ólo en los últimos
cuatro meses, Cuba ha inaugurado el primero de siete hospitales
oftalmológicos con personal caribeño que pronto tendrá en Argelia; ha
estrenado el segundo de los al menos tres centros del mismo tipo que tiene
concertados en China, con carácter mixto, y se ha comprometido a gestionar y
dotar íntegramente con médicos cubanos un hospital general en el rico
emirato de Qatar.
Estos tres programas forman parte del impulso que La Habana está dando a
la que ha convertido en su más potente industria de servicios y en la punta
de lanza de sus relaciones exteriores. Es la “diplomacia del bisturí”.
Los cientos de centros médicos que el país caribeño tiene en
Latinoamérica, África, Asia y Europa del Este; las misiones a cargo de los
36.578 profesionales cubanos de la salud (la mitad médicos) destacados en 73
países; la formación de futuros facultativos extranjeros dentro y fuera de
la isla y los tratos comerciales basados en los 38 productos de la
biotecnología cubana reportan a la isla los mayores beneficios.
No sólo en pagos directos (unos 2.900 millones de dólares al año);
también en facilidades comerciales (por ejemplo, pagar los 92.000 barriles
que Venezuela le suministra), en compromisos y cooperaciones o en la deuda
invisible contraída por los países cuyos pacientes se han beneficiado de
actuaciones gratuitas como las de la operación Milagro, que dentro del
millón de intervenciones oculares que ya contabiliza ha alcanzado a 16.000
argentinos residentes en Bolivia.
La estratégica cooperación cubana en salud, a la que se suman las que
efectúa en educación y deporte, no es nueva. La primera brigada médica
partió a Argelia en 1963. Pero fue en 1998, con ocasión de la asistencia a
las vastas zonas de Latinoamérica devastadas por los huracanes Match y
George cuando La Habana empezó a configurar su actual maquinaria de sanidad
exterior.
En octubre del 2005, el despliegue de 2.500 médicos cubanos en el
Pakistán arrasado por el peor terremoto de su historia sirvió para que un
gran pueblo tomara conocimiento y cariño a una lejana y pequeña isla, pero
también para que un gobierno amigo de Washington rindiera reconocimiento a
la Cuba revolucionaria.
La isla ha intensificado en los últimos meses su diplomacia de bata
blanca. Pese a la delicada situación doméstica, el Gobierno de Raúl Castro
está desarrollando una actividad frenética de recepciones, visitas oficiales
y expediciones comerciales, casi siempre con la cooperación sanitaria y
biotecnológica como uno de los asuntos principales.
Los contactos se centran en América Latina, Asia, África, Rusia y los
países con ribera en el Caspio; es decir, en el área de influencia, en las
potencias emergentes y en las naciones con petróleo. Sin debilitar sus lazos
con Venezuela, se diría que La Habana busca socios energéticos alternativos
para cuando Chávez no esté al frente.
En este contexto, la Unión Europea tiene para Cuba una importancia
limitada. Sobre todo porque las relaciones con cada uno de los socios apenas
se ven afectadas por los problemas con el club comunitario en sí. Al
reciente levantamiento de las sanciones diplomáticas de la UE, primero
respondió Fidel con su “desprecio” y después el canciller Pérez Roque con la
proclamación de la victoria cubana sobre unas medidas “derrotadas por la
verdad”.
La intensificación de la actividad diplomática en general y la del
bisturí en particular contrastan con la ansiedad interna ante el pausado
ritmo de las reformas y con el deterioro de la sanidad, en parte por errores
a la hora de compensar la marcha de un 25% de los médicos al extranjero.
Es también paradójico que Cuba exporte biotecnología cuando, por motivos
tan variados como el embargo o los desvíos al mercado negro, las carencias
de medicamentos son tan notorias en el país.