El ciento por ciento de los economistas vulgares se ha anotado en la lista
de los que dicen que la crisis en curso es una prueba del fracaso del
mercado. Se nota que no entendieron ni entenderán nada, porque ha ocurrido
lo contrario: el mercado se ha impuesto en toda la línea.
Por Jorge Altamira - Prensa
Obrera
En efecto, los precios inflados de los activos acumulados durante el proceso
ascendente de la especulación no correspondían a los valores reales de los
bienes que decían representar como un contravalor. Bastó que algún deudor
hipotecario manifestara su incapacidad para pagar las cuentas onerosas que
le habían impuesto, para que el precio de esas hipotecas y de los títulos
que se emitieron en su nombre se fueran al piso. Había un enorme capital que
era ficticio - que se había valorizado más allá del valor real que reclamaba
representar. Cuando fue forzado a verificar su valor real en el mercado, ese
capital descubrió que lo cotizaban a la tercera parte de lo que decían sus
libros.
La victoria del mercado es tan aplastante que el Estado interviene para
evitar que ese ajuste entre el capital ficticio y el capital real se haga
efectivo. De este modo, sin embargo, bloquea la salida a la crisis, que
depende de que los valores inscriptos se conviertan en valores reales. Esto
ocurriría, por ejemplo, si se descontara el 70% de los valores comprometidos
y las casas y sus hipotecas pasaran a valer 30 centavos de su valor
unitario. Los deudores podrían pagar de este modo las deudas a costa,
naturalmente, de una enorme pérdida de capital (ficticio) de los acreedores.
Claro que esto provocaría un enorme reflujo de capital y una depresión de la
economía. Para evitarlo, el Estado debería expropiar a los capitalistas
(acreedores) y, concentrando los recursos de la economía, reiniciar un
proceso económico sobre nuevas bases. Esa intervención estatal tendría un
carácter revolucionario.
Pero si el mercado le ha recordado a las fuerzas productivas que se han
desarrollado en forma capitalista, que han ido más allá de sus propios
límites y que han generado un enorme capital ficticio, esto significa que la
organización social que se regula por medio del mercado ha cumplido su
tiempo útil y que es un freno para el desarrollo de las fuerzas productivas.
El mercado capitalista, como forma histórica de organización social,
demuestra que ha llegado a su límite en el momento en que, precisamente, se
impone bajo la forma violenta del estallido económico.
El capital ha tratado, en toda su historia, de superar esas limitaciones del
mercado. El intervencionismo estatal ha sido uno de sus instrumentos. Pero
este intervencionismo estalló en las crisis de la década del ‘70 y dio pasó
a otra clase de intervención estatal, que se puede resumir en la
privatización en gran escala de todos los patrimonios públicos y de las
formas no capitalistas de producción (por ejemplo, la conversión en
asalariados de las profesiones liberales). La crisis actual es por lo tanto
una crisis de escala superior, porque sintetiza y hace estallar las
tentativas de salida precedentes: la del estatismo capitalista y la de la
privatización capitalista.