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El derechista gobernador de Santa Cruz
(Bolivia), Rubén Costas, saluda a los simpatizantes en las
celebraciones por el respaldo obtenido en el referendo, en mayo de
2008. (Foto: EFE) |
Lo sucedido antes y lo que está sucediendo después del referendo
revocatorio en Bolivia merece ser discutido y analizado por las izquierdas
antisistémicas y los movimientos sociales latinoamericanos, ya que forma parte
de las nuevas estrategias para sostener la dominación, implementadas por las
elites los últimos siete años, luego del 11 de septiembre de 2001. No se trata
de estrategias inéditas, sino del permanente perfeccionamiento de las que van
ganando impulso desde la derrota imperial en Vietnam.
Por Raúl Zibechi
- La Jornada
Como muestran Bolivia, Colombia y Venezuela, están emergiendo nuevas derechas
autoritarias, que no rehuyen los golpes de Estado, pero que ahora asumen formas
diferentes a los golpes militares clásicos. Ya no pretenden derribar presidentes
con tanques en la calle ni bombardeos a los palacios de gobierno. Uno de los
objetivos más destacados, en esta etapa, es obstaculizar la gobernabilidad
democrática y popular, no importando si los gobiernos son apoyados por la
población, si son sostenidos por mayorías y si actúan dentro de la ley. Pese a
haber ganado más de diez elecciones, Hugo Chávez fue acusado reiteradas veces de
dictador o de autoritario.
Para impedir la gobernabilidad en procesos de cambio social, las nuevas
derechas han encontrado modos para promover una suerte de inestabilidad de masas
mediante grandes movilizaciones populares impulsadas desde arriba, convocadas
por los grandes medios monopolizados. Aquí el papel de los medios es importante,
pero no factor decisivo. Mucho más importante es fomentar la intolerancia y los
miedos de las clases medias, y de importantes sectores populares, hacia los
diferentes (indios, pobres, otras lenguas y culturas). Insuflar miedo da buenos
dividendos, de ahí que en todos los procesos mencionados la delincuencia y la
violencia urbana se hayan disparado o ésa es la impresión dominante entre buena
parte de la población.
En Colombia el elemento movilizador es el “terrorismo” de las FARC, pero en
Argentina un padre de familia, cuyo hijo fue asesinado por delincuentes, Juan
Carlos Blumberg, movilizó cientos de miles con la excusa de la inseguridad
ciudadana, codo a codo con la ultraderecha, contra el gobierno de Néstor
Kirchner. Las nuevas derechas, sean las autonomistas de Santa Cruz o las que
defienden una televisora golpista en Caracas, tienen capacidad de movilización
de masas, apelan a demandas “democráticas” y utilizan un lenguaje familiar a las
izquierdas, pero para promover fines antidemocráticos y los intereses de las
elites. A menudo meten en el mismo saco a las viejas derechas y a los dirigentes
de los movimientos sociales y de izquierda, como hizo el prefecto golpista de
Santa Cruz, Ruben Costas, quien la noche del referendo atacó por igual a Evo y a
Jorge Quiroga, dirigente de Podemos: “Con la presencia del pueblo, derrotamos el
oportunismo político que sin escrúpulos unió a la derecha conservadora y al
masismo totalitario para destruir a esta patria emergente, alejada de los
privilegios de la verdadera oligarquía que es el MAS”. Discursos como éste son
desvaríos oportunistas, pero lo cierto es que las nuevas derechas enarbolan
demandas sentidas por amplias franjas de la población.
Estos discursos y esas prácticas obedecen a dos nuevas orientaciones de las
elites globales. La primera fue formulada por Robert M. Gates, secretario de
Defensa de Estados Unidos, en su discurso en la Universidad Estatal de Kansas,
titulado “La restauración de los instrumentos no militares del poder
estadunidense” (Military Review, mayo-junio de 2008). Quien sirvió a
siete presidentes como director de la CIA sostiene que su país puede mantener la
hegemonía mundial a condición de “fortalecer nuestras capacidades de usar el
poder ‘blando’ y establecer una mejor integración con el poder ‘duro’”.
Sacando conclusiones de la experiencia en Irak y Afganistán, Gates sostuvo
que “el logro del éxito militar no es suficiente para vencer, sino el desarrollo
económico, la construcción institucional y el imperio de la ley”. Para
conseguirlo, se trata de “atraer civiles con experiencia en el agro,
gobernabilidad y otros aspectos del desarrollo”, como una de las claves de las
políticas de contrainsurgencia. La segunda cuestión, íntimamente ligada a ésta,
es el apoyo material y en orientación a esas nuevas elites, como sucede en
Bolivia.
Según denuncia del premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel, el embajador de
Estados Unidos en La Paz, Philip S. Goldberg, es el gran articulador de la
oposición, inspirada en su odio a los indios. En 2007, la agencia de cooperación
USAID desembolsó 124 millones de dólares en ayudas a la “sociedad civil”
boliviana, canalizados por los prefectos de los departamentos de la Media Luna
autonomista, embanderada detrás del departamento de Santa Cruz. Una estrategia
muy similar a la utilizada en Venezuela.
Para los estrategas actuales del imperio, la democracia se reduce a
elecciones con resultados mínimamente creíbles. Ni la democracia ni los
servicios sociales son derechos que tiene la población, sino formas de mejorar
el control y asegurar la hegemonía.
A la era de los golpes de Estado le sucedieron los “golpes de mercado”, como
el que obligó la renuncia del presidente argentino Raúl Alfonsín en 1989, o de
Hernán Siles Suazo en Bolivia, en 1985, en medio de la hiperinflación promovida
por “los mercados” para destituir gobiernos a los que consideraban poco fiables.
Ahora se trata de destituir procesos más que presidentes, impedir cambios de
fondo motorizados por bases sociales organizadas y que cuentan con masivo apoyo
popular. Un golpe de Estado clásico sería contraproducente, toda vez que los
sectores populares aprendieron a revertirlos, como sucedió en Venezuela en 2002.
La estrategia del desgaste y la ingobernabilidad ocupa el primer lugar en la
agenda.