Un par de ediciones atrás tuvimos la oportunidad de advertir acerca de las
limitaciones insalvables de la tesis del editor principal del Financial Times,
Martín Wolf, para quien la intervención del Estado como recurso último ante la
crisis constituía "una ley de hierro" capaz de prevenir una desintegración de
la economía capitalista. Este mismo señor, el lunes pasado, en el mismo
diario, no tuvo reparo en admitir que "el valiente nuevo mundo del sistema
financiero de los Estados Unidos se está disolviendo ante nuestros ojos".
Todo lo sólido se desvanece en el aire
Sencillamente, tres de los cinco bancos de inversión que forman parte de la
jerarquía superior del capitalismo (Bear and Sterns, Lehman Brothers y Merril
Lynch) han dejado de existir -en tanto que los dos restantes, Goldman Sachs y
Morgan Stanley-, ya están ocupando las antesalas. Una aseguradora
multipropósito, AIG -con deudas superiores al billón de dólares- era puesta en
la sala de terapia intensiva con escasas posibilidades de supervivencia. Nada
menos que el Citibank -‘enterrado' con créditos incobrables en el quebrado
Lehman Brothers, por valor de cerca de 200.000 millones de dólares-, buscaba
asociarse con otro de gran porte y aun mayores problemas, el Wachovia, para
intentar un salvataje de a dos. Una buena parte de los bancos regionales
norteamericanos se encuentran en las vísperas de la quiebra, pero el organismo
encargado de asegurar a los depositantes se ha gastado la mayor parte de! los
recursos para esa faena. Esto implica la perspectiva de un ‘corralito', al
menos parcial, en los Estados Unidos -algo que ya están haciendo algunos
Fondos monetarios (prestan a corto plazo), que manejan unos 3,5 billones de
dólares. Pero donde la "ley de hierro" sufría su más duro golpe era en el
anuncio del Tesoro norteamericano de que emitiría letras financieras para
reforzar la capacidad de acción del Banco Central, la Reserva Federal. En
otras palabras, la Reserva Federal se estaba quedando sin municiones para
seguir socorriendo a los bancos con problemas y todavía más para rescatar a
los bancos sin salida. Se estima que el Banco Central ha gastado ya más del
60% de las reservas de su balance -sustituyendo Letras del Tesoro
norteamericano por títulos sin valor de los bancos en dificultades. Titulamos
el número anterior de Prensa Obrera, "los yanquis en default",
para enterarnos, cinco días más tarde, que los mercados de títulos estaban
comenzando a descontar un default del Tesoro de los Estados Unidos (Financial
Times, 15/9), algo sin precedentes.
George (Alfonsín) Bush
Ya nadie discute que la crisis financiera, con epicentro en Estados Unidos, se
ha convertido en mundial. El Banco de Inglaterra acaba de salir al rescate de
HBOS, el principal prestamista hipotecario, que tiene un agujero de 170.000
millones de dólares entre sus activos y sus pasivos. En China, la Bolsa ha
perdido las dos terceras partes desde el pico de su suba, por la simple razón
de que sus Fondos hipotecarios se encuentran sobreendeudados y deben enfrentar
una crisis inmobiliaria, y de que, por otro lado, se manifiesta una
considerable caída de los beneficios industriales. En el caso de Brasil, la
salida de capitales se ha convertido en estampida, lo que tirará abajo el
edificio caro y artificial de su enorme mercado de créditos al consumo. En
Rusia, la Bolsa simplemente debió dejar de operar, como consecuencia de un
derrumbe absolutamente extraordinario. Todo sumado, sin embargo, el punto
fundamental es que se pone en cuestión la gestión de la crisis por parte del
gobierno norteamericano. Las decisiones de nacionalizar grandes franjas del
mercado financiero, o de rescatar a algunos bancos pero no a otros, ha sido
abiertamente criticada en los círculos más altos de la burguesía. Existe el
temor a un desbarranque del dólar - que debería ser la víctima natural de la
utilización indiscriminada de recursos de la banca central y del fisco para
rescatar a los bancos en quiebra. La necesidad de un endeudamiento público
extraordinario para reponer, por parte del Tesoro, las agotadas reservas de la
Reserva Federal plantea definitivamente un cambio del conjunto de la gestión
de gobierno, porque la crisis financiera se ha convertido en un principio de
debacle general. Se perfila para Bush un final a la Alfonsín: a saber, la
entrega adelantada del gobierno luego de las elecciones previstas para
principios de noviembre.
Una etapa al abismo
Nos encontramos en una nueva etapa de la crisis, pero de características
peculiares, porque no ha logrado encontrar sus propios límites. Hasta marzo,
cuando quebró Bear and Sterns, e incluso en los meses siguientes, los bancos
fueron reduciendo el valor contable de sus activos y anunciando, en forma
correspondiente, pérdidas crecientes. Pero sólo en escasa medida liquidaban
efectivamente esos activos y contraían efectivamente esas pérdidas. Actuaban
con la expectativa de una normalización de la situación y de la posibilidad de
evitar la venta con pérdidas gruesas de sus créditos o bonos. El cambio es que
ahora no pueden pagar sus deudas sin vender realmente sus activos
desvalorizados e incluso vender a pérdida parte de su propio capital (Lehman
Brothers había desvalorizado sus activos en los libros a 85 centavos de dólar,
pero ahora que los tiene que vender efectiva! mente, sólo le dan 30 centavos).
Los socorros financieros de la Reserva Federal no sirvieron para normalizar
nada; por lo tanto, se precipita la bancarrota. Los precios de la propiedad
residencial y comercial siguen cayendo; el consumo se contrae, lo mismo que
los créditos comerciales. Pero como lo demuestra lo ocurrido en los últimos
días, tampoco se ha logrado contener el número o valor de las quiebras, que se
van anunciando en cascada. Es toda la gestión de la crisis la que ha entrado
en crisis, o sea que está planteada una crisis política en Estados Unidos.
Tanto los bancos que fueron rescatados como aquellos que fueron enviados al
matadero son una contraparte de otros protagonistas en el mercado de
capitales, sea como prestamistas o prestatarios de capitales, o sea que su
suerte afecta a toda otra gama de inversores financieros: el mercado de
seguros contra defaults -o sea los que protegen a los títulos públicos o
privados contra el incumplimiento del emisor- (está valuado en 62 billones de
dólares) es naturalmente la primera víctima de las quiebras bancarias como
también de las nacionalizaciones de los bancos - porque muchos de los seguros
fueron otorgados por bancos que han quebrado o han sido absorbidos. Pero
cuando se le añaden otras operaciones de seguro, como la protección (seguro)
de las tasas de interés que han sido pactadas, los valores en juego se estiman
en 550 billones de dólares -el equivalente a diez veces el producto bruto
mundial! . Una ruptura en este mercado, llamado de derivados, entrañaría una
completa dislocación de la economía internacional. El frenesí especulativo ha
llevado a que la mayor parte de los bancos aparezcan dando protección contra
el default, o asegurando los intereses pactados, por títulos que ellos mismos
han emitido. Algunos analistas estiman que este entrelazamiento infla en
cincuenta veces, por operaciones que se superponen, el capital efectivamente
comprometido en estas transacciones. Pero si esto disminuye mucho el saldo
neto que está en juego, no es menos cierto que su desarmado es prácticamente
imposible sin sucesivas crisis.
Dos caras de la misma moneda
La crisis de la gestión política del derrumbe financiero se manifestó en la
decisión de dejar caer a Lehman Brothers, pero apoyar el rescate de Merril
Lynch por el Bank of America, o de anunciar que no habría rescate para la
aseguradora AIG para acabar metiendo 85 mil millones de dólares a cambio del
75% de su capital. El propósito del rescate como de la quiebra es siempre el
mismo: evitar el hundimiento de los acreedores de los bancos siniestrados y el
derrumbe del mercado de capitales y de la economía mundial. Por eso la
declaración de quiebra de Lehman fue acompañada del anuncio de un
financiamiento de la Reserva Federal, como si se tratara de un rescate, para que
el remate de sus activos se haga en forma abrupta. Pero el rescate y la quiebra
plantean dos gestiones diferentes, aunque con el mismo resultado. El rescate
obliga a un banco en quiebra a continuar con operaciones deficitarias, incluso crecientes, nuevamente con la expectativa de una normalización de
los mercados. En este caso, crece el tamaño y el alcance de la crisis
potencial. Fue lo que hizo Japón, lo cual le ocasionó veinte años (1985-2005)
de estancamiento y deflación. La quiebra, por el contrario, pretende cortar de
cuajo con la progresión de la crisis, pero desata de inmediato otra crisis,
cuyo alcance el poder político no es capaz de prever y cuando lo intuye se ve
obligado a recular y a seguir saqueando las finanzas del Estado. El balance
entre estas dos perspectivas contradictorias, pero con final idéntico, es
decidido por las operaciones anárquicas del mercado. En los últimos días,
ellas apuntan a una huída generalizada de las Bolsas y por lo tanto a una
crisis financiera que afecta a los capitales industriales y comerciales, o sea
al colapso. La crisis de gestión, o sea política, comienza a! afectar también
a Europa, porque a pesar de su proclamada Unión la gestión de salvataje de las
empresas y bancos en crisis o quebrados corre por cuenta de cada estado
nacional - no de la llamadas ‘instituciones comunitarias'. En un cierto punto,
esto debería llevar a un dislocamiento político e institucional.
No confundir catastrofismo con susto
Los diarios y los comentaristas, tan circunspectos hasta el momento, ahora
rivalizan en títulos catastrofistas, pero no son capaces de diseñar una
perspectiva. No tienen un análisis catastrofista, simplemente están
asustadísimos; el problema no es el ‘viento de cola' o el ‘viento de frente'
sino la combinación del derrumbe económico con las crisis políticas. Durante
un par de años, el capital desafió a la ley del valor, inflando su valor más
allá de su capacidad de reproducción real, pero la ley del valor se ha cobrado
la afrenta a un precio enorme. Ha quedado de manifiesto que la ganancia
capitalista es un objetivo muy estrecho para desenvolver productivamente la
riqueza social acumulada. La crisis mundial plantea la reorganización social
general sobre nuevas bases.