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Revolución democrática en Tibet : Policías
antidisturbios ante un monje budista.(Foto Reuters) |
Conforme a
esta visión, el mundo, especialmente el Tercer Mundo, está lleno
de gentes oprimidas por unos gobiernos, los propios, dirigidos
por dictadores políticos y corruptos gestores económicos, y esas
gentes no esperan sino ser ayudadas o sostenidas o liberadas (si
preciso es, con medios militares) por un Occidente bueno,
democrático, liberal y de mercados abiertos. Eso lleva a una
buena parte de la izquierda a apoyar "revoluciones democráticas"
en Ucrania, Bielorrusia, Líbano y Zimbabwe, entre otros sitios,
y a sostener la causa de los derechos humanos en China y de la
independencia tibetana.
Por Jean Bricmont (*) -
Revista Sin Permiso
Se
puede entender que mucha gente pensara sinceramente que la
Guerra de Irak iba a ser un paseíllo. Está, primero, la
experiencia de la II Guerra Mundial: los EEUU bombardearon
inmisericordemente Alemania y Japón, incluidas sus poblaciones
civiles; luego ocuparon militarmente esos países, imponiéndoles
un control casi total. Sin embargo, hoy, Alemania y Japón se
cuentan entre los aliados más fieles de los EEUU. Está por ver
la profundidad y la perdurabilidad de esa alianza, pero por
ahora es una realidad.
Ahí están, en segundo lugar, los
resultados de la Guerra Fría. Recuérdese que, por aquel entonces, los
gobiernos del este europeo, desde Bulgaria hasta Polonia, eran hostiles a
los EEUU. Ahora no desean otra cosa que la integración en la OTAN, los
avanzados sistemas de escudos antimisiles norteamericanos y la participación
en la ocupación de Irak. O más sorprendentemente aún, tenemos el caso de
Vietnam, en donde los inversores estadounidenses son ahora recibidos con los
brazos abiertos, cuando en un pasado no tan lejano los EEUU bombardearon
ferozmente Vietnam, matando a millones de personas y emponzoñando el medio
ambiente.
Incluso después de ver bombardeado su
pequeño país en 1999, los serbios se comportaron a pedir de boca, echando a
Milosevic y aceptando, al menos por un tiempo, gobiernos prooccidentales,
implícita o explícitamente anuentes con los bombardeos de su propio país.
Todo eso llevó a una visión del
mundo, dominante en Occidente, señaladamente entre los intelectuales mediáticos
–también (aun si no particularmente) entre intelectuales liberales y
sedicentemente de izquierda—, que podríamos llamar la Gran Ilusión Occidental.
Conforme a esa visión, el mundo, especialmente el Tercer Mundo, está lleno de
gentes oprimidas por unos gobiernos, los propios, dirigidos por dictadores
políticos y corruptos gestores económicos, y esas gentes no esperan sino ser
ayudadas o sostenidas o liberadas (si preciso es, con medios militares) por un
Occidente bueno, democrático, liberal y de mercados abiertos. Eso lleva a una
buena parte de la izquierda a apoyar "revoluciones democráticas" en Ucrania,
Bielorrusia, Líbano y Zimbabwe, entre otros sitios, y a sostener la causa de los
derechos humanos en China y de la independencia tibetana.
Es esa una ilusión dimanante de
obviar lo que ha sido el cambio fundamental del siglo XX, o al menos, el cambio
que ha tenido el mayor y más perdurable impacto: no el fascismo o el comunismo,
que en verdad pertenecen al pasado, sino la descolonización. No sólo liberó ese
movimiento a centenares de millones de personas de una forma de dominación
racista particularmente brutal, sino que invirtió lo que había sido la tendencia
dominante de la historia del mundo desde finales del siglo XVI, y es a saber: el
movimiento expansivo de Europa. El siglo XX marcó el declive de Europa, y la
substitución de Europa por los EEUU como centro del sistema mundial está
probablemente destinada a tener corta vida.
Cuando entendemos eso, es fácil ver
la fuente de todas nuestra ilusiones actuales. Alemania y Japón fueron, antes de
la guerra, potencias imperialistas, y en parte por esa razón, ferozmente
anticomunistas. Así pues, lo que los EEUU ofrecieron a sus elites, tras la
guerra, fue que continuaran haciendo lo que venían haciendo antes de la guerra,
es decir, luchar contra el comunismo, pero por vías relativamente pacíficas y
bajo liderazgo norteamericano. Eso era una "salida" para las potencies
derrotadas, harto más aceptable para ellas que el Tratado de Versalles impuesto
a las Potencias Centrales luego de la I Guerra Mundial. Explica por qué la
política norteamericana en Alemania y Japón tras la II Guerra Mundial fue
relativamente exitosa y condujo a una alianza estable, al menos hasta ahora.
Análogas consideraciones valen para
la "victoria" en la Guerra Fría. El talón de Aquiles de los soviéticos fue
siempre su control de la Europa del este. En realidad, el grueso de la población
se sentía "europea", y sus elites miraban con tanta envidia al Occidente
"civilizado" como desdén sentían por el Este "bárbaro". De manera que su
"control" por parte de los soviéticos fue una fuente permanente de problemas
(sublevación en la Alemania oriental de 1953, Hungría 1956, Praga 1968, Polonia,
etc.). Y por supuesto, en estos países los EEUU fueron acogidos después de 1989
con superlativa calidez. Pero esa calidez se extiende, cuando mucho, a la
Ucrania occidental; y ahí termina. Los rusos, lo mismo que las antiguas
repúblicas soviéticas asiáticas, no se sienten tan occidentales, y saben que
nunca serán considerados parte "del Occidente".
Lo que vale a fortiori para
China, América Latina y el mundo musulmán. No hay nada "positivo" que los EEUU
puedan ofrecer al Irak y al Afganistán actuales en compensación por la guerra.
Viajando por Siria en 2002, un pequeño empresario (pro-occidental, en cierto
sentido) me contó que "el 80% de las gentes de la región querían que Sadam se
fuera, pero si quienes tienen que echarlo son los norteamericanos, el 100% está
en contra; en realidad, hemos tenido a los turcos, luego a los británicos y a
los franceses, ahora a los israelíes; no queremos más colonialismo". Tenía toda
la razón, y esa verdad tan obvia raramente fue entendida entonces en Occidente,
ni siquiera entre la gente que se movilizaba contra la guerra (que a menudo se
mostraba favorable a una intervención occidental, bien que de formas más suaves
que la de Bush, no militares).
Una de las debilidades capitales de
la izquierda occidental contemporánea es, precisamente, su incapacidad para
registrar, en su visión del mundo, el fallecimiento del colonialismo cuando se
embarca en campañas a favor de la democracia o de los derechos humanos o de las
minorías en el Tercer Mundo. El ejemplo más reciente de una campaña de este tipo
es la agitación en torno de los Juegos Olímpicos en China, particularmente
virulenta en París, que es ahora la capital mundial de un imperialismo
"humanitario" que ha venido a reemplazar al marxismo y al paródico
revolucionarismo sesentaiochesco. La cuestión no es si el movimiento "Free Tibet"
es legítimo o no, ni siquiera si el Dalai Lama es un antiguo esclavista y un
hombre de paja de la CIA, sino otra mucho más básica: ¿qué esperamos "nosotros"
(la izquierda occidental) conseguir allí? China no es Serbia, y no va a dejarse
bombardear sumisamente. Nosotros dependemos económicamente más de ellos que
ellos de nosotros, de manera que las sanciones económicas (otro instrumento
dilecto de la pretendida izquierda humanitaria) tampoco pueden funcionar.
Tanto como nosotros recordamos la II
Guerra Mundial y el holocausto, China guarda en la memoria su subyugación por
potencias extranjeras y su desmembramiento. China también dice "nunca más".
Obviamente, y con razón o sin ella, ve nuestra actual agitación sobre el Tibet
como una continuación de nuestras políticas del pasado. Y eso vale para todos
los chinos, sean cualesquiera sus creencias políticas. Lo mejor que podríamos
hacer por los tibetanos sería dar garantías a China de que no tenemos ambiciones
imperialistas en esa parte del mundo. Pero toda la agitación sobre el Tibet, lo
mismo que la instalación de bases militares estadounidenses en el Asia Central,
va exactamente en la dirección contraria.
Huelga decir que cada vez que
intervenimos encontramos gentes, disidentes o minorías, que están aparentemente
de "nuestro lado". Pero, las más veces, como en el caso de los nacionalistas
albano-kosovares, o en el de los actuales dirigentes iraquíes, sólo porque eso
les permite servirse del poder de EEUU para promover sus propios fines. Mas esos
fines, crear un estado étnicamente puro en Kosovo o un estado islámico en Irak,
no necesariamente coinciden con los de los gobernantes estadounidenses (que
también sufren de ilusiones occidentales), y mucho menos, con los fines más
ambiciosos de la izquierda occidental.
El "apoyo a las minorías",
inveteradamente usado por los imperialistas para debilitar a estados rivales, es
una de las políticas más irresponsables. Porque, ¿qué pasa con esas minorías
cuando se retira el imperio y las deja a merced de sus vecinos, que las
consideran traidoras? ¿Qué les pasó a los Hmongs en Laos, tras la retirada
norteamericana? ¿O a los grupos proalemanes en la Europa del este, tras la
derrota de Alemania?
Lo que la izquierda occidental
debería hacer es promover un punto de vista realista de la situación mundial y
una política exterior fundada en ese realismo. Es verdad que "realismo" suena
ahora como una fea palabra en los oídos de la izquierda. Pero todo depende de
adonde lleve un análisis realista: si uno piensa que es todopoderoso, y tal es
el caso (como ocurrió en el pasado en el enfrentamiento entre el Occidente y el
resto del mundo), entonces una política realista puede ser una política de
expolio brutal. Pero sin uno no es tan fuerte como cree, entonces un mayor
realismo debería llevar a una política más prudente. Si Hitler hubiera sido un
"realista", no habría desencadenado la II Guerra Mundial, y desde luego, no
habría invadido la Unión Soviética. Si los EEUU hubieran sido más realistas, no
se habrían librado a la escalada bélica en Vietnam a comienzos de los sesenta,
ni habrían invadido Irak en 2003. Por lo demás, una visión realista de las cosas
llevaría a los EEUU a retirar un apoyo a Israel que no aporta petróleo, cuesta
un montón de dinero y fomenta una gigantesca animosidad contra los EEUU.
Es irónico que la posición más
progresista (al menos, objetivamente) en estos asuntos sea a menudo la de los
capitalistas que, las más veces, favorecen la apertura comercial, más que los
boicots o las sanciones –o los conflictos bélicos— humanitariamente motivados.
Obviamente, uno puede estar a favor de limitar el poder de los capitalistas,
incluyendo el comercio, por razones sociales o económicas; pero, en lo que hace
a las relaciones internacionales, la izquierda debería sostener una posición
similar, que es también la del movimiento de no-alineados, a saber: cooperación
mutua y rechazo de las sanciones unilaterales (no resueltas por la ONU).
El problema de las elites
norteamericanas, y en general, occidentales, no es sólo que estén dispuestas a
poner por obra políticas violentas aproadas a sus intereses, sino que una
arrogancia sin brida les impele también a llevar a cabo políticas violentas
contrarias a sus propios intereses. Ya no controlamos el mundo, y de la negativa
a aceptar este hecho se siguen miserias sin cuento. Lejos de apoyar
intervenciones "humanitarias", la izquierda debería promover una estimación más
realista de las relaciones de fuerza en el mundo y una política basada en el
diálogo, en el respeto de la soberanía nacional y en la no-intervención.
******
(*)Jean Bricmont,
miembro del Consejo Editorial de
SINPERMISO,
es profesor de física en la Universidad de Louvain la Neuve, Bélgica. Es
miembro del Tribunal de Bruselas. Su
último
libro acaba de publicarse en
Monthly Review Press:
Humanitarian Imperialism
(traducción castellana en
prensa en la Editorial Viejo Topo, Barcelona). Es sobre todo conocido en el
mundo hispano por su libro –coescrito con el físico norteamericano Alan Sokal—
Imposturas intelectuales (Paidós, 1999), un brillante y demoledor alegato
contra la sedicente izquierda académica relativista francesa y norteamericana
en boga en los últimos lustros del siglo pasado. Una larga entrevista
político-filosófica a Bircmont puede verse en el
Número
3 de la Revista SINPERMISO
en papel (mayo de 2008).