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Guarniciones en la gasolinera global /II

 
 

 (IAR Noticias) 01-Julio-08

Irak: Marine estadounidense custodiando un pozo de  petrolero incendiado por sabotaje de la resistencia.

La creación de una seguridad energética real.

Por Michael T. Klare (*) - La Jornada, México

Ver parte I

La realidad de la dependencia creciente de Estados Unidos hacia el petróleo del extranjero únicamente refuerza la convicción (existente en Washington) de que la fuerza militar y la seguridad energética son gemelos inseparables. Casi dos tercios de la cuota diaria de petróleo en el país son importados –y el porcentaje sigue creciendo–, por lo que no es difícil darnos cuenta de que los montos significativos de nuestro petróleo llegan ahora de áreas propensas a los conflictos como el Medio Oriente, Asia central y África (www.eia.doe.gov/oiaf/aeo/).

Mientras este sea el caso, los planificadores estadounidenses instintivamente buscarán a los militares para garantizar la entrega segura de crudo. Es evidente que importa muy poco que el uso de la fuerza militar, especialmente en Medio Oriente, haya hecho mucho menos estable y menos confiable la situación energética, además de acicatear el “antiamericanismo”.

Ésta no se apega, por supuesto, a la definición de la “seguridad energética”, sino a su opuesto. Una aproximación viable, de largo plazo, no debería depender de una sola fuente de energía particular –en este caso el petróleo–, por encima de otras, ni exponer a los soldados estadounidenses, de manera regular, a mayores riesgos de daños, o a los contribuyentes estadounidenses a mayores riesgos de quiebra.

Una política energética estadounidense que tuviera sentido debería abrazar un enfoque holístico de la procura de energía y sopesar los méritos relativos de todas las fuentes potenciales de energía. Sería un enfoque que estuviera a favor del desarrollo de fuentes domésticas y renovables de energía, que no degraden el ambiente ni pongan en peligro otros intereses nacionales. Al mismo tiempo, una política que favoreciera un programa detallado y operativo de la conservación de energía –algo ausente en los últimos 20 años–, que ayude a cortar la dependencia de las fuentes extranjeras de energía en el futuro cercano y que frene o haga más lenta la acumulación atomosférica de gases con efecto de invernadero, que alteran el clima. El petróleo podría continuar teniendo un papel significativo en un enfoque así. El petróleo mantiene mucho atractivo como fuente de energía para la transportación (en particular la aérea) y como insumo de muchos productos químicos. Pero con la inversión y las políticas de investigación correctas –y la voluntad de aplicar algo más que fuerza en lo referente al abastecimiento de energía– comenzaría a llegar a su fin el papel histórico del crudo como el combustible único. Sería especialmente importante que los planificadores estadounidenses no prolongaran su papel de manera artificial, como ha sido el caso de las últimas décadas, en que se subsidió a las principales firmas petroleras estadounidenses, con gastos del orden de los 138 mil millones de dólares por año en protección de las entregas de crudo extranjero. Estos fondos, en cambio, podrían redirigirse a la promoción de la eficiencia energética, en particular al desarrollo de fuentes domésticas de energía.

Algunos planificadores que concuerdan en la necesidad de desarrollar alternativas a la energía importada insisten en que dicho enfoque debe comenzar con la extracción de petróleo en la Reserva Nacional de la Vida Silvestre en el Ártico (Arctic National Wildlife Refuge o ANWR) y otras áreas protegidas (www.youtube.com/watch?v=pOZRrbE8Qao).

Aun reconociendo que esas perforaciones no reducirían sustancialmente la dependencia estadounidense hacia el petróleo extranjero, estas personas insisten, de todos modos, en que es esencial hacer todos los esfuerzos concebibles para sustituir las importaciones con existencias de crudo a nivel interno para conjuntar el abasto total de energía de la nación. Pero estos argumentos ignoran que los días del petróleo están contados, y que cualquier esfuerzo por prolongar su duración sólo complica la inevitable transición a una economía pospetrolera (www.peakoil.net/).

Un enfoque más fructífero, mejor diseñado para promover la autosuficiencia estadounidense y su vigor tecnológico en el mundo intensamente competitivo de mediados del siglo XXI sería enfatizar el uso del ingenio doméstico y las habilidades empresariales con el fin de maximizar el potencial de las fuentes de energía renovable, incluidas la energía solar, la del viento, la geotérmica y la de las olas. Esas mismas habilidades deberían aplicarse a desarrollar métodos de producir etanol de materia vegetal no alimenticia (etanol de celulosa), o utilizar el carbón sin liberar carbono a la atmósfera (vía la captura y almacenamiento de carbono, o CCS por sus siglas en inglés), miniaturizar las células combustibles de hidrógeno, e incrementar masivamente la eficiencia energética de vehículos, edificios y procesos industriales.

Todos estos sistemas de energía son muy promisorios, y como tal deberíamos decidirnos a otorgar el respaldo y la inversión necesarios para que jueguen un papel dominante en la generación de la energía estadounidense. En este momento no es posible determinar cuál de todas ellas (o cuál combinación) será la que mejor se posicione para la transición de la pequeña escala a una gran escala con desarrollo comercial. Así, todas ellas deben contar en un inicio con el suficiente respaldo con tal de probar su capacidad de efectuar esta transición.

Si se aplica la regla general, sin embargo, es importante que se le otorgue prioridad a las nuevas formas de combustibles para el transporte. Es aquí donde el petróleo ha sido por mucho tiempo el rey, y aquí es donde con más crudeza se sentirá la escasez de petróleo. Es sólo por esto que siguen creciendo los llamados a intervenir militarmente para garantizar un abasto adicional de crudo. Así que el énfasis debe ponerse en el rápido desarrollo de los biocombustibles, de los combustibles derivados de carbón en líquido (con el carbono extraído mediante CCS), el hidrógeno, la potencia de las baterías y otros modos innovadores de hacer andar los vehículos. Al mismo tiempo, es obvio que asignar alguna parte de nuestro presupuesto militar al desarrollo de un incremento masivo de transporte público podría ser un punto importante de la salud mental nacional.

Una aproximación de este tipo reafirmaría la seguridad nacional en múltiples niveles. Incrementaría el abasto confiable de combustibles, promovería el crecimiento económico en casa (en vez de enviar un verdadero raudal de dólares a los cofres de regímenes petroleros nada confiables) y disminuiría el riesgo de involucrarnos en guerras por el petróleo extranjero. No hay otro enfoque. Ciertamente no podemos confiarnos en el enfoque actual, tradicional, incuestionado, que nos hace depender de la fuerza militar para lograr esto. Hace ya mucho que pasó el tiempo de resguardar la gasolinera global.

                            ******

(*)Michael T. Klare es profesor estudios de paz y seguridad mundial en Hampshire College y es autor de varios libros sobre política energética, incluyendo Rising Powers, Shrinking Planet: The New Geopolitics of Energy.

Traducción: Ramón Vera Herrera.

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