l desarrollo de una campaña presidencial norteamericana simultánea al
desenlace de la crisis de los mercados financieros ofrece una de esas
ocasiones en que los sistemas político y económico revelan vigorosamente su
naturaleza.
Puede que la pasión por la campaña no sea una cosa universalmente
compartida, pero casi todo el mundo puede percatarse de la ansiedad desatada
por la ejecución hipotecaria de un millón de hogares, así como de la
preocupación por los riesgos que corren los puestos de trabajo, los ahorros y
la asistencia sanitaria.
Las propuestas iniciales de Bush para lidiar con la crisis apestaban a tal
punto a totalitarismo, que no tardaron en ser modificadas. Bajo intensa
presión de los lobbies, fueron reformuladas "para claro beneficio de las
mayores instituciones del sistema… una forma de deshacerse de los activos sin
necesidad de fracasar o casi", según describió el asunto James Rickards, quien
negoció en su día, por parte del fondo de cobertura de derivados financieros
Long Term Capital Managemen, su rescate federat en 1998, recordándonos ahora,
de paso, que estamos pisando vía ya trillada. Los orígenes inmediatos del
presente desplome están en el colapso de la burbuja inmobiliaria supervisada
por el presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan, quien sostuvo la
cuitada economía de los años de Bush amalgamando el gasto en consumo fundado
en deuda con la toma de préstamos del exterior. Pero las raíces son más
profundas. En parte, se hallan en el triunfo de la liberalización financiera
de los últimos 30 años, es decir, en las políticas consistentes en liberar a
los mercados lo más posible de regulación estatal.
Las medidas tomadas a este respecto, como era predecible, incrementaron la
frecuencia y la profundidad de los reveses económicos graves, y ahora estamos
ante la amenaza de que se desencadene la peor crisis desde la Gran Depresión.
También resultaba predecible que los reducidos sectores que se hicieron con
los enormes beneficios dimanantes de la liberalización llamarían a una
intervención masiva del estado, a fin de rescatar a las instituciones
financieras colapsadas.
Tal intervencionismo es un rasgo característico del capitalismo de estado,
aunque la escala actual es inaudita. Un estudio de los investigadores en
economía internacional Winfried Ruigrok y Rob van Tulder encontró hace 15 años
que, al menos 20 compañías entre las 100 primeras en el ranquin de la revista
Fortune, no habrían sobrevivido si no hubieran sido salvadas por sus
respectivos gobiernos, y que muchas, entre las 80 restantes, obtuvieron
substanciales ganancias por la vía de pedir a los gobiernos que "socializaran
sus pérdidas", como hoy en el rescate financiado por el sufrido contribuyente.
Tal intervención pública "ha sido la regla, más que la excepción, en los dos
últimos siglos", concluían.
En una sociedad democrática que funcionara, una campaña política tendría
que abordar estos asuntos fundamentales, mirar a la raíz de las causas y de
los remedios, y proponer los medios a través de los cuales el pueblo que sufre
las consecuencias pudiera llegar a ejercer un control efectivo.
El mercado financiero "deprecia el riesgo" y es "sistemáticamente
ineficiente", como escribieron hace ya una década los economistas John Eatwell
y Lance Taylor, alertando de los peligros gravísimos que entrañaba la
liberalización financiera y mostrando los costes en que, por su causa, se
había ya incurrido. Además, propusieron soluciones que, huelga decirlo, fueron
ignoradas. Un factor de peso es la incapacidad para calcular los costes que
recaen sobre quienes no participan en las transacciones. Esas "externalidades"
pueden ser enormes. La ignorancia del riesgo sistémico lleva a una aceptación
de riesgos mayor de la que se daría en una economía eficiente, y eso incluso
adoptando los criterios más estrictos.
La tarea de las instituciones financieras es arriesgarse y, si están bien
gestionadas, asegurar que las pérdidas potenciales en que ellas mismas puedan
incurrir quedarán cubiertas. El énfasis hay que ponerlo en "ellas mismas".
Bajo las normas del capitalismo de estado, no es asunto suyo tomar en cuenta
los costes que para otros puedan tener –las "externalidades" de una
supervivencia decente— unas prácticas que lleven, como suelen, a crisis
financieras.
La liberalización financiera tiene efectos mucho más allá de la economía.
Hace bastante tiempo que se comprendió que era un arma poderosa contra la
democracia. El movimiento libre de los capitales crea lo que algunos han
llamado un "parlamento virtual" de inversores y prestamistas que controlan de
cerca los programas gubernamentales y "votan" contra ellos, si los consideran
"irracionales", es decir, si son en beneficio del pueblo, y no del poder
privado concentrado.
Los inversores y los prestamistas pueden "votar" con la fuga de capitales,
con ataques a las divisas y con otros instrumentos que les sirve en bandeja la
liberalización financiera. Esa es una de las razones por las que el sistema de
Bretton Woods, establecido por los EEUU y la Gran Bretaña tras la II Guerra
Mundial, instituyó controles de capitales y reguló el mercado de divisas.
(1)
La Gran Depresión y la Guerra pusieron en marcha poderosas corrientes
democráticas radicales que iban desde la resistencia antifascista hasta las
organizaciones de la clase obrera. Esas presiones hicieron necesario que se
toleraran políticas sociales democráticas. El sistema de Bretton Woods fue, en
parte, concebido para crear un espacio en el que la acción gubernamental
pudiera responder a la voluntad pública ciudadana, es decir, para permitir
cierto grado de democracia.
John Maynard Keynes, el negociador británico, consideró como el logro más
importante de Bretton Woods el de haber establecido el derecho de los
gobiernos a restringir los movimientos de capitales.
Por espectacular contraste, en la fase neoliberal que siguió al desplome
del sistema de Bretton Woods en los años 70, el Tesoro estadounidense
contempla ahora la libre movilidad de los capitales como un "derecho
fundamental", a diferencia, ni que decir tiene, de los pretendidos "derechos"
garantizados por la Declaración Universal de Derechos Humanos: derecho a la
salud, a la educación, al empleo decente, a la seguridad, y otros derechos que
las administraciones de Reagan y Bush han displicentemente considerado como
"cartas a Santa Claus", "ridículos" o meros "mitos".
En los primeros años, la gente no se hizo mayores problemas con el asunto.
Las razones de ello las ha estudiado Barry Eichengreen en su historia,
impecablemente académica, del sistema monetario. Allí se explica que, en el
siglo XIX, los gobiernos "todavía no estaban politizados por el sufragio
universal masculino, el sindicalismo y los partidos obreros parlamentarios".
Por consiguiente, los graves costes impuestos por el parlamento virtual podían
ser transferidos a la población general.
Pero con la radicalización de la población y de la opinión pública
acontecida durante la Gran Depresión y la guerra antifascista, se privó de ese
lujo al poder y a la riqueza privados. De aquí que en el sistema de Bretton
Woods "los límites a la democracia como fuente de resistencia a las presiones
del mercado fueran substituidos por límites a la movilidad del capital".
El obvio corolario es que, tras la desmantelación del sistema de posguerra,
la democracia se ha visto restringida. Se ha hecho, por consiguiente,
necesario controlar y marginar de algún modo a la población y a la opinión
pública, procesos particularmente evidentes en las sociedades más aproadas al
mundo de los negocios, como los EEUU. La gestión de las extravagancias
electorales por parte de la industria de relaciones públicas constituye una
buena ilustración.
"La política es la sombra que la gran empresa proyecta sobre la sociedad",
concluyó en su día el más grande filósofo social norteamericano del siglo XX,
John Dewey, y así seguirá siendo, mientras el poder resida "en los negocios
para beneficio privado a través de un control sobre la banca, sobre el suelo y
sobre la industria, un poder que se ve ahora reforzado por el control sobre la
prensa, sobre los periodistas y sobre otros medios de publicidad y
propaganda".
Los EEUU tienen, en efecto, un sistema de un sólo partido, el partido de
los negocios, con dos facciones, republicanos y demócratas. Hay diferencias
entre ellos. En su estudio sobre La democracia desigual: la economía
política de la nueva Era de la Codicia, Larry Bartels muestra que durante
las pasadas seis décadas "los ingresos reales de las familias de clase media
crecieron dos veces más rápido bajo los demócratas que bajo los republicanos,
mientras que los ingresos reales de las familias pobres de clase trabajadora
crecieron seis veces más rápido bajo los demócratas que bajo los
republicanos".
Esas diferencias se pueden ver también en estas elecciones. Los votantes
deberían tenerlas en cuenta, pero sin hacerse ilusiones sobre los partidos
políticos, y reconociendo el patrón regular que, durante los últimos siglos,
ha venido revelando que la legislación progresista y el bienestar social
siempre han sido conquistas de las luchas populares, nunca regalos de los de
arriba.
Esas luchas siguen ciclos de éxitos y retrocesos. Han de librarse cada día,
no sólo cada cuatro años, y siempre con la mira puesta en la creación de una
sociedad genuinamente democrática, capaz de respuesta dondequiera, en las
urnas no menos que en el puesto de trabajo.