(IAR Noticias) 14-Septiembre-08
La actual crisis económica y financiera internacional se inscribe en el
marco de un largo ciclo de recesión, del cual el capitalismo no ha logrado
salir, desde su inicio a mediados de los años setenta del siglo pasado. Sin
esa inserción, es difícil la comprensión del carácter de esta crisis, de las
consecuencias que puede producir y del escenario que debe surgir después de
ella.
Por Emir Sader (*) Insurrectasypunto
Los ciclos y las crisis
El capitalismo vive, por la propia naturaleza de su proceso de
reproducción, articulado por ciclos, cortos y largos. Estos conjugan los
ciclos cortos, en una perspectiva expansiva, si la curva de las subidas y
los descensos de las oscilaciones cortas apuntan para arriba; recesiva si
apuntan para abajo, de acuerdo a la teoría del economista ruso Kondratieff,
retomada teórica e históricamente por Ernst Mandel.
En la segunda post-guerra, el capitalismo vivió su "edad de oro", según
Eric Hobsbawn, en que coincidieron virtuosamente la mayor expansión
concomitante de las grandes economías capitalistas - los Estados Unidos,
Alemania, Japón - , el llamado "campo socialista", dirigido por la Unión
Soviética, y las economías periféricas, como México, Argentina, Brasil, con
sus procesos de industrialización dependiente. La economía capitalista no
dejó de presentar sus ciclos cortos de crisis, pero en cada nuevo ciclo se
retomaba la expansión y empujaba la economía a niveles cada vez más altos.
Fue un largo ciclo expansivo comandado por las grandes corporaciones
internacionales de carácter industrial y comercial, apoyadas por un sistema
financiero en expansión y por grandes transformaciones en la producción
agrícola. Un modelo hegemónico regulador - o keynesiano o de bienestar, como
quieran llamarlo - incentivaba las inversiones productivas, tendía a
fortalecer la demanda de consumo interno, promovía el fortalecimiento de los
estados nacionales y la protección de sus economías.
Las crisis, como es típico en el capitalismo, expresaban procesos de
superproducción o de subconsumo - como quieran llamarlos-, reflejando el
desequilibrio estructural de ese sistema entre su - ya reconocida por Marx
en el Manifiesto Comunista - enorme capacidad de expansión de las fuerzas
productivas, pero que se confrontaba constantemente con su incapacidad para
distribuir la renta en la misma medida de aquella expansión.
En su fase final, el largo ciclo expansivo de la segunda pos-guerra vio
ese excedente, resultado acumulado del desfase entre producción y consumo
convertido en capital financiero - los llamados eurodólares, que fue
aprovechado por países como Brasil, para reciclar su modelo económico
diversificando su dependencia externa y favoreciendo la reanudación de la
expansión económica interna, incluso antes del final del largo ciclo
expansivo. Este factor - el golpe militar fue en el ciclo expansivo -
diferenció el escenario económico brasilero de los demás países de la
región, donde las dictaduras coincidieron con la recesión, por haberse dado
durante el largo ciclo recesivo del capitalismo internacional.
¿Qué características tuvo el final de ese ciclo y el comienzo del nuevo,
de carácter recesivo? Habiendo triunfado el diagnóstico de que el
estancamiento económico se debía al exceso de regulaciones, el nuevo modelo
se centró en la desregulación, por lo que las privatizaciones, las aperturas
para el mercado externo, las políticas de "flexibilización laboral" y de
ajuste fiscal, fueron sus expresiones más claras.
Dos consecuencias importantes deben ser recordadas aquí, para comprender
el carácter de la crisis actual y sus efectos en los países de América
Latina. La primera de ellas, el gigantesco proceso de transferencia masiva
de capital del sector productivo hacia el especulativo, que la desregulación
promovió a escala nacional e internacional. Libre de trabas, el capital
migró masivamente para el sector financiero y en particular para el sector
especulativo, donde obtuvo muchos más beneficios, con mucha mayor liquidez y
menos o ningún tributo para circular.
Se configuró así, la hegemonía del capital financiero bajo la forma de
capital especulativo, haciendo que más del 90% de los movimientos económicos
se dieran, no en la esfera de la producción o del comercio de bienes, sino
en la compra y venta de papeles, en las Bolsas de Valores o de papeles de
las deudas públicas de los gobiernos.
Se promovió la refinanciación de las economías, lo que significa, en
primer lugar, la refinanciación de los Estados, cuyo primer y mayor
compromiso pasa a ser el pago de las deudas, es decir, la reserva de
recursos mediante el llamado "superávit primario" y la transferencia masiva
y sistemática de los recursos del sector productivo para el capital
financiero. Grandes grupos económicos con un banco o institución financiera
a la cabeza, acostumbran a ganar más en inversiones financieras que en
aquellas que dieron origen a las empresas que los componen. Gran cantidad de
pequeñas y medianas empresas, entraron en procesos de endeudamiento, de los
cuales no consiguieron salir. Otras, así como los consumidores, no se
atrevieron a pedir préstamos, por el temor a endeudarse con altas tasas de
interés.
El capital financiero pasó a ser la sangre que corre por las economías de
los países, definiendo el metabolismo que las preside. Un capital que tiene
en la volatilidad, en la extrema liquidez, un elemento esencial, inherente,
que le permite moverse rápidamente para donde puede tener mayores ventajas
y, al mismo tiempo le atribuye un gran poder de presión, frente a las
economías débiles que dependen estructuralmente de él.
Las crisis en la fase neoliberal
De estas características resulta el carácter centralmente financiero de
las crisis en el período neoliberal, como se evidenció en la crisis
mexicana, asiática, rusa, brasilera y argentina, entre otras. El sector
financiero canalizó para sí los excedentes de capital, producto del desfase
estructural entre producción y consumo, agudizada en la fase actual del
capitalismo, en que el aumento de la productividad y la creatividad
tecnológica siguieron profundizándose al mismo tiempo que se dieron procesos
de concentración de renta entre las clases sociales, entre países y regiones
del mundo.
El poder devastador de estas crisis y el potencial de contagio se
revelaron de la misma dimensión del tamaño de la apertura de las economías
al mercado internacional y al peso que el capital financiero pasó a
desempeñar en escala nacional y mundial. México siguió sufriendo los efectos
de la crisis de 1994 durante muchos años. Lo mismo ocurrió con los países
del sudeste asiático. En Brasil, la crisis de 1999 significó el pasaje a
años de recesión, que sólo recientemente fueron superados. En Argentina la
crisis tuvo consecuencias devastadoras desde el punto de vista económico,
financiero, político y social.
Son crisis que se desatan a partir del eslabón más frágil, más sensible,
del proceso de reproducción - el sector financiero -, pero que rápidamente
se propagan por el resto de la economía, por el papel central que este
sector pasó a tener y por los aspectos psicológicos en los que se basa. No
por casualidad el segundo libro de Francis Fukuyama se llama "Confianza",
para indicar cómo las expectativas, positivas o negativas, asumen fuerza
material en el juego especulativo.
América Latina fue así, víctima privilegiada de estas crisis, que no por
casualidad alcanzaron justamente a sus tres economías más fuertes, que
habían sido exhibidas como modelos - la mexicana, brasilera y argentina. En
los tres casos la crisis tomó la forma de ataque especulativo, de crisis
financiera, que se extiende para el conjunto de la economía. Los capitales
especulativos se valen del peso desestabilizador que tienen en la economía,
para hacer valer esa posición, presionando con una salida brusca y masiva de
capitales, acciones gubernamentales o simplemente el juego del mercado,
lucrando enormemente con esas operaciones.
Las crisis anteriores tenían como escenarios países de la periferia, con
efectos que intensificaron la tendencia al debilitamiento de los países
globalizados y la intensificación de la concentración de la renta y del
poder de los países globalizadores.
Incluso la crisis en Rusia podría ser caracterizada como la de una
economía transformada en periférica, especialmente a mediados de la década
de 1990. La excepción fue el ataque del megaespeculador George Soros a la
libra esterlina inglesa, pero terminó siendo un caso puntual, lo que no
modifica la norma general de las crisis en la periferia.
En su conjunto, como crisis neoliberales, provocaron demandas de medicina
neoliberal: más apertura de las economías - como sucedió fuertemente en los
países del sudeste asiático - mayores préstamos del FMI y las
correspondientes Cartas de Intención, con un incremento de los ajustes
fiscales. La economía mexicana recibió un préstamo gigante de los Estados
Unidos en el momento de la crisis de 1994, inclusive porque coincidía con el
momento en que se firmaba el Tratado de Libre Comercio de América del Norte
(NAFTA) y el surgimiento de la rebelión de los zapatistas en Chiapas. Como
compromiso, México usó esos recursos para pagar los préstamos de los bancos
norteamericanos y siguió profundizando el modelo neoliberal.
El gobierno brasilero de Fernando Enrique Cardoso, frente a la crisis de
1999, elevó la tasa de interés al 49% y firmó la tercera Carta de Intención
con el FMI, cuyas consecuencias extendieron la recesión por varios años. En
la Argentina, la crisis provocada por la explosión del modelo de paridad
peso/dólar, produjo la mayor regresión económica y social que el país
conoció en toda su historia. El gobierno de Fernando de la Rúa trató de
mantener el modelo heredado de Carlos Menem y con esto cayó a los pocos
meses de asumir su mandato presidencial.
La crisis actual y sus consecuencias
La anterior crisis de la economía norteamericana se dio en el año 2000,
cuando se desvanecía la ilusión de que la "nueva economía" permitiría que el
capitalismo no sufriese más sus crisis cíclicas, ya sea porque la
informática le permitiría preverlas y así evitarlas, ya sea porque nuevas
demandas como las de las computadoras, generarían, de la misma forma que en
el caso de los automóviles, el lanzamiento anual de nuevos modelos, que
extenderían cada vez más la demanda. En aquel momento, el papel de los
mercados norteamericanos en el mundo, seguía siendo determinante,
transfiriendo los efectos de su recesión para la economía mundial.
Esta vez la crisis norteamericana se produce en un escenario
internacional que ha cambiado. La continua expansión de los países
emergentes - entre ellos principalmente China e India, pero también los
países de América Latina, que mantienen constante el ritmo de crecimiento,
en particular Brasil y Argentina – amortigua la disminución de la demanda de
los Estados Unidos y, por primera vez, la recesión de la economía
norteamericana no tiene efectos directos y devastadores sobre la economía
mundial.
Pero, como esta crisis se ve agravada con el aumento de los precios de
los productos agrícolas y la continua crisis del petróleo, se constituye en
verdad en una triple crisis: sus efectos son más profundos y extensos que
una simple crisis cíclica de la economía norteamericana. Son afectadas no
solo las exportaciones para los Estados Unidos, sino también los
importadores de energía y productos agrícolas, que en mayor o menor
proporción afecta a todos los países en el mundo.
Sin embargo, al igual que cualquier fenómeno de un sistema caracterizado
por la extrema desigualdad de la riqueza y del poder entre regiones y países
y dentro de cada país, los efectos de las crisis no se distribuyen por igual
entre todos. Hay ganadores y perdedores, verdugos y víctimas.
Como la crisis está en pleno desarrollo, sus alcances no pueden ser
evaluados en toda su plenitud, se dan pugnas para ver quien consigue sacar
ventaja, quien trata de perder menos, por lo que aún no es posible evaluar
con precisión los daños en toda su extensión y quien los asumirá. Es verdad
que el mundo cambiará a partir de esta crisis, inclusive porque toca tres
puntos nodales de las relaciones económicas y del poder actual: dinero,
energía y alimentos. Sin embargo, las estructuras de poder, de producción y
de distribución de la riqueza reinante, garantizan resultados muy diferentes
para las distintas regiones y países como consecuencia de las crisis.
En la combinación del aumento de los precios del petróleo, de los
productos agrícolas y la disminución de la demanda de los Estados Unidos y
de Europa, los países más pobres, que son la gran mayoría del África, Asia y
América Latina, perderán claramente, con fuertes presiones recesivas,
déficit en la balanza comercial y el aumento del endeudamiento. Los países
exportadores de petróleo y de productos agrícolas con alzas más
significativas, tendrán sus situaciones atenuadas, pero las presiones
inflacionarias no perdonan a ningún país, y con ellas, las políticas
recesivas vuelven a imponerse.
En América Latina, los efectos son más pesados y directos para los países
que siguen dependiendo en mayor medida del comercio con los Estados Unidos:
México, América Central y el Caribe en primer lugar. En segundo lugar, los
países con pautas exportadoras menos valorizadas o aquellos que hubiesen
tenido su ciclo de expansión económica excesivamente centrado en las
exportaciones, especialmente las economías más abiertas, entre ellas las que
tienen tratados de libre comercio con los Estados Unidos, como Chile , Perú,
además de los ya mencionados México, Costa Rica y otros países
centroamericanos y caribeños. Deben ser relativamente menos afectados los
países con pautas exportadoras más diversificadas – ya sea en los productos,
ya sea en los mercados - como Brasil, en parte Argentina, y los que
participan en los procesos de integración regional – ya sea en el Mercosur o
en el Alba. Para estos, las crisis son una oportunidad especial para
acelerar e intensificar los procesos de integración, del comercio, así como
los planos financieros y energéticos.
Ya sea por la combinación de las
crisis, ya sea porque afecta profundamente a los Estados Unidos, en el
momento en que, por primera vez, su peso en la economía mundial disminuye,
el mundo y América Latina en particular, tendrán fisonomías distintas, ya
sea acelerando transformaciones que ya están en marcha, o dando inicio
nuevas dinámicas, pasadas las crisis – cuya duración y profundidades, aún no
pueden ser medidas con precisión.
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(*)
Emir Sader: Es profesor de la Universida de de São Paulo (USP) y de la Universida de do Estado do Río de Janeiro (Uerj), es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Uerj y autor, entre otros de "A vingança da História".
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