En la actualidad se realizan negociaciones para que Exxon Mobil, Shell,
Total y BP –socios originales hace varias décadas en la Compañía de Petróleo
de Irak, a los que se han sumado Chevron y compañías petroleras más
pequeñas– renueven las concesiones perdidas en el proceso de nacionalización
cuando los productores de crudo se hicieron cargo de sus propios recursos.
Los contratos, sin licitación, aparentemente redactados por las
corporaciones petroleras con la ayuda de funcionarios estadounidenses,
prevalecieron sobre ofertas de más de otras 40 compañías, entre ellas
empresas de China, India y Rusia.
“Hubo sospechas en muchas partes del mundo árabe y entre sectores del
pueblo estadunidense de que Estados Unidos había ido a la guerra con Irak
precisamente para asegurarse la riqueza petrolera que esos contratos
intentan extraer”, escribió Andrew E. Kramer en el diario The New York
Times.
La alusión de Kramer a “sospechas” es el eufemismo del año. Aún más, es
bastante probable que la ocupación militar tomó la iniciativa en restablecer
las actividades de la odiada Compañía de Petróleo de Irak, que, como señaló
Seamus Milne en el London Guardian, fue impuesta durante el mandato
británico para “extraer la riqueza de Irak en un acuerdo célebre por su
explotación”.
Los últimos informes indican que hay demoras en los acuerdos. Mucho de lo
que ocurre está envuelto en el secreto y no sería sorprendente que emerjan
nuevos escándalos.
La demanda es muy intensa. En Irak existen posiblemente las segundas
reservas más grandes de petróleo del mundo. Además, el petróleo iraquí es
barato de extraer. No hay capa de hielo permanente, arenas de alquitrán o
prospección en las profundidades marinas. Para los planificadores
estadounidenses es imperativo que Irak continúe bajo su control como un
obediente Estado dependiente que albergue sus bases militares en el corazón
de las importantes reservas energéticas.
Que ésa fue la causa principal de la invasión resultó siempre clara pese
a los pretextos sucesivos de las armas de destrucción masiva, los vínculos
de Saddam Hussein con Al Qaeda, la promoción de la democracia y la guerra
contra el terrorismo que, tal como se pronosticó, se agudizaría
drásticamente a raíz de la invasión.
En noviembre, esas preocupaciones se hicieron explícitas cuando el
presidente George W. Bush y el primer ministro de Irak, Nuri Maliki firmaron
una Declaración de Principios ignorando al Congreso de Estados Unidos y al
Parlamento iraquí, así como a la población de ambas naciones.
La declaración dejó abierta la posibilidad de una presencia militar
estadounidense en Irak que se prolongaría de manera indefinida. Eso
incluiría, al parecer, grandes bases aéreas que están siendo construidas en
diferentes partes del país y la “embajada” en Bagdad, una ciudad dentro de
una ciudad, que no se parece a ninguna otra sede diplomática en el mundo.
Esas instalaciones no van a ser construidas para después abandonarlas.
En la declaración se señaló también, de manera osada, que era necesario
explotar los recursos de Irak. Se indicaba que la economía iraquí, esto es
sus recursos petroleros, debe abrirse a la inversión extranjera,
“especialmente a las inversiones estadounidenses”.
La seriedad de este compromiso quedó subrayada en enero, cuando Bush
signó una “declaración firmada” indicando que rechazaría todo proyecto de
ley que restrinja el financiamiento “destinado a establecer alguna
instalación militar o base con el propósito de proveer el emplazamiento
permanente de las fuerzas armadas de Estados Unidos en Irak” o a “ejercer el
control de los recursos petroleros de Irak por parte de Estados Unidos”.
No resulta sorprendente que la declaración causó de inmediato objeciones
en Irak, entre otros sectores, en los sindicatos, que sobreviven bajo duras
leyes antilaborales que Saddam instituyó y que la ocupación preserva.
En la propaganda de Washington, quien está arruinando la dominación de
Estados Unidos en Irak es Irán. La secretaria de Estado estadounidense
Condoleezza Rice tiene una simple solución: los “ejércitos extranjeros”
deben ser retirados de Irak: los de Irán, no los nuestros.
La confrontación por los programas nucleares de Irán aumenta las
tensiones. La política de “cambio de régimen” del gobierno de Bush hacia
Irán es acompañada de amenazas de fuerza (en ese tema ambos candidatos
presidenciales se unen a Bush). La política, según se ha informado, también
incluye acciones terroristas dentro de Irán. Según los amos del mundo, esas
acciones son legítimas.
La mayoría del pueblo
estadounidense está en favor de la diplomacia y se
opone a la utilización de la fuerza. Pero la opinión pública parece
irrelevante, y no solamente en este caso.
Una ironía es que Irak se está convirtiendo en un condominio
estadounidense-iraní. El gobierno de Maliki es el sector de la sociedad
iraquí más respaldado por Irán. El llamado ejército iraquí, que es apenas
otra milicia, está en buena parte basado en la brigada Badr, que fue
entrenada en Irán y luchó junto con los iraníes en la guerra entre Irak e
Irán.
Nir Rosen, uno de los más astutos e informados corresponsales en la
región, observa que el principal objetivo de los operativos de
Estados Unidos y de Maliki, el clérigo Muqtada Sadr, tampoco es visto con
simpatía por Irán. Sadr es independiente y tiene apoyo popular. Por lo
tanto, es peligroso.
Irán “claramente respaldó al primer ministro Maliki y al gobierno iraquí
contra lo que calificó de ‘grupos armados ilegales’ (del Ejército del Mehdi
de Sadr) en el reciente conflicto en Basora”, señala Rosen. “Y eso no es
sorprendente, dado que su principal representante en Irak, el Consejo
Supremo Islámico, domina el Estado iraquí y es el principal respaldo de
Maliki.”
En la revista Foreign Affairs, Steven Simon señala que la actual
estrategia de contrainsurgencia de Estados Unidos “está acicateando las tres
fuerzas que de manera tradicional han amenazado la estabilidad en los países
de Medio Oriente: el sectarismo, el caudillismo y la mentalidad tribal”. El
resultado podría ser “un Estado fuerte, centralizado, gobernado por una
junta militar que recordaría” al régimen de Saddam.
Si Washington concreta sus objetivos, entonces sus acciones se
justifican. Las reacciones son muy diferentes cuando Vladimir Putin tiene
éxito en pacificar a Chechenia en un grado muy superior al que el general
David Petraeus ha alcanzado en Irak. Pero de un lado están ellos, y del otro
lado, nosotros. Los criterios son totalmente diferentes.
En Estados Unidos los demócratas se mantienen silenciosos debido al
supuesto éxito de la ofensiva militar en Irak. Ese silencio refleja el hecho
de que no hay críticas de la guerra basadas en principios. Para ese punto de
vista, si alguien concreta sus objetivos, la guerra y la ocupación están
justificadas. Y los acuerdos petroleros forman parte de esa justificación.
Pero lo cierto es que toda la invasión fue un crimen de guerra, en
realidad, el supremo crimen internacional. Y difiere de otros crímenes de
guerra en que abarca toda la maldad que sigue, en términos del juicio de
Nuremberg. Ése es uno de los tópicos que no pueden ser discutidos, en el
curso de la campaña presidencial, o en otra parte. ¿Por qué estamos en Irak?
¿Qué le debemos a los iraquíes por haber destruido su país? La mayoría del
pueblo de Estados Unidos está en favor de la retirada de Irak. ¿Interesa su
opinión?.