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Henry Kissinger |
La retirada estadounidense es inevitable, pero en lugar de verse como
una abdicación debe concebirse como parte de una estrategia geopolítica para la
paz en Oriente Medio.
Por Henry Kissinger
(*)
- Clarín
La campaña presidencial estadounidense fue tan larga e intensa que parece
operar en un capullo, ajena a cambios que deberían alterar sus premisas. Un
notorio ejemplo de ello es el debate sobre la retirada de las fuerzas de los
Estados Unidos en Irak. En el transcurso del último año, muchos propusieron
fijar un plazo para la retirada. Sostuvieron que establecer una fecha llevaría
al gobierno iraquí a acelerar la política de reconciliación, precipitaría el fin
de la guerra y permitiría a los Estados concentrar sus esfuerzos en regiones más
importantes en el plano estratégico, tales como Afganistán.
Ante todo, afirmaron, la guerra se había perdido, y una retirada representaría
la forma menos cara de manejar el desastre. Los hechos dieron por tierra con
esas premisas. Casi todos los observadores objetivos coinciden en que se
hicieron grandes progresos en los tres frentes de la guerra de Irak: Al Qaeda,
la fuerza jihadista sunita que recluta a la mayor parte de sus miembros en el
exterior, parece encontrarse en desbandada; la insurrección que trataba de
restablecer la hegemonía sunita se va desvaneciendo; y el gobierno de predominio
shiíta de Bagdad se impuso, por lo menos por ahora, a las milicias shiítas que
desafiaban su autoridad. Tras años de frustración, tenemos que cambiar de
actitud y considerar las nuevas perspectivas de éxito.
Por supuesto, no podemos decir ahora si esos cambios son permanentes o si, y en
qué medida, reflejan una decisión de nuestros adversarios, Irán incluido, de
reservar sus fuerzas para cuando el gobierno de Bush llegue a su fin. Lo que
sabemos es que el resultado del conflicto determinará el tipo de mundo en el que
el nuevo gobierno tendrá que instrumentar su política.
Toda apariencia de que las fuerzas islámicas radicalizadas fueron responsables
de una derrota de los Estados Unidos tendrá consecuencias graves y
desestabilizadoras mucho más allá de la región. Cómo y cuándo abandonar Irak,
por lo tanto, va a ser una decisión de suma importancia para el nuevo
presidente.
Dado que disminuyó la necesidad de que las fuerzas estadounidenses se hicieran
cargo de una insurrección masiva, éstas pueden concentrarse cada vez más en
ayudar al gobierno iraquí a resistir las presiones de sus vecinos y los
ocasionales atentados terroristas de Al Qaeda o de milicias con respaldo iraní.
En esas circunstancias, las diversas elecciones nacionales y provinciales
previstas para los próximos meses en la constitución de Irak pueden contribuir a
la conformación de nuevas instituciones iraquíes.
Ahora los Estados Unidos pueden crear una reserva estratégica sobre la base de
parte de las fuerzas que se encuentran en Irak, un porcentaje de las cuales se
trasladará a otras zonas amenazadas y otras volverán al país. Así, la retirada
estadounidense deja de ser una abdicación y se convierte en parte de una
estrategia geopolítica.
Su culminación debe ser una reunión diplomática que tenga a su cargo el
establecimiento de una paz formal. Esa reunión se llevó a cabo por primera vez
hace dos años en el nivel de ministros de Relaciones Exteriores. Participaron
todos los vecinos de Irak, incluidos Irán y Siria, Egipto, y los miembros
permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. Hay que volver a convocar esa
reunión y encargarle la definición de un estatus internacional para Irak así
como las garantías para instrumentarlo.
Las contradicciones inherentes al programa de retirada propuesto agravan las
dificultades. Según ese programa, las tropas de combate se retirarán, pero se
mantendría una cantidad de efectivos suficiente para proteger la Embajada
estadounidense, combatir un resurgimiento de Al Qaeda y contribuir a la defensa
contra toda posible intervención externa. Sin embargo, esas tareas exigen
fuerzas de combate, no de apoyo, y la previsible controversia respecto de la
ambigua diferencia constituiría una distracción del objetivo diplomático. La
retirada de Irak tampoco es necesaria para liberar fuerzas para operaciones en
Afganistán. No hace falta poner en riesgo la situación en Irak para mandar dos o
tres brigadas más a Afganistán. Podremos contar con esas tropas incluso en
ausencia de un plazo. (Quiero destacar que soy amigo del senador John McCain y
que en ocasiones lo asesoro.)
En lo que constituye un gesto positivo, los principales defensores del
establecimiento de un plazo, entre ellos el senador Barack Obama, plantearon
hace poco la idea de que tanto la retirada como la fuerza residual dependerán de
condiciones. Pero si ese es el caso, ¿para qué establecer un plazo? Sugeriría un
desplazamiento del debate a las condiciones para la retirada en lugar de
concentrarse en la fecha de la misma.
Esas consideraciones explican la actitud del primer ministro iraquí Nouri al-Maliki
en ocasión de la visita de Obama a Irak. Maliki negocia con el gobierno de Bush
un acuerdo respecto del carácter de las fuerzas residuales que permanecerán en
Irak. Dados el estado de ánimo popular y la inminencia de elecciones
provinciales, es probable que quisiera transmitir que la presencia
estadounidense no se piensa como una ocupación permanente. Rechazar el plan de
retirada del senador ante un nutrido contingente periodístico habría sido
enfrentarse a alguien con el que Maliki podría tener que tratar como presidente.
La presencia de los Estados Unidos en Irak no debe presentarse como indefinida.
Eso no contaría con el apoyo de la opinión pública iraquí ni de la
estadounidense. Sin embargo, tampoco se la debe plantear en términos de plazos
rígidos. Alcanzar un equilibrio es una forma de que nuestro país se recomponga
con el surgimiento de un resultado constructivo.
El próximo presidente tiene la gran oportunidad de estabilizar Irak, así como de
sentar las bases de un giro decisivo en la guerra contra el jihadismo y de un
Medio Oriente más pacífico. Sin duda querrá evaluar la situación antes de fijar
una estrategia para su gestión. No debe guiarse por preceptos rígidos de
reivindicación de máximas del pasado, no importa qué tan razonables hayan
parecido alguna vez. La retirada es un medio; el fin es un mundo más pacífico y
prometedor.
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(*)Ex Secretario de Estado Norteamericano
Copyright Clarín y Tribuna Media Services, 2008. Traducción de Joaquín Ibarburu