n poco de historia
Podría argumentarse: ¿y a quién le
importa la muerte de un desvarío de dos intelectuales? Respuesta: a mucha gente
y, especialmente, a las fuerzas sociales que luchan por la construcción de un
mundo mejor, por una sociedad socialista. Para comprender mejor el porqué de
esta respuesta conviene hacer un poco de historia. Precisamente cuando el
neoliberalismo comenzó a sufrir los embates de una resistencia que a comienzos
de nuestro siglo se extendía por las más diversas latitudes apareció el libro de Hardt y Negri. De inmediato la obra fue saludada por toda la prensa imperialista
mundial como el nuevo “Manifiesto Comunista” del siglo veintiuno; un manifiesto
que, a diferencia de su predecesor escrito por Marx y Engels un siglo y medio
antes, demostraba su sensatez al fulminar sin atenuantes a los dinosaurios que
aún hablaban del imperialismo, creían que las transnacionales se apoyaban en la
fortaleza de los estados nacionales y que éstos, lejos de estar en vías de
extinción, se fortalecían en el capitalismo metropolitano mientras se
debilitaban en la periferia del sistema. Un curioso manifiesto comunista en
cuyas páginas brillaban por su ausencia las contradicciones de clases, la
dialéctica y la revolución, y que erigía como modelo de lucha contra el
fantasmagórico imperio ... ¡al bueno de San Francisco de Asís! (de quien se
decía que amansaba a lobos hambrientos con el sonido de su violín) y relegando
al museo de los arcaísmos revolucionarios a figuras como el Che Guevara, Fidel,
Lenin, Mao, y Ho Chi Mihn, entre tantos otros. Por varias razones que no viene
al caso exponer aquí la influencia de estos disparates en las primeras reuniones
del Foro Social Mundial de Porto Alegre fue enorme, y quienes objetábamos las
tesis de Hardt y Negri debimos remar a contracorriente para lograr que se nos
escuchara. Muchos de quienes impidieron un debate a fondo sobre este asunto
terminaron siendo los representantes ideológicos de los anguiliformes gobiernos
de centro-izquierda que, poco después, se afianzarían en la región.
No era fácil objetar los planteamientos de un pensador dueño de una trayectoria
marxista tan dilatada como Toni Negri. Imperio, escrito conjuntamente con el
estadounidense Michael Hardt -un profesor de Teoría Literaria de la Universidad
de Duke- es un libro voluminoso, enrevesado y por momentos críptico (o confuso,
si no se quiere ser tan benévolo) cuya tesis central: “el imperio no es
imperialista” sonó como música celestial para los imperialistas No causó
sorpresa, por lo tanto, el aluvión de elogios con que el libro fue recibido por
el mundo “bienpensante” y la industria cultural del imperio: no es cosa de todos
los días que dos autores que se autodenominan “comunistas” planteen una tesis
tan grata y tan coherente con los deseos y los intereses de los imperialistas de
todo el mundo, y muy especialmente con los de la “Roma americana”, al decir de
José Martí, que aporta los fundamentos materiales, militares e ideológicos sobre
los cuales reposa todo el imperialismo como sistema.
La interminable sucesión de errores y confusiones que se desgranaban a lo largo
del libro –salpicadas, es verdad, con alguna que otra observación más o menos
razonable- fue objeto de numerosas críticas. Pensadores marxistas de las más
diversas corrientes cuestionaron y refutaron esa obra.1 Por nuestra parte,
asumimos como una exigencia de la militancia anti-imperialista dedicar un tiempo
precioso para escribir un pequeño libro destinado a rebatir las tesis centrales
de Imperio y a tratar de contribuir a neutralizar la profunda confusión
ideológica en que, a causa de las mismas, habían caído los movimientos de la
alterglobalización.2 Es que, en línea con el discurso predominante del
neoliberalismo y bajo una retórica de izquierda el libro de Hardt y Negri
contrariaba con una insoportable mezcla de ignorancia y soberbia toda la
evidencia empírica arrojada por numerosos estudios sobre la dominación
imperialista y sus consecuencias. Aparte de la disparatada tesis central: un
imperio sin relaciones imperialistas de dominación, saqueo y explotación,
también se afirmaba que el imperio carece de un centro, no tiene un “cuartel
general” ni puesto de comando y tampoco se afianza sobre base territorial
alguna; mucho menos puede decirse de que cuente con el respaldo de un
estado-nación.
Para Hardt y Negri el imperio es una benévola constelación de
múltiples poderes sintetizados en un régimen global de soberanía,
permanentemente jaqueada por una fantasmagórica “multitud”: una vaporosa o
líquida, al decir de Zigmunt Bauman, agregación altamente inestable y cambiante
de sujetos que, por una incomprensible paradoja, eran simultáneamente los
verdaderos creadores del imperio y podían ser sus eventuales sepultureros si es
que por un milagro lograban curarse de la esquizofrenia que los condujo a crear
algo que los oprimía y que, a la vez, querían destruir.
Es por todo lo anterior que pocas imágenes podrían ser más del agrado del
gobierno de Estados Unidos y las clases dominantes de ese país y sus aliados en
todo el mundo que esta embellecida visión de sus cotidianas tropelías, crímenes,
atropellos y el genocidio que lenta y silenciosamente practican día tras día por
los cuatro rincones de la tierra, y muy especialmente en el Tercer Mundo. Pocas,
también, podrían haber sido más oportunas en momentos en que Estados Unidos se
había convertido en la potencia imperialista más agresiva y poderosa de la
historia de la humanidad y en el estado nación imprescindible e irreemplazable
para sostener con su formidable maquinaria militar, su enorme gravitación
económico-financiera y el fenomenal poderío de su industria cultural (desde
Hollywood hasta sus universidades, pasando por sus tanques de pensamiento y los
medios de comunicación de masas y, last but not least, su control estratégico de
la Internet, no compartido ni siquiera con la Unión Europea y Japón) toda la
arquitectura del sistema imperialista mundial.
La IV Flota entra en escena
Ahora bien: si alguna prueba hacía falta para invalidar irreparablemente las
tesis centrales de Imperio (y para convencer a los más remisos del carácter
insanablemente erróneo de ese libro) la reactivación ordenada por el gobierno de
Estados Unidos de la IV Flota aportó la evidencia necesaria para cerrar
definitivamente el caso. Herido de muerte por la invasión y ocupación
estadounidense de Irak, donde fue un estado-nación quien produjo el zarpazo que,
a la vieja usanza imperialista, arrasaría con ese país para apoderarse de su
riqueza petrolera y favorecer a “sus transnacionales”, Imperio sucumbió
definitivamente ante la nueva iniciativa ordenada por el Departamento de Defensa
en Abril del 2008.3
Desactivada desde 1950, la IV Flota (de Estados Unidos, no de un poder “global y
abstracto” o de las Naciones Unidas, como Hardt y Negri nos inducirían a creer)
fue sacada de su letargo con el mandato específico de patrullar la región y
monitorear los acontecimientos que se puedan producir en el vasto espacio
conformado por América Latina y el Caribe. No sólo se trata de controlar el
litoral marítimo en el Atlántico y el Pacífico sino que también -se deslizó con
llamativa imprudencia- podría inclusive navegar por los caudalosos ríos
interiores del continente con el propósito de perseguir narcotraficantes,
atrapar terroristas y desarrollar acciones humanitarias que hubieran provocado
la envida de la madre Teresa de Calcuta. No hace falta ser demasiado perspicaz
para caer en la cuenta que la penetración de la IV Flota por el Amazonas y su
eventual estacionamiento en ese río le otorgaría un sólido respaldo militar a la
pretensión norteamericana de convertir a esa región en un “patrimonio de la
humanidad bajo supervisión de las Naciones Unidas.” Tampoco se requiere de
demasiada imaginación para percatarse de lo que podría significar la navegación
de la IV Flota por los grandes ríos sudamericanos (en soledad o con el auxilio
de fuerzas locales aliadas al imperialismo) para maniatar y subyugar la que, en
un trabajo reciente, Perry Anderson calificara como la región más rebelde y
resistente al dominio neoliberal del planeta.
Con esta iniciativa Estados Unidos, el centro indiscutido del imperio y el locus
donde reside su cuartel general, viene a completar por los mares y ríos lo que
ya había sido parcialmente obtenido mediante el emplazamiento en nuestra
geografía de una serie de bases y “misiones militares” y por su predominio aéreo
y del espacio exterior, especialmente en el terreno satelital: el control
integral de lo que los expertos en geopolítica de Estados Unidos llaman la gran
isla americana. Gracias al Plan Colombia (y en menor medida al Plan
Puebla-Panamá) y a las numerosas bases militares con que cuenta en la región
Washington detenta un decisivo y monopólico control territorial que se extiende
desde México, en el Norte y llega hasta la Triple Frontera, con la Base Mariscal
Estigarribia en Paraguay, e inclusive hasta la propia Tierra del Fuego, en el
extremo Sur de la Argentina en donde también hay personal militar
norteamericano. 4
Una nota producida hace pocos meses por Stella Calloni consigna que en Tierra
del Fuego el gobierno de esa provincia argentina emitió un decreto cediendo
tierras “para la instalación de una base estadounidense que se supone realizará
‘estudios nucleares con fines pacíficos’ ”. Esta decisión del gobierno
provincial se apoya en una ley aprobada en 1998 por la Cámara de Diputados de la
Nación, durante la presidencia de Carlos S. Menem, en cuyos anexos se contempla
que ‘podrán realizarse explosiones nucleares subterráneas con fines pacíficos’.
El decreto del ejecutivo fueguino autoriza la instalación de una base del
Sistema Internacional de Vigilancia para la Prevención y Prohibición de Ensayos
y Explosiones Nucleares ... y habilita para ‘los integrantes de esta base el
libre tránsito por la provincia, si así lo requieren para sus estudios’.” Por
último anota Calloni que existe el peligroso antecedente de la “inmunidad total”
que el Paraguay otorgara, en 2005, a las tropas estadounidenses radicadas en ese
país” y que motivara la condena unánime de los organismos defensores de los
derechos humanos en toda América Latina. 5
Resumiendo: en la actualidad el control que Estados Unidos detenta del espacio
aéreo latinoamericano es absoluto e inexpugnable, habida cuenta de su enorme
superioridad tecnológica que, entre otras cosas, le permitió organizar y ayudar
a ejecutar, paso a paso, la enigmática “operación rescate” de Ingrid Betancourt
y los otros “rehenes de oro” que tenían en su poder las FARC.6 A lo anterior
debe sumársele su presencia territorial y, ahora, agregársele el dominio de los
mares, con lo cual el círculo se cierra sobre América Latina y el Caribe.
Círculo que se estrecha cada vez más para los cuatro gobiernos que en nuestra
región están librando una batalla diaria y sin cuartel contra el imperialismo:
Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador.
Misiones manifiestas y latentes
Una versión “candorosa” de la misión de la IV Flota (apta para el consumo de las
buenas almas incapaces de reconocer la maldad) la brindó hace pocas semanas el
Almirante James Stavridis. En una nota, reproducida en los principales
periódicos de América Latina, este militar sostiene que “el restablecimiento de
la IV Flota” es un reconocimiento a la “excelente cooperación, amistad y mutuo
interés en las Américas entre nuestra armada y las armadas de toda la región.”
Después de asegurar que “no hay naves permanentemente asignadas a la IV Flota …
y no tendrá ningún buque portaaviones asignado” destacó que entre las
principales operaciones marítimas que podrían llevarse a cabo con las armadas de
la región se incluyen, (llamativamente en primer lugar) “la asistencia
humanitaria …, el apoyo a las operaciones de paz, la asistencia en las
situaciones de desastres y las operaciones de auxilio, en las operaciones
antinarcóticos y …en las de cooperación regional y de entrenamiento inter-operacional.”7
Es evidente que el lenguaje empleado por Stavridis no por casualidad tiene la
suficiente ambigüedad como para ocultar las verdaderas intenciones que se
ocultan detrás de tan significativa decisión. ¿Es concebible pensar que Estados
Unidos va a reactivar la IV Flota para ofrecer “asistencia humanitaria” a
América Latina y el Caribe? Esto no lo puede creer nadie, porque para eso no
hace falta una flota naval y además porque semejante arranque de altruismo jamás
ha figurado en la agenda de la política exterior estadounidense. Esta sigue fiel
al viejo dictum de John Quincy Adams, sexto presidente de Estados Unidos, cuando
dijera que ese país “no tiene amistades permanentes sino intereses permanentes.”
Esta política, por lo tanto, poco tiene de novedosa. La Doctrina Monroe,
formulada en 1823 -¡es decir, un año antes de la batalla de Ayacucho que
complementaría la primera etapa de la lucha por la independencia de nuestros
pueblos!- apuntaba en esa dirección y reafirmaba el “interés permanente” de
Estados Unidos por controlar y dominar América Latina. Tal como lo señala el
historiador Horacio López, a fines del siglo XIX un oficial de la Armada
estadounidense, Alfred Thayer Mahan, perfeccionaría en el plano de la
geopolítica las recomendaciones que se desprenden de la Doctrina Monroe.8 La
preocupación de Mahan surgió como respuesta ante la problemática planteada por
la guerra Hispano-americana que culminó, en el Caribe, con la incorporación de
Cuba y Puerto Rico a su hegemonía (si bien bajo diferentes condiciones) y la
estrategia que Estados Unidos debía poner en práctica para asegurar su
indisputado predominio en el Caribe, definido a partir de entonces como el Mare
Nostrum estadounidense. Contrariando las interpretaciones dominantes en su
tiempo Mahan sostiene que la extensión del poder continental de Estados Unidos
pasaba por el control global de los océanos y de las líneas de comunicaciones
marítimas, lo que exigía la conformación de una poderosa flota militar y
mercante. A partir de estas premisas Mahan, observa López, planteó la necesidad
de construir un canal en Centroamérica para resolver, en caso de conflictos, el
rápido traslado de la flota de guerra estadounidense de una costa a la otra dado
que la travesía por el estrecho de Magallanes insumía, en esa época, más de
sesenta días de navegación.. Una vez que se construyera el canal, se suscitaría
el problema de su defensa para evitar que cayera en manos enemigas.
López cita
al sociólogo puertorriqueño Ramón Grosfoguel quien afirma que “c omo una manera
de asegurar la defensa del futuro canal, Mahan recomendó que antes de
construirlo Estados Unidos debía adquirir Hawai y controlar militarmente las
cuatro rutas marítimas caribeñas al noreste del canal: el Paso de Yucatán (entre
Cuba y México); el Paso de los Vientos (la principal ruta norteamericana de
acceso al canal entre Cuba y Haití); el Paso de la Mona (entre Puerto Rico y la
República Dominicana) y el Paso de Anegada (cerca de St. Thomas en las aguas
orientales de Puerto Rico). Mahan recomendó a las élites norteamericanas la
construcción de bases navales en estas zonas como paso previo a la construcción
de un canal y como paso indispensable para transformar a los Estados Unidos en
una superpotencia.” 9
Si se examina el itinerario de la política exterior de ese país se podrá
comprobar que las recomendaciones de Mahan no cayeron en saco roto: Estados
Unidos se apoderó de Cuba y Puerto Rico e, indirectamente, de las pequeñas
naciones del Caribe y Centroamérica; hizo lo propio con el archipiélago de Hawai
en 1898 y al poco tiempo se apropió de las Filipinas, las Islas Marianas y otras
posesiones en el Pacífico Occidental. Todo este esfuerzo se vio coronado con la
cuidadosamente planeada secesión de la norteña provincia colombiana de Panamá,
en 1903, y la firma de un tratado que permitiría la construcción del Canal, que
sería inaugurado en 1914. 10 En esa oportunidad las autoridades “independientes”
de Panamá concedieron a Estados Unidos los derechos a perpetuidad del canal y
una amplia zona de 8 kilómetros a cada lado del mismo a cambio de una suma de 10
millones de dólares y una renta anual de 250 000 dólares. Esta situación sería
modificada gracias al Tratado Torrijos-Carter, firmado en 1977, y que devolvería
el Canal a la soberanía panameña el 31 de Diciembre de 1999.
De esta somera descripción surge con bastante claridad la coherencia de la
política exterior de la Casa Blanca hacia América Latina, el rol importantísimo
jugado por la Armada y, en consecuencia, la muy fundada sospecha que la
reactivación de la IV Flota está llamada a jugar un papel mucho más importante
que el anunciado en la propaganda oficial. En otras palabras, que su misión
verdadera poco tiene que ver con la manifiestamente declarada.
Sabemos por experiencia los problemas definicionales con que tropieza quien
pretenda descifrar el significado de “seguridad regional”, “terrorismo” y
“narcotráfico” cuando estas expresiones son propuestas en los discursos o
documentos oficiales del gobierno de Estados Unidos. Cualquiera que se oponga a
los designios imperiales puede ser fulminado con la calificación de terrorista o
narcotraficante o, más fácil todavía, como “cómplice” de aquellos. El argumento
de la lucha contra el narcotráfico no sólo es falso; es cómico. Afganistán y
Colombia, dos países en donde la presencia norteamericana es abrumadora (podría
decirse inclusive que, sobre todo en el primer caso, son países “ocupados”
militarmente por Washington) no por casualidad registran en los últimos años una
vigorosa expansión de los cultivos de amapola y coca y, además, el tráfico de
sustancias prohibidas, algo insólito que ocurra bajo la celosa mirada de quienes
ahora se arrogan la responsabilidad de combatir al narcotráfico en América
Latina. Un estudio reciente concluye que la invasión y ocupación de Afganistán
desde Octubre del 2001 “no destruyó la economía de la droga en ese país. Peor
aún, Afganistán ha vuelto a convertirse en el mayor productor mundial de opio …
y el cultivo de la amapola se ha extendido por todas las provincias del país y
su cosecha aporta el 92 % del opio producido en todo el mundo y aproximadamente
el 90 % de toda la heroína consumida.” Y en lo tocante al caso colombiano los
autores sostienen que “a pesar de años de campañas de erradicación la producción
y el suministro de drogas ilegales permanecieron estables en la región.” 11 El
Informe de la Organización de las Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen (UNODC)
de 2008 revela que en 2007 la cosecha de amapola en Afganistán fue la mayor
desde que se llevan registros estadísticos y que la producción de opio se
duplicó entre 2005 y 2007. También se señala que en ese país también se verifica
una impetuosa expansión del cultivo de marihuana.12 Y en Colombia se estima que
en el último año la superficie sembrada con coca se incrementó en un 27 por
ciento, pese a las campañas de fumigación, la presencia de tropas
norteamericanas y las políticas de “combate” al narcotráfico diseñadas por el
gobierno colombiano mancomunadamente con la Casa Blanca. Ante la contundencia de
estos hechos, ¿quién podría ser tan ingenuo como para creer que la IV Flota
levaría anclas para perseguir narcotraficantes cuando bajo la protección de las
tropas norteamericanas el cultivo y el tráfico de estupefacientes floreció en
Afganistán y Colombia? Lo que la experiencia sugiere es que casi con seguridad
una de sus principales misiones será organizar el tráfico de drogas de modo tal
que lo recaudado termine canalizándose hacia la banca norteamericana encargada
de lavar el dinero mal habido.
El pretexto de la lucha antiterrorista contra el radicalismo islámico es tan
poco persuasivo como el anterior: salvo los atentados a la Embajada de Israel y
a la AMIA, ocurrida en Buenos Aires a comienzos de los años noventa (y cuya
génesis, responsables y ejecutores aún se encuentran en las sombras por la
pasmosa ineficacia, o corrupta complicidad, de algunos funcionarios del estado
argentino en sus diferentes ramas) no existe en la región actividad alguna
comprobada de células vinculadas a Al Qaeda u otra organización similar. La
lucha contra el terrorismo internacional debería librarse en Washington, pues
allí se encuentran sus principales responsables: la escandalosa protección
oficial brindada al terrorista probado y confeso Luis Posada Carriles y la no
menos escandalosa detención, en condiciones inhumanas que no se le aplican ni al
más desalmado criminal, de los cinco jóvenes cubanos que se infiltraron en las
organizaciones terroristas basadas en Miami le quitan por completo la más mínima
pretensión de verosimilitud al proclamado objetivo de la Casa Blanca de combatir
al terrorismo.13 En cuanto a las intenciones humanitarias de la IV Flota no
dejan de ser un simple pretexto para encubrir sus verdaderas e inconfesables
intenciones: posicionarse en la región para estar prestas a intervenir ni bien
lo exijan los imperativos de la coyuntura.14
Contrariando las piadosas declaraciones de Stavridis un comunicado oficial del
Departamento de Defensa de Estados Unidos manifestó que IV Flota contará con
toda clase de navíos, submarinos y aviones, y que su apostadero (Mayport, en el
estado de Florida) es una base naval que cuenta con un vasto arsenal nuclear.
Según ese comunicado el objetivo perseguido por la reactivación de la IV Flota
fue “responder al creciente papel de las fuerzas de mar en el área de
operaciones del Comando Sur (de Estados Unidos) y demostrar el compromiso de
Washington con sus socios regionales”.15 No es necesario extremar demasiado la
imaginación para saber quienes califican como “socios regionales” y quienes,
como Cuba, Venezuela, Ecuador y Bolivia, son considerados como los “enemigos
globales” que desestabilizan la región y atentan contra la “seguridad marítima”
de la región. La declaración oficial del Pentágono no podría haber sido más
vaga: esta fuerza tendría a su cargo varias misiones, en un rango que va desde
“operaciones contingentes, la lucha contra el “narco-terrorismo” hasta ciertas
actividades relacionadas con la seguridad en el teatro de operaciones. Como
puede observarse, la IV Flota tiene un mandato para hacer prácticamente
cualquier cosa, y no es casual que su reactivación haya coincidido con el
bombardeo por parte de la Fuerza Aérea de Colombia de un campamento de las FARC
precariamente instalado en territorio ecuatoriano y a pocos kilómetros de la
frontera, operación ésta que, al igual que la “liberación” de los quince rehenes
en poder de la FARC, no hubiera sido posible sin el apoyo informático y
satelital de Estados Unidos.
Tampoco es casual que tenga lugar cuando los
esfuerzos por desestabilizar a los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia
pusieron en evidencia sus limitaciones y los gobernantes de esos países
lograron, al menos hasta ahora superar, todos los obstáculos y acechanzas
interpuestas por la Casa Blanca y sus lugartenientes en la región. La aplastante
victoria de Evo Morales en el reciente referendo revocatorio del 10 de Agosto
debe haber sumido en la desesperación a muchos en Washington y en la Media Luna
de Bolivia.
Para resumir: lo cierto es que el Pentágono contempla dotar a la IV Flota con un
equipamiento similar al que cuentan la Quinta Flota, que opera en el Golfo
Pérsico, y la Sexta, estacionada en el Mediterráneo. Declaraciones posteriores
del Pentágono admitieron que al menos un portaaviones y varios submarinos
formarán parte de la flota encargada de patrullar en aguas latinoamericanas. En
ese mismo cable originado en Washington -y publicado por La Nación bajo la firma
de su corresponsal en esa ciudad Hugo Alconada Mon- se dice que “dentro de la
órbita del Comando Sur operan hoy 11 barcos, un número que podría aumentar en el
futuro. Qué tipo de naves se desplegarán "es cuestión del momento, de las
misiones específicas" … (p)ero los primeros indicios apuntan al flamante
portaaviones George H. W. Bush, que estará operativo desde fines de este año,
como posible corazón de la IV Flota.” 16
Según el mismo enviado a Washington, “el almirante Gary Roughead, gestor
intelectual del renacimiento de la unidad” tiene como meta “asegurar la
seguridad en este mundo globalizado”. Interrogado sobre el significado de esa
expresión Roughead se limitó a decir que la IV Flota podrá estar “lista en todo
momento para todo desafío. Por eso somos una Armada global”. Si se recuerda la
extraordinaria amplitud que la nueva doctrina estratégica norteamericana
anunciada en Septiembre de 2002 -la guerra infinita y global contra el
“terrorismo” y el hecho de que la paranoia oficial reinante en Washington
considere como “terrorista” a todo aquel que resiste las agresiones del
imperialismo- pocas dudas caben acerca del papel real que habrá de desempeñar la
IV Flota: ser un elemento de chantaje y disuasión para los gobiernos de la
región que se opongan a los imperialistas y un significativo apoyo “extramuros”
para sus aliados entre las clases dominantes locales. 17
El documento del Comando Sur de Estados Unidos denominado US Southern Command
Strategy: 2016 Partnership for the Americas es calificado por el especialista en
relaciones internacionales Juan Gabriel Tokatlian como “el plan más ambicioso
que haya concebido en años una agencia oficial estadounidense respecto a la
región.” 18 Según este documento en la nueva conformación de la política
estadounidense hacia nuestra región no desempeñan papel alguno ni los
tradicionales instrumentos de predominio militar, como la Junta Interamericana
de Defensa o el ya difunto Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca,
pasado a mejor vida luego de la Guerra de Las Malvinas en 1982; ni tampoco
organismos multilaterales como la OEA o las Naciones Unidas. Señala asimismo que
“las instancias políticas internas (los Departamentos de Estado, Justicia y
Tesoro) de interacción con el hemisferio se han evaporado en el documento.
El
Comando Sur anuncia su papel y proyección en el área para los siguientes diez
años como lo haría un procónsul continental.” Y esto pese a que en la región “ni
existen tiranos con armas de destrucción masiva, ni hay formas de terrorismo
transnacional de alcance global.” 19 La militarización de la política
internacional es una de las consecuencias de la nueva doctrina estratégica
anunciada al mundo en Septiembre de 2002 y ratificada ahora por el Pentágono a
través de su instrumento regional: el Comando Sur. Nótese que el reverso de esta
concepción que militariza la escena internacional es la criminalización de la
protesta social en el plano doméstico, hacia lo que apunta la ya referida
legislación antiterrorista aprobada, bajo la fuerte presión estadounidense, en
casi todos los países del área. Y para combatir en ambos terrenos, el
internacional y el nacional, el imperio apela a la eficacia disuasiva de las
armas. Ese y no otro es el papel real que la IV Flota está llamada a cumplir en
América Latina y el Caribe.20
Un debate terminado, una confusión menos
Como decíamos al principio, la puesta en funcionamiento de la IV Flota liquidó
el debate en torno a la naturaleza del imperio. Tal como lo plantea el marxismo,
las controversias teóricas y políticas no se resuelven con ingeniosos juegos de
lenguaje o encendidas pirotecnias verbales sino en la vida práctica de pueblos y
naciones. Y el debate sobre el libro de Hardt y Negri ya se acabó: el primer
golpe mortal lo había propinado la Guerra de Irak, que desde el principio
demostró claramente ser una clásica guerra imperialista de anexión lanzada para
apropiarse del petróleo iraquí. Y el tiro de gracia lo acaba de descerrajar la
decisión de reactivar la IV Flota. Para estudiar seriamente el imperialismo
Hardt y Negri deberían haberse inspirado en la actitud de V. I. Lenin -un autor
por quien no ocultan su menosprecio- cuando se propuso investigar la naturaleza
del imperialismo a comienzos del siglo veinte: leer toda la literatura relevante
producida por los intelectuales de la burguesía imperialista. En lugar de ello
Hardt y Negri se regodearon transitando por los inconsecuentes meandros de la
filosofía posmoderna francesa mientras el imperio verdadero -no el que ellos
alucinaban- desfilaba ante sus dilatadas pupilas sin tener la menor conciencia
de ello. Su desconocimiento de la densa literatura imperialista producida por la
derecha norteamericana desde Reagan hasta nuestros días es imperdonable. Si
hubieran tenido la curiosidad propia del espíritu científico y se hubiesen
asomado a leer algo, aunque sea lo que escribía uno de los voceros más
caracterizados del pensamiento imperialista norteamericano y principal
columnista de asuntos internacionales del New York Times, Thomas Friedman, se
habrían proporcionado un baño de sobriedad y probablemente dado cuenta de que
algo no funcionaba demasiado bien en su teoría. 21 Poco antes de la aparición de
Imperio Friedman escribió una nota en la que decía, sin tapujo alguno, que “la
mano invisible del mercado global nunca opera sin el puño invisible. Y el puño
invisible que mantiene al mundo seguro para el florecimiento de las tecnologías
del Silicon Valley se llama Ejército de Estados Unidos, Armada de Estados
Unidos, Fuerza Aérea de Estados Unidos y Cuerpo de Marines de Estados Unidos
(con la ayuda, incidentalmente, de instituciones globales como las Naciones
Unidas y el Fondo Monetario Internacional. … Por eso cuando un ejecutivo dice
cosas tales como ‘No somos una compañía estadounidense. Somos IBM-US, o
IBM-Canadá, o IBM-Australia, o IBM-China” les digo: ¿ Ah sí ? Bueno, entonces la
próxima vez que tengan un problema en China llamen a Li Peng para que le ayude.
Y la próxima vez que el Congreso liquide una base militar en Asia –y usted dice
que no le afecta porque no le preocupa lo que hace Washington- llame a la Armada
de Microsoft para que le asegure las rutas marítimas de Asia. Y la próxima vez
que un novato congresista republicano quiera cerrar más embajadas
estadounidenses llame a America-On-Line cuando pierda su pasaporte.” 22
Este es el “imperio realmente existente”, el “sheriff solitario” del que habla
Huntington, con la omnipresencia de los estados metropolitanos, y sobre todo del
estado fundamental para la preservación de la estructura imperialista mundial:
Estados Unidos; con la proliferación de grandes empresas “nacionales” con
proyección global respaldadas por sus estados (los mismos que en su cándida
ensoñación Hardt y Negri creían desaparecidos) y con el decisivo componente
militar que caracteriza a esta época –donde los pueblos supuestamente estarían
cosechando los dividendos de la “paz mundial”, una vez implosionada la antigua
URSS, causante del equilibrio del terror atómico de los años de la Guerra Fría-
en la cual, paradojalmente, florece la doctrina de la “guerra infinita”,
interminable y contra todos proclamada por George W. Bush.
Si algo bueno puede surgir de la desafortunada noticia de la activación de la IV
Flota es que la misma nos permite dejar atrás la alucinada visión sintetizada en
Imperio y que tanto retrasó la toma de conciencia de las fuerzas de la
izquierda, sus partidos y movimientos sociales acerca de la verdadera naturaleza
del enemigo imperialista. Como el niño del cuento aquel que gritó que “¡el rey
está desnudo!”, la reciente decisión de Washington tiene un valioso efecto
pedagógico: despeja del crucial terreno de las ideas las erróneas
interpretaciones del imperialismo contemporáneo, como la de Hardt y Negri, lo
cual es el imprescindible primer paso para trazar un panorama más claro y
realista tanto de los desafíos que el imperialismo presenta a nuestros pueblos
como para construir las estrategias, tácticas e instrumentos políticos e
ideológicos más apropiados para combatirlo exitosamente.
******
(*)El autor es Director del PLED, el Programa Latinoamericano de Educación a
Distancia en Ciencias Sociales del Centro Cultural de la Cooperación Floreal
Gorini, de Buenos Aires. Profesor Titular de Teoría Política en la Universidad
de Buenos Aires e Investigador Superior del CONICET.
1 Consultar entre muchos otros: Alex Callinicos, “Toni Negri en perspectiva”
( http://revoltaglobal.cat/IMG/pdf/form_CallinicosToniNegrienperspe.pdf ); Néstor
Kohan, “ El “Imperio” de Hardt & Negri y el Regreso del Marxismo Eurocéntrico” (http://www.cuestiones.ws/semanal/030503/sem-may03-03-kohan.htm)
Slavoj Zizek, ¿Han re-escrito Michael Hardt y Antonio Negri el Manifiesto
Comunista para el siglo XXI? (2001) http://es.geocities.com/zizekencastellano/arthardtnegri.htm
François Houtart, Tarik Ali, Peter Gowan y Rafael Hernández, “¿Qué
imperialismo?”, en Temas (La Habana: 2003), Nº 33-34, Abril-Septiembre; Leo
Panitch y Sam Gindin, “Capitalismo global e imperio norteamericano” parte I y II,
en Socialist Register en Español (Buenos Aires: CLACSO, 2004 y 2005); John
Bellamy Foster, “Imperialism and ‘Empire’ ”, en Monthly Review , Vol. 53, Nº 7,
Diciembre de 2001.
2 Ver nuestro Imperio & Imperialismo. Una lectura crítica de Michael Hardt y
Antonio Negri (Quinta Edición, Premio Extraordinario de Ensayo 2004 de Casa de
las Américas) [Buenos Aires: CLACSO, 2004].
3 En el Prólogo a la Quinta Edición de nuestro Imperio & Imperialismo decíamos
que “la guerra de Irak, declarada en solitario por los Estados Unidos, ha tenido
sobre el análisis propuesto en aquella publicación el mismo efecto que sobre la
autoestima norteamericana tuviera la caída de las Torres Gemelas de Nueva York.”
(Cf. op, cit, p. 6)
4 Sobre el tema de las bases militares estadounidenses en América Latina
consultar los diversos trabajos de Ana Esther Ceceña y, especialmente,
“Subjetivando el objeto de estudio, o de la subversión epistemológica como
emancipación”, en Ana E. Ceceña, compiladora, Los desafíos de las emancipaciones
en un contexto militarizado (Buenos Aires: CLACSO, 2006), pp. 13-43. También de
la misma autora Álvaro Uribe y la base de Manta
http://www.prensamercosur.com.ar/apm/nota_completa.php?idnota=3833 y, por
último , su muy instructivo sitio web: www.geopolitica.ws
5 Stella Calloni, “Alertan sobre una base estadounidense para estudios nucleares
en Tierra del Fuego”, en La Jornada (México), 14 de Octubre de 2007.
6 Aclaremos, para que no haya la menor duda, que condenamos sin atenuantes la
utilización de los secuestros como un arma de lucha política y que por eso mismo
celebramos la puesta en libertad de los rehenes en manos de las FARC. De todos
modos subsisten demasiadas incógnitas acerca de la naturaleza de ese “rescate”
que, seguramente, con el paso del tiempo podrán ser despejadas deparando no
pocas sorpresas.
7 Cf. “La importancia de trabajar juntos”, en La Nación (Buenos Aires) 10 de
Junio de 2008.
8 Horacio López, Secesionismo, anexionismo, independentismo en Nuestra América
(Caracas: El perro y la rana, 2008), p. 23. El libro fundamental en el cual
Mahan expone su doctrina es The Influence of Sea Power upon History, 1660–1783
(1890, no por casualidad re-editado en los años de Ronald Reagan: 1987).
9 Ramón Grosfoguel. “Los límites del nacionalismo: lógicas globales y
colonialismo norteamericano en Puerto Rico”, en Jorge Enrique González, Editor.
Nación y nacionalismo en América Latina (Buenos Aires: CLACSO, 2007)
10 Demás está subrayar que esta estrategia, la de la secesión, en fechas
recientes ha sido desempolvada por el Departamento de Estado para contener la
marea izquierdista que crece en el continente. No es casual que intentos
separatistas, abiertamente alentados por Washington, hayan aparecido en Zulia,
Venezuela; en el litoral ecuatoriano, resucitando una ancestral pero largamente
olvidada demanda en pro de la fundación de la República del Guayas, con sede en
Guayaquil; y en la Media Luna boliviana, en donde la estrategia de la secesión
está a la orden del día, potenciada sin duda por la apabullante victoria de Evo
en el referendo revocatorio del pasado 10 de Agosto que parece haber convencido
a la reacción racista y fascista de Bolivia que la “solución” a la crisis
contempla sólo dos posibilidades: o golpe de estado o secesión. El primer ensayo
exitoso de esta estrategia imperialista de secesión tuvo lugar en Texas, en
1845, por entonces perteneciente a México y que luego terminaría siendo anexada
al territorio de Estados Unidos. Desde entonces tiene un lugar privilegiado en
el manual de operaciones del Departamento de Estado.
11 Según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen (UNODC en sus
sigla en inglés), en el año 2006 el cultivo de amapola creció un 59 por ciento
mientras que la del opio lo hizo en un 49 por ciento. En un reciente articulo
Peter van Ham y Jorrit Kamminga [“Poppies for Peace: Reforming Afghanistan’s
Opium Industry”, en Washington Quarterly, Invierno 2006-2007, pp. 69-81]
examinan a fondo la situación de la economía de la droga en Afganistán y su
posible reconversión. Nada de esto ha ocurrido, sin embargo, bajo la ocupación
norteamericana.
12 UNODC, Informe Anual 2008, p. 1. http://www.unodc.org/documents/wdr/WDR_2008/Executive%20Summary.pdf
13 Sobre el caso Posada Carriles y la cuestión de “los 5” consultar nuestro “El
terrorismo como política de estado”, en Página/12 y Rebelión del día 11 de
Diciembre de 2007.
14 Pese a esto, a mediados de Junio de 2007 la Cámara de Diputados de la
Argentina transformó en ley un proyecto del Poder Ejecutivo que reprime el
accionar del terrorismo y también su financiamiento. La ley responde tanto a un
reclamo de Estados Unidos. como a una presión del Grupo de Acción Financiera
Internacional amenazaba con hacer un pronunciamiento público declarando a la
Argentina país no seguro. Ese mismo chantaje fue ejercido sobre casi todos los
países de la región que, salvo algunas pocas excepciones, aprobaron en tiempo
record la legislación solicitada por el imperio. Tan vaga es la caracterización
que hace la ley que en varios países de la región han surgido fuertes protestas
por su aplicación para perseguir luchadores sociales o movimientos que se oponen
a las políticas neoliberales. Cf. “Aprueban una ley antiterrorista que era
reclamada por Estados Unidos”, en Clarín (Buenos Aires), 14 de Junio de 2007.
Véase también la nota de Fernanda Balatti, “El terrorismo según Argentina”, en
Le Monde Diplomatique (Buenos Aires), año IX, Número 108, Junio 2008, p. 6.
15 http://www.defenselink.mil/releases/release.aspx?releaseid=11862
16 Cf. Hugo Alconada Mon, “Estados Unidos con más presencia en la región”, en La
Nación (Buenos Aires), 28 de Abril del 2008.
17 Hugo Alconada Mon, “Estados Unidos pone en marcha la IV Flota”, en La Nación
(Buenos Aires), 13 de Julio de 2008.
18 “El militarismo estadounidense en América del Sur”, en Le Monde Diplomatique
(Buenos Aires), Año IX, Número 108, Junio 2008, p. 5. Este artículo forma parte
de un excelente dossier dedicado al tema y que incluye los siguientes trabajos:
Fernanda Balatti, “El terrorismo según Argentina”; “¿Adiós a la base de Manta en
Ecuador”, por Adriana Rossi; “La construcción de la soberanía regional”, por
Daniel Pignotti; y “Apropiación de recursos naturales”, por Serena Corsi.
19 Ibid., p. 5.
20 Sobre la criminalización de la protesta social existe una amplísima
literatura especializada. En conexión con el tema de nuestro trabajo remitimos a
la lectura del texto de Fernanda Balatti mencionado más arriba.
21 No sólo no leyeron a Friedman. En realidad, no leyeron a ninguno de los
numerosos intelectuales orgánicos del imperialismo como Robert Kagan, Charles
Krauthammer, Michael Ignatieff, Samuel Huntington, William Kristol, Norman
Podhoretz y tantos otros, muchos de ellos nucleados en torno al proyecto del
Nuevo Siglo Americano y del cual la Administración Bush Jr. habría de reclutar
numerosos funcionarios para ocupar cargos clave en la estructura gubernamental
como Richard Cheney, Paul Wolfowitz, Elliot Abrams, John R. Bolton, Donald
Rumsfeld y muchos más.
22 Thomas L. Friedman, “Foreign Affairs; Techno-Nothings”, en New York Times ,
18 de Abril de 1998.