Es urgente hacer cambios
radicales en las formas de producción y de consumo si queremos salvarnos y
preservar la vida en nuestro Planeta.
Por Leonardo Boff - Koinonia
En las negociaciones de la ronda de Doha sobre comercio internacional se ha
notado algo cruel. Mientras los países ricos se negaban a disminuir los
subsidios agrícolas y a modificar otros renglones de la agenda comercial para
preservar su alto nivel de consumo, otros luchaban, desesperadamente, para
garantizar la supervivencia de sus pueblos. La visión de los países opulentos es
miope, pues ya está instalada la crisis alimentaria, posiblemente de larga
duración, que puede afectarlos a ellos, pero mucho más a millones y millones de
personas, que se enfrentan no a la pobreza sino directamente a la muerte. Ya han
estallado revueltas de hambrientos en cuarenta países sin que la prensa
empresarial, comprometida con el orden imperante, haya hecho referencia alguna.
Los hambrientos siempre dan miedo.
La crisis alimentaria, asociada a los trastornos provenientes de los cambios
climáticos, es de tal envergadura que nos está permitido hablar de la urgencia
de una revolución. Ésta fue la palabra usada el día 2 de febrero de 2007 en
París por el ex-presidente francés Chirac al oír los resultados alarmantes sobre
el calentamiento planetario. Advertía que, ante la situación actual, debemos
tomar la palabra revolución en su sentido más literal. Es urgente hacer cambios
radicales en las formas de producción y de consumo si queremos salvarnos y
preservar la vida en nuestro Planeta. Esta vez no podemos hacer economía de
revolución. Hay que llevarla a cabo ya ahora.
Evidentemente no se trata de revolución en el sentido de utilizar la
violencia, sino con el sentido que le dio nuestro historiador Caio Prado Junior:
«transformaciones capaces de estructurar la vida de todo un sistema social de
manera que se corresponda con las necesidades más profundas y generales de sus
poblaciones, algo que confiere un nuevo rumbo a las vidas humanas».
Pues eso es lo que se está imponiendo a nivel mundial. La Organización
Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la
mayoría de los gobiernos han implantado un tipo de industrialización de la
agricultura con la liberalización de los mercados que se rigen por la
competición y por la especulación, que han acabado por afectar a la soberanía
alimentaria de la mayoría de los países del mundo. Es una ilusión pensar que los
que han producido la crisis, tienen la llave de su solución. Ellos proponen más
de lo mismo: más producción, más fertilizantes, más productos genéticamente
modificados, más mercado no para saciar el hambre sino para hacer más dinero.
Ninguno piensa en colocar más dinero en las manos de los hambrientos para que
puedan comprar comida y sobrevivir. Pueden morir de hambre delante de una mesa
repleta a la cual no tienen acceso.
La solución se encuentra en las manos de aquellos que en el mundo entero
garantizan gran parte del suministro alimentario: la agricultura familiar y las
pequeñas cooperativas populares. La agricultura familiar en Brasil representa el
70% de los alimentos que llegan a la mesa. Es responsable del 67% del fríjol,
del 89% de la mandioca, del 70% de los pollos, del 60% de los cerdos, del 56% de
los lácteos, del 69% de la lechuga y del 75% de la cebolla. Estos pequeños
agricultores, articulados entre sí y también a nivel internacional, deben
formular las políticas de producción, privilegiar los mercados locales y
regionales, y mantener bajo vigilancia los mercados mundiales, para inhibir la
especulación e impedir la formación de oligopolios.
Este tipo de agricultura aprovecha los conocimientos ancestrales, sabe
preservar los suelos y enriquecer su fertilidad con nutrientes naturales.
Brasil, al lado del agronegocio, tiene que privilegiar la agricultura familiar,
pues ella tiene condiciones para garantizar nuestra soberanía alimentaria y ser
la mesa puesta para el hambre del mundo entero.