(IAR Noticias) 20-Noviembre-08
El desastre dista mucho de haber sido superado; lo peor está por llegar. A lo
que estamos asistiendo es a la primera crisis financiera mundial de verdad, a
una crisis que abarca simultáneamente a todos los países y a todos los mercados
financieros del mundo, a una crisis en la que desplomes bursátiles y bancarios
en una región del planeta traen casi inmediatamente consigo desplomes bursátiles
y bancarios en otras regiones.
Por Michael R. Krätke (*) -
Revista Sin Permiso
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss
N ueva York dispone de una nueva atracción para turistas: se puede contratar un
paseo organizado por los "pánicos y desplomes de Wall Street" que te lleva a
visitar los lugares en donde acontecieron las megaquiebras y en los que buenos
conocedores de los que se urdía entre bastidores te cuentan historias que ponen
los pelos de punta sobre las maniobras financieras más aventureras y
desapoderadas. Todo, organizado por una astuta damita que hasta hace cuatro días
aún tenía un puesto de trabajo muy bien remunerado en Morgan Stanley. Los chicos
y las chicas de Wall Street siguen sabiendo cómo hacer negocios con las crisis.
En cambio, a los grandes del mundo financiero, que no saben de preocupaciones
por el propio puesto de trabajo, poco menos que se les ha cortado el habla. Alan
Greenspan proclama en el Congreso su sensación de "estupefacción e incredulidad"
ante la dimensión de un desastre que él y los suyos contribuyeron a organizar.
El tono menor impera en los círculos internos de célebres think tanks que ahora
dicen no tener desgraciadamente la menor idea de lo que está por venir y de lo
que nos espera. Incluso el gran estadista Joschka Fischer, mascarón de proa de
la exizquierda que se arrodilló rastreramente ante la pretendida omnipotencia de
los mercados financieros, parece haber hecho una tregua en su habitual emisión
ininterrumpida de disparates. "¿Estaba Karl Marx en lo cierto?", pregunta el
Times a sus lectores. Claro que sí, contesta el 48%.
Lo peor está por llegar
El desastre dista mucho de haber sido superado; lo peor está por llegar. A lo
que estamos asistiendo es a la primera crisis financiera mundial de verdad, a
una crisis que abarca simultáneamente a todos los países y a todos los mercados
financieros del mundo, a una crisis en la que desplomes bursátiles y bancarios
en una región del planeta traen casi inmediatamente consigo desplomes bursátiles
y bancarios en otras regiones.
La dinámica interna de este crac es inauditamente furiosa, y se puede describir
del modo que sigue: las burbujas especulativas han estallado, la riqueza
ficticia se evapora, merced a la caída de los precios inmobiliarios y de los
cursos de las acciones; sólo quedan las deudas. En los EEUU, como en la Gran
Bretaña y en muchos otros países, los presupuestos de las familias están
sobreendeudados más allá de toda esperanza, y no en pequeña parte por causa de
unos salarios reales o estancados o en retroceso. Cuando los deudores van
cayendo uno tras otro en mora, flaquean los bancos. Por consiguiente, flaquean
también las transnacionales que, como General Motors, Ford o Enron, son ellas
mismas, de facto y desde hace mucho, bancos, es decir casas tenedoras y
comerciantes de títulos de valores que, entre varias otras cosas, venden también
automóviles o electricidad.
Sólo en la "industria financiera" norteamericana se han perdido en un año al
menos 150.000 puestos de trabajo, y seguirán unas cuantas decenas de miles más.
Esas pérdidas permiten ya hacerse una idea de lo que nos aguarda cuando la
crisis llegue a abarcar al conjunto de la economía "real", cuando las industrias
de alta tecnología presentes en el mercado mundial comiencen a cargar con las
consecuencias del desplome de la construcción y del sector automovilístico.
Claro es que se contramaniobra: los bancos centrales y los gobiernos de todo el
mundo ya han gastado más de siete billones de dólares en acciones de rescate. Y
aquí también, no es sino el principio. Hasta ahora, apenas si han aflorado la
mitad de las pérdidas reales; una buena parte de la crisis sigue agazapada en
los libros de los bancos, de las aseguradoras y de los fondos. Ya se advierte la
túrgida hinchazón de las siguientes burbujas financieras. La crisis de las
tarjetas de crédito, la crisis de las financieras automovilísticas y de las
aseguradoras de crédito apenas puede seguir conteniéndose, lo que prepara el
siguiente resultado: la concentración del capital financiero avanza con botas de
siete leguas. De los más de 8.500 bancos oficialmente registrados hoy en los
EEUU y de los cerca de 8.000 que hay en Europa, muchos no pasarán del año 2009.
La nacionalización, la fusión, la toma ajena de control con ayuda estatal se
mantendrán como ancla última de salvación. Una parte de la economía en la sombra
y del sistema bancario en la sombra –muchísimo mayores y más peligrosos que la
economía informal en negro— caerá también, víctima de la crisis. Las bolsas
mundiales mutan a la velocidad del rayo en corporaciones transnacionales.
Los lobbies redoblan atronadoramente sus tambores
El mundo entero se apresta ahora a la regulación y a ver al Estado como salvador
de emergencia. A toda prisa, se movilizan centenares de miles de millones de
dólares, a fin de salvar de la catástrofe al desplomado Wall Street y al sistema
bancario europeo. La deuda pública y el crédito de los bancos centrales son las
últimas anclas de salvación de la economía capitalista mundial. Países como
Islandia o Hungría, bancos como Bear Sterns o Northern Rock, aseguradoras como
AIG pueden mantenerse así a flote; pero no el conjunto de la economía mundial.
Ni el G-20 ni el FMI están en condiciones de sostener una crisis económica
mundial. Ni siquiera cuando, como en la actual situación de extrema emergencia,
se echan por la borda dogmas creídos hasta ahora a cierraojos. Ha podido verse
cuando el FMI se ha servido de sus enormes fondos para dar por vez primera
créditos sin exigir a sus clientes el cumplimiento de las habituales recetas
neoliberales. O cuando el Banco Central europeo deja atrás ahora de un salto,
por vez primera, la larga sombra de su dogma monetarista, y baja los tipos de
interés.
Ello es que no tenemos una, sino varias crisis cerniéndose sobre nosotros: una
crisis financiera, una crisis de la economía real –es decir, una clásica crisis
de sobreproducción y sobreacumulación—, una crisis del comercio mundial, una
crisis mundial agrícola y alimentaria, y además, una crisis ecológica que
restringe decisivamente el margen de maniobra de cualquier posible política de
crisis. Una crisis sistémica del capitalismo tal como lo conocíamos, y
simultáneamente, una crisis de legitimación del mejor de los mundos posibles. En
tales circunstancias, los mensajes salvíficos centralmente emitidos por la
religión neoliberal cotidiana no suenan ya tan briosos como antes. El
neoliberalismo "fue", ha dejado dicho Joseph Stiglitz, enfant terrible del
establishment.
Así pues, los aparatos de propaganda vuelan ahora por las alturas, como si la
revolución socialista mundial estuviera dando aldabonazos en la puerta. Los
lobbies de la economía financiera baten tambores a favor del mantenimiento de
mercados financieros "libres", dan loas a la especulación y a los derivados,
predican la "autorregulación" organizada pero voluntaria y lanzan negros
augurios sobre los inminentes peligros de una "sobrerregulación": y eso, los
mismos lobbies que hasta hace cuatro días sufragaban campañas de comunicación
milmillonarias a favor de liberar de todo control y regulación el comercio de
derivados crediticios en los EEUU.
Creer que la hegemonía neoliberal es cosa del pasado, que el capitalismo
desaparecerá de escena sin decir ni pío por culpa de unos gachós especialmente
obtusos, es cuando menos precipitado. Durante y después del estallido de la
burbuja punto.com fueron los contables y los ejecutivos, hoy son las agencias
evaluadoras de riesgo y los ejecutivos los chivos expiatorios. En caso de
necesidad, la sangre de las ovejas negras ha de manar a borbotones para
purificación del pueblo bobo. Se suprimen bonificaciones, se limitan
remuneraciones, se despide a ejecutivos: se precisan sacrificios para que un
sistema económico disparatado sobreviva y siga generando perdedores.
Crecerá el sector público
La socialdemocracia se tranquiliza por ahora con la idea de que los culpables
del gran desaguisado son la poca "regulación" y el "desenbridamiento" de los
mercados. Para gentes de flojo caletre y nervios todavía más flojos no es mal
consuelo, porque la salida de la crisis parece entonces de fácil prescripción:
con una nueva regulación y nuevas instancias de control en un renovado
"encauzamiento" de los mercados, salimos del valle de lágrimas.
En el peor de
los casos, deberíamos atravesar una década de estancamiento o resistir todavía
más: es decir, la solución "japonesa" de la crisis inmobiliaria y bancaria, esta
vez a escala planetaria. Esa solución no puede funcionar, porque no podemos
esperar diez años hasta que los bancos se recobren de las pérdidas y hasta que
los demencialmente sobredimensionados títulos de obligaciones en manos de los
propietarios de capitales y de patrimonios –que representan ahora una cuarta
parte del producto social mundial— queden rebajados a un "nivel normal" (de
todas maneras, irreal). Lo que se precisa es una reedición del New Deal, un
nuevo Bretton Woods, un nuevo orden económico y financiero mundial. Pero no se
pueden conseguir tan fácilmente todas esas cosas, porque no se pueden realizar
ni sin, ni contra los EEUU. Es verdad que Wall Street está gravemente tocado,
pero su poder político está tan poco quebrantado como el de la City de Londres.
¿Qué aspecto tendrá el sistema capitalista mundial tras esta Gran Crisis? Los
EEUU, la nación más endeudada del planeta, no sobrevivirán como superpotencia
financiera. El régimen del dólar, que depende completamente del crédito público
estadounidense, se acabó; el euro heredará su lugar como moneda mundial en
muchos mercados mundiales (como la City de Londres, el de Wall Street). El
capitalismo financiero de estilo norteamericano será substituido por otra
variante, ya de impronta europea, ya de impronta asiática. Los países emergentes
se librarán definitivamente de su dependencia respecto de los EEUU. Mercados
financieros y especulación internacionales, seguirá habiéndolos, pero la
indiscutida dominación de los mercados financieros se acabará.
Que el capitalismo pueda aún remozarse a tiempo en un sentido verde, es cuestión
completamente abierta.
Lo que será de todo punto decisivo es la capacidad para utilizar políticamente
el momentáneo final del neoliberalismo. Puesto que para millones de seres
humanos la supervivencia cotidiana bajo el capitalismo resultará todavía más
difícil que hasta ahora, podría crecer el sector de las economías alternativas,
solidarias, autogestionadas. Puesto que el Estado queda ahora muy en evidencia
con su labor rescatadora de bancos, se frenará presumiblemente la puesta en
almoneda de bienes públicos al mejor postor privado. El sector público volverá a
crecer, y eso apunta a algo que va más allá del capitalismo.
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Michael Krätke, miembro del Consejo Editorial de
SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad
de Ámsterdam e investigador asociado al Instituto Internacional de Historia
Social de esa misma ciudad.
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