(IAR Noticias)
26-Julio-08
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Mujeres de clase media alta en un "cacerolazo" en Barrio Norte, de la capital argentina, durante
el conflicto del gobierno de Cristina Fernández con los agroexportadores
por el aumento de las retenciones a la exportación de materias primas. (Foto Infobae) |
El
resurgimiento de la derecha aparece en el contexto de unos regímenes de centro
izquierda cuyas políticas han desmovilizado los movimientos a través de la
cooptación y han estimulado una recuperación económica que, a su vez, ha
levantado expectativas y demandas de la derecha en el sentido de una mayor
autonomía, poder regional, concesiones más lucrativas y menos impuestos.
Por James Petras - Rebelión
Traducido por el equipo de traducción de Rebelión
Introducción
El desarrollo latinoamericano ofrece una amplia gama de paradojas que
desafían todas las predicciones, las prescripciones y los análisis de
escritores e intelectuales de izquierda y derecha.
Hay cambios y
desplazamientos abruptos en la correlación de fuerzas políticas, y al mismo
tiempo se producen continuidades estructurales llamativas. Los avances
políticos alternan con bruscos retrocesos a medida que los movimientos
populares compiten por el poder por medio de movilizaciones de masas que
resurgen y se enfrentan a las clases gobernantes. Los derrumbes de los
sistemas financieros y productivos, las fugas de capitales y la desaparición
de los regímenes de las clases gobernantes, van seguidos de fuertes
recuperaciones económicas de corte capitalista, del renacimiento de
movimientos liderados por los empresarios y de la restauración de la hegemonía
capitalista frente a la pequeña burguesía. Los movimientos horizontales de
clase y los sindicatos, que superan las divisiones étnicas, regionales y
locales y desafían el estado capitalista, son desplazados por divisiones
verticales en las cuales las organizaciones capitalistas, regionales y
sectoriales, basadas en las masas, compiten por los beneficios. El liderazgo
hegemónico sobre amplios sectores de la clase media baja y la población urbana
y rural pobre, oscila entre el proletariado que ha ido a menos, los empleados
públicos que se organizan, los campesinos y, en algunos casos, los
desempleados urbanos, las elites organizadas de la exportación agraria, las
multinacionales financieras y mineras lideradas por las grandes compañías que
apoyan a los demagogos de derechas de las clases medias. La recuperación
económica y unas tasas de crecimiento sostenidas y sustanciales fortalecen el
poder político y social de las clases gobernantes, lo que contribuye a
extender y acrecentar unas desigualdades superiores a las que precedieron a la
crisis económica. El péndulo político se desplaza de una influencia radical de
la izquierda en las calles al poder institucional de centro izquierda, o un
nuevo surgimiento del poder institucional y de base derechista. Los
movimientos sociales de masas, que ocupan y organizan fábricas fallidas y
tierras improductivas, son sustituidos por la restauración a los anteriores
propietarios, el desplazamiento forzoso de los campesinos y la vasta expansión
de los productos de exportación agrarios.
Mientras la hegemonía estadounidense en América Latina se hace menos
profunda y omnipresente, la variante local latinoamericana del neoliberalismo
se expande y se globaliza. El inicio de la recesión y la crisis financiera en
EEUU no consigue, o apenas consigue, frenar el boom exportador de
América Latina, poniendo de manifiesto el creciente desacoplamiento de las
economías de ambas regiones, lo cual deja obsoleto el cliché según el cual
Cuando EEUU estornuda, América Latina atrapa una neumonía.
La dinámica de clases de la derecha resurgente
Uno de los factores clave que impulsa el resurgir de la derecha, el
debilitamiento de los regímenes calificados de centro izquierda, y el
aislamiento y declive de los movimientos sociales radicales en la primera
década del nuevo milenio, es la primarización de las economías. El
sector económico primario, a saber, la agricultura y la minería, está dominado
por las grandes compañías agromineras nacionales y extranjeras, las cuales
también lideran los negocios punteros y las instituciones financieras y
ejercen la hegemonía sobre los gobiernos regionales y locales y sus empleados.
Unos precios mundiales favorables y la apertura de los nuevos y dinámicos
mercados de ultramar, así como las grandes aportaciones de inversiones
extranjeras a los sectores primarios, han incrementado en gran medida el papel
de las élites del sector agrominero en la economía y han aumentado su demanda
de mayor influencia en la política económica nacional. La creciente
importancia de los sectores agromineros y sus industrias satélite (finanzas,
comercio, maquinaria agrícola, infraestructuras y construcción) ha desplazado
los ejes del poder político de las alianzas de centro izquierda, compuesto por
la clase trabajadora urbana de clase media y los pobres rurales y urbanos,
hacia un bloque de poder de masas liderado por las élites agromineras que
abarca pequeñas empresas urbanas, organizaciones profesionales, campesinos
medianos e incluso pequeños, consumidores urbanos desafectos y empleados
asalariados que sufren los efectos de la elevada inflación.
Las élites del sector primario lideradas por la derecha son los principales
exponentes de las políticas de libre mercado, con independencia del declive de
la influencia del FMI y el Banco Mundial, dado que su objetivo estratégico
fundamental es el acceso ilimitado a los mercados de ultramar y la importación
de capital y bienes de consumo a precios competitivos, más bajos. A escala
nacional, las élites agromineras y sus colaboradores en los sectores
financieros y comerciales, exigen el fin de la regulación gubernamental, la
disminución o eliminación de los aranceles a la exportación, el fin del
reparto de ingresos con el gobierno nacional y la reinversión del superávit
comercial en proyectos de infraestructura que faciliten las exportaciones y
los beneficios.
El desplazamiento del poder de la izquierda radical al centro izquierda y a
la derecha va muy en paralelo con los vaivenes del capital. La izquierda
radical dominó la calle, ejerció un veto virtual sobre la política económica e
influyó en el cambio de régimen en el momento álgido de las crisis económicas
y políticas y la derrota del neoliberalismo en los comienzos del siglo XXI. El
centro izquierda surgió del punto muerto entre los movimientos sociales y la
clase gobernante durante las crisis, la izquierda radical fue capaz de poner
freno al dominio del capital pero no pudo, o no quiso, sustituirlo; y la clase
gobernante ocupó las posiciones estratégicas en la economía, pero era incapaz
de gobernar. El centro izquierda fue esencialmente un régimen de transición
nacido tras las crisis, pero sólo podía sobrevivir a condición de que pudiera
adaptarse a las demandas de las élites agromineras que emergieron del boom
económico del período post crisis. El intento del centro izquierda de lograr
ajustes políticos y una continuidad estructural creó, a su derecha, a sus
sepultureros. Sintiéndose seguro por el apoyo que recibía de los sectores
estratégicos privatizados, financieros, agromineros e industriales, el centro
izquierda llevó a la práctica una serie de políticas fiscales, monetarias y
laborales que forzosamente supusieron alimentar el relanzamiento del
crecimiento capitalista. Unas condiciones favorables en el mercado mundial
instaron a los regímenes de centro izquierda a adoptar la estrategia de
crecimiento del sector primario, independientemente del hecho de que su base
electoral se opusiera a las élites líderes en el sector primario. El centro
izquierda operaba con una visión estática del equilibro de poder posterior a
la crisis entre los pobres movilizados y una burguesía resurgente, y tenía en
mente una alianza productiva donde podrían sacar provecho de la riqueza y los
ingresos generados de un sector primario de libre mercado para los pagos de
prestaciones sociales que pacificaran su base de masas. La estrategia se vino
abajo en el momento en que el boom del sector primario despegó y las
élites agromineras resurgentes se hicieron fuertes gracias a unos beneficios
récord. Las élites derechistas del sector primario se negaron a entrar en el
juego de la alianza productiva y de las políticas de reparto de la riqueza del
régimen que impulsaba el centro izquierda. Incapaz de volver a meter al genio
en la botella, el centro izquierda se convirtió en prisionero de la derecha
resurgente, dando marcha atrás en cuanto a las promesas a su base de masas y
sin voluntad ni capacidad de proteger a sus partidarios, por no hablar de
movilizarlos contra la violencia institucional y callejera de las tropas de
choque de la derecha del sector primario.
El resurgir del neoliberalismo de libre mercado y el debilitamiento
de los movimientos sociales
El dominio de los adalides de la economía propulsada por el sector primario
ha tenido importantes repercusiones en el mapa macroeconómico y político.
En primer lugar, y ante todo, la derecha se ha hecho con el poder político
en las dinámicas regiones agromineras, y con los beneficios obtenidos y los
ingresos fiscales locales, han sido capaz de financiar proyectos locales de
asistencia social que movilizan a la mayoría de la población local en apoyo de
su agenda regionalista. Así, han conseguido, en gran medida, convertir
el conflicto de clases en un conflicto sectorial y regional.
En segundo lugar, el impulso regional y el papel cada vez más estratégico
de las regiones dominadas por la derecha en la economía nacional, ha dado
lugar a una mayor influencia en la política nacional. En particular, grupos
económicos dominantes en las capitales, sobre todo en los sectores financiero
y comercial (actividades de importación y exportación), han unido sus fuerzas
para socavar los regímenes de centro izquierda, con el resultado del
sometimiento de los regímenes vulnerables de centro izquierda a las exigencias
desreguladoras más radicales del sector agrominero. El problema al que se
enfrentan los regímenes de centro izquierda es que el resurgir de la derecha
ocurre en un momento en que las presiones inflacionarias están obligando a los
trabajadores organizados a pedir mayores subidas salariales, sobre todo en
vista de los pasados 5 años de rápido crecimiento y creciente desigualdad.
Esto da lugar a un conflicto de tres vertientes, donde los regímenes de centro
izquierda se encuentran con la oposición de su base popular anterior y han
sido abandonados por la clase media de las capitales y provincias.
Las medidas reguladoras que el centro izquierda introdujo frente a la
crisis de la década anterior, ahora se están erosionando. Los débiles
esfuerzos por remediar la pobreza extrema y financiar el empleo urbano los
socava una derecha agrominera con gran confianza en sí misma que se ve, con
razón, como un centro dinámico de la estrategia de desarrollo de centro
izquierda liderada por la exportación. La dependencia que tiene el centro
izquierda del sector primario y su incapacidad de introducir cambios
estructurales en el régimen de propiedad de tierras y el control minero y
energético fueron cruciales para el poderoso resurgir de la derecha. La
negativa del centro izquierda a renacionalizar los sectores económicos
estratégicos privatizados durante la década anterior y su estrategia de
desmovilización política de los movimientos populares han desplazado de manera
dramática el equilibrio del poder político hacia la derecha.
El fracaso del movimiento indio y campesino
En el cambio de siglo, los movimientos indios y campesinos desempeñaban un
papel importante en algunos países de América Latina. En Bolivia, Ecuador,
Colombia, México, Perú, Brasil, América Central y Paraguay, los movimientos
indios y campesinos tuvieron un papel importante, bien en el derrocamiento de
los regímenes neoliberales, construyendo potentes movimientos de base regional
que influyeron en la política nacional, bien ayudando a que salieran elegidos
presidentes de centro izquierda y, en algún caso, aportando el apoyo de las
masas a los movimientos guerrilleros. La mayoría de dichos movimientos
sociales eran, efectivamente, grupos de veto a la hora de plantear la agenda
política nacional. Como actores políticos importantes, estos movimientos
fueron aliados muy codiciados para los partidos y políticos electorales que se
proclamaban de centro izquierda, para contrarrestar la política de patrocinio
de las élites agromineras de derechas. El momento de triunfo de los
movimientos, su reconocimiento como protagonistas en la política nacional como
grupos con capacidad potencial para hacer y deshacer las fortunas electorales
de los partidos y líderes políticos urbanos, fue también el principio del fin
de su papel como agentes representativos de la base de masas.
Los líderes indios y campesinos sucumbieron a los halagos o favores
políticos, empleos en el gobierno, ONG financiadas por la UE o EEUU, y
microcréditos administrados por bancos internacionales de ultramar. Los
movimientos y los líderes fueron testigos de cómo sus aliados políticos de
centro izquierda giraron a la derecha, acogiendo la estrategia de exportación
de agrominerales y abandonando las promesas de reforma de la tierra, seguridad
alimentaria y financiación de la agricultura cooperativa. El resultado fue la
pérdida visible de iniciativa política, divisiones internas, deserciones en
masa y, en algunos casos, la transformación de los movimientos en correas
transmisoras de las políticas oficiales que originaron una desmovilización
parcial y la pérdida del poder en la calle. Sobre todo, el giro y el énfasis
en la autonomía y la política étnica, promovido por las ONG y sus agencias de
financiación de la UE y EEEUU, hicieron que los movimientos indios cambiaran
la política de clases por la política separatista/regionalista. Este
desplazamiento hacia la política identitaria los aisló de los sindicatos, los
mineros y la clase trabajadora urbana y proporcionó a las poderosas élites
agromineras un pretexto para hacerse con el control de las regiones más ricas
y productivas del país, las que contienen las tierras más fértiles y mayor
concentración de minerales, y los principales yacimientos de gas y petróleo.
A pesar del avanzado estado de descomposición y caos de los movimientos
campesinos, especialmente indios, y su papel cada vez más aislado y marginal
en la política nacional, un ejército de periodistas progresistas y de
izquierdas, socios de ONG, intelectuales y escritores, continuaron balbuceando
sobre los poderosos movimientos sociales de América Latina, una marea rosa, el
avance de la izquierda, etc. Cuando la derecha agrominera de Bolivia convocó
un referéndum separatista totalmente controlado, y los campesinos y
partidarios indios del gobierno central fueron salvajemente apaleados por
matones neofascistas apoyados por los regímenes separatistas provinciales, el
gobierno de Evo Morales y Álvaro García Linares abandonó cualquier intento de
defender la seguridad física de sus seguidores a la vez que se esforzaba al
máximo por aplacar a la élite agrominera. En Ecuador, tras la desastrosa
alianza electoral del movimiento indio CONAIE (2003) con el presidente
seudoderechista convertido en populista Lucio Gutiérrez, el movimiento cayó en
el declive, se dividió y desmoralizó a la base de masas, llegando a su punto
más bajo en la votación de 2007 de la asamblea constituyente, donde obtuvo el
2% de los votos para sus candidatos. El movimiento indio zapatista se
automarginó al negarse a apoyar un movimiento de protesta de millones de
personas contra el fraude presidencial de 2006, y al concederle un apoyo
simbólico mínimo al alzamiento de masas urbano rural en el estado mexicano de
Oaxaca, que duró 6 meses bajo una dura represión estatal.
Retirada de los movimientos sociales del escenario nacional a los
escenarios locales
En el último tercio de esta década, ante el retroceso de los movimientos
izquierdistas, la rendición de los regímenes de centro izquierda y el resurgir
de la élite agrominera de derecha dura, los movimientos sociales rurales se
han retirado hacia combates locales sectoriales, y los movimientos indios
hacia una lucha defensiva por la supervivencia frente a la expansión dinámica
de las plantaciones de soja, los exportadores de madera y las multinacionales
del mineral y el petróleo. Los principales movimientos rurales, como el MST en
Brasil, han experimentado tantos desahucios gubernamentales de ocupadores de
tierras como ocupaciones. El CONAIE en Ecuador y los indios de Chiapas, han
visto que los seguidores que abandonan sus tierras ancestrales, sus granjas e
incluso el país son muchos más que los que se unen a los movimientos. Las
federaciones de indios y campesinos de Bolivia han sido testigos de la vasta
expansión y el enriquecimiento de las élites de exportación agromineras,
mientras los niveles de pobreza siguen en el 65%, lo que les obliga a
emprender una masiva emigración a ultramar.
La realidad dual de hoy es el retroceso del movimiento indio y campesino y
el resurgir de las élites gobernantes agromineras; ambos aspectos reflejan el
enorme ímpetu que da a esta polarización económica el hecho de que el centro
izquierda promueva primarizar la economía.
Paradojas de América Latina. Las victorias electorales de izquierda
y el poder de derechas
La mejor forma de entender la América Latina contemporánea es examinar su
paradojas más chocantes e identificar el contraste fundamental entre las
apariencias que se proclaman y las realidades empíricas. A lo largo de los
tres últimos años, los movimientos más poderosos y organizados de la sociedad
civil están organizados por las grandes empresas urbanas de derecha, las
élites de la agricultura apoyadas por un gran número de las clases medias del
sector privado, pequeños campesinos, tenderos, asociaciones cívicas,
empresarios del transporte y organizaciones profesionales. En cambio, los
movimientos sociales rurales y urbanos de los pobres, organizados por la
izquierda, están en retroceso, inmovilizados o a la defensiva. El
resurgimiento de la derecha aparece en el contexto de unos regímenes de centro
izquierda cuyas políticas han desmovilizado los movimientos a través de la
cooptación y han estimulado una recuperación económica que, a su vez, ha
levantado expectativas y demandas de la derecha en el sentido de una mayor
autonomía, poder regional, concesiones más lucrativas y menos impuestos.
Un breve estudio de los principales países de América Latina en 2008
confirma el nuevo paradigma del resurgir de la derecha.
Bolivia . A finales de junio de 2008, la derecha
controlaba plenamente los gobiernos en 5 provincias, celebró y ganó referéndum
en 4 provincias, dominaba las calles y plazas mediante organizaciones cívicas
agresivas, perpetraba ataques violentos periódicos sobre las asambleas de
indios y sindicatos, y tenía el poder de convocar huelgas generales efectivas
y cierres patronales que paralizaban la economía. Liderados por la oligarquía
de negocios agrarios de Santa Cruz, pusieron en pie un gobierno paralelo para
negociar la recaudación de impuestos, la política económica extranjera y
obligar a la policía y al ejército nacional a someterse a sus políticas. Como
resultado, las regiones de derecha ahora controlan más del 85% de las
exportaciones y reservas de gas y petróleo, el 80% de las exportaciones
agrarias y la mayor parte de las instituciones comerciales y financieras. Las
organizaciones populares de izquierda han sido manipuladas y divididas por el
gobierno de Morales-García Linera, minando su capacidad de respuesta ante el
resurgimiento de la derecha. En junio, la federación de mineros, o al menos la
mayoría de sus delegados, votaron a favor de que en julio se celebrara una
huelga general contra el resurgir de la derecha y el régimen impotente de
Morales.
Argentina . Durante la primera mitad de 2008, las empresas
agrarias líderes, con fuerte apoyo de la burguesía provincial y los pequeños y
medianos campesinos, organizaron cierres patronales masivos y sostenidos, una
manifestación multitudinaria de 200.000 personas en Rosario, y obligaron al
gobierno de Cristina Kirchner a renegociar un impuesto de arancel sobre los
beneficios obtenidos con las exportaciones de grano y soja. Los líderes del
boicot de derechas consiguieron debilitar la popularidad del régimen de centro
izquierda, cuestionando su autoridad y capacidad de gobierno, mientras
formaban alianzas políticas con los sectores comerciales y financieros
urbanos. Lo que es igual de importante, la escasez de alimentos (carne y
grano) dio lugar a subidas de precios que fomentaron la inflación y provocaron
un amplio malestar entre los pobres urbanos. Los movimientos urbanos populares
brindaron escaso apoyo al régimen de centro izquierda, no se opusieron a los
boicoteos y cortes de carreteras de la derecha, a excepción de sectores de los
sindicatos de camioneros. Claramente, el movimiento rural controlado por las
fuerzas de derecha lideradas por los exportadores agrarios han sustituido a
los movimientos de trabajadores en paro como sector dinámico de política
extraparlamentaria. Como consecuencia del debilitamiento del centro izquierda,
es probable que los neoliberales ortodoxos de derecha saquen un beneficio
electoral.
Brasil . Durante los primeros seis años de la presidencia
de Lula Da Silva, las empresas y lideres de la banca y asesores de derecha han
dominado todas las posiciones económicas estratégicas del gobierno. Los
principales movimientos del campo han sido dominados totalmente por las élites
de la soja, madera, azúcar-etanol, que han desposeído a los pequeños
agricultores, a los indios y campesinos de la agricultura de subsistencia al
expandir su producción de cultivos de biocombustibles y otras exportaciones
agrarias. El Movimiento de trabajadores rurales Sin Tierra (MST) ha visto cómo
se criminalizaban sus acciones sociales, se han expulsado a decenas de miles
de ocupantes organizados de tierras y el ejército, la policía municipal y
nacional y los ejércitos privados de los agro exportadores han quemado sus
chabolas y han arrancado sus cultivos. Una de las fuerzas impulsoras del boom
de la agroexportación ha sido la inversión extranjera, a gran escala y a largo
plazo, en millones de hectáreas de tierras fértiles, fábricas de procesamiento
de alimentos, refinerías de etanol e instalaciones de almacenamiento y
transporte. Bajo Lula Da Silva, se han talado millones de hectáreas de selva
de la región amazónica y se ha expulsado a miles de indígenas y colonos
pobres. Como mucho, el MST ha realizado luchas defensivas, resistiendo a las
ocupaciones de tierras y protestas simbólicas contra la agricultura
biotecnológica y la destrucción ecológica. En contraste con la expansión
dinámica del movimiento de apropiación de tierras liderada por los
capitalistas, que recibe un importante apoyo financiero y policial del régimen
de Lula, los movimientos populares retroceden, están bajo vigilancia y
sometidos a una severa represión, encarcelamientos y asesinatos siempre que
emprenden acciones directas. El régimen de Lula, que asumió el cargo con el
poderoso respaldo de los sindicatos, el MST, las federaciones del sector
público y los movimientos sociales populares, se ha convertido en el líder del
movimiento de la agroexportación liderado por la élite resurgente. Lula ha
eliminado las opciones políticas del MST y los sindicatos y ha abierto el
camino a la reafirmación de la hegemonía de la clase dominante.
Venezuela . Después de que la derecha venezolana sufriera
una serie de graves reveses, concretamente la derrota del golpe militar de
abril de 2002, el cierre patronal de diciembre de 2002-febrero de 2003, el
referéndum de 2004 y las elecciones presidenciales de 2006, volvieron a las
calles en 2007 y consiguieron la derrota del referéndum de Chávez, en
diciembre de 2007, por unos márgenes muy exiguos (menos del 1%). A lo largo de
la última década, la derecha de Venezuela ha retenido una presencia
extraparlamentaria de masas y una red de ONG bien organizada que entrena y
lleva a cabo manifestaciones callejeras de gran envergadura, con ayuda de las
agencias estadounidenses de ultramar. La derecha venezolana ha combinado la
acción electoral con la extraparlamentaria, protestas violentas terroristas y
protestas de masas no violentas, alternando según las circunstancias y
oportunidades. Aprovechando las concesiones del gobierno, incluida la amnistía
de los participantes en el golpe, el aumento de la inflación y la escasez
inducida por la oposición, la derecha aspira a salir vencedora en las
elecciones locales y nacionales previstas para noviembre de 2008, donde espera
ganar una mayoría significativa de las elecciones locales y nacionales.
Afianzando su liderazgo en los movimientos de estudiantes, dominados por las
élites, de la universidad pública y privada, y en su sólida base de la élite
de los negocios agrarios, la derecha tiene la esperanza de repetir su primer
éxito electoral del referéndum de 2007. El gobierno y su nuevo partido de
masas, PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) se enfrentan a una derecha
rejuvenecida, fortalecida por los infiltrados y agitadores patrocinados por
EEUU y Colombia, que actúa en los barrios pobres y es capaz de disturbios
violentos y de promover movimientos separatistas, sobre todo en el estado de
Zulia, rico en petróleo.
Ecuador . El levantamiento popular de 2005 que derrocó al
presidente de derecha Lucio Gutiérrez, la subsiguiente elección de Rafael
Correa y las dobles victorias en el referéndum de una nueva constitución y los
delegados de la comisión constitucional (octubre de 2007), prácticamente
eliminaron a los partidos tradicionales de derecha. Habiendo perdido
claramente sus bastiones electorales en el parlamento y la presidencia, la
derecha política lanzó un movimiento de autonomía regionalista separatista a
gran escala, con base en Guayaquil, dirigido por su alcalde. A principios de
2008, movilizaron a 200.000 partidarios de derecha en un esfuerzo por
presionar a la asamblea constituyente. Y lo que es más grave, el ejército y
sus agencias de inteligencia, en estrecha colaboración con la CIA y el
ejército colombiano, ocultaron al presidente Correa información sobre la
incursión violenta del presidente colombiano Uribe y su bombardeo de la región
fronteriza de Ecuador en la persecución de la guerrilla de las FARC. Como
respuesta, Correa destituyó al ministro de Defensa, al director de la
inteligencia militar al jefe del ejército. La clave del resurgir de la derecha
en Ecuador estriba en el hecho de que los poderosos bancos costeros, los
grupos financieros e industriales, han permanecido intactos, así como las
grandes multinacionales del petróleo de propiedad extranjera, que controlan el
56% de la producción del crudo. Los principales medios de comunicación
privados, aliados de la derecha, dominan las ondas, al no existir ningún
órgano mediático importante del gobierno. Si bien Correa eliminó correctamente
a los oficiales militares pro imperialistas más egregios, las instituciones
civiles y militares del Estado siguen plagadas de personas nombradas por los
anteriores regímenes de centro derecha. Si Correa actualmente domina el
ejecutivo y el parlamento, la derecha ha demostrado su capacidad de lanzar un
poderoso movimiento de sociedad civil y sigue teniendo la llave de los
sectores militares. El resurgir de la derecha en la sociedad civil se da en un
momento en el que los principales movimientos de sociedad civil de izquierda
(el sindicato indio CONAIE y los sindicatos de los trabajadores del petróleo)
han sido debilitados, desatendidos o marginados por el régimen de Correa,
haciéndolos vulnerables a un ataque extraparlamentario.
Colombia . Colombia es un país en el que la extrema
derecha ha logrado sus mayores beneficios, tanto dentro del gobierno, en la
sociedad civil y la lucha de clases, como en relación con sus vecinos. Con la
elección de Álvaro Uribe, Colombia es testigo de la sistemática extensión de
la actividad de los escuadrones de la muerte relacionada con un movimiento
masivo de clase media urbana y el reclutamiento por la fuerza de decenas de
miles de informantes rurales bajo la amenaza de tortura y muerte. Respaldado
por más de 6.000 millones de dólares de ayuda militar de EEUU, miles de
asesores estadounidenses y la más avanzada tecnología de detección procedente
de EEUU e Israel, el régimen ha expulsado a más de dos millones de campesinos
desde el campo a los suburbios urbanos o fuera de sus fronteras. La reelección
de Uribe fue acompañada por un aumento de las fuerzas armadas hasta llegar a
los 250.000 miembros. Los alcaldes y parlamentarios de centro izquierda
pertenecientes al Polo Democrático son totalmente impotentes para evitar las
masacres semanales e incapaces de bloquear la promulgación de un acuerdo
bilateral de libre comercio con EEUU. El régimen ha militarizado la mayor
parte del campo y ha aislado y destruido las organizaciones sindicales y
campesinas.
Desde 2005, la derecha colombiana ha estado infiltrando fuerzas
paramilitares en Venezuela para desestabilizar el régimen de Chávez.
Organizaron el secuestro de un portavoz de las FARC en el centro de Caracas.
La culminación de la proyección de poder regional de Colombia fue el bombardeo
de un campamento de las FARC en Ecuador, identificado por EEUU y Colombia en
el curso de las negociaciones internacionales sobre secuestrados y prisioneros
con la mediación de Chávez. A consecuencia de ello, Chávez cedió a las
presiones de Uribe y atacó públicamente a las FARC haciéndoles un llamamiento
a desarmarse y a someterse incondicionalmente a los términos dictados por el
gobierno colombiano. Uribe moviliza hoy a un millón y medio de partidarios
mientras que el centro izquierda cuenta con 200.000 y los movimientos
populares de izquierda están en retirada.
Lejos de un período de avance de la izquierda, América Latina se encuentra
en medio de una derecha renaciente, tanto en la sociedad civil como en la
arena electoral, en gran parte gracias al boom económico que (junto con
la consolidación y promoción de sus promotores en la agroindustria, las
finanzas y la minería) ahora amenaza con desplazar a los regímenes de centro
izquierda. La creciente ‘marea blanca’ ha establecido las bases para una nueva
forma de oligarquía conjunta imperial para cuando EEUU se recupere de su
recesión, de la crisis financiera y del atolladero militar en Oriente Próximo.
La paradoja de la autonomía
La segunda paradoja se sitúa en la propuesta de ‘autonomía’ hecha por la
izquierda o centro izquierda, que ha fortalecido a la derecha y a la élite
económica regional, y debilitado al gobierno central y a los movimientos
populares nacionales. Lo que empezó como una exigencia indigenista de
izquierda de un Estado multiétnico basado en una ‘autonomía regional’, ha
evolucionado a una plataforma de la rejuvenecida derecha, que exige autonomía
regional exclusivamente para controlar y explotar las regiones ricas desde el
punto de vista agrícola y minero. La consigna de ‘autonomía’ alzada
originariamente por movimientos dirigidos por indios y respaldados por ONG
financiadas por EEUU y Europa, tenía por objetivo un gobierno étnico regional
libre de la tutela del gobierno central. El problema es que las zonas más
prósperas y ricas en ingresos y recursos son precisamente las regiones en las
que las comunidades indias no dominan y en las que el trabajo asalariado y las
relaciones comerciales han disuelto con creces las ‘relaciones recíprocas’
tradicionales indias. Con el ascenso del gobierno de centro izquierda la
cuestión fue lograr ingresos adicionales procedentes de las regiones ricas en
recursos y controladas por la oligarquía blanca, para financiar el desarrollo
de las regiones más pobres, en las que predominaban los indios y reasentar a
indios pobres y sin tierras en las tierras fértiles y proporcionarles trabajo
en las productivas industrias y minas. En vez de eso, la autonomía regional
básicamente ha confinado a los indios a las montañas remotas y poco fértiles
para que administren su propia miseria y reciban poca ayuda estatal generada
por los enormes beneficios de la minería y las exportaciones agrarias. Por
contraste, una vez perdida la influencia o el control directo del gobierno
central, las regiones ricas dominadas por las élites financieras y del sector
agrominero han esgrimido ante los indios la retórica de la ‘autonomía’ para
avanzar hacia la secesión de hecho y monopolizar la riqueza y los ingresos
generados localmente en contra de todo reparto federal de los ingresos.
La vaguedad de la retórica de ‘autonomía’ y ‘gobierno local’ no analizó las
clases, que se hubieran beneficiado de la devolución de poder y de recursos.
Además, el desarrollo desigual de las regiones y la también desigual
distribución de la riqueza excluyó cualquier posibilidad de una política
equitativa que favoreciera las regiones menos desarrolladas y de ingresos más
bajos. La autonomía regional, que en un primer momento a la comunidad de las
ONG les parecía (o lo discutieron) una manera de corregir las injusticias
históricas en relación con los indios, tuvo el efecto contrario de negar a la
mayoría los frutos de sus logros en relación con el poder nacional. El
divorcio de los indios pobres de las regiones de gran riqueza y tierras
fértiles y ricas minas fue el resultado del expolio histórico que padecieron
debido a los grandes propietarios de tierras y de minas, y anteriormente, de
la búsqueda por parte de los depredadores coloniales de indígenas para
realizar trabajos forzados. La exigencia progresista no es la emancipación de
los pobres en sus empobrecidas regiones sino exigir la devolución de las
tierras por la vía de la reforma agraria y la expropiación de las minas como
mecanismos reales para crear un poder de clase. Los regímenes de centro
izquierda se niegan a expropiar, reasentar y emancipar a los pobres; en vez de
ello, su política de ‘autonomía’ preserva las élites y propiedades existentes,
históricamente limpias de indígenas, y encierra a los indios en sus
improductivos enclaves de las montañas y en los barrios pobres de las
ciudades. Lo peor de todo es que la retórica de la autonomía jugó a favor de
la derecha y le permitió apoderarse del control político de sus prósperas
regiones a costa del gobierno federal.
La paradoja del apoyo electoral popular al renacimiento de la derecha
No hay duda sobre la llamada de los políticos de los regímenes de centro
izquierda. Los estudios de los resultados electorales demuestran de manera
contundente que su principal base de apoyo procede de los pobres rurales y
urbanos, la clase media baja, los movimientos sociales y sindicatos
organizados. La fuerza motriz del cambio político desde la derecha neoliberal
al centro izquierda fue la profunda crisis económica precipitada por la
desregulación del mercado, la especulación financiera salvaje y las grandes
concentraciones de riqueza en medio de una crisis sistemática. Sin embargo, es
precisamente la base popular electoral de los regímenes de centro izquierda la
que menos se ha beneficiado de la recuperación económica, del boom de
artículos de consumo y del relativamente alto índice de crecimiento. Es la
antes desacreditada élite económica la que ha recuperado sus altos índices de
beneficios y ha logrado consolidar su posesión de activos privatizados de
forma sospechosa. Los regímenes de centro izquierda han ‘cerrado el ciclo’ que
empezó con el final de la crisis del neoliberalismo de los noventa, que llevó
a desacreditar a las derechas y a un descenso de los beneficios. Esto llevó a
la emergencia de poderosos movimientos sociales y sirvió de trampolín para el
ascenso del centro izquierda al poder, la recuperación, crecimiento y ahora
renacimiento de la derecha, tanto en su expresión política como económica.
Todo ello ha tenido lugar en menos de un decenio y sin que le dieran
importancia los miopes comentaristas de izquierda que siguen manteniendo el
‘final de la hegemonía estadounidense’.
Paradoja de los beneficios
Los mayores índices de beneficios privados, de reservas de moneda
extranjera y de austeridad fiscal, han tenido lugar bajo los regímenes de
centro izquierda elegidos popularmente en esta década, no bajo los regímenes
neoliberales de derecha de los noventa. Esto se debe, en parte, a los altos
precios mundiales de exportación de productos agromineros, pero también a la
estabilidad política, los incentivos económicos y las políticas fiscales de
los regímenes de centro izquierda. Tanto los inversores extranjeros como
nacionales han considerado positivamente la desmovilización de la insurgencia
popular por parte del centro izquierda y la canalización de la política por
las vías establecidas, y ha llevado a la repatriación del capital. La
imposición por parte de los regímenes de moderados incrementos salariales en
un momento de aumento de los beneficios del capital, ha aumentado las
desigualdades en los beneficios y en los salarios. Igualmente importante, los
regímenes de centro izquierda han reducido el ancestral saqueo económico a
gran escala y la corrupción generalizada, y han obligado al capital a invertir
por el beneficio en vez de robar el tesoro. En gran parte, la corrupción de
los políticos es ahora un medio de engrasar las ruedas de la inversión. El
mayor crecimiento del capitalismo bajo regímenes putativos de ‘centro
izquierda’ en vez de bajo la derecha neoliberal es, en parte, resultado del
cambio de saquear los recursos existentes a invertir en capitalismo ‘normal’.
En ese sentido, la diferencia entre derecha neoliberal y el centro izquierda
no es por el capitalismo o ‘libre mercado’, sino entre el capitalismo que
obtiene ingresos de las ‘rentas’ del Estado y el capitalismo que crece vía
transacciones de mercado.
La paradoja del centro izquierda que antepone las obligaciones de la deuda
a los programas sociales
La derecha dura dio prioridad a sus relaciones con las agencias
internacionales prestatarias y dependió en gran medida de la financiación, por
medio de la deuda, de muchas de sus inversiones a favor del crecimiento del
sector financiero no productivo. El saqueo de los bancos por parte de la
derecha y la destrucción de la confianza de los ahorradores hizo que
recurriera al FMI y al Banco Mundial para su rescate, en el proceso de someter
la economía a las onerosas condiciones que limitaban el crecimiento,
especialmente el de la economía real. Retóricamente, el centro izquierda
libraba una guerra ideológica contra el FMI, especialmente en cuanto a las
condiciones y el oneroso pago de la deuda que, afirmaba, empobrecía a la clase
trabajadora. Una vez en el poder, sin embargo, el centro izquierda procedía
rápida y decisivamente a reembolsar la deuda oficial (es decir, a pagar
efectivamente la deuda contraída con el FMI y el Banco Mundial), asegurando
que así limitaba su influencia. De hecho, los gobiernos de centro izquierda
incrementaron la deuda privada interna y externa total, siguieron lealmente
las políticas fiscales del FMI-BM y sus programas relativos a los superávits
presupuestarios y mantuvieron vínculos, por intermedio del banco central, con
el sector financiero a la vez que calificaban este arreglo de autonomía.
Ninguno de los bancos centrales puso restricción alguna al pago de la
deuda, ninguno dio prioridad a la deuda social por encima del reembolso
a los acreedores y poseedores de bonos. A la hora de hacer frente a los pagos
de la deuda, el centro izquierda estuvo tan dispuesto y puntual como lo había
estado la derecha, una vez acordados los pagos. Aunque en un primer momento
decidió reducir el pago de la deuda tras la crisis financieras, Argentina
procedió a incrementar los pagos con arreglo a su ritmo de crecimiento. En los
años siguientes, con un crecimiento del 8%, sus acreedores nacionales y
extranjeros recuperaron con creces lo que en un primer momento se les había
deducido. Con todos los gobiernos de centro izquierda, el crecimiento de los
pagos de la deuda y los incrementos de las reservas de divisas excedían
ampliamente los incrementos del salario mínimo, lo que hacía sus mercados
atractivos para los inversores bursátiles extranjeros.
La paradoja del declive del sindicalismo y más deshaucios bajo los
gobiernos de centro izquierda
Bajo los gobiernos de centro izquierda se ha registrado una disminución de
la militancia sindical y un incremento en el desplazamiento de trabajadores
urbanos y rurales. Con su influencia sobre los sindicatos y los líderes
campesinos, dichos gobiernos presidieron la disminución de las huelgas
generales y de las movilizaciones políticas debidas al cambio estructural que
caracterizó el período anterior de gobiernos de derechas. Las ocupaciones de
fábricas por parte de los trabajadores desempleados en Argentina acabaron; las
organizaciones de trabajadores desempleados dejaron de bloquear las
principales carreteras; los empresarios iniciaron procesos para recuperar las
fábricas ocupadas y, en muchos casos, obtuvieron fallos judiciales favorables;
la propiedad capitalista se protegió y funcionó con menos huelgas y paros
laborales; las ocupaciones de tierras por parte de los campesinos fueron
sustituidas por la recuperación de éstas por los especuladores e inversores
agroindustriales; el boom de los productos básicos fue acompañado por
el boom de la propiedad inmobiliaria, lo que condujo a un desarrollo
urbano conseguido mediante el desplazamiento de los pobres urbanos de las
zonas de chabolas y la construcción de costosos bloques de apartamentos de
alta seguridad, centros comerciales y complejos de negocios. Bajo el lema de
modernización y desarrollo y el crédito fácil, el centro izquierda
convirtió la conciencia de clase en conciencia de consumidor, especialmente
entre los trabajadores sindicados organizados mejor pagados.
Paradójicamente, las clases populares ganaron elecciones y perdieron poder
social
La elección de líderes de centro izquierda condujo a la sustitución de los
políticos tradicionales por líderes de los movimientos sociales de base y, en
algunos casos, dichos líderes de movimientos sociales se convirtieron en
políticos del establishment. En cualquier caso, una vez en el poder, los
políticos de centro izquierda se convirtieron en apóstoles del dogma de la
representación de todas las clases, difuminando con ello su compromiso con
sus votantes originales y sustituyendo los decretos presidenciales por
consultas populares, a la vez que reducían la relevancia del poder social en
las calles. Cuanto mayor y más dependiente de los movimientos sociales fue la
victoria del centro izquierda, más se alejó de las exigencias programáticas de
dichos movimientos. Las organizaciones populares se hallaron en una grave
tesitura por haber ligado a sus seguidores al centro izquierda y acabaron por
tener un electorado desilusionado, sin alternativas a la vista y limitado a
conseguir concesiones menores.
Paradojas de la economía: a medida que crecen los mercados, decae la
influencia estadounidense
El capitalismo latinoamericano se hizo mucho más librecambista y más
profundamente integrado en los mercados globales, a la vez que mostraba unas
tasas de crecimiento mayores, coincidiendo con el comienzo de la recesión y
las experiencias de estanflación del capitalismo estadounidense. El viejo
tópico de que Cuando EEUU se resfría, América Latina atrapa una neumonía
ya no tiene ninguna validez. América Latina se está desvinculando cada vez más
de la economía estadounidense en tres direcciones: primera, potenciando sus
vínculos comerciales con Asia y la Unión Europea ; la segunda, incrementando
el comercio regional; y por último, profundizando su mercado nacional.
Teniendo en cuenta el boom de los productos básicos, globalizarse
significa obtener mayores beneficios, mejor acceso al mercado y menos
limitaciones para la consecución de precios negociados más altos. Por
consiguiente, la decadencia de la centralidad del mercado estadounidense y de
su influencia política, significa que los exportadores latinoamericanos pueden
evitar los acuerdos comerciales no equitativos con Estados Unidos, donde los
contingentes, los aranceles y las subvenciones limitan el libre comercio
Norte-Sur.
A medida que disminuye la influencia del FMI y el BM, crecen los mercados
libres Con el incremento del superávit comercial de los países exportadores
latinoamericanos del sector agrominero, la necesidad de financiación a través
del FMI y el Banco Mundial disminuye. Teniendo en cuenta las duras condiciones
impuestas por las instituciones financieras internacionales, los gobiernos
latinoamericanos pueden negociar su financiación comercial y aprovecharse de
una autofinanciación local pública y privada. Una mayor liquidez interna e
internacional ha facilitado el incremento de la financiación de las
inversiones del sector de la agroindustria y la minería, que a su vez ha
estimulado nuevos acuerdos de libre comercio con América Latina, y entre la
región y la subregión y Estados Unidos y Asia. El hecho de que estas barreras
comerciales estén derribándose a medida que la influencia del FMI y del Banco
Mundial se desvanece, demuestra que las políticas de libre mercado obedecen a
diseños endógenos y no a otros impuestos por instituciones externas. La subida
de las clases dominantes de la agroindustria, la minería y las finanzas de
América Latina, y los mayores beneficios conseguidos por un mejor acceso a los
mercados internacionales, son razones suficientes y necesarias para que dichas
clases aboguen por políticas de libre mercado, incluso en unos momentos en los
que el FMI y el Banco Mundial pierden importancia macroeconómica. El
antineoliberalismo como preludio de un crecimiento vertiginoso del
neoliberalismo
En época de elecciones, prácticamente todos los gobiernos de América
Latina, desde el centro izquierda en adelante, han atacado el neoliberalismo
como sistema de falso desarrollo. Una vez en el poder y enfrentados al
crecimiento de la demanda mundial de bienes de exportación y a unos beneficios
desmesurados, los post neoliberales se han convertido en fervorosos
defensores de la exportación de artículos básicos, la búsqueda de acuerdos de
libre cambio bilaterales y la masiva importación de bienes acabados, es decir,
del típico patrón del modelo neoliberal.
El neoliberalismo se convirtió en un icono demonizado ritual y se vinculaba
a un pasado asociado con políticos desacreditados y partidos corruptos. No
obstante, su invocación permite confundir a los fieles y esconder que los
actuales gobiernos han llevado las directrices neoliberales por la misma senda
desreguladora. Al despotricar contra el neoliberalismo anterior, los actuales
gobiernos obtienen un capital político que les permite promover la nueva y
dinámica versión contemporánea.
La paradoja del crecimiento y el hambre
Cuanto mayor era el crecimiento agrícola, más aumentaban las ganancias por
exportación, más crecía la inflación y más descendía el consumo de alimentos,
a la vez también crecía el descontento generalizado. El enorme incremento de
demanda de minerales por parte de países de reciente industrialización muy
dinámicos, así como la demanda de etanol de los países imperialistas
occidentales, originó el crecimiento de las exportaciones agrícolas. La
entrada masiva de ingresos y el descenso en la producción de alimentos en el
país, a medida que las tierras se utilizaban para la producción de soja,
azúcar y cereales destinados a los mercados externos, mayor era el
desequilibrio entre la demanda externa de alimentos y la oferta de éstos, lo
que produjo presiones inflacionistas. La inflación superó los incrementos
salariales, lo que condujo a un mayor malestar social, disturbios, huelgas y
bloqueos de carreteras. La inflación polarizó la sociedad civil en múltiples
direcciones enfrentando a los agroexportadores, los transportistas, los
consumidores, los pensionistas de economía fija, los trabajadores asalariados,
y reduciendo la fuerza del gobierno central sobre la economía a la vez que
erosionaba su apoyo popular a las clases gobernantes.
Cuanto mayor ha sido la exigencia de integración regional, mayor ha
sido la integración en el mercado mundial.
Si bien hay numerosas iniciativas de integración regional, especialmente el
ALBA, propuesto por Venezuela , la principal dirección del comercio
latinoamericano es hacia los centros dinámicos del comercio mundial. Cada vez
más, los principales enclaves económicos de sectores específicos muy dinámicos
y las regiones de América Latina se han vinculado con regiones de rápido
crecimiento en Asia, Europa y Oriente Próximo, sobrepasando con mucho el ritmo
de crecimiento del comercio interregional. El acuerdo regional propuesto por
Estados Unidos, el ALCA, nunca despegó realmente; la Unión Andina esta hecha
añicos, mientras Colombia y Perú persiguen acuerdos bilaterales con Estados
Unidos; el ALBA propuesto por Venezuela incluye sólo las economías marginales
de Cuba, Nicaragua, República Dominicana y Bolivia, y la mayor parte de los
flujos se dirigen de Venezuela a sus socios de menor entidad, mientras que sus
principales socios comerciales siguen siendo Estados Unidos y ahora Asia,
Oriente Próximo y Rusia. Ecuador , aparentemente miembro potencial del ALBA,
prefiere mantener sus vínculos con Estados Unidos, gran comprador de sus
exportaciones petroleras.
Paradojas sociales
Los principales lugares de América Latina donde se explota en régimen de
esclavitud la mano de obra indígena resulta que son Bolivia y Brasil: el
primero, un país dirigido por un presidente indígena; el otro, por un ex líder
de una gran confederación sindical. Los abusos más flagrantes infligidos a
ciudadanos indígenas que protestaban por la contaminación ecológica y los
agravios de las élites son los tres regímenes de centro izquierda de Ecuador
(los mineros), Bolivia (especialmente Santa Cruz ) y Chile (donde la
presidenta socialista ha encarcelado a docenas de ellos). Cuanto más éxito ha
tenido la recuperación económica por parte de los gobiernos de centro
izquierda, menos apoyo reciben de la clase media, más crecen las demandas de
las élites de una mayor concentración de la riqueza y son más débiles las
respuestas de los movimientos sociales populares. Los gobiernos de centro
izquierda han presidido un crecimiento dinámico y grandes polarizaciones
sociales que han modificado el equilibrio de poder en favor de la derecha dura
y han acelerado la desaparición de la hegemonía política de centro izquierda.
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