guerras por petróleo.
Cuántos pozos petrolíferos en el mundo siguen sin explotar, y cuán
rápidamente alcanzaremos el cénit de una producción mundial diaria de petróleo
sostenible son cosas que todavía se discuten, pero recientemente el margen para
el debate se ha estrechado considerablemente.
La mayor parte de los expertos en energía creen que hemos consumido
aproximadamente la mitad del petróleo original heredado por el planeta, y que
estamos muy cerca de alcanzar el cénit en la producción. Nadie sabe si llegará
en el 2010, en el 2012, en el 2015 o después, pero está, desde luego, cerca.
Además, la mayoría de los expertos en cuestiones de energía ahora creen que la
producción mundial de petróleo alcanzará su cénit con cifras mucho más bajas de
las hasta ahora manejadas -quizá entre 90 y 95 millones de barriles por día, y
no los 115-225 millones de barriles que en su día proyectó el Departamento
estadounidense de energía. (Aquí me refiero solamente al petróleo líquido
convencional; existen otras fuentes “no convencionales” de petróleo, como las
arenas bituminosas de Canadá, el crudo súper-pesado venezolano [más denso que el
petróleo convencional, y por ello más difícil de extraer, N.T.] y otros
similares -que podrían incrementar estas cifras en unos cuantos millones de
barriles por día más, pero sin alterar la ecuación significativamente.)
¿Qué hay detrás de estas presunciones pesimistas? Para empezar, el
agotamiento de los campos petrolíferos existentes se está acelerando. La mayoría
de los gigantescos campos petrolíferos de los cuales ahora depende el mundo para
abastacerse con el grueso de su petróleo fueron descubiertos hace 30 ó 60 años y
están alcanzando actualmente el fin de sus ciclos de vida productivos.
Solía pensarse que la tasa de reducción de la producción de estos campos
rondaba entre el 4 y el 5% anual, pero en un estudio que se publicará el 12 de
noviembre, se espera que la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus
siglas inglesas), afiliada a la Organización para la Cooperación Económica y el
Desarrollo (el club de los países industrializados más ricos), informe de que la
tasa es en realidad cercana al 9%, una cifra realmente pasmosa. A este ritmo de
descenso, los mayores campos petrolíferos del mundo agotarán sus reservas
relativamente rápido, haciéndonos dependientes de una constelación de campos más
pequeños y menos productivos, a menudo localizados en regiones difíciles de
llegar o inestables, así como de cualesquiera nuevos depósitos que la industria
petrolífera sea capaz de localizar y desarrollar.
Y este es el segundo gran problema: a pesar de los enormes incrementos en las
inversiones destinadas a la exploración, las compañías petrolíferas no están
encontrando nuevos campos gigantescos comparables a los “elefantes” descubiertos
en las décadas anteriores. Sólo dos campos de esas dimensiones fueron
descubiertos entre 1970 y 1990, y sólo uno desde entonces: el campo de Kashagan
en la frontera de Kazajstán con el Mar Caspio. Cierto, las compañías han
descubierto algunos grandes campos en las profundidades acuáticas del Golfo de
México y en las costas de Angola y Brasil, pero ninguno de ellos es igual a los
mayores campos que hoy producen petróleo, a los cuales, ni éstos, ni cualquier
otro, se acercan ni por remota comparación. Ninguno de ellos será capaz de
revertir el inminente descenso de la producción mundial.
Con estos factores, resulta evidente que las reservas mundiales de petróleo
están destinadas a contraerse en un futuro no muy lejano, y que el cénit en la
producción mundial -cuando llegue- será a un nivel mucho más bajo de lo que se
suponía. La actual recesión económica y la caída en picado de los precios de la
energía podrían, durante algún tiempo, enmascarar este fenómeno, pero no lo
cambiarán de ninguna manera significativa.
Nuestra excesiva dependencia del petróleo en los años de buenas cosechas y en
los demás también se torna más problemática con el hecho de que, a medida que
menguan nuestras reservas, la demanda mundial se espera que crezca,
principalmente por el incremento del consumo en China, India y otras naciones en
desarrollo.
Recientemente, en 1990, las naciones desarrolladas de Asia representaban sólo
una relativamente pequeña parte del consumo de petróleo mundial, con un 10%. Su
crecimiento económico ha sido tan veloz, y su necesidad de petróleo tan voraz,
que hoy consumen cerca del 18% de las reservas mundiales. Si esta tendencia
persiste en el futuro, la cifra crecerá hasta un 27% en el 2030, superando el
consumo neto de toda Norteamérica por primera vez en la historia. Lo que
significa -si los hábitos y los usos energéticos actuales no cambian
radicalmente- que los americanos competirán con los consumidores chinos e indios
por cada barril de petróleo existente disponible en los mercados mundiales,
conduciendo a un alza en los precios y poniendo en un grave peligro la salud de
nuestra economía dependiente del petróleo.
Para empeorar las cosas, una parte creciente de la producción mundial de
petróleo se concentrará en Oriente Medio, Asia Central y el África subsahariana.
Que estas zonas son crónicamente inestables es el menor de los problemas: en
muchas todavía no ha cicatrizado su pasado colonial o tienen sus fronteras tal y
como fueron dibujadas por las potencias coloniales, líneas de demarcación que no
guardan ninguna relación con las realidades étnicas sobre el terreno, capaces de
dar lugar a un conflicto con el mínimo chispazo. Muchas también sufren de la
llamada “maldición de los recursos”: la concentración de poder en manos de
élites corruptas que tratan de monopolizar las rentas petrolíferas denegando los
derechos más elementales al resto de la población, lo que supone una invitación
abierta a las revueltas, los golpes de estado y los sabotajes energéticos de
todo tipo.
A medida que se ha convertido en cada vez más dependiente de las remesas
petrolíferas procedentes de estas zonas, Estados Unidos ha tratado de mejorar su
“seguridad” energética reforzando su poder militar, incluso si tales esfuerzos
se han probado, y de largo, como inefectivos. A pesar de todo el dinero y los
esfuerzos dedicados a reforzar lo que en su día se conoció como la doctrina
Carter -que afirmaba que el flujo ininterrumpido de petróleo del Golfo Pérsico
hacia los Estados Unidos era un interés nacional vital que había de protegerse
por todos los medios, incluyendo la fuerza militar- el Golfo Pérsico es aún
menos estable o pacífico hoy de lo que lo era en 1980, cuando el presidente
Jimmy Carter aprobó su famoso decreto.
Nuestra excesiva dependencia del petróleo es, pues, nuestra mayor debilidad
energética. ¿Pero cuáles son las alternativas?
El problema del carbón
La fuente energética que los Estados Unidos poseen en mayor cantidad es el
carbón. Este país posee la mayor reserva mundial, 247 mil millones de toneladas
métricas, y sólo va por detrás de China en su uso. En este país el carbón se
emplea principalmente en la producción de electricidad, pero también puede ser
convertido en combustible diésel -un proceso conocido como carbón-a-líquido o
CTL (coal-to-liquids)- para su uso en autómoviles y camiones. Aunque el CTL, muy
empleado por Alemania durante la II Guerra Mundial para mantener en marcha su
maquinaria de guerra, todavía está en su infancia en los EE.UU., cabe la
posibilidad de que se emplee como suplemento en un futuro próximo, cuando
declinen las reservas de gas.
Cuando se quema el carbón de un modo convencional, sin embargo, se emiten más
gases invernadero que al quemar cualquier otro combustible fósil -el doble que
el gas natural y la mitad más que el petróleo necesario para producir la misma
cantidad de energía. El resultado de ello es que cualquier incremento de nuestra
dependencia del carbón nos conduciría a una mayor emisión de dióxido de carbono,
acelerando el calentamiento global, ya de por sí peligroso.
Además, una dependencia de los EE.UU. aún mayor del carbón sólo significaría
la luz verde para que China, India y otros países, deseosos de hacerlo, le
imiten. ¿En pocas palabras? Que cualquier esperanza de revertir la acumulación
de gases invernadero en la atmósfera a tiempo para evitar las más severas
consecuencias del cambio climático sería arrojada por la borda (posiblemente de
manera bastante literal).
Durante la reciente campaña electoral, tanto Barack Obama como John McCain
hablaron de acelerar el desarrollo de la “tecnología de carbón limpio.” En el
contexto actual, no obstante, el de “carbón limpio” es un término engañoso, sino
rotundamente falso. Generalmente, se refiere al carbón libre de polución, no al
carbón libre de emisiones de carbono. El carbón que puede quemarse sin dañar al
medio ambiente recibe el nombre más apropiado de carbón “no dañino para el medio
ambiente” (climate-friendly coal) o “carbón seguro” (safe coal). En el momento
actual no existen plantas productoras, en ningún lugar del planeta, capaces de
quemar carbón de una manera que no sea dañina para el medio ambiente.
Ahora mismo sólo existe una única tecnología seriamente discutida que
permitiría quemar carbón de una manera segura: la captura y almacenamiento de
carbono (carbon capture and storage) o el secuestro de carbono (carbon
sequestration). Con este proceso, el carbón pulverizado se combina con el vapor
y es convertido en un gas; entonces el carbono es separado y, eventualmente,
enterrado. Se trata de una técnica compleja y costosa que todavía tiene que
superar la fase de pruebas por completo. Pero ahora mismo es la únia vía en el
futuro inmediato para usar carbón de una manera que no sea dañina para el medio
ambiente. El presidente electo Obama ha hablado de su interés en esta
tecnología, pero sin mucho más apoyo e inversión -y esto no es baladí en
momentos difíciles para la economía- nunca tendrá el impulso que merece.
Considerar las alternativas
Así pues, ¿qué nos queda para satisfacer nuestras futuras necesidades
energéticas?
El gas natural es la próxima mayor fuente de energía y posee un considerable
número de ventajas. De todos los combustibles fósiles, es el que emite una menor
cantidad de dióxido de carbono cuando se quema. Poseemos unas sustanciales, sino
abrumadoras, reservas de gas natural en este país. Pero como el petróleo, se
trata de un recurso limitado. En un momento dado también alcanzará su cénit y
empezará a disminuir. Los expertos en energía tienen menos certezas sobre cuándo
podría ocurrir esto exactamente, pero la mayoría calcula que se producirá más o
menos una década después de que el petróleo alcance su cénit.
Nuestro mayor problema con el gas natural es que estamos terminando
gradualmente con nuestras reservas en Norteamérica, y por ello tenemos que
depender de las reservas procedentes de cualquier otro lugar, en este caso, en
forma de gas natural licuado o LNG (liquefied natural gas). Casi el 45% de las
reservas restantes mundiales están en posesión, sin embargo, de exclusivamente
tres países: Rusia, Irán y Qatar; grandes cantidades del mismo se encuentran en
Algeria, Irak, Kazajstán, Arabia Saudí, Turkmenistán y Venezuela. Esto
significa, por descontado, que nos enfrentamos a los mismos problemas
geopolíticos si dependemos del gas natural que cuando lo hacíamos del petróleo.
Hay quien afirma que lo que deberíamos hacer es descansar nuestra dependencia
en la energía nuclear. El atractivo de la energía nuclear es que, una vez puesta
en marcha, no emite dióxido de carbono. Pero sí que provoca enormes quebraderos
de cabeza en torno a la seguridad, y produce residuos radioactivos tóxicos que
deben ser almacenados para miles, o quizá incluso decenas de miles, de años en
contenedores ultra-seguros -un desafío tecnológico que todavía ha de ser
superado. Aun teniendo en cuenta estos problemas, los altos costes económicos y
los problemas legales que la construcción de nuevos reactores disuaden a
prácticamente todo el mundo de su construcción, limitando la capacidad
energética nuclear para superar la crisis energética estadounidense.
De lejos, la alternativa más atractiva al petróleo y el carbón son,
naturalmente, las energías renovables, especialmente la eólica y la solar, muy
alabada por ambos partidos, pero que recibe un apoyo inadecuado. Ninguna de las
dos emplea combustibles fósiles (sólo el sol y el viento), ninguna de las dos se
agota, y ninguna de las dos emite dióxido de carbono a la atmósfera. Se
presentan como la solución ideal para la crisis energética y climática mundial.
El pleno potencial de la energía eólica y solar, empero, no podrá realizarse
hasta que se superen al menos dos obstáculos: el desarrollo de sistemas
eficientes de almacenamiento que recojan la energía cuando el sol y el viento
soplan a favor y lo liberen cuando no, y la construcción de una red eléctrica
nacional que conecte las zonas de mayores corrientes de viento (especialmente
los estados montañosos y las grandes llanuras) y las más soleadas (el suroeste)
con las zonas más necesitadas de estos recursos. Se tratará de esfuerzos
costosos, pero hasta que no estén financiados por completo, la energía solar y
eólica no serán capaces de reemplazar más que una pequeña fracción del carbón y
el petróleo en el consumo de energía total del país. Por desgracia, con el telón
de fondo de los tiempos difíciles, y en una nueva era de petróleo “barato” que
no durará para siempre, la probabilidad de una inversión como la que ésta
necesitaría cae en saco roto.
Puede hablarse largo y tendido del potencial de los biocombustibles avanzados
(los que no dependen de las plantaciones de alimentos como el maíz), la energía
geotérmica, la energía mareomotriz, el hidrógeno y la fusión nuclear, pero todas
ellas están en la misma categoría que la eólica y la solar (si no más):
demuestran un gran potencial, pero sin una investigación más a fondo, desarrollo
e inversión, no pueden ayudarnos a abandonar nuestra dependencia del petróleo y
el carbón.
El desafío a enfrentar
Si esta evaluación es correcta, el presidente Obama se enfrentará a un duro,
sino sobrecogedor, desafío, al haber de tratar de manejar a largo plazo la
crisis energética de la nación. Habiendo llegado a la presidencia en unos
tiempos cada vez más difíciles, será asediado por un ejército de crisis
inmediatas y peticiones de inversión. En lo energético, su inclinación natural,
teniendo en cuenta las limitadas fuentes financieras, tomará sin ninguna duda
una serie de modestos gestos hacia “la independencia que nos concede la energía
verde.” La crisis por llegar, central en nuestras vidas, y en la de nuestros
hijos y nietos, no se resolverá, por desgracia, con correcciones a pequeña
escala hechas sobre la marcha.
Se necesita de una iniciativa conducida con firmeza por la Casa Blanca al
nivel del Proyecto Manhattan durante la Segunda Guerra Mundial, que produjo la
primera bomba atómica, o el Proyecto Apolo, que llevó al hombre a la luna. Los
principales objetivos de semejante tarea épica deberían incluir:
1. La reducción de la contribución del petróleo a las reservas totales de
América en la mitad durante el próximo cuarto de siglo. Esto requeriría un
programa integral de conservación del ya existente, un aumento y desarrollo del
transporte público y un progreso acelerado de los vehículos eléctricos y los
biocombustibles avanzados, así como otras innovaciones tecnológicas.
2. Una reducción gradual de la dependencia estadounidense del carbón, a menos
que sea consumido de manera no dañina para el medioambiente, así como apoyo
gubernamental para el desarrollo de la tecnología de la captura y almacenamiento
de carbono.
3. Un incremento de la aportación de las fuentes energías renovables en el
total energético estadounidense del actual 6% a, por lo menos, el 25%, si no
más, para el 2030. Esto requeriría una inversión pública considerable en nuevas
tecnologías y nuestras líneas eléctricas.
4. La desmilitarización de la dependencia norteamericana del petróleo. Esto
significa repudiar la doctrina Carter, demantelar el inmenso aparato militar
creado desde 1980 para reforzar esa política y utilizar el dinero restante -casi
150 mil millones de dólares al año, según un informe del National Priorities
Project- para ayudar a financiar las iniciativas antes descritas.
Sólo aceptando estos objetivos puede el presidente Obama esperar superar a
largo plazo la crisis energética potencialmente devastadora a la que ahora se
enfrenta esta nación.
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(*) Michael T. Klare es profesor de Paz y Seguridad Mundial
en la Universidad de Hampshire. Su último libro, Rising Powers,
Shrinking Planet: The New Geopolitics of Energy, fue publicado
el pasado abril por Metropolitan Books.
Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero