(IAR Noticias) 05-Junio-08
En una democracia imperialista, la guerra no puede declararse
con un simple decreto presidencial; exige el consentimiento de unas masas
fuertemente motivadas y dispuestas a aceptar los sacrificios humanos y
materiales que conlleva. Los líderes imperialistas tienen que crear
sentimientos de injusticia y moralidad visibles y de gran carga emocional a
fin fomentar la cohesión nacional y superar la oposición natural a las muertes
tempranas, la destrucción y la perturbación de la vida civil, así como la
brutal militarización que acompaña a la sumisión al dominio absolutista por
parte de los militares.
Por James Petras - Rebelión
Traducido del inglés para Rebelión por S. Seguí
La exigencia de inventarse una causa es particularmente
evidente en los países imperialistas, por cuanto su territorio nacional no
está amenazado. No hay un ejército de ocupación a la vista que oprima a las
masas del país en su vida cotidiana. El enemigo no perturba la vida
normal de cada día, como lo haría el reclutamiento forzoso. ¿Quién estaría
dispuesto, en tiempo de paz, a sacrificar sus derechos constitucionales y su
participación en la sociedad civil hasta sujetarse a una ley marcial que
impidiera el ejercicio de todas sus libertades civiles?
La tarea de los gobernantes imperiales consiste en inventarse
un mundo en el que el enemigo que vayan a atacar –por ejemplo, una potencia
emergente como Japón— sea presentado como un invasor; o cuando se trate de
movimientos revolucionarios –los comunistas chinos o coreanos— en guerra civil
contra un gobernante satélite del imperio como un movimiento de agresión; o
bien como una conspiración terrorista vinculada a movimientos
antiimperialistas o anticoloniales islámicos o laicos. Las democracias
imperialistas del pasado no tenían necesidad de consultar a las masas o de
ganarse su apoyo en sus guerras expansionistas; contaban con ejércitos
voluntarios, mercenarios y súbditos coloniales dirigidos y mandados por
oficiales coloniales. Sólo con la confluencia del imperialismo, de las
políticas electorales y de la guerra total surgió la necesidad de conseguir
además el consentimiento y el entusiasmo que permitan llevar a cabo el
reclutamiento masivo y obligatorio.
Dado que todas las guerras imperiales de Estados Unidos se han
librado en ultramar, – lejos de cualquier amenaza de ataque o invasión— los
gobernantes estadounidenses se hallan ante la particular tarea de conseguir un
casus belli inmediato, espectacular e hipócritamente defensivo.
Con este objetivo, los presidentes de EE UU han creado
circunstancias, inventado incidentes y actuado en complicidad con sus
enemigos, a fin de excitar el belicoso temperamento de las masas en favor de
la guerra.
El pretexto para las guerras son actos de provocación que ponen
en marcha una serie de contramedidas por parte del enemigo, que luego se
utilizan para justificar una movilización militar masiva por parte del imperio
y legitimar así la guerra.
Las provocaciones maquinadas por los Estados requieren la
complicidad uniforme de los medios de comunicación de masas en el periodo
previo a la guerra abierta, es decir requieren que se presente a la potencia
imperial como víctima de su propia y confiada inocencia y sus buenas
intenciones. Las cuatro guerras imperiales principales libradas por Estados
Unidos en los últimos 67 años recurrieron a provocaciones, pretextos e intensa
propaganda por parte de los medios de comunicación de masas con el fin de
movilizar a éstas en favor de la guerra. Un ejército de académicos,
periodistas y expertos de los medios de comunicación reblandecen al
público en preparación para la guerra por medio de escritos y comentarios
demonizantes. Todos y cada uno de los aspectos de los objetivos militares se
presentan como el mal total –y por ende, totalitario–, en el que hasta la más
benigna política está vinculada a unos fines demoníacos del Estado en
cuestión.
Dado que el enemigo en ciernes no tiene ningún lado bueno y,
peor aún, dado que el Estado totalitario controla todo y a todos, no es
posible ningún proceso de reforma interna o de cambio. De ahí que la derrota
del mal total sólo pueda alcanzarse mediante la guerra total. El
Estado y el pueblo convertidos en objetivos deben ser destruidos a fin de ser
redimidos. En pocas palabras, es preciso disciplinar la democracia imperial y
convertirla en un monstruo militar basado en la complicidad de las masas con
sus crímenes de guerra imperial. La guerra contra el totalitarismo se
convierte en el vehículo de control estatal total necesario para la guerra
imperial.
En las guerras contra Japón, Corea, Vietnam y la guerra post 11
de septiembre contra un régimen nacionalista, laico e independiente de Iraq y
la república islámica de Afganistán, el gobierno estadounidense, con el apoyo
uniforme de los medios de comunicación y el Congreso, provocó una respuesta
hostil por parte de sus objetivos y maquinó un pretexto en el que se basó la
movilización masiva para unas guerras sangrientas y prolongadas.
Provocación y pretexto en la guerra contra Japón.
El presidente Franklin Delano Roosevelt (FDR) puso muy alto el
listón en materia de provocación y creación de pretextos capaces de socavar el
sentimiento mayoritariamente contrario a la guerra, y de unificar y movilizar
el país para el conflicto. Robert Stinnett, en su brillante y documentado
estudio Day of Deceit: The Truth About FDR and Pearl Harbor (El día del
engaño. La verdad sobre FDR y Pearl Harbor) demuestra que Roosevelt provocó la
guerra con Japón al seguir metódica y deliberadamente un programa de ocho
pasos de hostigamiento y bloqueo contra Japón desarrollado por el comandante
Arthur H. McCollum, director del Departamento de Extremo Oriente de la Oficina
de Inteligencia de la Marina de Estados Unidos. En el estudio se presenta una
documentación sistemática de los telegramas estadounidenses en los que se
informaba del seguimiento de la armada japonesa hacia Pearl Harbor, que
demuestran claramente que Roosevelt supo de antemano del ataque japonés a la
citada base, al haber seguido cada paso de la flota japonesa a lo largo de su
recorrido.
Peor aún, Stinnett revela que al almirante H.E. Kimmel,
encargado de la defensa de Pearl Harbor, se le negó el acceso a los decisivos
informes del espionaje estadounidenses relativos a los movimientos de
aproximación de la flota japonesa, con lo que le impidió la defensa de la
base. El ataque furtivo de los japoneses, que produjo la muerte de más
de 3.000 militares estadounidenses y la destrucción de un gran número de
buques y aviones, provocó con éxito la guerra que FDRoosevelt había deseado.
En la etapa anterior al ataque, el presidente Roosevelt había ordenado la
ejecución del memorando de octubre de 1940 elaborado por los servicios de
inteligencia de la Marina y cuyo autor fue el citado McCollum, con las ocho
medidas concretas equivalentes a acciones de guerra, entre otras el bloqueo
económico de Japón, el suministro de armas a los enemigos de Japón, impedir a
Tokio el acceso a determinadas materias primas de valor estratégico para su
economía, y la denegación de acceso portuario, con todo lo cual se provocaba
la confrontación militar. Para superar el rechazo generalizado a la guerra,
Roosevelt necesitaba que Japón cometiese una acción espectacular, destructiva
e inmoral contra una base militar estadounidenses claramente defensiva
que convirtiese a la pacifista opinión pública norteamericana en una máquina
de guerra cohesionada, indignada y biempensante. De ahí la decisión
presidencial de rebajar la defensa de Pearl Harbor al negar al almirante
Kimmel, datos básicos sobre el previsto ataque del 7 de diciembre de 1941. El
precio pagado por EE UU fue de 2.923 muertos y 879 heridos, y una acusación y
juicio contra el almirante Kimmel por negligencia. A cambio, Roosevelt
consiguió su guerra. El exitoso resultado de la estrategia de Roosevelt
condujo a medio siglo de supremacía imperial en la región de Asia y el
Pacífico. Sin embargo, un resultado no previsto fue la derrota de las tropas
imperiales japonesas y estadounidenses en China continental y en Corea del
Norte por los victoriosos ejércitos comunistas de liberación nacional.
Provocación y pretexto en la guerra contra Corea
La incompleta conquista de Asia, tras la derrota del
imperialismo japonés a manos de Estados Unidos, y en particular los
levantamientos revolucionarios en China, Corea e Indochina, plantearon un
desafío estratégico a los constructores del imperio estadounidense. La masiva
ayuda financiera y militar que facilitaron a sus satélites chinos no pudo
impedir la victoria del Ejército Rojo antiimperialista. El presidente Harry
Truman se halló ante un grave dilema: cómo consolidar la supremacía imperial
estadounidense en el Pacífico en una era de crecientes levantamientos
nacionalistas y comunistas, cuando una gran mayoría de los soldados y civiles
estadounidenses, hartos de guerra, exigían la desmovilización y el regreso a
la vida y la economía civil. Como Roosevelt en 1941, Truman tenía que provocar
una confrontación tal que pudiese dramatizarse como un ataque ofensivo contra
Estados Unidos –y sus aliados– y que pudiese servir como pretexto para
vencer la generalizada resistencia a otra guerra imperial.
Truman y el mando militar del Pacífico, a cargo del general
Douglas MacArthur, optaron por la península de Corea como escenario para la
detonación de la guerra. Durante la guerra coreano-japonesa, las fuerzas
guerrilleras comunistas habían liderado la guerra de liberación nacional
contra el ejército japonés y sus colaboradores coreanos. Tras la derrota de
Japón, la revuelta nacional se convirtió en lucha social revolucionaria contra
las clases altas coreanas, colaboradoras de los ocupantes japoneses. Tal como
señala Bruce Cumings en su clásica obra The Origins of Korean War (Los
orígenes de la guerra de Corea), la guerra civil precedió y definió el
conflicto antes y después de la ocupación estadounidense y la división de
Corea en un Norte y un Sur. Los avances políticos del movimiento
nacional de masas, dirigido por los comunistas antiimperialistas junto al
descrédito de los colaboradores coreanos de las fuerzas de ocupación,
socavaron los esfuerzos de Truman por dividir arbitrariamente el país
geográficamente. En plena guerra civil de clases, Truman y MacArthur
crearon una provocación: intervinieron para establecer bases militares y un
ejército de ocupación estadounidenses, y armaron a los anteriores
colaboradores con la ocupación japonesa, de carácter antirrevolucionario. La
presencia hostil de Estados Unidos en un mar de ejércitos
antiimperialistas y movimientos sociales civiles condujo inevitablemente a la
escalada del conflicto social, en el que los satélites coreanos de Estados
Unidos llevaban las de perder. A medida que el Ejército Rojo avanzaba con
rapidez desde sus bases en el Norte y unía sus fuerzas a los movimientos
sociales revolucionarios del Sur se encontró con una feroz represión y
matanzas de civiles, trabajadores y campesinos antiimperialistas a manos de
los colaboradores de EE UU, de quien recibían el armamento. Ante la inminente
derrota, Truman declaró que la guerra civil era realmente una invasión de los
coreanos del Norte contra el territorio del Sur. Truman, como
Roosevelt estaba dispuesto a sacrificar a las tropas estadounidenses
colocándolas bajo el fuego directo de los ejércitos revolucionarios, a fin de
militarizar y movilizar la opinión pública estadounidense en defensa de sus
avanzadillas imperiales en la parte septentrional de la península de Corea.
En los preparativos de la invasión estadounidense de Corea,
Truman, el Congreso y los medios de comunicación llevaron a cabo una campaña
de propaganda y purga de las organizaciones pacifistas y antimilitaristas en
toda la sociedad civil estadounidense. Decenas de miles de personas perdieron
sus empleos, centenares fueron encarceladas y centenares de miles fueron
puestos en listas negras. Los sindicatos y las organizaciones cívicas fueron
copados por individuos favorables a la guerra y al imperio. La propaganda y
las purgas facilitaron la propagación del peligro de una nueva guerra mundial,
so pretexto de que la democracia estaba amenazada por el totalitarismo
comunista en expansión. En realidad, la democracia había sido degradada en
preparación de una guerra imperial destinada a sostener a un satélite y
conseguir una cabeza de playa militar en el continente asiático.
La invasión estadounidense de Corea en sostén de su tiránico
satélite fue presentada como una respuesta a la invasión de Corea del Norte
contra Corea del Sur, y a la amenaza a nuestros soldados
defensores de la democracia. Las elevadas pérdidas sufridas por las tropas
estadounidenses en retirada desmintieron las declaraciones del presidente
Truman de que esa guerra imperial era sólo una operación policial. A finales
del primer año de la guerra imperial, la opinión pública se volvió contra la
guerra y pasó a considerar a Truman como un guerrerista mentiroso. En 1952, el
electorado optó por el general Dwight Eisenhower y su promesa de terminar con
la guerra, y en 1953 se logró un armisticio. El uso de una provocación militar
por parte de Truman para detonar un conflicto con los ejércitos
revolucionarios coreanos triunfantes y luego la manipulación del pretexto de
un supuesto peligro para las fuerzas estadounidenses le permitió lanzar una
guerra pero no conseguir una victoria completa: la guerra finalizó con una
Corea dividida. Truman abandonó la presidencia en desgracia y descrédito, y en
la opinión pública predominó el antibelicismo durante el siguiente decenio.
El pretexto del incidente del golfo de
Tonkín y la guerra de Indochina
La invasión y la guerra de Estados Unidos contra Vietnam
forman parte de un proceso prolongado que comenzó en 1954 y duró hasta la
derrota final de 1975. De 1954 a 1960 Estados Unidos envió asesores militares
para entrenar el ejército del corrupto, impopular y fracasado régimen
colaboracionista del presidente Ngo Dinh Diem. Con la elección del presidente
John F. Kennedy, Washington aumentó drásticamente el número de asesores
militares, comandos –los llamados boinas verdes– y escuadrones de la
muerte (Plan Phoenix). A pesar de la intensificación de la participación
estadounidense y su papel preponderante en la dirección de las operaciones
militares, el subalterno ejército survietnamita estaba perdiendo la guerra
contra Fuerzas Armadas Populares de Liberación (Viet Cong) y el Frente de
Liberación Nacional de Vietnam del Sur (FNL), que contaban con el apoyo claro
de la abrumadora mayoría del pueblo vietnamita.
Tras el asesinato del presidente Kennedy, Lyndon Johnson
asumió la presidencia y se halló ante el inminente colapso del régimen títere
vietnamita y la derrota de su protegido, el ejército de Vietnam del Sur.
Estados Unidos perseguía dos objetivos estratégicos con la
guerra de Vietnam. El primero estaba relacionado con el establecimiento de una
serie de gobiernos satélites y bases militares en Corea, Japón, Filipinas,
Taiwan, Indochina, Pakistán, Birmania septentrional (por mediación de los
señores del opio, descendientes del Kuomingtang, y los secesionistas
shan) y Tíbet, con el objetivo general de rodear a China, desarrollar
operaciones de comandos en el interior de este país con ayuda de las fuerzas
militares subordinadas, y bloquear el acceso de este país a sus mercados
naturales. El segundo objetivo estratégico en la invasión y ocupación
estadounidense de Vietnam era parte de su programa general de destrucción de
los poderosos movimientos nacionales de liberación y antiimperialistas
existentes en Asia del Suroeste, en particular en Indochina, Indonesia y
Filipinas. El objetivo era la consolidación de regímenes clientelares que
permitiesen establecer bases militares, desnacionalizasen y privatizasen sus
materias primas y proporcionasen apoyo político y militar a la construcción
del imperio estadounidense. La conquista de Indochina era parte esencial de
dicha construcción imperial en Asia. Washington contaba con que al derrotar al
país más potente del Sureste asiático y el movimiento antiimperialista más
importante de la zona, los países vecinos, en particular Laos y Camboya,
caerían fácilmente.
Washington tuvo que hacer frente a múltiples problemas. En
primer lugar, debido al colapso del régimen y el ejército títeres
survietnamitas Estados Unidos tuvo que proceder a una escalada masiva de su
presencia militar, en la que sus propias fuerzas sustituyeron a las del
régimen títere y extendieron e intensificaron sus bombardeos a Vietnam del
Norte, Camboya y Laos. En pocas palabras, convirtió una guerra encubierta y
limitada en una guerra masiva y de dominio público.
El segundo problema fue la reticencia de importantes sectores
de la opinión pública estadounidense, en particular los estudiantes
universitarios –y sus progenitores de clase media y clase trabajadora–, que se
hallaban ante el reclutamiento obligatorio y que eran opuestos a la guerra. La
escala y la amplitud de la participación militar prevista y considerada
necesaria para vencer en la guerra imperial requería un pretexto, una
justificación.
El pretexto debía ser concebido de modo que pudiese
presentarse a los ejércitos invasores estadounidenses en situación de
respuesta a un ataque inesperado de una potencia agresora (Vietnam del Norte).
El presidente Johnson, el secretario de Defensa, el alto mando de la Marina y
la Fuerza Aérea, el Consejo Nacional de Seguridad, todos actuaron de modo
concertado. Lo que se conoció como el incidente del golfo de Tonkín
partió de una información inventada sobre un par de supuestos ataques, los
días 2 y 4 de agosto de 1964, frente a la costa de Vietnam del Norte por parte
de las fuerzas navales de la República Democrática de Vietnam contra dos
destructores estadounidenses: el USS Maddox y el USS Turner Joy. Utilizando
como pretexto el relato inventado de dichos ataques, el Congreso
estadounidense aprobó casi por unanimidad la Resolución del Golfo de Tonkín,
de 7 de agosto de 1964, que puso en manos del presidente Johnson todos los
poderes para desarrollar la invasión y ocupación de Vietnam, que en 1966 llegó
a la cifra de 500.000 efectivos militares estadounidenses. La Resolución del
Golfo de Tonkín autorizó al presidente Johnson a llevar a cabo operaciones
militares en toda Asia suroriental sin necesidad de una declaración de guerra,
a la vez que le proporcionaba la libertad de “tomar todas las medidas
necesarias, incluso el uso de la fuerza armada, en apoyo de todo miembro o
Estado incluido en el protocolo del Tratado de Defensa Colectiva de Asia del
Sureste que pida asistencia en defensa de la libertad.”
El 5 de agosto de 1964, Lyndon Johnson se dirigió al país por
radio y televisión, y anunció un bombardeo masivo de represalia sobre
instalaciones navales norvietnamitas, operación bautizada como Pierce Arrow.
En 2005, algunos documentos oficiales hechos públicos por el Pentágono, el
Organismo de Seguridad Nacional (NSA) y otros departamentos gubernamentales
revelaron que no hubo ataque vietnamita. Al contrario, según el Instituto
Naval de Estados Unidos, en 1961 había comenzado ya un programa de ataques
secretos a cargo de la CIA contra Vietnam del Norte, que fue retomado por el
Pentágono en 1964. Estos ataques marítimos a la costa norvietnamita realizados
por medio de patrulleras ultrarrápidas de fabricación noruega (adquiridas por
EE UU para la marina títere survietnamita y bajo control directo de la marina
estadounidense) fueron parte de la operación. El secretario de Defensa, Robert
McNamara, reconoció ante el Congreso que buques de guerra estadounidenses
participaron en ataques a la costa norvietnamita antes del llamado incidente
del Golfo de Tonkín, desmontando las acusaciones del presidente Johnson de un
ataque no provocado. La principal mentira, no obstante, fue la
afirmación de que el USS Maddox respondió al ataque de una patrullera
norvietnamita. Los buques vietnamitas, según informaciones posteriores de la
NSA hechos públicos en 2005, ni siquiera llegaron a acercarse al Maddox y se
hallaban a una distancia superior a los nueve kilómetros. El buque
estadounidense realizó tres disparos de cañón y luego afirmó haber sufrido
daños en su quilla por disparos de una ametralladora calibre 14.5 mm. El
ataque del 4 de agosto nunca tuvo lugar. El capitán John Herrick, del USS
Turner Joy, afirmó por cable que “muchos de los contactos y disparos de
torpedos parecen dudosos… No ha habido contacto visual (de buques
norvietnamitas) por el Maddox.”
Las consecuencias del montaje del incidente y la provocación
del Golfo de Tonkín fueron la justificación de una escalada de guerra que
costó la vida a cuatro millones de personas en Indochina, y que mutiló,
desplazó e hirió a varios millones más, además de causar la muerte de 58.000
militares estadounidenses y heridas a medio millón más en un esfuerzo fallido
de construcción militarista del imperio. En otros lugares de Asia, los
constructores del imperio estadounidense consolidaron sus gobiernos títere: en
Indonesia, que tenía uno de los mayores partidos comunistas legales del mundo,
un golpe militar diseñado por la CIA, con la aprobación de Johnson, llevó al
poder al general Suharto, quien asesinó a más de un millón de sindicalistas,
campesinos, intelectuales progresistas, maestros y comunistas (junto a
los miembros de sus familias).
Lo llamativo de la declaración de guerra de EE UU en Vietnam
es que este país no respondió a las provocaciones de la Marina que sirvieron
de pretexto para la guerra. Por consiguiente, Washington tuvo que inventarse
una respuesta vietnamita para poder utilizarla como pretexto para la guerra.
La idea de inventarse falsas amenazas militares –como el
incidente del golfo de Tonkín— y luego utilizarlas como pretexto para lanzar
la guerra contra Vietnam se repitió en el caso de las invasiones de Iraq y
Afganistán. De hecho, los creadores de las políticas del gobierno de Bush que
lanzaron las dos citadas guerras, intentaron impedir la publicación de un
informe realizado por el más alto comandante de la Marina, en el que refería
cómo la NSA distorsionó los informes de inteligencia relativos al incidente de
Tonkín a fin de cumplir el ardiente deseo del gobierno de Johnson de contar
con un pretexto para la guerra.
El pretexto del 11 de septiembre y las invasiones de Iraq y Afganistán
En 2001, la gran mayoría del público estadounidense estaba
preocupado por una serie de problemas internos: la recesión económica, la
corrupción empresarial (Enron, WorldCom, etc.), el estallido de la burbuja
punto com o cómo evitar un nuevo enfrentamiento militar en Oriente
Próximo. No se percibía en Estados Unidos ningún interés en ir a la guerra por
Israel, ni lanzar una nueva contra Iraq, especialmente después de la derrota y
humillación de este país diez años antes, y de las brutales sanciones
económicas que se le habían impuesto. Las compañías petroleras estadounidenses
negociaban nuevos acuerdos con los países del Golfo y tenían en perspectiva,
con algo de suerte, un Oriente Próximo estable y en paz con el único borrón de
Israel y sus salvajes ataques contra los palestinos y sus amenazas a sus
adversarios. En la elección presidencial del año 2000, George W. Bush fue
elegido a pesar de haber perdido en la votación popular, en gran parte gracias
a manejos electorales (con la complicidad del Tribunal Supremo) que impidieron
el voto de parte de la población de raza negra en Florida. La belicosa
retórica de Bush, y su énfasis en la seguridad nacional, tuvo ecos sobre todo
en sus asesores sionistas y en el lobby pro israelí; el resto de
estadounidenses hizo oídos sordos. Esta brecha entre los planes para Oriente
Próximo de sus principales cargos sionistas en el Pentágono, la oficina del
vicepresidente y el NSC, y las preocupaciones del pueblo estadounidense en
general con sus problemas internos era llamativa. Ni los artículos de los
periódicos sionistas, ni la retórica y la teatralidad anti árabe y anti
musulmana proferida por Israel y sus portavoces en EE UU tenían repercusión
sobre la opinión pública. En general, nadie creía en una amenaza inminente
para la seguridad nacional por un ataque terrorista catastrófico, definido
como un ataque con armas químicas, biológicas o nucleares. La opinión pública
estadounidense estimaba que las guerras de Israel en Oriente Próximo y la
exigencia por parte de sus voceros en Estados Unidos de una intervención no
formaban parte de sus vidas ni de los intereses nacionales.
El principal desafío de los militaristas del gobierno de Bush
era cómo hacer que la opinión pública estadounidense apoyase el nuevo programa
bélico para Oriente Próximo a falta de cualquier tipo de amenaza visible,
creíble e inmediata por parte de un país soberano de Oriente Próximo.
Los sionistas gozaban de posiciones privilegiadas en todos los
puestos clave de gobierno como para lanzar una guerra ofensiva de alcance
mundial. Tenían ideas claras sobre qué países atacar (los adversarios de
Israel en Oriente Próximo), habían definido la ideología pertinente (guerra
contra el terrorismo, defensa preventiva), habían proyectado una
secuencia bélica, y habían vinculado su estrategia bélica regional a una
ofensiva militar global contra todo tipo de gobiernos, movimientos y líderes
opuestos a la construcción imperial por los medios militares estadounidenses.
Lo único que necesitaban era coordinar a la élite para facilitarle un
incidente terrorista catastrófico que pudiera desencadenar la nueva guerra
mundial que habían expuesto y defendido públicamente.
La clave del éxito de la operación consistía en incitar a los
terroristas y en propiciar una negligencia calculada y sistemática, marginando
deliberadamente a los agentes de los servicios secretos y los informes de
organismos de inteligencia que identificaban a los terroristas, sus planes y
sus métodos. En subsiguientes audiencias de investigación, era preciso
fomentar la imagen de negligencia, ineptitud burocrática y fallos de
seguridad a fin de cubrir la complicidad del gobierno en el éxito de los
terroristas. Era absolutamente esencial contar con un elemento que permitiera
movilizar un apoyo masivo y ciego al lanzamiento de una guerra mundial de
conquista y destrucción centrada en los países y los pueblos árabes y
musulmanes, y este elemento era un acontecimiento catastrófico del que pudiera
responsabilizarse a éstos.
Después del choque inicial del 11 de septiembre y la campaña
propagandística desencadenada, que saturó los hogares estadounidenses, algunos
elementos críticos comenzaron a cuestionar los preparativos del atentado,
especialmente cuando algunos informes de organismos de inteligencia nacionales
y extranjeros comenzaron a difundir que los responsables estadounidenses de
las políticas tenían informaciones claras de los preparativos del ataque
terrorista. Tras muchos meses de presión popular sostenida, el presidente Bush
procedió a crear una comisión de investigación de los hechos del 11 de
septiembre, presidida por antiguos políticos y funcionarios gubernamentales.
Philip Zelikow, académico y ex funcionario gubernamental, destacado defensor
de la defensa preventiva (es decir, la política de guerra ofensiva
promovida por los militantes sionistas del Gobierno), fue nombrado director
ejecutivo encargado de preparar y redactar el informe oficial de la Comisión
de Investigación del 11 de septiembre. Zelikow estaba al corriente de la
necesidad de un pretexto –como el del 11 de septiembre– para lanzar una guerra
permanente de ámbito mundial que él mismo había recomendado. Con una sagacidad
que sólo podía venir de alguien familiarizado con el montaje que condujo a la
guerra, Zelikow había escrito: “Como Pearl Harbor, este acontecimiento
dividiría a nuestro pasado y nuestro futuro en un antes y un después. Estados
Unidos (sic) podría responder con medidas draconianas, reducción de las
libertades civiles, una mayor vigilancia de los ciudadanos, la detención de
sospechosos y la utilización de fuerza letal (tortura)”, (véase Philip Zelikow
y otros, Catastrophic Terrorism – Tackling the New Dangers, Foreign
Affairs, 1998).
Zelikow dirigió el informe de la Comisión que eximió al
gobierno de todo conocimiento o complicidad en el 11-S, pero que convenció a
pocos estadounidenses, al margen de los medios de comunicación y el Congreso.
Las encuestas realizadas en el verano de 2003 sobre los datos y las
conclusiones de la Comisión mostraron que una mayoría de la opinión pública
estadounidense, especialmente la población neoyorquina, expresaba públicamente
un alto grado de desconfianza y rechazo. El público sospechaba de la
complicidad del Gobierno, especialmente cuando se reveló que Zelikow había
consultado a algunas de las principales figuras investigadas, como el
vicepresidente Dick Cheney y el gurú presidencial Karl Rove. En respuesta a
los ciudadanos escépticos, Zelikow tuvo un rapto de locura y calificó a los no
creyentes de “gérmenes patógenos cuya infección debía combatirse.” Con un
lenguaje que recordaba la retórica social-darwinista hitleriana, se refirió a
las críticas al encubrimiento de la Comisión como “bacterias que pueden
infectar el cuerpo entero de la opinión pública.” Sin duda, este berrinche
pseudocientífico reflejó el miedo y asco que Zelikow siente por los que lo
involucraron con un régimen militarista que inventó el pretexto para una
guerra catastrófica en favor del Estado favorito de Zelikow: Israel.
A lo largo de la década de 1990, la construcción imperial
desarrollada por EE UU e Israel había tomado una renovada virulencia: Israel
siguió despojando a los palestinos y ampliando sus asentamientos coloniales; y
George Bush senior invadió Iraq y destruyó sistemáticamente la
infraestructura económica militar y civil de este país, a la vez que fomentaba
la creación del estado satélite de Kurdistán, tras la adecuada limpieza
étnica, al norte del país. Como su antecesor, Ronald Reagan, el presidente
George H. Bush dio su apoyo a fuerzas irregulares anticomunistas en su
conquista de Afganistán, fuerzas que libraron una guerra santa contra
un gobierno laico nacionalista y de izquierdas. Al mismo tiempo, intentó
equilibrar la construcción imperial por vía militar con la expansión del
imperio económico estadounidense, sin ocupar Iraq y tratando, sin éxito, de
frenar la expansión colonial israelí en Cisjordania.
Con la llegada de Bill Clinton a la presidencia, se retiraron
todas las trabas a la construcción militar del imperio. Clinton provocó una
destructiva guerra balcánica, bombardeó sin piedad y desmembró Yugoslavia,
bombardeó periódicamente Iraq y amplió las bases militares estadounidenses en
los Emiratos Árabes. Bombardeó la principal fábrica de productos farmacéuticos
de Sudán, invadió Somalia e intensificó el criminal boicot económico a Iraq
que produjo la muerte de unos 500.000 niños. En el seno del gobierno de
Clinton, algunos sionistas liberales pro Israel se unieron a los constructores
del imperio en posiciones clave para la elaboración de políticas. La expansión
militar y la represión israelíes alcanzaron nuevas cotas a medida que los
colonos judíos financiados por EE UU y las fuerzas militares israelíes,
fuertemente armadas, asesinaban a adolescentes palestinos desarmados que
protestaban contra la presencia en los territorios ocupados durante la primera
Intifada. En otras palabras, Washington amplió su penetración y ocupación
militar en los países y las sociedades árabes, desacreditando y debilitando
así el poder de sus gobiernos satélites sobre sus respectivos pueblos.
Estados Unidos puso fin a la ayuda militar que había dado a
los grupos armados anticomunistas islámicos de Afganistán, una vez alcanzados
los objetivos estadounidenses de destrucción del régimen laico apoyado por la
Unión Soviética (acompañada por el asesinato de miles de maestros.) Como
consecuencia de la financiación estadounidense se creó una vasta y
desestructurada red de combatientes islámicos bien entrenados dispuestos a la
lucha contra otros regímenes. Muchos de ellos fueron trasladados por el
gobierno de Clinton a Bosnia, donde los combatientes islámicos combatieron en
una guerra por delegación y separatista contra el gobierno central, laico y
socialista, de Yugoslavia. Otros recibieron financiamiento para desestabilizar
Irán e Iraq, y fueron considerados por Washington como fuerzas de choque para
futuras conquistas militares estadounidenses. No obstante, la coalición
imperial de Clinton, formada por colonialistas israelíes, combatientes
mercenarios islámicos y separatistas kurdos y chechenos se deshizo a medida
que Estados Unidos e Israel avanzaban hacia la guerra y la conquista de
Estados árabes y musulmanes, y Estados Unidos ampliaba su presencia militar en
Arabia Saudí, Kuwait y los Estadosos del Golfo.
No fue fácil vender la construcción del imperio basado
en el dominio militar contra Estados nación existentes; ni al público
estadounidense, ni a los constructores del imperio basado en el mercado de
Europa Occidental y Japón, ni a los emergentes de China y Rusia. Washington
tuvo que crear las condiciones para una provocación de gran envergadura, que
superase o debilitase la resistencia y oposición de los constructores del
imperio rivales. Más concretamente, Washington necesitaba un acontecimiento
catastrófico capaz de dar la vuelta a la opinión pública, que se había opuesto
a la primera guerra del Golfo y que luego apoyó una rápida retirada de las
tropas estadounidenses de Iraq en 1990.
Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 sirvieron a
los fines de los constructores militaristas del imperio de Estados Unidos e
Israel. La destrucción del World Trade Center y la muerte de casi 3.000
civiles sirvió de pretexto para una serie de guerras coloniales, ocupaciones
coloniales y actividades terroristas en todo el mundo, y consiguió el apoyo
unánime del Congreso estadounidense a la vez que desencadenaba una campaña de
propaganda masiva en todos los medios, a favor de la guerra.
La política de provocaciones militares
Los diez años durante los cuales se mató de hambre a 23
millones de árabes iraquíes con el boicot económico de Clinton, acompañado de
intensos bombardeos, fueron una constante provocación a las comunidades y los
ciudadanos árabes en todo el mundo. El apoyo al despojo sistemático de las
tierras de los palestinos, acompañado de la violación de los lugares sagrados
islámicos de Jerusalén fue una grave provocación que desencadenó docenas de
ataques suicidas en represalia. La construcción y el funcionamiento de las
bases militares estadounidenses en Arabia Saudí, país en el que se halla la
ciudad santa de La Meca, fue una provocación para millones de musulmanes
creyentes y practicantes. El ataque y la ocupación estadounidense e israelí
del sur del Líbano y la matanza de 17.000 libaneses y palestinos fue una
provocación para los árabes.
Gobernados por pusilánimes gobiernos sometidos a los intereses
estadounidenses e incapaces de dar respuesta a la brutalidad israelí contra
los palestinos, los ciudadanos árabes y los creyentes musulmanes se han visto
impulsados sin cesar por los gobiernos de Bush y, especialmente, Clinton a
responder a sus continuas provocaciones. Frente a la decisiva desproporción de
su potencia de fuego respecto al avanzado armamento de las fuerzas de
ocupación estadounidenses e israelíes (helicópteros artillados Apache, bombas
de 2.500 kilos, aviones asesinos no tripulados, transportes acorazados, bombas
de racimo, napalm y misiles) la resistencia árabe e islámica dispone solo de
armas ligeras: fusiles automáticos, lanzagranadas, misiles katiusha de
corto alcance y poca precisión, y ametralladoras. La única arma que poseen en
abundancia como represalia son las suicidas bombas humanas.
Hasta el 11 de septiembre, las guerras imperiales contra las
poblaciones árabes e islámicas tuvieron por escenario los objetivos y las
tierras ocupadas en las que vivía, trabajaba y compartía sus vidas la gran
masa de población. En otras palabras, todos (la mayor parte, en el caso de
Israel) los efectos destructivos de sus guerras (asesinatos, destrucción de
viviendas y poblaciones enteras y pérdidas humanas) fueron producto de las
acciones bélicas de EE UU e Israel, países inmunes a una acción de represalia
en su propio territorio.
El 11 de septiembre de 2001 se produjo el primer ataque a gran
escala árabe-islámico coronado por el éxito sobre territorio estadounidense en
esta prolongada y unilateral guerra. La precisa sincronización del 11-S
coincide con la llegada a los puestos decisorios en la política bélica
estadounidense para Oriente Próximo de una serie de sionistas extremistas,
colocados en los más altos puestos del Pentágono, la Casa Blanca y el Consejo
Nacional de Seguridad (NSC), y que dominaban las políticas del Congreso hacia
Oriente Próximo. Los antiimperialistas árabes e islámicos estaban convencidos
de que los constructores militaristas del imperio estaban poniendo a punto un
asalto frontal de todos los centros restantes de oposición al sionismo en
Oriente Próximo, entre otros Iraq, Irán, Siria, Líbano meridional,
Cisjordania, Gaza, así como Afganistán en Asia meridional y Sudán y Somalia en
África del Noreste.
Este programa de guerras ofensivas había sido esbozado por la
élite sionista estadounidense, encabezada por Richard Pearl, para el Israeli
Institute for Advanced Strategic and Political Studies en un documento de
política titulado A Clean Break: A New Strategy for Securing the Realm
(Una oportunidad clara. Nueva estrategia para proteger el Reino). El documento
fue elaborado en 1996 para el primer ministro israelí de extrema derecha
Benjamin Netanyahu antes de su toma de posesión.
El 28 de septiembre de 2000, a pesar de las advertencias de
muchos observadores, el general Ariel Sharon, infame autor de la masacre de
refugiados palestinos en los campos de Sabra y Chatila, profanó la mezquita de
Al Aqsa, en Jerusalén, acompañado de todo su equipo de mando militar, lo que
constituyó una deliberada provocación religiosa y le reportó la elección como
primer ministro por el partido de extrema derecha Likud. Esta acción condujo a
la segunda Intifada y a la salvaje respuesta de los israelíes. El total apoyo
de Washington a Sharon simplemente reforzó la creencia generalizada entre los
árabes de todo el mundo de que la solución sionista basada en purgas étnicas
masivas formaba parte del programa de Washington.
El grupo coordinador entre los constructores de imperio
estadounidenses y sus socios en Israel ha sido el influyente grupo sionista
especializado en políticas públicas, autor del documento titulado Proyecto
para un Nuevo Siglo Americano (PNAC), de 1998, en el que se establece una hoja
de ruta detallada de la dominación de Estados Unidos sobre el mundo, que, como
por casualidad, se centraba sólo en el Oriente Próximo y coincidía exactamente
con la visión de Tel Aviv de una región dominada por Israel y Estados Unidos.
En 2000, los ideólogos sionistas del PNAC publicaron un documento de
estrategia titulado Rebuilding America’s Defenses (Reconstruyendo las
defensas de Estados Unidos) que establecía las directrices que los nuevos
responsables sionistas seguirían exactamente a su llegada a los más altos
niveles del Pentágono y la Casa Blanca. Las directrices del PNAC establecían,
entre otros, la creación de bases militares avanzadas en Oriente Próximo, el
aumento del gasto militar del 3% al 4% del PIB, un ataque militar destinado a
derrocar a Sadam Hussein, y una confrontación militar con Irán utilizando el
pretexto de las amenazantes armas de destrucción masiva.
El programa del PNAC no podía llevarse a cabo sin un
acontecimiento catastrófico del tipo Pearl Harbor, tal como percibieron
enseguida los constructores militaristas del imperio, los israelíes y los
responsables sionistas de las políticas estadounidenses. La negativa
deliberada por parte de la Casa Blanca y sus 16 organismos de inteligencia,
así como del Departamento de Justicia, de hacer un seguimiento de algunos
informes precisos relativos a la entrada en el país de terroristas, su
entrenamiento, financiación y planes de acción fue un caso de negligencia
planificada. El propósito consistía en permitir que el ataque se produjese, e
inmediatamente lanzar la mayor oleada de invasiones militares y actividades de
terrorismo de Estado desde el final de la guerra de Vietnam.
Israel, que había identificado y mantenido bajo estrecha
vigilancia a los terroristas, aseguró que la acción se realizaría sin
interrupción. Durante los ataques del 11-S, sus agentes llegaron a registrar
en vídeo y fotografía las torres del WTC en el momento de las explosiones, a
la vez que bailaban de alegría en anticipación de la adopción por Washington
de la estrategia militarista de Israel para Oriente Próximo.
La construcción militarista del imperio y la conexión sionista
La construcción militarista del imperio precedió a la llegada
al poder en el gobierno de Bush de la Configuración del Poder Sionista (1)
(Zionist Power Configuration, ZPC), y la persecución de sus fines, tras el
11-S, la realizaron al unísono la ZPC y los militaristas estadounidenses de
siempre, como Donald Rumsfeld y Dick Cheney. Las provocaciones contra los
árabes y los musulmanes que condujeron a los ataques fueron inducidas
conjuntamente por Estados Unidos e Israel, y la actual ejecución de la
estrategia militarista hacia Irán es otra empresa conjunta de los sionistas y
los militaristas estadounidenses.
Lo que sí aportaron los sionistas, que no tenían los
militaristas estadounidenses, fue un lobby organizado y masivo, dotado de
financiación, propagandistas y respaldo político a la guerra. Los principales
ideólogos gubernamentales, expertos de los medios de comunicación,
académicos, redactores de discursos y asesores de guerra venían en gran parte
de las filas del sionismo estadounidense. Los aspectos más perjudiciales del
papel sionista en la ejecución de la política de guerra tienen que ver con la
destrucción y el desmantelamiento del estado iraquí. Los responsables
sionistas de las políticas promovieron la ocupación militar estadounidense y
apoyaron la presencia militar masiva estadounidense en la región en vistas de
sucesivas guerras contra Irán, Siria y otros adversarios de la expansión
israelí.
En su empeño de una construcción militarista del imperio, con
arreglo a la versión de Israel, los militaristas sionistas en el gobierno de
Estados Unidos superaron las expectativas anteriores al 11-S, con un aumento
del gasto militar que pasó del 3% del PIB en 2000 al 6% en 2008, con un
crecimiento del 13% annual desde 2001 a 2008. Como resultado, el déficit
presupuestario estadounidense alcanzará los diez billones de dólares
(10.000.000.000.000) en 2010, lo que duplica el déficit de 1997 y conduce la
economía de Estados Unidos y el imperio económico de este país a la
bancarrota.
Los responsables de las políticas sionistas-estadounidenses
han mostrado una total ceguera ante las desastrosas consecuencias económicas
para los intereses estadounidenses en el extranjero, por cuanto su principal
consideración estratégica son las políticas estadounidenses que potencien el
dominio militar israelí en Oriente Próximo. El coste en sangre y dinero de la
utilización del potencial militar estadounidense para destruir los adversarios
de Israel les trae sin cuidado.
Para alcanzar el éxito del proyecto imperial
militarista-sionista de un Nuevo Orden en Oriente Próximo, Washington tenía
que movilizar toda la población en favor de una serie de guerras contra los
países antiimperialistas y antiisraelíes de Oriente Próximo y otras zonas. Y a
fin de proponer como objetivo los muchos adversarios de Israel, los sionistas
estadounidenses inventaron el concepto de guerra global contra el
terrorismo. El clima existente en la opinión pública estadounidense e
internacional era decididamente hostil a la idea de desencadenar una serie de
guerras, para no hablar de seguir ciegamente a los extremistas sionistas. El
sacrificio de vidas estadounidenses por el poder de Israel y la fantasía
sionista de una esfera de prosperidad compartida estadounidense-israelí
que dominase todo Oriente Próximo no podía conseguir el respaldo público
estadounidense, y mucho menos el del resto del mundo.
Los principales responsables de las políticas, en particular
las élites sionistas, elaboraron la idea de un montaje que sirviese de
pretexto, un acontecimiento que fuese un gran choque para el pueblo y el
Congreso de Estados Unidos, y provocase un estado de ánimo temeroso,
irracional y belicoso, que permitiese sacrificar vidas y libertades
democráticas. Conseguir que la opinión pública estadounidense apoyase un
proyecto imperial de invasión y ocupación de Oriente Próximo requería otro
Pearl Harbor.
El bombardeo terrorista: la Casa Blanca y la complicidad sionista
A todos los niveles del gobierno estadounidense se sabía que
extremistas árabes estaban planeando un espectacular ataque armado en Estados
Unidos. El FBI y la CIA tenían sus nombres y direcciones; y la consejera
nacional de seguridad, Condoleezza Rice, afirmó públicamente que el Ejecutivo
sabía que se produciría un secuestro de aviones, pero que pensaban que se
trataría de un secuestro tradicional, no de utilizar los aviones como
misiles. El fiscal general, John Ashcroft, lo tuvo bien presente y se negó a
utilizar vuelos comerciales. Una serie de espías israelíes vivían a unos
bloques de viviendas de distancia de algunos de los secuestradores, en
Florida, e informaban a su cuartel general de sus movimientos. Organismos de
inteligencia de otros países, en particular de Alemania, Rusia, Israel y
Egipto, aseguran que proporcionaron información a sus contrapartes
estadounidenses sobre el plan terrorista. La oficina del Presidente, la CIA,
la DIA y el FBI permitieron que los atacantes prepararan sus planes,
consiguieran financiación, llegasen a los aeropuertos, subieran a los aviones
y llevaran a cabo el ataque, todos ellos con visados estadounidenses en sus
pasaportes, —visados emitidos en su mayor parte en Jeddah (Arabia Saudí), en
su día uno de los centros principales de reclutamiento de voluntarios árabes
para Afganistán— y algunos convertidos en pilotos formados en Estados Unidos.
Tan pronto como los terroristas se hicieron con el control de los vuelos, la
Fuerza Aérea recibió notificación del secuestro, pero algunos altos cargos
inexplicablemente retrasaron cualquier acción destinada a interceptar los
aviones, permitiendo así que los atacantes alcanzasen sus objetivos: el World
Trade Center y el Pentágono.
Los constructores militaristas del imperio y sus aliados
sionistas aprovecharon inmediatamente el pretexto que les ofrecía un ataque
militar por parte de terroristas no vinculados a un Estado para lanzar una
ofensiva militar de alcance mundial contra una serie de países soberanos. En
24 horas, el senador ultrasionista Joseph Lieberman, en un preparado discurso,
instó a que Estados Unidos atacase Irán, Iraq y Siria, sin tener ninguna
prueba de que cualquiera de estos países, todos ellos miembros de pleno
derecho de las Naciones Unidas, estuviese detrás de los secuestros de aviones.
El presidente Bush declaró la guerra global contra el terrorismo y
lanzó la invasión de Afganistán, a la vez que aprobaba un programa de
asesinatos y secuestros extraterritoriales y extrajudiciales, y de torturas en
todo el mundo. Era evidente que el Gobierno estaba poniendo en funcionamiento
una estrategia defendida públicamente y elaborada por los ideólogos sionistas
mucho antes del 11-S. El presidente consiguió un apoyo casi unánime del
Congreso a su primera Patriot Act (Ley Patriótica), por la que se
suspendían en el país libertades democráticas fundamentales. Pidió también que
determinados Estados satélites y aliados de Estados Unidos implementasen su
propia versión de esta ley autoritaria antiterrorista, con el fin de
perseguir, enjuiciar y encarcelar a todos y cada uno de los oponentes de la
construcción imperial de EE UU e Israel en Oriente Próximo y en cualquier otro
lugar. En otras palabras, el 11 de septiembre de 2001 se convirtió en el
pretexto de un virulento y sostenido esfuerzo para crear un nuevo orden
mundial centrado en un imperio gobernado por Estados Unidos y un Oriente
Próximo organizado en torno a la supremacía israelí.
Provocaciones y pretextos: la guerra de Israel y EE UU contra Irán
Las largas, interminables, costosas y fracasadas guerras de
Iraq y Afganistán han socavado el apoyo internacional e interno al proyecto
sionista del Nuevo Siglo Americano. Los militaristas estadounidenses y sus
asesores e ideólogos tenían que crear un nuevo pretexto para sus planes de
sometimiento de Oriente Próximo y especialmente de ataque a Irán. Así, han
recurrido a una campaña de propaganda sobre el programa de energía nuclear
para uso civil de Irán, y han preparado pruebas falsas de la participación
directa de Irán en apoyo de la resistencia iraquí a la ocupación
estadounidense. Sin ningún tipo de prueba, han asegurado que Irán han
suministrado las armas con las que se ha bombardeado la Zona Verde
estadounidense en Bagdad. El lobby israelí ha afirmado que el entrenamiento y
las armas iraníes han contribuido a la derrota de los mercenarios iraquíes que
Estados Unidos desplegó en la ciudad meridional de Basra. Los principales
sionistas del Departamento del Tesoro han organizado un boicot económico
mundial contra Irán, e Israel ha conseguido el apoyo de los principales
líderes demócratas y republicanos del Congreso para un ataque sobre ese país.
La pregunta que cabe hacerse ahora es si la mera existencia de Irán es ya un
pretexto suficiente, o bien será necesario un incidente catastrófico.
Conclusión. Provocaciones y guerras imperiales: Detrás
de cada guerra imperial hay una gran mentira
Una de las implicaciones políticas más importantes en nuestro
debate sobre el uso por parte del gobierno de EE UU de provocaciones y engaños
para lanzar guerras imperiales es que la gran mayoría del pueblo
estadounidense se opone a las guerras de ultramar. Las mentiras
gubernamentales al servicio de las intervenciones militares son necesarias
para socavar la preferencia del pueblo estadounidense por una política
exterior basada en el respeto a la autodeterminación de las naciones. La
segunda implicación, sin embargo, es que los sentimientos pacíficos de la
mayoría pueden ser superados rápidamente por la élite política por medio de
engaños y provocaciones, debidamente amplificados y dramatizados en una
constante repetición a través de la voz unificada de los medios de
comunicación de masas. En otras palabras, los pacíficos ciudadanos
estadounidenses pueden transformarse en militaristas chovinistas mediante la
propaganda por los hechos, en virtud de la cual la autoridad ejecutiva
enmascara sus acciones militares de agresión como acciones defensivas, y la
respuesta del enemigo como una agresión gratuita contra un país tan amante de
la paz como Estados Unidos.
Todas las provocaciones y los engaños del Gobierno están
formulados por una élite cercana al Presidente, pero son ejecutados por una
cadena de mando compuesta por un grupo que va de varias docenas a algunos
centenares de operadores, la mayor parte de los cuales toman parte
conscientemente en el engaño del público y raras veces llegan a desenmascarar
el ilegal proyecto, sea por miedo, lealtad u obediencia ciega.
Ha resultado ser falsa la idea de los partidarios de la
integridad de esta política de guerra de que dado el número tan alto de
participantes, alguien puede filtrar el engaño, las provocaciones sistemáticas
y la manipulación del público. En el momento de la provocación y la
declaración de guerra, cuando el Congreso aprobó por unanimidad la
Autoridad Presidencial para usar la fuerza, pocos o ningún escritor o
periodista planteó preguntas básicas. Los ejecutivos, operando bajo el manto
de la defensa de un país pacífico ante traicioneros enemigos a los que no se
ha provocado, consiguieron siempre la complicidad o el silencio de los
críticos en tiempo de paz que prefieren enterrar sus reservas e
investigaciones en tiempos de amenazas a la seguridad nacional. Pocos
académicos, escritores o periodistas están dispuestos a arriesgar su situación
profesional, cuando todos los jefes de redacción y propietarios de los medios
de comunicación, los líderes políticos y sus propios colegas profesionales
babean afirmando que “hay que estar unidos junto a nuestro Presidente en
tiempos de amenaza mortal sin precedentes a la nación…” como sucedió en 1941,
1950, 1964 y 2001.
Con excepción de la Segunda Guerra Mundial, cada una de las
subsiguientes guerras produjo una profunda desilusión política en la
población, llegando incluso al rechazo de los montajes que en un primer
momento justificaron la guerra. El desencanto popular con la guerra condujo en
cada caso a un rechazo temporal del militarismo… hasta el siguiente ataque
no provocado y la subsiguiente llamada a las armas. Incluso durante la
Segunda Guerra Mundial se dio la indignación civil masiva contra el
mantenimiento del gran ejército y hubo manifestaciones a gran escala al final
de las hostilidades exigiendo el regreso de los soldados a la vida civil. La
desmovilización tuvo lugar a pesar de los esfuerzos del Gobierno por
consolidar un nuevo imperio basado en la ocupación de países de Europa y Asia,
tras las derrotas de Alemania y Japón.
La realidad estructural subyacente, que ha conducido a los
presidentes a inventarse pretextos para la guerra, está basada en una
concepción imperial militarista. ¿Por qué no respondió Roosevelt al desafío
económico-imperial japonés potenciando la capacidad estadounidense de competir
y producir de una manera más eficiente, en lugar de apoyar un boicot
provocador sugerido por el declive de las potencias coloniales en Asia? ¿No
será que, bajo el capitalismo, una economía deprimida y estancada y una fuerza
de trabajo desempleada sólo pueden ser movilizadas por el Estado para una
confrontación militar?
En el caso de la Guerra de Corea, ¿no era más viable que una
potencia todopoderosa, como los EE UU de postguerra, ejerciese su influencia
mediante inversiones en un país pobre, semiagrario y devastado –pero
unificado— tal como hizo en Alemania, Japón y otros lugares tras la guerra?
Veinte años después de haber gastado centenares de miles de
millones de dólares y de haber sufrido 500.000 muertos y heridos en la
conquista de Indochina, el capital europeo, asiático y estadounidense entra en
Vietnam pacíficamente a petición del propio gobierno, acelerando su
integración en el mercado capitalista mundial mediante las inversiones y el
comercio.
Es evidente que la no tan noble mentira de
Platón, al modo como la practican los presidentes imperiales estadounidenses
para engañar a sus ciudadanos con altos fines ha conducido al uso de medios
sangrientos y crueles para alcanzar fines grotescos e innobles.
La repetición de pretextos inventados para entrar en guerras
imperiales está incrustada en la estructura dual del sistema político de
Estados Unidos: un imperio militarista y un amplio electorado. Para conseguir
el primero es preciso engañar al segundo. El engaño es posible mediante el
control de los medios de comunicación de masas cuya propaganda de guerra llega
a cada hogar, oficina y aula con un mismo mensaje, determinado
centralizadamente. Los medios de comunicación socavan lo que queda de
información alternativa facilitada por líderes de opinión primarios y
secundarios en las comunidades, y corroe los valores y la ética personales.
Mientras que la construcción militarista del imperio ha producido la muerte de
millones de personas y el desplazamiento de decenas de millones, la
construcción económica del imperio impone sus propias exacciones en términos
de explotación masiva del trabajo, la tierra y los medios de vida.
Tal como ha sucedido en el pasado, cuando las mentiras del
imperio se descubren el desencanto público se instala y las invocaciones de
nuevas amenazas ya no movilizan la opinión pública. A medida que la
continua pérdida de vidas y los costes socioeconómicos erosionan las
condiciones de vida, la propaganda de los medios de comunicación pierde su
efectividad y aparecen las oportunidades políticas. Del mismo modo que después
de la Segunda Guerra Mundial, Corea, Indochina y, hoy, las de Iraq y
Afganistán, se abre una ventana de oportunidad política. Las mayorías exigen
cambios en las políticas, quizás en las estructuras y, ciertamente, un final a
la guerra. Se abren posibilidades para el debate público del sistema imperial,
que constantemente recurre a las guerras, junto a las mentiras y provocaciones
que las justifican.
Epílogo
Esta visión telegráfica de la elaboración de la política
imperial refuta la idea vulgar y convencional de que el proceso de toma de
decisiones que conduce a la guerra es abierto, público y se desarrolla de
acuerdo con las normas constitucionales de una democracia. Al contrario, tal y
como es habitual en muchos ámbitos de la vida política, económica, social y
cultura, pero especialmente en los asuntos de guerra y paz, las principales
decisiones las adoptan una pequeña élite presidencial, y lo hace a puerta
cerrada, a salvo de miradas y sin consultar, en abierta violación de las
disposiciones constitucionales. El proceso que conduce a provocar el conflicto
en busca de objetivos militares nunca se plantea abiertamente ante el
electorado, y no hay ningún tipo de investigación, en ningún caso, por medio
de comités independientes de investigación.
La naturaleza cerrada del proceso de toma de decisiones no
empaña el hecho de que estas decisiones son públicas en la medida en
que son adoptadas por cargos públicos, electos o no, en instituciones
públicas, y en que afectan directamente al público. El problema es que al
público se le mantiene en la oscuridad en lo tocante a los intereses
imperiales que están en juego, y al engaño que lo induce a someterse
ciegamente a las decisiones para la guerra. Los defensores del sistema
político no están dispuestos a enfrentarse a los procedimientos autoritarios,
las mentidas de las élites y los objetivos imperiales no explícitos. Los
apologistas de los constructores militaristas del imperio etiquetan, de un
modo irracional y peyorativo, a los críticos y escépticos como teóricos de
la conspiración. En su mayor parte, los académicos de prestigio se
conforman estrechamente a la retórica y las afirmaciones inventadas por los
ejecutores de la política imperial.
En todo momento y lugar, grupos, organizaciones y líderes se
reúnen a puerta cerrada antes de mostrarse públicamente. Una minoría de
responsables o defensores de las políticas se reúnen, debaten y esbozan
procedimientos y tácticas para conseguir una decisión favorable en las
reuniones oficiales. Esta práctica común tiene lugar cuando se han de adoptar
decisiones vitales, sea en los consejos escolares locales o en las reuniones
de la Casa Blanca. Etiquetar el relato de pequeños grupos de funcionarios
públicos que se reúnen y toman sus decisiones en reuniones públicas cerradas
(en las que los programas, los procedimientos y las decisiones se toman antes
de las reuniones públicas abiertas) como teorización conspiratoria equivale a
negar la manera como funciona habitualmente la política. En otras palabras,
los etiquetadores de conspiraciones son o bien ignorantes de los
procedimientos más elementales en política o son conscientes de su papel en la
cobertura de los abusos de poder de los mercaderes estatales del terror.
Profesor Zelikow, ¿y ahora qué?
La principal figura del círculo gubernamental de Bush que
promovió activamente un nuevo Pearl Harbor y fue, al menos en parte,
responsable de la política de complicidad con los terroristas del 11-S fue
Philip Zelikow. Éste, un destacado defensor de Israel, es un académico
gubernamental cuya área de conocimiento entra en el nebuloso ámbito del
terrorismo catastrófico, que ha permitido a los líderes políticos
estadounidenses concentrar sus poderes ejecutivos y violar las libertades
constitucionales par conseguir sus guerras ofensivas imperiales y desarrollar
el mito público. El libro de Philip Shenon The Commission: The Uncensored
History of the 9/11 Investigation (La Comisión: historia no censurada de
la investigación del 11-S) explicita con claridad el estratégico papel de
Zelikow en el gobierno de Bush antes del 11-S, el periodo de negligencia
cómplice, después de los hechos, durante el periodo de guerra global y en los
intentos gubernamentales por enterrar su complicidad en el ataque terrorista.
Antes del 11-S, Zelikow presentó un proyecto del proceso de
toma del poder por el ejecutivo hasta límites extremos con vistas a una guerra
de ámbito mundial. Establecía una secuencia en la que el acontecimiento
terrorista catastrófico facilitaría la total concentración del poder, seguida
del lanzamiento por Israel de guerras ofensivas (todo ello admitido
públicamente por él mismo). En el periodo anterior al 11-S y las múltiples
guerras, Zelikow formó parte del Consejo de Seguridad Nacional, como consejero
en materia de seguridad nacional de Condoleezza Rice (2000-2001), quien tenía
conocimiento riguroso de los planes terroristas de apoderarse de vuelos
comerciales, como la misma Rice admitió en público (secuestros
convencionales, en sus propias palabras). Zelikow fue una pieza clave en
la salida del experto en contraterrorismo Richard Clark del NSC, único
organismo que seguía la operación terrorista. Entre 2001 y 2003, fue miembro
de la Junta asesora del Presidente en materia de inteligencia internacional.
Este fue el organismo que no había dado seguimiento ni continuidad a los
informes clave de inteligencia que identificaban los planes terroristas.
Zelikow, tras tener un papel importante en el sabotaje de los esfuerzos de los
servicios secretos se convirtió en el principal autor de la Estrategia
Nacional de Seguridad de los EE UU, en 2002, que recomendaba la política de
Bush de invasión militar de Iraq, y que ponía en el punto de mira a Siria,
Irán, Hezbolá, Hamas y otros países y entidades independientes árabes y
musulmanes. El citado documento de Estrategia Nacional de Seguridad de Zelikow
fue la directiva más influyente en la formulación de las políticas terroristas
estatales del gobierno de Bush. También ajustó estrechamente las políticas de
guerra de EE UU a las aspiraciones militares regionales del Estado de Israel
desde su fundación. Esto demuestra la razón de las palabras del ex primer
ministro israelí Benjamin Netanyahu en la Universidad Bar Ilan, en el sentido
de que los ataques del 11-S y la invasión estadounidense de Iraq habían sido
acciones beneficiosas para Israel (Haaretz, 16.4.2008.)
Por último, Zelikow, en tanto que persona designada
personalmente por Bush como director ejecutivo de la Comisión del 11-S, fue el
encargado de coordinar con la oficina del vicepresidente el camuflaje de la
política del gobierno de complicidad con los atentados. Si bien Zelikow no
está considerado como un peso pesado académico, su papel central en el diseño,
la ejecución y la cobertura de los acontecimientos que estremecieron al mundo
el 11-S y el periodo inmediatamente posterior lo señalan como uno de los más
peligrosos y destructivos influyentes políticos en la formulación y
lanzamiento de las catastróficas guerras de Washington, pasadas, presentes y
futuras.
-
“ La Configuración del Poder Sionista (ZPC) cuenta con más
de 2.000 funcionarios a tiempo completo, más de 250.000 activistas, más de
1.000 multimillonarios donantes políticos que contribuyen con sus recursos a
los dos partidos estadounidenses en el Congreso. La ZPC proporciona el 20%
del presupuesto de ayuda militar exterior estadounidense destinado a Israel,
más del 95% del apoyo del Congreso al boicot israelí y las incursiones de su
ejército en Gaza, Líbano y la opción militar preventiva contra Irán. La
invasión estadounidense y la política de ocupación en Irak, incluyendo la
falsificación de las pruebas que justificaban la invasión, estuvo
fuertemente influenciada por altos funcionarios devotamente leales y
vinculados a Israel.” Cf. J.Petras in
http://xymphora.blogspot.com/2007/07/zionist-power-configuration.html
******
James Petras publicará en breve un nuevo libro: Zionism
and US Militarism, Clarity Press, Atlanta.
S. Seguí pertenece a los colectivos de Rebelión y
Cubadebate.
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