Está claro que EE.UU. no sólo quiere petróleo: su objetivo es, además,
geopolítico, imperial. Los conservadores “realistas” y no pocos jefes del
Estado Mayor Conjunto se han opuesto a la aventura iraní: temen que el
conflicto se regionalice, que se multipliquen los atentados terroristas en
suelo estadounidense y/o contra los intereses de EE.UU. en el exterior y,
sobre todo, saben que el precio del oro negro se irá a las nubes –aumentó un
50 por ciento en lo que va del 2008– y que podría llegar a los 200 dólares por
barril y más.
Por Juan Gelman -
Página 12
¿Guerra con Irán? Los “halcones-gallina” la quieren antes de que W. Bush
termine su mandato, en enero del 2009. Pese a las genuflexiones de Obama ante
el Comité estadounidense-israelí de asuntos públicos (Aipac, por sus siglas en
inglés), el poderoso lobby pro-Israel no le cree mucho. Tampoco Tel Aviv y las
dos instancias actúan como pinza para que el ataque se produzca. Durante su
disputa con Hillary Clinton por la candidatura del Partido Demócrata, el
probable futuro presidente de EE.UU. habló de reunirse con el presidente iraní
para zanjar las diferencias mediante negociaciones diplomáticas. Corrido
abruptamente al centro, Obama ha atenuado no poco tal posibilidad, pero lo
dicho, dicho está. Y, se sabe, la confianza mata al hombre.La fuerza aérea
israelí llevó a cabo el mes pasado una maniobra masiva sobre el Mediterráneo
oriental y Grecia, que sería el simulacro de un bombardeo a Irán. El mismo día
en que el New York Times publicaba esta información –20 de junio—, el primer
ministro de Israel Ehud Olmert se reunía secretamente con el coronel (R) Aviam
Sela. Este aviador no es cualquier aviador: fue el cerebro de la operación que
destruyó el reactor nuclear iraquí de Osirak en 1981. Según fuentes israelíes,
Olmert habría consultado a Sela sobre la posibilidad de un operativo similar
contra Irán (Ma’ariv, 22-6-08). No sorprende: en su discurso ante el Aipac,
Olmert llamó a “la comunidad internacional” a tomar “medidas drásticas” contra
Irán (www.mfa.gov.il,
3-6-08). El viceprimer ministro israelí Shaul Mofaz fue más lejos: señaló que
el ataque contra Irán es “inevitable” (Reuters, 6-6-08).
La razón que se esgrime es siempre la misma, pero ahora se cocina con
carbones de histeria: Tel Aviv proclama que Irán poseerá bombas nucleares en
un par de años y que es imprescindible impedirlo, aunque los 16 servicios de
Inteligencia norteamericanos han coincidido en que Teherán cesó su programa de
producción de la bomba en el año 2003. Pero una cosa fue destruir un reactor
nuclear en Irak –un solo blanco– y otra muy distinta bombardear las dispersas
y subterráneas instalaciones nucleares iraníes. Israel necesita la
intervención de su socio mayor, EE.UU., y del tema se ocupa el Aipac junto con
el vicepresidente Dick Cheney. Por lo pronto, la Casa Blanca aumentó en
170.000 millones de dólares la ayuda militar a Tel Aviv. Y el lobby
pro-israelí está trabajando duro para que el Congreso apruebe la imposición de
un bloqueo naval a Irán.
Se trata del proyecto de resolución 580 del Senado y 362 de la Cámara de
Representantes, cuya aprobación el Aipac y Tel Aviv consideran decisiva. La
medida cuenta ya con el patrocinio de 30 senadores y de 220 representantes de
los dos partidos. Su texto es hipócrita: proclama que “nada de esta resolución
se entenderá como una autorización para llevar a cabo una acción militar”,
pero declara que el Congreso solicita al presidente “que encabece un esfuerzo
internacional para aumentar inmediata y dramáticamente la presión sobre
Teherán a fin de que suspenda de manera verificable sus actividades de
enriquecimiento de uranio, entre otras cosas prohibiendo la exportación de
productos petroquímicos a Irán” (www.govtrak.us/congress,
2-6-08).
Teherán anunció que, en el caso de un ataque, “actuaría definitivamente
para imponer su control sobre el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz”, por el
que pasa el 40 por ciento del petróleo que el mundo consume. La respuesta, que
revela planes hechos, no se hizo esperar: el vicealmirante Kevin J. Cosgriff,
comandante de la 5ª Flota de EE.UU. con base en Bahrein, vociferó que al
Estrecho “no lo van a cerrar (los iraníes)”. No se les permitirá que lo
cierren. Nuestro control del Golfo Pérsico y del Estrecho de Ormuz sería una
de nuestras acciones” (AFP, 30-6-08). La guerra, pues.
Está claro que EE.UU. no sólo quiere petróleo: su objetivo es, además,
geopolítico, imperial. Los conservadores “realistas” y no pocos jefes del
Estado Mayor Conjunto se han opuesto a la aventura iraní: temen que el
conflicto se regionalice, que se multipliquen los atentados terroristas en
suelo estadounidense y/o contra los intereses de EE.UU. en el exterior y,
sobre todo, saben que el precio del oro negro se irá a las nubes –aumentó un
50 por ciento en lo que va del 2008– y que podría llegar a los 200 dólares por
barril y más. También seguirá subiendo el descontento del pueblo
norteamericano por el encarecimiento de la gasolina y de los productos de
primera necesidad: un sondeo de Los Angeles Times/Bloomberg reveló que el 70
por ciento de los interrogados sufre graves problemas financieros y que más
del 80 por ciento culpa a la Casa Blanca de no haber hecho lo debido para
solucionarlos (www.calendarlive.com,
25-6-08).
El fenómeno más curioso –o no– es que la comunidad judía de EE.UU., que el
Aipac dice representar, se opone sin medias tintas a una acción militar contra
Irán. La última encuesta sobre el tema es la de USA Today/Gallup y muestra que
el 73 por ciento de los judíos estadounidenses se inclina por “los esfuerzos
económicos y diplomáticos” para que Irán detenga su programa nuclear; sólo el
18 por ciento se pronunció a favor de una “acción militar” (www.pollingreport.com,
2/4-11-07). Tal vez estos resultados molestaron al Aipac: desde noviembre del
año pasado no se han vuelto a realizar encuestas similares.