(IAR
Noticias)
21-Septiembre-08
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Partidarios de Evo Morales son apaleados por
jóvenes conservadores, en Santa Cruz. |
Tras experimentar solamente suaves protestas sin importancia desde el
régimen de Morales y García, en agosto de 2008, los neofascistas lanzaron un
importante ataque sorpresa, dando rienda suelta y apoyo financiero y
político a las agresiones a gran escala sobre las principales instalaciones
federales, agencias, sindicatos y oficinas de asociaciones de campesinos en
los cinco departamentos que controlaban. Éstos se hicieron con el control de
los aeropuertos negando el derecho a aterrizar a cualquier directivo del
gobierno o relacionado con éste, incluyendo al presidente Morales y al
vicepresidente García y cualquier dignatario que estuviera de visita.
Por
James Petras -Rebelión
Traducido para
Rebelión por Juan Carlos Postigo Ríos
Los fascistas bolivianos se han hecho con el poder en cinco de los estados
más ricos de Bolivia, derrocando enérgicamente a todos los dirigentes
nacionales, asesinando, hiriendo y agrediendo a los líderes, activistas y
votantes que han respaldado al gobierno nacional, con total impunidad. Desde
que Evo Morales fue elegido presidente hace ya casi tres años, la extrema
derecha boliviana se ha aprovechado de cada concesión, compromiso y gesto
conciliador realizado por parte del ejecutivo de Morales para expandir su
poder político, bloquear incluso las reformas sociales más benignas y
paralizar el funcionamiento del gobierno, por medio de maniobras legales y
bandas de violentos gamberros callejeros.
Mientras que el gobierno boliviano utilizaba la represión estatal contra
los ocupantes del campo y los mineros en huelga, permaneció como un
espectador pasivo e impotente de la toma derechista de la Asamblea
Constitucional, el mayor aeropuerto de Santa Cruz (forzando al presidente a
huir hasta su palacio), suspendiendo todo el transporte público, la
recaudación del impuesto federal e inversiones públicas y proyectos. Y peor
aún, las brigadas de paramilitares fascistas han insultado, pegado,
desnudado y obligado a desfilar repetidamente a los campesinos de raza
india, partidarios del presidente Morales, por las calles y plazas
principales de las capitales de las provincias que controlan.
A pesar de ganar casi el 70% del escrutinio nacional en las elecciones de
destitución del 10 de agosto de 2008, Morales no ha tomado ninguna medida
para responder a la toma fascista del poder regional, sino que aboga por el
diálogo y el compromiso, mientras que la extrema derecha se fortalece y
prepara para entrar en una violenta guerra civil contra los indígenas y
pobres de Bolivia. El gobierno boliviano expulsó al embajador
estadounidense, Phillip Goldberg, después de que la Embajada de los EE.UU.
apoyara activamente la toma del poder regional por parte de la ultraderecha
tras casi 3 años de clara financiación y colaboración pública con los
separatistas. Como el gobierno de Morales no rompió las relaciones con
Washington, es probable que un nuevo embajador vuelva pronto para continuar
con la conspiración activa de Goldberg con la extrema derecha.
El contraste entre la ignominiosa pasividad del presidente y el agresivo
y violento golpe de estado político de la derecha fascista es sorprendente.
El eje del violento levantamiento y la exitosa toma del poder fascista se
localiza en cinco departamentos regionales: Santa Cruz, Pando, Beni, Tarija
y Chuquisaca, agrupados en una masiva organización regional, el Consejo
Nacional Democrático (CONALDE). Aquí están agrupados prefectos locales,
alcaldes, líderes empresariales y directores de organizaciones
terratenientes apoyadas por bandas de gamberros armados de ultraderecha en
distintas organizaciones, siendo la más importante la Unión Juvenil
Cruceñista, especializada en degradar, pegar e incluso matar a los indios
desarmados que apoyan a Morales.
Preludio de la guerra civil y toma del poder
La guerra civil y la toma del poder por parte de los derechistas en los
cinco departamentos siguen una secuencia de eventos resultante en un
restablecimiento gradual del poder político y social y la posterior puesta
en marcha de una gran diversidad de movimientos ofensivos desde dentro de
instituciones gubernamentales y cada vez más a través de la acción directa
extraparlamentaria. Esto ha desembocado en una escalada desde los ataques
esporádicos hasta la violencia sistemática contra individuos,
organizaciones, instituciones públicas y recursos económicos estratégicos.
En esta etapa más reciente, la oposición se ha despojado de su fachada
institucional "legalista" y ha abrazado la toma violenta de instituciones
estatales declarando abiertamente su separación del gobierno central,
desafiando la autoridad del ejecutivo a gobernar y ejerciendo su monopolio
legal sobre el poder policial.
Desde el poder popular a la toma de poder neofascista
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El punto de partida de la sublevación separatista y neofascista
empieza en 2005 cuando, a efectos prácticos, un levantamiento masivo de
trabajadores del campo y mineros indios derrocó al régimen neoliberal en
ejercicio y dominó las calles, presentando todos los ingredientes para
un nuevo gobierno revolucionario.
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Bajo el liderazgo de Evo Morales y el antiguo organizador de ONG,
García Linera, y su partido electoral, Movimiento al Socialismo (MAS),
el movimiento de masas se apartó de las calles, de la actividad autónoma
y la revolución social hacia la política electoral. Evo Morales fue
elegido presidente en diciembre de 2005 y procedió a firmar pactos
políticos con partidos de la derecha para compartir el poder
institucional en pos de un programa político-económico centrista. Esto
supuso la colaboración con todas las compañías multinacionales de
extracción mineral (sin incluir expropiaciones y nacionalización),
programas simbólicos minimalistas de reforma agraria (jamás llevados a
la práctica) y fuertes políticas fiscales (excepto la redistribución de
la renta, la limitación de los sueldos y aumentos del salario hasta la
tasa de inflación).
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Para mediados de 2006, la extrema derecha ya se había recuperado de
su derrota electoral y por medio de su presencia en la recién elegida
Asamblea Constitucional maniobró con eficacia para bloquear el trámite
de la nueva Constitución. El gobierno se centró exclusivamente en las
reformas políticas más importantes, consolidó su colaboración con las
principales multinacionales del gas y el petróleo, renovó desfavorables
contratos sobre el gas con Brasil (pagando Bolivia muy por debajo de los
precios del mercado mundial) y desmovilizó los movimientos de masas a
través del control del partido MAS por encima de los líderes urbanos y
rurales (con la excepción de los mineros).
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Comenzando a finales de 2006 e incrementándose durante 2007, la
derecha neofascista contó con sus tropas de asalto para agredir a los
diputados pro-gobierno en la Asamblea Constitucional, para organizar
bloqueos de carreteras y afirmar su independencia ("autonomía") del
gobierno nacional. El gobierno boliviano rechazó cualquier recurso para
la movilización popular demandada por los sectores más radicales de los
mineros en Oruro y Potosí. En lugar de eso, se retiró haciendo frente a
la presión institucional de la derecha neofascista, ofreciendo
concesiones en la redacción de la Constitución. Morales realizó una
serie de concesiones sobre las dimensiones de las tierras exentas de
reforma agraria, cediendo poderes judiciales y fiscales a los
gobernantes fascistas de las regiones y les concedió el control de las
carreteras, las autopistas y las plazas a bandas de neofascistas bien
armados.
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Durante 2008, la derecha neofascista continuó su
"avance por las
instituciones" consolidando su control de los gobiernos locales y
regionales y las reivindicaciones sobre los ingresos de sectores
económicos estratégicos, los cuales se encuentran en las regiones en
contienda. A mediados de 2008, la derecha afirmó abiertamente sus
reivindicaciones separatistas y procedió a crear un cuerpo de policía
paralelo, una aduana y una agencia fiscal entre otras. El régimen
separatista concedió licencia al comercio, a los terratenientes y a la élite urbana de la clase media. Por medio del liderazgo de las
autollamadas "organizaciones cívicas" y sus secuaces armados,
procedieron a intimidar y agredir a cientos de seguidores del gobierno,
campesinos, activistas indios, propietarios de negocios pro-gobierno,
vendedores ambulantes, profesores de colegio, trabajadores sanitarios y
otros empleados públicos. La estrategia neofascista para hacerse con el
poder estatal estaba basada en la acumulación de fuerzas a través de
manifestaciones públicas de poder, reuniones masivas y cierres
patronales para paralizar el comercio de las ciudades. Todos los
partidarios del gobierno nacional que no respetaran los llamamientos a
la huelga sufrirían crueles castigos públicos, incluyendo palizas y la
humillación pública de indios y campesinos seguidores de Morales en las
plazas metropolitanas, donde eran desnudados y azotados para burla de la
mayoría blanca, de la multitud de origen europeo.
De las protestas a la toma de poder
Tras experimentar solamente suaves protestas sin importancia desde el
régimen de Morales y García, en agosto de 2008, los neofascistas lanzaron un
importante ataque sorpresa, dando rienda suelta y apoyo financiero y
político a las agresiones a gran escala sobre las principales instalaciones
federales, agencias, sindicatos y oficinas de asociaciones de campesinos en
los cinco departamentos que controlaban. Éstos se hicieron con el control de
los aeropuertos negando el derecho a aterrizar a cualquier directivo del
gobierno o relacionado con éste, incluyendo al presidente Morales y al
vicepresidente García y cualquier dignatario que estuviera de visita.
El acontecimiento que motivó el inicio de la
"guerra civil" neofascista
desde los altos cargos y la violenta toma del poder fue la victoria
electoral de Morales y García en el referéndum del 8 de agosto, en el que
Morales consiguió el 67% de los votos. El resultado dejó claro que la
derecha no podía volver al poder nacional por medio de las elecciones, ya
que su única mayoría electoral se encontraba en los departamentos que
gobernaba. Pero incluso en los cinco departamentos gobernados por la
derecha, Morales obtuvo aproximadamente el 40% de los votos, una fuerte
minoría en las ciudades y una mayoría en muchas áreas rurales entre el
campesinado.
La clase capitalista, como en otros lugares a lo largo de la historia,
cuando se veía frente a algunas reformas de la propiedad moderadas, pero
sobre todo frente a un régimen cobarde, que se retira y conciliador, ha
descartado métodos de oposición constitucionales. Se unieron a los
dirigentes locales neofascistas, líderes "cívicos" e incluso a las violentas
bandas de jóvenes ricos de Santa Cruz. Morales rehusó ordenar a la policía y
al ejército que defendieran los edificios públicos haciendo frente a los
violentos ataques incendiarios, que destruyeron servicios públicos,
telecomunicaciones, oficinas portuarias, de contabilidad, de mensura de
tierras, archivos oficiales y registros estatales. Por el contrario, Morales
les obligó a retirarse.
En Pando y Tarifa hicieron estallar los oleoductos y gaseoductos,
causando importantes daños y costando millones de dólares en pérdidas de
ingresos estatales. Finalmente el 11 de septiembre de 2008, más de cien
campesinos pro-Morales fueron muertos o heridos en Pando en una emboscada
organizada por vigilantes armados apoyados por el departamento del prefecto
Leopoldo Fernández y sus seguidores de las organizaciones "cívicas".
La destrucción sistemática de todos los símbolos y rastro de autoridad
del gobierno federal y el asesinato e intimidación de los campesinos
seguidores de Morales marcaron el comienzo de la etapa final de este proceso
de secesión que ya dura 3 años, la represión étnico-racial y la imposición
de un nuevo orden político fascista.
Mientras la guerra civil dirigida por los neofascistas continuaba sin una
oposición del gobierno nacional en las cinco provincias, los ministros de
Morales adoptaban posiciones muy extrañas: García-Linera racionalizó la
impotencia del régimen descartando la toma de poder por el aparato
neofascista de los cinco departamentos como "actos vandálicos llevados a
cabo por una banda de 500 gamberros". Mientras Bolivia ardía, el ministro
del Interior, Alfredo Rada, y el ministro de "Defensa", Walker San Miguel,
intentaron en vano minimizar la toma ilegal de poder de los neofascistas de
casi la mitad del país con el 80% de la renta nacional reduciendo la
inminente guerra civil a actos de "violento vandalismo delincuente en
diferentes regiones del este y sur del país".
El 12 de septiembre de 2008 Morales, al parecer ajeno al ataque masivo y
continuo y la toma de poder, llegó a convocar una reunión con los prefectos
neofascistas para un "diálogo sin precondiciones". En otras palabras,
Morales les absolvió de la masacre y trato brutal de más de cien campesinos
e ignoró el sabotaje económico, que acompañaron a su toma de poder y la
destrucción del petróleo, el gas y otros sectores esenciales productores de
ingresos. Huelga decir que los neofascistas se reunieron con Morales sin
conceder nada. De hecho, la única razón por la que accedieron a reunirse es
porque Morales se vio finalmente forzado a declarar un "estado de sitio" en
Pando –posterior al asesinato de 30 campesinos a manos de vigilantes armados
bajo el control del prefecto de Pando, Leopoldo Fernández.
Las tropas tuvieron que despejar el aeropuerto de gamberros derechistas,
quienes antes habían impedido el aterrizaje de un avión del gobierno. Los
otros cuatro departamentos bajo control neofascista no se vieron afectados
por la declaración del estado de sitio. En Pando, con militares ahora
custodiando edificios públicos e instalaciones de petróleo y gas, el
gobierno decidió por fin arrestar al prefecto de derechas por su
colaboración en las masacres.
¿Un giro hacia el buen gobierno?
El presidente Morales ordenó finalmente al embajador estadounidense
Phillip Goldberg que abandonara el país tras dos años de intervención
directa en la planificación, financiación y apoyo de la lucha de clases
neofascista organizada y la toma del poder regional. Con más de 125 millones
de dólares en fondos de ayuda financió casi exclusivamente a las
organizaciones "cívicas" neofascistas, y a través de éstas a los vigilantes
raciales armados de la Unión Juvenil de Santa Cruz. La tan esperada
declaración del estado de sitio de Morales se produjo bajo presión de sus
descontentos seguidores entre los movimientos masivos del campesinado y la
población ciudadana, quienes empezaron a organizarse y armarse
independientemente del impotente gobierno federal. Morales también respondió
a la presión desde Brasil, Argentina, Venezuela y otros países para acabar
con la violencia. Brasil y Argentina se vieron afectados por la interrupción
de importantes envíos de gas natural desde Bolivia. Incluso regímenes
constitucionales de derechas, como el de Bachelet en Chile y Alain García en
Perú, apoyaron a Morales e indirectamente le instaron a actuar por temor al
precedente de que una exitosa toma del poder regional de carácter
separatista y violento impulsado por la derecha pudiera reflejarse en sus
países.
Conclusión
El estado de sitio y la expulsión del embajador norteamericano pueden
verse como medidas positivas muy retrasadas para reiterar la soberanía
boliviana y defender el orden constitucional, pero, ¿qué será lo siguiente?
Los neofascistas se han hecho con el poder gubernamental de la región.
Aún controlan el 80% de los recursos económicos claves de Bolivia. La
mayoría de la población bajo gobierno derechista no cuenta con la protección
del gobierno central. Tan solo unos pocos oleoductos y gaseoductos naturales
han sido temporalmente protegidos por las tropas federales. Morales ha
contado con el ejército para defender su régimen, dejando fuera, marginando
y desmovilizando a los emergentes movimientos populares de autodefensa. La
fiabilidad del ejército boliviano no está garantizada. Tras convertirse en
clave para la defensa del régimen de Morales contra la derecha neofascista,
las fuerzas armadas pueden asumir poderes mayores, como árbitros del futuro
del país. Morales está relativamente a salvo, refugiado en los Andes; pero
sus partidarios de los cinco departamentos del este continúan enfrentándose
al gobierno represivo de los neofascistas y sus bandas de vigilantes
organizados. Igualmente importante, Morales, enfrentado con la violenta
resistencia de la extrema derecha, muestra la firme intención de hacer
nuevas concesiones sobre la renta y división del poder a la élite
gobernante. Está abierto a realizar incluso mayores concesiones a los cien
terratenientes, los magnates de los medios de comunicación, los banqueros y
los agroexportadores, quienes han luchado por la secesión.
Repetidamente, durante los pasados 3 años, los indios, los campesinos,
los mineros, los residentes de los barrios bajos y los empleados públicos se
han organizado y luchado por una reforma agraria, la nacionalización de las
minas controlada por los trabajadores, los yacimientos petrolíferos y
sueldos y salarios decentes. Lo que han conseguido de Morales es un gobierno
de autoridad fiscal, acuerdos económicos con empresas multinacionales
extranjeras de extracción y enormes complejos industriales intocables. A
pesar de tener un mandato que finalizar, Morales ha llevado a cabo una
sucesión de esfuerzos fallidos para reconciliarse con las antagónicas élites
económicas y regionales. Si hay una lección que Morales puede aprender de
los campesinos que han sido degradados y azotados en las calles de Santa
Cruz, los sindicalistas que tuvieron que abandonar sus sedes y casas por los
incendio en Pando y los vendedores ambulantes que han sido llevados a los
mercados en Tarija, es que no se puede "llegar a acuerdos" con los
fascistas. Al fascismo no se le derrota con elecciones y concesiones a sus
grandes pagadores terratenientes.
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