Era difícil creer que Smith tuviera razón cuando uno de cada cuatro
americanos carecía de empleo. Algunos economistas mantuvieron su fe en la
autorregulación de los mercados; decían que bastaba con tener paciencia, que a
largo plazo operarían las fuerzas restauradoras del mercado y nos
recuperaríamos. Pero la réplica de Keynes gobierna el día a día: a largo plazo
estaremos todos muertos. No podemos esperar. Actualmente incluso los
conservadores creen que el Estado debe intervenir para mantener la economía en
el pleno empleo o cerca de él.
Aquellos que creen en los mercados libres acaban de recibir otro duro golpe:
aún no nos hemos hundido en una recesión “oficial”, pero ha pasado más de medio
año desde que se creaban algunos nuevos empleos y, significativamente, nuestra
fuerza de trabajo sigue creciendo. Si la Gran Depresión minó la confianza en la
macroeconomía (la capacidad de mantener el pleno empleo, la estabilidad de
precios y el crecimiento sostenido), la que está siendo ahora destruida es la
confianza en la microeconomía (la capacidad de mercados y empresas de asignar
eficientemente trabajo y capital). Los recursos estaban mal asignados y los
riesgos, tan gravemente mal administrados que el sector privado tuvo que ir
corriendo al Estado en busca de ayuda, no fuera cosa que desapareciera el
sistema entero. Aun con intervención federal, he calculado en más de un billón y
medio el desajuste acumulativo entre lo que nuestra economía podría haber
producido ―hemos invertido más en negocios reales que, por decir algo, en
hipotecas para la gente a que no les alcanza el dinero para una casa― y lo que
produciremos durante el período de disminución.
La culpa ha recaído justamente en los mercados financieros, porque es su
responsabilidad asignar capital y administrar el riesgo, y su fracaso ha
reavivado varias de las viejas preocupaciones de la izquierda política (y
económica). Algunos veían desde hace tiempo con preocupación que el conjunto de
la economía estadounidense, cuya la vinculación a la producción decrece y cuya
dependencia del sector servicios (servicios financieros incluidos) crece, fuera
una casa de tarjetas. Al cabo, ¿no son los productos sólidos ―los alimentos que
comemos, las casas en que vivimos, los coches y aviones que usamos para
desplazarnos, el gas y el petróleo que nos proporcionan calor y energía― el
“corazón” de la economía? Y, si ello es así, ¿no representan la parte mayor de
nuestro producto nacional?
La respuesta es simplemente no. Vivimos en una economía del conocimiento, de
la información y de la innovación. Porque de nuestras ideas podemos comer todo
lo que podamos ―y más de lo que deberíamos― con sólo un 2% de la mano de obra
empleada en la agricultura. Aun con sólo un 9% de nuestra mano de obra en la
industria, seguimos como el mayor productor de bienes industriales. Es mejor
trabajar inteligentemente que duro, y nuestras inversiones en educación y
tecnología nos han permitido disfrutar de mayor calidad de vida ―y más larga―
que nunca antes. El dominio de Norteamérica en tan variados campos de la alta
tecnología es el testimonio del rendimiento real de esos gastos en soft. En
efecto, pienso que haríamos bien si tuviéramos más recursos en esos sectores.
Pero el ver que nuestro éxito reciente se basa en una casa de tarjetas tiene
más que una pizca de verdad. En los últimos años, los mercados financieros han
creado un casino de ricos gigante, en que jugadores potentados pueden hacer
apuestas de billones de dólares contra otros. Estoy entre quienes creen que debe
permitirse a los adultos gran libertad en lo que hagan, mientras no perjudiquen
a otros. Pero ahí está la fricción. Esos dilapidadores no se juegan solamente su
propio dinero. También se juegan el de otra gente. Ponen en riesgo todo el
sistema financiero, esto es, todo el sistema económico. Y ahora todos pagamos el
precio.
Los mercados financieros han sido considerados como el cerebro de la
economía. Se supone que asignan capital y administran el riesgo. Cuando hacen
bien su trabajo, las economías prosperan. Cuando lo hacen mal, como estamos
aprendiendo de nuevo, todo el mundo sufre. Los mercados financieros son
ampliamente recompensados por su trabajo ―en años recientes han recibido más del
30% de los beneficios empresariales― y mantra habitual en economía fue que esas
recompensas fueran proporcionales a su beneficio social. Esto es, los brujos
financieros pueden irse con una gran cantidad de dinero, pero el resto de la
sociedad está en mejor posición económica porque nuestro capital genera mucha
más productividad que en sociedades con mercados financieros menos desarrollados
―y menos recompensados―. Parte de las recompensas que acumulan para los mercados
financieros son para promover la innovación a través de empresas de capital de
riesgo y similares.
Pero no todas las innovaciones aumentan el bienestar, ni siquiera cuando
aumentan los beneficios. Por ejemplo, los beneficios del tabaco pueden haber
aumentado cuando la industria tabaquera ha desarrollados productos más
adictivos, pero difícilmente puede decirse que haya mejorado la posición de
quienes murieron como resultado de ello ni la de sus familias ni la de los
contribuyentes que tuvieron que cargar con la cuenta de los costos sanitarios
aumentados. Compañías alimenticias que actualmente, aprendiendo de la
experiencia del mismo libro de jugadas, desarrollan productos que conducen al
comer compulsivo ―con la resultante epidemia de obesidad― pueden tener
beneficios crecientes, pero no los obtiene el bienestar social. Microsoft fue
ingenioso en sus estrategias para apalancar el poder monopólico que tenía
mediante el control sistema operativo de los PC; aumentó sus beneficios, pero
mediante la aniquilación de rivales como Netscape, eso tuvo un efecto
escalofriante en innovación.
La tarea de desenmarañar todo lo que iba mal en nuestro sistema financiero es
una dificultad, pero, en esencia, la última innovación del sistema financiero
fue inventar estructuras de honorarios a menudo lejos de la transparencia y que
le permite generar beneficios enormes, recompensas privadas no proporcionales a
sus beneficios sociales. Las imperfecciones informativas (resultado de la no
transparencia) condujeron a imperfecciones competitivas, lo que contribuye a
explicar por qué el tope de beneficio habitual que la competencia conduce a cero
parecía no obtenerse. Uno debería haber sospechado que algo iba mal cuando un
banco tras otro obtenía tanto dinero año tras año. Uno debería haber sospechado
que algo iba mal en el sistema económico cuando millones de americanos debían
miles de millones a compañías de tarjetas de crédito y bancos en “cargos por
atraso”, “penalizaciones” y multiplicidad de cargos, transformando una tasa de
interés anual del 20% en una usurera tasa de interés efectivo del 100% o más
para quienes se rezagaban en los pagos.
Acaso los peores problemas ―como los del mercado hipotecario subprime―
sucedieran cuando las no transparentes estructuras de honorarios interactuaron
con los incentivos para la adopción de riesgo excesivo en que los directores
financieros lograron mantener altos rendimientos un año, incluso si esos
rendimientos eran más que compensaciones por pérdidas durante el siguiente.
Detrás de la crisis subprime había hipotecas diseñadas para promover la
refinanciación de viviendas, un esquema piramidal que generaban miles de
millones de dólares en honorarios para la compañía hipotecaria mientras los
precios de la vivienda siguieran aumentando. Era inevitable que la burbuja
reventara. Pero, para entonces, los beneficios que se han embolsado asegurarían
de por vida a esos brujos financieros o, al menos, ésa era su esperanza.
Por decirlo de otra manera, habían asignado capital y riesgo en el sector
financiero de una forma que alimentó la economía, que les habría dado generosos
beneficios. Pero querían más y, así, establecieron estructuras de incentivos que
promovían el juego. Si jugaban y ganaban, se podían ir con una parte de los
beneficios. Si jugaban y perdían, los inversores soportarían las consecuencias.
Era casi como si todo el sistema financiero se hubiera convertido en un casino
gigante en que el sistema estaba amañado para garantizar la marcha del juego con
enormes rendimientos a expensas de los jugadores. Pero en Las Vegas y Atlantic
City el juego era casi de suma cero: los beneficios de los propietarios del
casino eran aproximadamente iguales a las pérdidas de los jugadores. El sistema
financiero-casino, por otra parte, es un juego de suma negativa. Ésos en Wall
Street han podido marcharse con miles de millones, pero esos miles de millones
han quedado diminutos por los costes que hemos tenido que pagar el resto de
mortales. Algunos han perdido sus hogares y ahorros ―huelga decir nada de los
sueños sobre su propio futuro y el de sus hijos―. Otros son inocentes que se
resistieron a las falsas promesas de los corredores hipotecarios y de las
compañías de tarjetas de crédito, pero ahora, cuando la economía flaquea, se
encuentran fuera de sus empleos. Y los pobres son perjudicados en medida en que
los ingresos estatales caen en picado, forzando recortes en los servicios
públicos.
Los males actuales en el sistema financiero de América no son un accidente
aislado, uno de esos acontecimientos raros y que sólo suceden una vez cada cien
años. En efecto, ha habido más de un centenar de crisis a escala mundial en los
últimos 30 años. Sólo en los Estados Unidos habíamos tenido la crisis de las
sociedades de ahorro y préstamo en 1989, los problemas punto com/WorldCom/Enron
de los primeros años de esta década y ahora la quiebra subprime que se ha
metamorfoseado en un desplome de mayor envergadura. Además de esos problemas
nacionales, había problemas regionales: crisis inmobiliarias alimentadas por
préstamos excesivos en Tejas y el suroeste a mediados de los ochenta y en
California y Nueva Inglaterra a principios de los noventa. En cada uno de estos
ejemplos, los mercados financieros fallaron en lo que supuestamente hacen:
asignar capital y administrar riesgo. A finales de los noventa, por ejemplo, se
asignó tanto capital a la fibra óptica que, en el momento del crack, se calcula
que el 97% de ella no había visto la luz.
Brevemente, el problema de la economía estadounidense no es que tenga
asignados demasiados recursos a las áreas “soft” y demasiado pocos a las “hard”.
No hace falta que asignemos demasiados recursos al sector financiero y le
recompensemos demasiado generosamente, a pesar de que puedan exponerse robustos
argumentos a tal efecto. El problema es que se dedica demasiado poco esfuerzo a
administrar los riesgos reales importantes ―posibilitar a los americanos
corrientes permanecer en sus hogares frente a las vicisitudes económicas―,
mientras que se fue demasiado en la creación de productos financieros que
aumentan el riesgo. Se ha gastado demasiada energía intentando hacer dinero
fácil; se ha dedicado demasiado esfuerzo a aumentar beneficios mientras que no
se ha dedicado el suficiente para aumentar la verdadera salud, si la salud viene
de la producción o de ideas nuevas. Hemos aprendido una lección dolorosa, tanto
en la década de los treinta como ahora: la mano invisible a menudo parece
invisible porque no existe. En el mejor de los casos, es más que una pequeña
parálisis. En el peor, la persecución del propio interés ―la codicia
empresarial― puede conducir al tipo de apuro a que hoy se enfrenta el país.
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(*)Joseph Stiglitz es profesor en la Universidad de Columbia,
ganador del Premio Nobel de Economía en 2001 y coautor de The Three Trillion
dollar War.
Traducción para
www.sinpermiso.info:
Daniel Escribano.