as amenazas y contramenazas en materia nuclear son un subtexto de nuestra
epoca y, al parecer, se están haciendo más insistentes. La reunión de julio en
Ginebra entre Irán y seis potencias mundiales sobre el programa nuclear iraní
concluyó sin progresos. Se elogió al gobierno de George W. Bush por adoptar un
tono más conciliador, al permitir a un diplomático estadunidense que asistiera
a la reunión, aunque sin participar. Y se criticó a Irán señalando que no
había negociado con seriedad. Y las potencias advirtieron a Teherán que podría
enfrentar sanciones más severas a menos que ponga fin a su programa de
enriquecimiento de uranio. Entre tanto, se aplaudió a India por aceptar un
pacto nuclear con Estados Unidos que lo autoriza a desarrollar armas nucleares
fuera de los controles del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNPN). Esas
armas serán desarrolladas con la asistencia de Estados Unidos, además de otras
recompensas. Entre ellas, a empresas de Estados Unidos ansiosas por ingresar
al mercado indio de desarrollo de armas atómicas y amplios beneficios a
legisladores que firmaron el acuerdo, un tributo a la floreciente democracia
de India.Michael Krepon, cofundador del Centro Stimson y uno de los
principales especialistas en amenazas nucleares, señaló de manera razonable
que la decisión de Washington “ubica las ganancias por encima de la no
proliferación”. Eso podría significar el fin del TNPN si otros se guían por
sus pautas, acrecentando de manera drástica los peligros alrededor del mundo.
Durante ese mismo periodo, Israel, otro país que ha desafiado el TNPN con
respaldo de Occidente, realizó grandes maniobras militares en el Mediterráneo
oriental que, se presumió, eran un ensayo general antes de atacar
instalaciones nucleares iraníes.
En un artículo en la página editorial del The New York Times,
titulado “Usando bombas para evitar una guerra”, el prominente historiador
israelí Benny Morris escribió que los líderes iraníes deberían agradecer que
Israel utilice bombas convencionales, pues “la alternativa es un Irán
transformado en un erial nuclear”.
De manera intencional o no, Morris está reviviendo un tema antiguo. Durante
la década de los años 50 del siglo pasado, importantes figuras del entonces
gobernante Partido Laborista de Israel recomendaron, en discusiones internas,
“volverse locos”, y amenazaron con derrumbar los muros del templo imitando al
primer “atacante suicida”, el venerado Sansón, que mata más filisteos con su
suicidio que en toda su vida.
Las armas nucleares de Israel tal vez dañen su propia seguridad, como
señala de manera persuasiva el experto en estrategia Zeev Maoz. Pero la
seguridad no es con frecuencia algo que los planificadores estatales
consideran de gran prioridad, como la historia lo enseña. Y el “complejo de
Sansón”, como lo llaman los comunicadores israelíes, puede ser exhibido para
advertir al amo que lleve a cabo su anhelado trabajo de destruir a Irán, o de
lo contrario los israelíes inflamarán la región y tal vez el mundo.
El complejo de Sansón, reforzado por la doctrina de “todo el mundo está en
contra nuestra”, no puede ser ignorado a la ligera. Poco después de la
invasión de 1982 a Líbano, que dejó entre 15 mil y 20 mil muertos en un
esfuerzo para asegurar el control de los territorios ocupados por parte de
Israel, Aryeh Eliav, uno de los más famosos pacifistas de Israel, escribió que
la actitud de aquellos que “trajeron el complejo de Sansón aquí, según el cual
debemos matar y enterrar a todos los gentiles en torno nuestro mientras
morimos con ellos”, es un tipo de “locura” bastante extendido. Y todavía lo
es.
Los analistas militares de Estados Unidos han reconocido eso. Tal como
afirmó el teniente coronel del ejército Warner Farr en 1999, uno de los
“propósitos de las armas nucleares israelíes, no siempre señalado, aunque
obvio, es mencionar a Estados Unidos su ‘uso’”. Tal vez para asegurar el
constante apoyo de Estados Unidos a la política israelí. O de lo contrario,
atreverse a cargar con las consecuencias.
Otros ven peligros ulteriores. El general Lee Butler, ex comandante en jefe
del Comando Estratégico de Estados Unidos, dijo en 1999 que “es peligroso que
en ese caldero de odios que llamamos Medio Oriente, que un país se arme de
manera ostensible con arsenales de armas nucleares... y que inspire a otros
países a hacer lo mismo”. Ese hecho es difícilmente irrelevante con respecto a
las preocupaciones acerca del programa nuclear de Irán, pero no forma parte de
la agenda.
También está fuera de la agenda el artículo 2 de la Carta de Naciones
Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza en asuntos internacionales. Tanto
Estados Unidos como los partidos políticos proclaman de manera insistente su
criminalidad, al declarar que “todas las opciones están sobre la mesa” en
relación con los programas nucleares de Irán.
Algunos van más lejos, como John McCain, quien ha bromeado de lo divertido
que sería bombardear Irán y matar a los iraníes, aunque el chiste tal vez no
sea muy bien recibido en esos pueblos invisibles del mundo que, según el
historiador británico Mark Curtis, no merecen la atención de los privilegiados
y de los poderosos.
Barack Obama declara por su parte que hará “todo lo que esté en mi poder”
para evitar que Irán consiga producir armas nucleares.
El coro de denuncias sobre los nuevos Hitler de Teherán y la amenaza que
plantean a la sobrevivencia de Israel se ha visto estropeado por algunas
voces. Ephraim Halevy, ex jefe del Mossad, el servicio de inteligencia
israelí, advirtió en fecha reciente que un ataque israelí a Irán “podría tener
un impacto en nuestro país durante los próximos 100 años”.
Uno de los participantes en la reunión de julio fue el ministro de
Exteriores de Egipto, Ahmed Aboul Gheit, quien esbozó la “posición árabe:
trabajar hacia un acuerdo político y diplomático bajo el cual Irán mantendrá
el derecho a usar la energía nuclear con fines (exclusivamente) pacíficos”.
La “posición árabe” es compartida por el Movimiento de Países No Alineados.
El 30 de julio, sus 120 miembros reiteraron el respaldo a Irán a enriquecer
uranio de acuerdo con el TNPN.
También la mayoría de los estadunidenses respaldan esa posición, según las
encuestas, y apoyan la “posición árabe” que propone una zona libre de armas
atómicas en toda la región. Ese paso reducirá drásticamente las amenazas, pero
no figura en la agenda de los poderosos. Y tampoco se puede mencionar en
campañas electorales.
Benny Morris nos asegura que “cada servicio de inteligencia en el mundo
cree que el programa iraní tiene como propósito fabricar armas”. Como es bien
conocido, el estimado nacional de inteligencia de Estados Unidos, que fue
difundido en noviembre de 2007, señaló que existía “alta confianza en que en
el último trimestre de 2003 Teherán cesó su programa de armas nucleares”.
Tal vez Morris está ofreciendo información de fuentes de inteligencia
israelíes. Y que generaliza al hablar de “cada agencia de inteligencia” del
mundo.
Se dice, en círculos neoconservadores, que si Barack Obama gana las
elecciones, el dueto Bush-Cheney debería bombardear Irán, pues la amenaza
iraní es demasiado grande para dejarla en manos de un demócrata timorato.
Tambián han existido versiones de prensa –recientemente de Seymour Hersh en
The New Yorker– sobre “operativos encubiertos” de Estados
Unidos en Irán, un método también conocido como terrorismo internacional.
En junio, el Congreso de Estados Unidos estuvo a punto de aprobar una
resolucion (H. Con. Res. 362), vigorosamente respaldada por el lobby
israelí, exigiendo el virtual bloqueo de Irán. Se trata de un acto de guerra
que podría haber causado una conflagración a escala internacional. Presiones
del movimiento pacifista parecen haber derrotado ese esfuerzo en particular,
según Mark Weisbrot en Alternet.org, pero seguramente otros le seguirán.
El gobierno de Irán merece una severa condena por muchas cosas, pero la
amenaza iraní sigue siendo una desesperada elaboración de quienes se arrogan
el derecho a regir el mundo, y consideran cualquier impedimento a su justo
gobierno una agresion criminal. Ésa es la amenaza principal que debe
preocuparnos, como preocupa a las mentes más sanas en Occidente y a los
pueblos del resto del mundo.