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Noticias)
30-Septiembre-08
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Equipo en crisis: Bush y detrás, desde la derecha, el presidente de la Comisión de Valores
Christopher Cox, el secretario del Tesoro, Henry Paulson y el presidente de la Reserva Federal,
Ben Bernanke, el viernes 19 de septiembre. |
Nadie esperaba que el capitalismo industrial terminara de este modo. Es
más, nadie se percató siquiera de que evolucionaba en esa dirección.
Lo que ha ocurrido es que los "báncgsters" se han aliado con una potencia
foránea: no con los comunistas, no con los rusos, los asiáticos o los árabes; ni
siquiera son humanos.
El grupo en cuestión es un vástago de las máquinas. Puede
sonar a película de Terminator, pero lo cierto es que las máquinas
computerizadas han llegado a hacerse con el control del mundo, o al menos, del
mundo de la Casa Blanca.
Esos juegos se desarrollaban en microsegundos, como
fogonazos en pantalla, prácticamente sin interferencia humana. En este sentido,
no es tan distinto de los alienígenas haciéndose con el control. Pero en este
caso se trata de máquinas tipo robot: de aquí la analogía que tracé con los Terminators.
Por
Michael Hudson (*) - Counterpunch
Traducción Ricardo Timón para www.sinpermiso.info
Mucho me temo que esa ceguera no
es inusual entre los futurólogos: la tendencia natural es pensar sobre la forma
óptima de crecimiento y desarrollo de las economías. Pero siempre parece surgir
un camino imprevisto, y entonces la sociedad se va por una tangente. Una clase cleptocrática ha tomado el control de la economía, a fin de reemplazar el
capitalismo industrial. El término acuñado en su día por Roosevelt –“bankgters”—
lo dice todo en una palabra. La economía ha sido asaltada y capturada por una
potencia foránea.
¡Qué dos semanas! El domingo 7 de septiembre el Tesoro tomó el control de los
5,3 billones de dólares expuestos a riesgo hipotecario de las compañías Fannie
Mae y Freddie Mac, cuyos jefes habían sido ya destituidos por fraude contable.
El lunes 15 de septiembre Lehman Brothers se declaró en bancarrota cuando
posibles compradores de Wall Street no consiguieron hallar rastro alguno de
realidad en su contabilidad financiera. El miércoles, la Reserva federal accedió
a dar por buenas, a un coste de por lo menos 85 mil millones de dólares, las
ganancias “aseguradas” que la AIG debía a los tahúres financieros que, a través
del comercio de valores computerizado, apostaron por las hipotecas basura y
contrataron seguros de cobertura con este grupo asegurador, el American
International Group (cuyo jefe, Maurice Greenberg, ya había sido destituido hace
unos pocos años por fraude contable). Pero es el viernes 19 de septiembre el que
figurará en la historia de los EEUU como el momento de inflexión. La Casa Blanca
comprometió al menos medio billón de dólares más en el empeño de reinflar los
precios inmobiliarios a fin de sostener el valor de mercado de las hipotecas
basura (que son hipotecas contratadas sin tener en cuenta la capacidad de los
deudores para pagar y que, encima, sobrestiman el precio corriente de mercado
del colateral que se ofrece como garantía de la deuda).
Esos miles de millones de dólares fueron sacrificados para mantener vivo un
sueño: las ficciones contables puestas sobre el papel por compañías que habían
ingresado en un mundo irreal fundado en una contabilidad falsaria que
prácticamente todo el mundo financiero sabía tramposa. Pero todos jugaban con la
compraventa de hipoteca basura empaquetada porque aquí es donde se ganaba
dinero. Incluso luego del colapso de los mercados, varios gestores ejecutivos de
fondos de inversión que mantenían la lucidez fueron duramente criticados por no
embarcarse en el juego mientras funcionara. Yo tengo amigos en Wall Street que
fueron despedidos por no lograr igualar los retornos que estaban consiguiendo
sus colegas. Y los mayores retornos se conseguían comerciando con los activos
financieros más grandes de la economía: la deuda hipotecaria. Sólo las hipotecas
empaquetadas poseídas o garantizadas por Fannie y Freddie excedían ya el volumen
de toda la deuda nacional de los EEUU, que es el déficit acumulado por el Estado
norteamericano ¡desde los días en que la nación ganó la guerra revolucionaria de
independencia!
Eso da una idea de las enormes dimensiones del rescate, así como de las
prioridades del Estado (o, al menos, de los republicanos en el gobierno). En vez
de despertar la economía a la realidad, el gobierno ha empeñado todos sus
recursos en la promoción del irreal sueño, según el cual las deudas pueden ser
satisfechas: si no por los propios deudores, por el gobierno (o los
“contribuyentes”, como se dice eufemísticamente).
Anteanoche, el Tesoro de los EEUU y la Reserva Federal cambiaron radicalmente el
carácter del capitalismo norteamericano. Se trata, ni más ni menos, que de un
coup d’êtat a favor de la clase que Franklin Delano Roosevelt llamaba los “báncgsters”.
Lo que ha pasado en las dos últimas semanas amenaza con alterar el curso del
siglo que ahora rompe, y de alterarlo de manera irreversible si se salen con la
suya. Pues de lo que se trata es de la mayor y más inequitativa transferencia de
riqueza desde que se regalaron tierras a los barones de los ferrocarriles en la
era de la Guerra Civil.
Aun así, hay pocos indicios de que eso llegue siquiera a poner fin a los
tambores y trompetas de libre mercado de los insiders financieros que han
logrado destruir el control público por la vía de colocar en las principales
agencias reguladores a reconocidos antirreguladores, generando así el caos que,
según dice ahora el secretario del Tesoro Henry Paulson, amenaza los depósitos
bancarios y los puestos de trabajo de todos los noteamericanos. A lo que
realmente amenaza, claro está, es a los mayores contribuidores financieros a la
campaña electoral de los republicanos (y para ser justos, también a los mayores
contribuidores a las campañas de los candidatos demócratas a puestos clave en
los comités de finanzas del Congreso.)
Una clase cleptocrática ha tomado el control de la economía, a fin de reemplazar
el capitalismo industrial. El término acuñado en su día por Roosevelt
–“bankgters”— lo dice todo en una palabra. La economía ha sido asaltada y
capturada por una potencia foránea. No por los sospechosos habituales: no por el
socialismo, no por los trabajadores, no por el “Estado sobredimensionado”, no
por los monopolistas industriales; ni siquiera por las grandes familias de
banqueros. Desde luego, no por la francmasonería o por los illuminati. (Sería
maravilloso que de verdad existiera algún grupo que hubiera estado actuando en
la sombra, con siglos de sabiduría acumulada: así, al menos, alguien tendría un
plan.) Lo que ha ocurrido es que los báncgsters se han aliado con una potencia
foránea: no con los comunistas, no con los rusos, los asiáticos o los árabes; ni
siquiera son humanos. El grupo en cuestión es un vástago de las máquinas. Puede
sonar a película de Terminator, pero lo cierto es que las máquinas
computerizadas han llegado a hacerse con el control del mundo, o al menos, del
mundo de la Casa Blanca.
He aquí cómo lo lograron. A.I.G. subscribió pólizas de seguros de todo tipo
solicitados por la gente y por el mundo de los negocios: seguros de vivienda y
de propiedad, seguros agropecuarios, incluso seguros para cubrir el
arrendamiento aeronáutico. Ese rentabilísimo negocio no fue el problema. (Por
eso mismo, será con toda probabilidad saldado para poder pagar las apuestas
fallidas de la compañía.) La caída de A.I.G. vino de los 450 mil millones de
dólares –casi medio billón— que le quedaron colgados al asegurar garantías a
fondos hedge de libe inversión. En otras palabras: si dos partes jugaban un
juego de suma cero, apostando la una contra la otra por la subida o la bajada
del dólar frente a la libra esterlina o el euro, o si aseguraban una cartera
hipotecaria o hipotecas basura para tener garantías de que se cobrarían,
entonces pagaban una minúscula comisión a A.I.G. por una póliza que prometía
pagar si, pongamos por caso, el mercado hipotecario norteamericano de11 billones
de dólares llegaba a “tropezar”, o si los perdedores que habían colocado
billones de dólares en apuestas a derivados del mercado internacional de divisas
o a derivados financieros de acciones u obligaciones terminaban en una situación
parecida a la que se hallan muchos patronos de las Vegas, esto es, incapaces de
cubrir sus deudas en efectivo.
A.I.G. cosechó miles de millones de dólares con esas pólizas. Y gracias al hecho
de que las compañías aseguradoras son un paraíso friedmaniano –no regulado por
la Reserva Federal, ni por ninguna ora agencia de alcance nacional, y por lo
tanto, capaces de acceder a la proverbial barra libre sin supervisión pública—,
la suscripción de esas pólizas se hacía por la vía del listado informático, y la
compañía cosechaba enormes cantidades de honorarios y comisiones sin apenas
poner capital de su parte. A eso es a lo que se llama “autorregulación”. Y así
es como se supone que funciona la mano invisible del mercado.
Ello es que, inevitablemente, algunas instituciones financieras que se habían
jugado miles de millones de dólares –normalmente, y para ser precisos, apostando
mil millones de dólares en el curso de unos pocos minutos— no estaban en
condiciones de pagar. Esos juegos se desarrollaban en microsegundos, como
fogonazos en pantalla, prácticamente sin interferencia humana. En este sentido,
no es tan distinto de los alienígenas haciéndose con el control. Pero en este
caso se trata de máquinas tipo robot: de aquí la analogía que tracé con los Terminators.
Su repentino acceso al poder es tan imprevisible como una invasión procedente de
Marte. La analogía que más se acerca es la invasión de los Chicos de Chicago,
del Banco Mundial y de U.S.A.I.D. (Agencia de EEUU para el Desarrollo
Internacional, por sus siglas en inglés) en Rusia y otras economías
postsoviéticas luego de la disolución de la URSS, urgiendo privatizaciones de
libre mercado a fin de crear cleptocracias nacionales. Para los estadounidenses
debería constituir un signo de alerta el que esos clepócratas se hayan
convertido en las fortunas fundadoras de sus respectivos países. Deberíamos
tener presente la observación de Aristóteles, según la cual la democracia es el
estadio inmediatamente anterior a la oligarquía.
Las máquinas financieras que desarrollaron el comercio que terminó en la quiebra
de A.I.G. estaban programadas por ejecutivos financieros para actuar con la
velocidad de la luz en operaciones de comercio electrónico que a menudo no
duraban sino unos cuantos segundos, y eso, millones de veces al día. Sólo una
máquina podría calcular la distribución de probabildades matemáticas a partir de
la observación de ínfimas variaciones, arriba y abajo, de tasas de interés,
tasas de cambio y precios de acciones y obligaciones… y precios de hipotecas
empaquetadas. Y estos últimos paquetes, cada vez más, cobraron la forma de
hipotecas basura, pretendidamente deudas pagables pero, en realidad, cáscara
huera.
En particular, las máquinas empleadas por los fondos hedge han dado un nuevo
significado al capitalismo de casino. Hace mucho que se aplicaba a los
especuladores que jugaban en el mercado de valores. Consistía en hacer apuestas
cruzadas, perder algo y ganar algo,… y en dejar que el Estado rescatara a los no
pagadores. El giro observable en la turbulencia de las dos últimas semanas es
que los ganadores no pueden recoger las ganancias de sus apuestas, a menos que
el gobierno pague las deudas contraídas por los perdedores, incapaces de
satisfacerlas con su propio dinero.
Uno habría pensado que todo eso requiere algún grado de control por parte del
Estado, que probablemente este tipo de actividad no debería haberse autorizado
jamás. De hecho, nunca fue autorizada, y por lo mismo, tampoco regulada. Pero
parecía haber una buena razón para ello: los inversores de los fondos de
cobertura, o hedge, habían firmado un papel diciendo que eran lo bastante ricos
como para permitirse perder su dinero en este juego financiero. A los papás y
mamás comunes y corrientes no les estaba permitido participar. A pesar del alto
rendimiento generado por millones de minúsculas operaciones comerciales, se
consideraban demasiado arriesgadas para principiantes carentes de fondos fiables
para entrar en el juego.
Un fondo hedge, o fondo de cobertura o de inversión libre, no gana dinero
produciendo bienes y servicios. No avanza fondos para comprar activos reales, ni
siquiera presta dinero. Lo que hace es tomar prestadas enormes sumas para
apalancar sus apuestas con crédito prácticamente ilimitado. Sus ejecutivos no
son ingenieros industriales, sino matemáticos que programan computadoras para
hacer apuestas cruzadas o straddles sobre cómo se comportarán las tasas de
interés, las tasas de cambio de divisas o los precios de las acciones y las
obligaciones… o los precios de las hipotecas empaquetadas por los bancos. Los
préstamos empaquetados pueden tener contenido o ser basura. No importa. Lo único
que importa es ganar dinero en un mercado en el que el grueso de las operaciones
comerciales dura apenas unos segundos. Lo que genera ganancias es la fibrilación
de los precios, la volatilidad.
Este tipo de transacciones puede hacer fortunas, pero no es la “creación de
riqueza” que mucha gente se imagina. Antes de la fórmula matemática de Black-Scholes
para calcular el valor de las apuestas de estos fondos de inversión libre, este
tipo de juego con opciones de compra y opciones de venta resultaba demasiado
costoso como para dar mucho beneficio a nadie, salvo a las empresas de
intermediación financiera. Pero la combinación de unas potentes computadoras con
la “innovación” representada por un crédito prácticamente ilimitado y el libre
acceso a las tablas del juego financiero ha hecho posible un frenético maniobreo
de ir y venir.
Pues bien, ¿por qué el Tesoro consideró ineludible entrar en todo esto? ¿Por qué
había que salvar a esos tahúres, si tenían dinero bastante para perder sin tener
que convertirse en salas hospitalarias necesitadas de asistencia pública? El
comercio de los fondos hedge de cobertura e inversión libre estaba limitado a
los muy ricos, a los bancos de inversión y a otros inversores institucionales.
Pero una de las maneras más fáciles de ganar dinero llegó a ser el prestar
fondos con intereses que la gente tenía que devolver con lo que sacaba de sus
operaciones comerciales computerizadas. Y casi simultáneamente con la operación,
ese dinero se pagaba en forma de comisiones, remuneraciones y bonos anuales que
traían a la memoria los EEUU de la Era de la Codicia en los años que precedieron
a la I Guerra Mundial, antes de que se introdujera el impuesto sobre la renta en
1913. Lo notable en todo este dinero era que sus destinatarios ni siquiera
tenían que pagar por él un impuesto sobre la renta normal. El gobierno lo llamó
“ganancias de capital”, lo que significaba que el dinero se gravaba fiscalmente
con sólo una fracción de la tasa con la que se gravaban fiscalmente los
ingresos.
Con la pretensión, huelga decirlo, de que todo ese frenético comercio crea
“capital” real. Desde luego no lo hace en el sentido que tenía el concepto de
capital en la economía clásica del siglo XIX. El término ha sido divorciado de
las nociones de producción de bienes y servicios, contratación de trabajo
asalariado o innovación financiera. Tan “capital” es ahora eso como el derecho a
organizar una lotería y recoger las ganancias resultantes de las esperanzas de
los perdedores. Pero, entonces, los casinos de Las Vegas y de los garitos
ribereños se han convertido en una pujante “industria del crecimiento”,
enlodando el lenguaje del capital, del crecimiento y de la propia riqueza.
Para cerrar las mesas de juego y saldar deudas, los perdedores tienen que ser
rescatados: Fannie Mae, Freddie Mac, A.I.G., ¿y quién sabe cuál será el
siguiente? Es la única manera de resolver el siguiente problema que se les
presenta a unas compañías que han pagado ya a sus ejecutivos y a sus
accionistas, en vez de haber puesto esas sumas en reserva: cómo recoger sus
ganancias ante unos deudores insolventes y unas aseguradoras en quiebra. Éstos,
los perdedores, también han pagado a sus ejecutivos financieros y a sus
colaboradores internos (junto con las oportunas contribuciones patrióticas a los
candidatos políticos en los puestos clave de las comisiones del Congreso
encargadas de decidir la estructuración financiera de la nación).
Porque eso ha de orquestarse por adelantado. Es necesario comprar políticos y
ofrecerles una coartada plausible (o al menos, un conjunto bien armado de
eufemismos a prueba de encuesta de opinión pública) para poder explicar a los
votantes por qué era de interés público rescatar a los tahúres. Se precisa de
buena retórica para explicar por qué el gobierno tenía que dejarles entrar en un
casino, dejar que se quedaran con todas sus ganancias y, finalmente, usar fondos
públicos para subvenir a las pérdidas de sus contrapartes.
Lo que ocurrió los pasados 18 y 19 de septiembre llevó años de preparación,
tapados por una falsaria ideología excogitada por think tanks de relaciones
públicas y emitida ahora, en condiciones de emergencia, a un Congreso –y a un
votante— presa del pánico, justo antes de la elección presidencial. Se diría que
ésta era la sorpresa electoral que nos deparaba septiembre. En unas bien
escenificadas condiciones de crisis, el presidente Bush y el secretario del
Tesoro Paulson llaman ahora al país a una guerra contra los propietarios de
vivienda en quiebra técnica. Se dice que esa es la única esperanza para “salvar
al sistema”. (¿Qué sistema? No el capitalismo industrial, ni siquiera el sistema
bancario tal como lo conocemos.) La mayor transformación del sistema financiero
norteamericano desde la Gran Depresión ha acontecido, comprimida, en dos
semanas: empezando con la duplicación de la deuda nacional norteamericana cuando
el pasado 7 de septiembre se procedió a la nacionalización de Fannie Mae y
Fredie Mac. (El corrector ortográfico de mi computador no me consiente la
utilización del eufemismo “conservadurízación” aplicado por el señor Pualson
para referirse al rescate de los “fraudgsters” de Fannie Mae y Freddie Mac.)
La teoría económica solía explicar que los beneficios y el interés eran la
remuneración del riesgo calculado. Pero en nuestros días el nombre del juego es
ganancias de capital y apuestas computerizadas sobre la dirección de las tasas
de interés, de las monedas extranjeras y de los precios de las acciones, y
cuando las apuestas salen mal, los rescates son la remuneración económica
calculada de quienes han contribuido financieramente a la campaña electoral.
Pero ahora, supuestamente, no es el momento de hablar de tales cosas. “Tenemos
que actuar ahora para proteger la salud económica de nuestra nación, amenazada
por riesgos graves”, entonó el presidente Bush el pasado 19 de septiembre. Lo
que quería decir es que la Casa Blanca debe responder con una prima de
aseguramiento al mayor grupo de contribuidores a la campaña electoral del
Partido Republicano –es decir, Wall Street—, rescatando sus malas apuestas.
“Habrá muchas oportunidades para discutir sobre los orígenes de este problema.
La tarea del momento es resolverlo”. En otras palabras, no convirtáis eso en un
asunto electoral. “En la historia de nuestra nación, ha habido momentos que
exigían andar unidos, con independencia de las divisiones partidistas, a fin de
enfrentarse a desafíos de envergadura”. ¡Justo antes de las elecciones! Idéntica
patochada pudo oírse el pasado viernes por la mañana de labios del secretario
del Tesoro Paulson: “Nuestra salud económica exige que seamos capaces de
trabajar juntos y emprender una acción inmediata bipartidista”. Los locutores
dijeron que en las maniobras del día se estaba barajando una cifra de medio
billón de dólares.
Buena parte de las culpas deberían cargarse sobre la Administración Clinton,
responsable directa en 1999 de la abrogación de la Ley Glass-Steagal, que
permitió a los bancos fusionarse con casinos. O mejor dicho: a los casinos,
absorber bancos. Eso es lo que puso en riesgo los ahorros de los
norteamericanos.
Pero ¿significa eso realmente que la única solución pase por reinflar el mercado
inmobiliario? El plan de Paulson-Bernanke es capacitar a los bancos para que
puedan venderse las casas de 5 millones de deudores hipotecarios que este año
tendrán que enfrentarse a la quiebra o al embargo. Los propietarios de vivienda
sometidos a unos intereses hipotecarios variables disparados perderán sus casas,
pero la Fed surtirá a las agencias de préstamo hipotecario crédito bastante como
para permitir que nuevos compradores se endeuden lo suficiente como para lograr
sacar las hipotecas basura de las manos de los tahúres que son sus actuales
tenedores. Con lo que se gana tiempo para que una nueva burbuja financiera e
inmobiliaria acuda en rescate de los prestamistas y de los empaquetadores de
hipotecas basura.
Los EEUU han entrado en otra guerra, una guerra para salvar a los comerciantes
de derivados computerizados. Como la guerra de Irak, se basa por mucho en
ficciones, y como en la de Irak, se ha entrado en ella bajo la presión de
condiciones de aparente emergencia. Y como en la guerra de Irak, la solución
propuesta guarda poca relación con la causa que subyace a los problemas.
Esgrimiendo razones de seguridad financiera, el gobierno dará por buenas las
obligaciones de deuda colateralizada (ODCs) que Warren Buffett llamó en su día
“armas de destrucción financiera masiva”.
No es por azar que ese derroche de dinero público esté siendo manejado por el
mismo grupo que tan píamente alertó al país sobre la existencia de armas de
destrucción masiva en Irak. El presidente Bush y el secretario del tesoro
Paulson han declarado tan ricamente que no es éste momento para desacuerdos
partidistas respecto de la deriva de la política pública a favor de los
acreedores y no de los deudores; que no es momento de convertir en asunto
electoral el mayor rescate registrado en los anales de la historia electoral.
Que no es momento adecuado para debatir si es buena cosa reinflar el precio de
la vivienda a unos niveles que seguirán obligando a los nuevos compradores de
casas a endeudarse hasta el punto de tener que gastar en vivienda cerca del 40%
de sus ingresos.
Recuerden la época en que el presidente Bush y Alan Greenspan informaron a los
norteamericanos de a pie de que no había dinero para financiar la Seguridad
Social (por no hablar de Medicare), porque en algún momento venidero (¿dentro de
10 años? ¿De 20? ¿De 40?) el sistema caería en un déficit de lo que ahora
resulta un irrisorio billón de dólares distribuido a lo largo de muchos, muchos
años. La moraleja era que si no podemos imaginar una forma de pagarlo a largo
plazo, dejemos caer ahora mismo el programa asistencial.
El señor Bush y el señor Greenspan dijeron disponer de una oportuna solución. El
Tesoro podría derivar el dinero de la Seguridad Social y de los seguros médicos
hacia Bear Stearns, Lehman Brothers o sus pares, para que lo invirtieran a
“mágico interés compuesto”.
¿Qué habría pasado si la Seguridad Social hubiera hecho semejante cosa? Tal vez
habríamos asistido en estas dos semanas a la entrega a los tahúres de Wall
Street de todo el dinero que se dejó de lado desde que la Comisión Greenspan
resolvió en 1983 desplazar la carga fiscal sobre las retenciones salariales
reguladas por la FICA (Ley Federal de Contribución a la Seguridad Social, por
sus siglas en inglés). No es a los jubilados a quienes se pretende rescatar,
sino a los inversores de Wall Street que firmaron papeles diciendo que estaban
en condiciones de afrontar la pérdida del dinero jugado. La consigna electoral
de los republicanos de cara a los comicios del próximo noviembre debería ser:
“Seguro de juego, no seguro de salud”.
No es así como el celebérrimo Camino de servidumbre tenía que ser transitado.
Friedrich von Hayek y sus chicos de Chicago insistían en que la servidumbre
vendría de la planificación y de la regulación estatales. Esa visión estaba en
los antípodas de la de los reformadores clásicos de la Era Progresista, que
concebían la acción del Estado como la del cerebro de la sociedad, como la
palanca directriz para modelar los mercados y liberarlos de rentistas, es decir,
del ingreso que no es contrapartida del desempeño de un papel necesario en la
producción. La teoría de la democracia se fundaba en el supuesto de que los
votantes actuarían movidos por el propio interés. Los reformadores del mercado
partieron de un feliz supuesto paralelo, según el cual los consumidores, los
ahorradores y los inversores promoverían el crecimiento económico actuando con
pleno conocimiento y cabal comprensión de las dinámicas en acto. Pero la mano
invisible terminó resultando en fraude contable, préstamo hipotecario basura,
información privilegiada y fracaso en punto a graduar los crecientes gastos de
la deuda conforme a la capacidad de los deudores para pagar. Y todo este caos,
aparentemente legitimado por unos modelos de comercio electrónico computerizado
que acaban de ser bendecidos por el Tesoro.
******
(*)
Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes
inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y
después en el Hudson Institute. Es autor de numerosos
libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.
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