(IAR Noticias)
01-Agosto-08
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Memoria: como reflejó en su portada The
London Herald la caída de Wall Street el 24 de octubre de 1929 en el llamado
jueves negro. |
No había ocurrido jamás. Por vez primera en la historia económica moderna,
tres crisis de gran amplitud -financiera, energética, alimentaria- están
coincidiendo, confluyendo y combinándose. Cada una de ellas interactúa sobre
las demás. Agravando así, de modo exponencial, el deterioro de la economía
real. Por mucho que las autoridades se esfuercen en minimizar la gravedad
del momento, lo cierto es que nos hallamos ante un seísmo económico de
inédita magnitud. Cuyos efectos sociales apenas empiezan a hacerse sentir y
que detonarán con toda brutalidad en los meses venideros. Lo peor nunca es
seguro y la numerología no es una ciencia exacta, pero el año 2009 bien
podría parecerse a aquel nefasto 1929...
Por Ignacio Ramonet
- Le Monde Diplomatique
Como era de temer, la crisis financiera sigue agudizándose. A los
descalabros de prestigiosos bancos estadounidenses, como Bear Stearns,
Merrill Lynch y el gigante Citigroup, se ha sumado el desastre reciente de
Lehman Brothers, cuarta banca de negocios que ha anunciado, el pasado 9 de
junio, una pérdida de 1.700 millones de euros. Por ser su primer déficit
desde su salida en Bolsa en 1994, esto ha causado el efecto de un terremoto
en una América financiera ya violentamente traumatizada.
Cada día se difunden noticias sobre nuevos quebrantos en los bancos. Hasta
ahora, las entidades más afectadas han reconocido pérdidas de casi 250.000
millones de euros. Y el Fondo Monetario Internacional estima que, para salir
del desastre, el sistema necesitará unos 610.000 millones de euros (o sea,
el equivalente de ¡dos veces el presupuesto de Francia!).
La crisis comenzó en Estados Unidos, en agosto de 2007, con la morosidad de
las hipotecas de mala calidad (subprime) y se ha extendido por todo el
mundo. Su capacidad de transformarse y de extenderse mediante la
proliferación de complejos mecanismos financieros hace que esta crisis se
asemeje a una epidemia fulminante imposible de atajar.
Las entidades bancarias ya no se prestan dinero. Todas desconfían de la
salud financiera de sus rivales. A pesar de las inyecciones masivas de
liquidez efectuadas por los grandes bancos centrales, nunca se había visto
una sequía tan severa de dinero en los mercados. Y lo que más temen algunos
ahora es una crisis sistémica, o sea que el conjunto del sistema económico
mundial se colapse.
De la esfera financiera la crisis se ha trasladado al conjunto de la
actividad económica. De golpe, las economías de los países desarrollados se
han enfriado. Europa (y en particular España) se halla en franca
desaceleración, y Estados Unidos se encuentra al borde de la recesión.
Donde más se está notando la dureza de este ajuste es en el sector
inmobiliario. Durante el primer trimestre de 2008, el número de ventas de
viviendas en España cayó el ¡29%! Cerca de dos millones de pisos y de
chalets no encuentran comprador. El precio del suelo sigue desmoronándose. Y
el alza de los intereses hipotecarios y los temores de recesión hunden el
sector en una espiral infernal. Con feroces efectos en todos los frentes de
la enorme industria de la construcción. Todas las empresas de estas ramas se
ubican ahora en el ojo del huracán. Y asisten impotentes a la destrucción de
decenas de miles de empleos.
De la crisis financiera hemos pasado a la crisis social. Y vuelven a surgir
políticas autoritarias. El Parlamento Europeo ha aprobado, el pasado 18 de
junio, la infame "directiva retorno". Y las autoridades españolas ya han
proclamado su voluntad de favorecer la salida de España de un millón de
trabajadores extranjeros...
En medio de esta situación de espanto se produce el tercer choque petrolero.
Con un precio del barril en torno a los 140 dólares. Un aumento irracional
(hace diez años, en 1998, el barril costaba menos de 10 dólares...) debido
no sólo a una demanda disparatada sino, sobre todo, a la acción de muchos
especuladores que apuestan por el alza continua de un carburante en vías de
extinción. Los inversores huyen de la burbuja inmobiliaria y desplazan masas
colosales de dinero porque apuestan ahora por un petróleo a 200 dólares el
barril. Se está así produciendo una financiarización del petróleo.
Con las consecuencias que vemos: formidable subida de los precios en las
gasolineras, y estallidos de ira por parte de pescadores, camioneros,
agricultores, taxistas y todos los profesionales más afectados. En muchos
países, mediante manifestaciones y enfrentamientos, estas profesiones
reclaman a sus Gobiernos ayudas, subvenciones o reducciones de la
fiscalidad.
Por si todo este contexto no fuese lo bastante sombrío, la crisis
alimentaria se ha agravado repentinamente y ha venido a recordarnos que el
espectro del hambre sigue amenazando a casi mil millones de personas. En
unos cuarenta países, la carestía actual de los alimentos ha provocado
levantamientos y revueltas populares. La Cumbre de la Organización de las
Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) del pasado 5 de
junio en Roma sobre la seguridad alimentaria fue incapaz de alcanzar un
acuerdo para relanzar la producción alimentaria mundial. También aquí, los
especuladores en fuga del desastre financiero tienen una parte de
responsabilidad porque apuestan por un precio elevado de las futuras
cosechas. De modo que hasta la agricultura se está financiarizando.
Éste es el saldo deplorable que deja un cuarto de siglo de neoliberalismo:
tres venenosas crisis entrelazadas. Va siendo hora de que los ciudadanos
digan: "¡Basta!".
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