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Henry Kissinger |
Las realidades geopolíticas ofrecen una oportunidad poco común de
cooperación entre los ex adversarios de la Guerra Fría.
Por Henry Kissinger
(*)
- Clarín
Desde la desaparición de la Unión Soviética, en 1991, una sucesión de
gobiernos estadounidenses actuó como si la creación de la democracia rusa fuera
una tarea estadounidense. Con frecuencia se escucharon discursos de condena de
las deficiencias rusas y se vieron gestos extraídos de la lucha por la
preeminencia de la época de la Guerra Fría. Los que impulsan esas políticas
sostienen que la transformación de la sociedad rusa es la condición necesaria
para un orden internacional más armonioso. Afirman que si se presiona a la Rusia
actual, ésta terminará por experimentar una implosión similar a la de la Unión
Soviética. La política de intromisión en lo que los rusos consideran su propia
identidad hace peligrar tanto los objetivos geopolíticos como los morales. Sin
duda en Rusia hay grupos e individuos que aspiran a que los EE.UU. aceleren una
evolución democrática. Sin embargo, casi todos los observadores coinciden en que
la gran mayoría de los rusos consideran que los EE.UU. son presuntuosos y que
están decididos a obstaculizar la recuperación de Rusia. Es más probable que eso
aliente una reacción nacionalista y de confrontación que una evolución
democrática. Sería una pena que ese estado de ánimo persistiera ya que, en
muchos sentidos, somos testigos de uno de los períodos más prometedores de la
historia rusa. La exposición a las sociedades abiertas modernas y la relación
con las mismas es más prolongada e intensa que en cualquier otro momento de la
historia anterior de Rusia, incluso a pesar de medidas represivas
desafortunadas. Cuanto más tiempo dure, más impacto tendrá en la evolución
política rusa. Los valores de nuestra sociedad determinan que los EE.UU. se
comprometan con una evolución democrática, pero el ritmo de la misma será ruso.
Podemos tener más efecto mediante la paciencia y la comprensión histórica que a
través de un distanciamiento y de exhortaciones públicas.
Eso cobra aún más importancia porque las realidades geopolíticas proporcionan
una oportunidad poco común de cooperación estratégica entre los ex adversarios
de la Guerra Fría. Los EE.UU. y Rusia controlan el 90% de las armas nucleares
del mundo. Rusia tiene más superficie que cualquier otro país. Limita con
Europa, Asia y Oriente Medio. El camino de la estabilidad en relación con las
armas nucleares en Oriente Medio e Irán exige o se ve muy facilitado por la
cooperación entre Rusia y los EE.UU. La frontera de 4.000 kilómetros con China
es un desafío demográfico al este del Lago Baikal, 6,8 millones de rusos se
encuentran ante 120 millones de chinos en las provincias que se extienden a lo
largo de la frontera común. Del otro lado de una frontera igualmente larga,
Rusia tiene que hacer frente al islamismo militante que llega al sur del país.
Tras la frontera occidental, donde Rusia se ve en la necesidad de adaptarse a la
pérdida de una historia imperial, hay territorios que se identificaron con la
historia rusa durante centenares de años. Sin embargo, las nuevas realidades,
entre ellas la incorporación a la OTAN de los ex países del Pacto de Varsovia,
limitaron el alcance estratégico ruso. Si bien en la población de Rusia hay un
resurgimiento del orgullo nacional, sus gobernantes saben bien cuál es el
peligro de alterar el nuevo orden internacional mediante los métodos
tradicionales rusos. Saben que los 25 millones de habitantes musulmanes de Rusia
comprenden un elevado porcentaje de dudosa lealtad al Estado. Rusia se ve
obligada a concentrarse en la reforma interna por primera vez en la historia. A
pesar de la retórica de confrontación y el estilo agresivo que se desarrollaron
durante el período del imperialismo, los gobernantes rusos son conscientes de
sus limitaciones estratégicas. De hecho, yo caracterizaría la política rusa
durante la gestión de Putin como la búsqueda de un socio estratégico confiable
en la que la opción preferida fueron los EE.UU. La turbulenta retórica rusa de
los últimos años refleja, en parte, la frustración ante la aparente
impermeabilidad norteamericana a esa búsqueda. Los dos presidentes establecieron
una relación constructiva, pero no lograron superar los hábitos institucionales
forjados durante la Guerra Fría. Del lado ruso, dos elecciones, legislativas y
presidenciales, dieron a los gobernantes rusos un estímulo para apelar a los
sentimientos nacionalistas que florecieron luego de diez años de lo que se
percibió como una humillación.
Como consecuencia de su hegemonía nuclear, Rusia y los EE.UU. tienen la
obligación de ponerse a la cabeza en temas nucleares globales como la
proliferación. Hubo iniciativas constructivas, tales como una mayor
transparencia y la vinculación de los sistemas de defensa de misiles
antibalísticos de los dos países, lo que se destaca en el comunicado que los
presidentes Bush y Putin dieron a conocer en Sochi en abril de este año. Sin
embargo, es necesario que una exploración detallada siga a las declaraciones
generales. El tema de las relaciones con Ucrania constituye un fiel reflejo de
la forma en que ambas partes perciben la naturaleza de los asuntos
internacionales. Los EE.UU., que se valen de las lecciones de la Guerra Fría y
sus tradicionales máximas universales, consideran el tema en términos de superar
una posible amenaza militar. Para Rusia es, ante todo, un tema de reconciliación
con un conflicto histórico doloroso. La independencia de Ucrania es esencial
para un sistema internacional pacífico y se debe apoyarla sin ningún tipo de
ambigüedad. El establecimiento de estrechas relaciones políticas entre la Unión
Europea y Ucrania, incluida la incorporación a la UE, es importante. Pero el
traslado del sistema de seguridad occidental del río Elba a las estribaciones de
Moscú hace que la declinación rusa cobre una presencia que generará en Rusia una
emoción que inhibirá la solución de todos los otros temas. A los nuevos
gobiernos de Rusia y los Estados Unidos les corresponderá darle a todo esto un
contexto operativo.
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(*)Ex Secretario de Estado Norteamericano
Copyright Clarín y Tribuna Media Services, 2008. Traducción de Joaquín Ibarburu