Es esencial un cambio en las políticas energéticas de los EE.UU. en el
marco de un esfuerzo internacional coordinado.
Por
Henry Kissinger (*)
- Clarín /
Tribuna Media Services
El precio del petróleo se ha triplicado de US$ 30 por barril en 2001
a más de US$ 100 en la actualidad, lo cual representa la mayor transferencia
de riqueza en la historia humana. Se espera que tan sólo los 13 miembros de la
OPEP ganen más de un billón de dólares este año en ventas del petróleo.
Inevitablemente, esto traerá grandes consecuencias políticas. Uno de los
aspectos más significativos de este fenómeno es que este terremoto político y
económico es provocado por algunas de las naciones más débiles del mundo a
costa de las más poderosas.
Aun así las víctimas están impotentes, como si el precio del petróleo fuera
algún evento natural determinado por un mercado económico competitivo que no
tuviera influencias y no pudiera ser influido por fuerzas políticas. Pero el
precio del petróleo no es determinado por el mercado competitivo tradicional.
Los grandes productores, como los miembros de la OPEP, aumentan o disminuyen
el precio del petróleo reduciendo o incrementando su tasa de producción. Estos
proveedores monopólicos pueden manipular e incrementar la volatilidad del
mercado mediante declaraciones acerca de sus intenciones futuras.
El monopolio de proveedores continuará teniendo un fuerte poder en el mercado
hasta que las naciones consumidoras reduzcan agudamente su dependencia del
petróleo importado y desarrollen una estrategia política para contrarrestar la
manipulación política del mercado del petróleo o el uso de los grandes
excedentes de la OPEP para chantajear a las economías o a las industrias
individuales de las naciones consumidoras.
De no tener éxito estos esfuerzos, el ya elevado y creciente precio del
petróleo tendrá profundas consecuencias: en los países industriales avanzados,
reducirá el estándar de vida, sostendrá un balance desfavorable de los pagos y
provocará crecientes presiones inflacionarias. El impacto es todavía mayor en
los países en desarrollo. Debido a que los costos del combustible y la comida
son la parte mayor del gasto de un hogar, y la producción alimenticia requiere
insumos del petróleo en la forma de fertilizantes petroquímicos y transporte,
los mayores precios del petróleo llevan a la inestabilidad política.
Esta situación es intolerable en el largo plazo. La política exterior de las
naciones industrializadas no debe quedar rehén de los productores del
petróleo. Las naciones industriales deben encontrar la forma de desalentar a
los acreedores que amenazan con vender, o venden, grandes cantidades de bonos
americanos, llevando a los intereses americanos a largo plazo a niveles que
precipiten una crisis económica. O que amenazan con golpear firmas o
industrias particulares vendiendo las acciones adquiridas por sus fondos
soberanos. Mientras los países consumidores esperen pasivamente o hagan frente
al reto sobre bases nacionales, con la esperanza de beneficiarse de los
esfuerzos de otros, los peligros presentes van a continuar, si no a aumentar.
Todas las naciones consumidoras están en el mismo barco. Una recesión global
no respetará fronteras nacionales. Ninguna nación individual puede establecer
una posición preferente en forma permanente ante los productores.
Ninguna nación individual puede alterar la situación de la oferta por su
propia cuenta. Las naciones consumidoras de petróleo están en una posición,
sin embargo, de influir en el balance político y económico global siempre que
coordinen y, en alguna medida, unan sus esfuerzos. América debe desempeñar un
importante papel en este esfuerzo.
En vez de esperar pasivamente a que caiga el próximo golpe, las principales
naciones consumidoras -- el G-7, junto con India, China y Brasil -- deben
establecer un grupo coordinador para cambiar las tendencias al largo plazo de
la oferta y la demanda a su favor, y acabar con el chantaje a los fuertes por
los débiles. Debe invitarse ahora a Rusia a que participe en este esfuerzo.
Las acciones coordinadas podrían hacer bajar el precio del petróleo reduciendo
y, al largo plazo, eliminando las presiones especulativas y estableciendo una
política coherente de abastecimiento.
Muchas de las medidas recomendadas para hacer esto - como la conservación, el
desarrollo de abastecimiento petrolero doméstico, y fuentes alternativas de
energía renovable- tardarán años en volverse efectivas. Sin embargo, incluso
antes de que el balance del poder del mercado haya sido transformado, la
expectativa del cambio reducirá el precio del petróleo. Especialmente si el
ímpetu político que hay tras el aumento de los precios del petróleo puede
reducirse o eliminarse.
Una política cooperativa debe también incluir acuerdos para compartir
combustible en las emergencias y contrarrestar los boicot selectivos o la
interrupción del abastecimiento. En los años setenta, la creación de la
Agencia Internacional de Energía, con sus planes para la asistencia de
emergencia y la cooperación financiera coordinada, hizo mucho por mitigar el
aumento en los precios del petróleo. Ahora se necesita un esfuerzo más amplio.
En 2008, el aumento en los precios fue impulsado por los cambios en la
demanda, esperada a largo plazo, mientras que la oferta sigue siendo en gran
medida estática. Las nuevas proyecciones de una demanda creciente en China e
India, y de disminuciones en la producción de petróleo en Rusia y México
hicieron subir los precios por la expectativa de un colapso en el equilibrio
entre la oferta y la demanda. Del mismo modo, las acciones que causen un
crecimiento más lento de la demanda futura y un aumento más rápido en la
oferta se traducirán con relativa rapidez en una baja del precio. Un cambio en
la política energética de Estados Unidos es esencial. Pero la política
norteamericana será mucho más efectiva si es parte de un esfuerzo
internacional coordinado en el mercado global de energía.
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(*) Ex Secretario de Estado Norteamericano
Esta columna fue co-escrita con Martin Feldstein, profesor de Economía en la
Universidad de Harvard y ex asesor económico del presidente Ronald Reagan.
Copyright Clarín y Tribuna Media Services, 2008.