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Zbigniew Brzezinski |
La actual política estadounidense de disuasión del régimen iraní carece
de realismo y podría agravar los conflictos en Oriente Medio.
Por Zbigniew Brzezinski
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The Washington Post / Clarín
La actual política estadounidense en relación con el régimen de
Teherán casi seguramente derivará en un Irán con armas nucleares. La presunta
combinación inteligente de "palos" y zanahorias , que comprende frecuentes
alusiones oficiales a que la opción militar estadounidense sigue sobre la mesa
, no hace más que intensificar el deseo de Irán de tener su propio arsenal
nuclear.
Es una pena. Semejante política dura de palos y zanahorias puede funcionar con
los burros, pero no con países serios. Los Estados Unidos tendrían más
posibilidades de éxito si la Casa Blanca abandonara sus amenazas de acción
militar y sus llamados a un cambio de régimen.
Hay países que podrían haberse convertido con rapidez en estados nucleares de
haber recibido un trato similar. Brasil, Argentina y Sudáfrica tenían
programas de armas nucleares pero renunciaron a los mismos, cada uno por
motivos diferentes. Si los EE.UU. los hubieran amenazado con un cambio de
régimen en caso contrario, probablemente ninguno de ellos habría cedido. Sin
embargo, cuando los palos y las zanahorias no lograron impedir que India y
Paquistán adquirieran armas nucleares, los EE.UU. se apresuraron a cambiar de
actitud, optando por mantener buenas relaciones con ambos países en lugar de
cultivar la hostilidad. Qué le sugiere eso a las autoridades iraníes Una
actitud fructífera respecto de Irán tiene que comprender tanto los intereses
de su seguridad como los de la nuestra. Un ataque aéreo estadounidense contra
las instalaciones nucleares iraníes, o un ataque israelí menos efectivo, no
harían más que retrasar el programa nuclear de Irán. En ambos casos se
responsabilizaría a los EE.UU., que tendrían que cargar con el costo de las
probables reacciones iraníes. Casi seguramente eso implicaría una
desestabilización en Oriente Medio, así como en Afganistán, además de serios
intentos de interrumpir el flujo de petróleo, lo que generaría por lo menos un
marcado aumento de precios que ya son altos.
Dados los objetivos explícitos de Irán -capacidad nuclear pero no armas
nucleares, así como el presunto interés por analizar temas más amplios
relacionados con la seguridad estadounidense-iraní-, una política realista
aprovecharía esa vía para ver qué resultados pueden obtenerse. Los EE.UU.
podrían indicar que están dispuestos a negociar, ya sea sin condición alguna
de ambas partes (si bien reservándose el derecho a interrumpir las
negociaciones si Irán se muestra intransigente), o a negociar sobre la base de
una disposición iraní a suspender el enriquecimiento a cambio de una
simultánea suspensión estadounidense de importantes sanciones económicas y
financieras.
Una actitud más amplia y flexible aumentaría las perspectivas de un acuerdo
internacional que contemplara el deseo de Irán de contar con un programa
autónomo de energía nuclear, al tiempo que minimizaría la posibilidad de que
el mismo pudiera transformarse con rapidez en un programa de armas nucleares.
La idea tan difundida de un Irán suicida, que detonaría su primera arma
nuclear contra Israel, es más producto de la paranoia y la demagogia que de un
cálculo estratégico serio. No puede ser la base de la política estadounidense,
y tampoco debería serlo en el caso de la política israelí. Una ventaja
adicional es que podría contribuir a devolver a Irán a su tradicional función
de cooperación estratégica con los EE.UU. en lo que respecta a estabilizar la
región del Golfo.
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(*)
Ex asesor de Seguridad
del Gobierno de EEUU
Copyright Clarín y The Washington Post, 2008. Traducción de
Joaquín Ibarburu.