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Mejor la "violencia por inadaptación" del Guerrillero que la "adaptación a la violencia del mundo" del Ciudadano

 
 

(IAR Noticias) 22-Abril-08

 

Colombia: Revolucionarios sin revolución.  Abomino sobre todo de una Democracia futurible que se presumirá sin “tres”, sin “dos” y sin “uno”; una Democracia que ya hoy nos sueña a todos igualados en el “cero” de los ciudadanos, el “cero” terrible de los sujetos de Derecho.

Por Pedro García Olivo - La Haine

"Si un individuo rechaza igualmente la violencia del inadaptado y la adaptación a la violencia del mundo, ¿dónde hallará su camino?” Raoul Vaneigem

1) En Occidente manejamos siempre esquemas binarios: Bien-Mal, Progreso-Reacción, Civilización-Barbarie, Capital-Trabajo,... Tememos al número “tres”.

Eso les ocurre, por cierto, perdónesenos la broma, a los matrimonios y a las “parejas de hecho”, indefectiblemente registrados; también les ocurre a las cada vez más frecuentes, dado el envejecimiento de nuestras sociedades, “parejas de desecho”, que ya no tienen ningún interés en registrarse. Tememos al número “tres”.

Sostengo que, en Colombia, la Guerrilla es el número “tres”. Y se la teme, de muchos modos.

2) Son simplistas y burdos los enfoques inmediatamente apologéticos que algunos autores de la información “alternativa”, movidos por su legítima fobia al Capitalismo, manejan en relación con la Guerrilla colombiana. Esa falsía la descubren al vuelo los lectores colombianos; la detectan enseguida casi todos los colombianos. Incluso los insurgentes.

Que la Guerrilla colombiana exprese y defienda los intereses “reales”, “concretos”, “actuales”, de los colombianos oprimidos es en gran parte mentira. Esa ya no es del todo la verdad. Aunque no cabe duda de que lo fue ayer, y de que lo fue por casi por completo.

3) Que la Guerrilla siga teniendo sentido político, que desde la sensibilidad y la inteligencia anticapitalistas no se la pueda detestar sin más, que quepa de alguna manera “defenderla”, “socorrerla”, “comprenderla en lo profundo” y hasta “respaldarla”, es otra cosa; y otra cosa también cierta.

En la actual coyuntura política de Colombia, me niego a combatir, con mis medios de escritura y de comunicación, a la Guerrilla.

Es el número “tres” indecoroso que se cruza en las relaciones, por necesidad “turbias”, por necesidad “malsanas”, que mantiene el régimen pseudo-democrático de Uribe con sus votantes populares –votantes “del pueblo” que ni son todos ni son tantos, pero cuya existencia resultaría necio negar. Número tres que también interfiere en la pelea que sostiene ese régimen desaprensivo con la otra parte del pueblo, que no siendo desde luego todos, sí son muchos. La Guerrilla es el número “tres” que altera la sórdida concupiscencia de aquella “pareja de desecho” y el noble anhelo transformador de los insurrectos no armados .

Es el temible número “tres”; y podríamos caracterizarlo de este modo, parafraseando a R. Vaneigem: “inadaptados que usan la violencia y que molestan a quienes optaron por adaptarse a un sistema violento”.

4) Se les puede llamar “terroristas”, y entonces se estaría dignificando la figura del asesino político solitario y consciente. Hay muchos cerebros y muchos corazones que, en el fondo, disculpan a ese “ángel de la pureza” (expresión de Mallarmé) que comete la insensatez de eliminar a un “sicario de la tiranía”, no pudiendo eliminar al Tirano mismo.

“Ángel de la pureza” que, para secuestrar o asesinar a un generador administrativo de muertes, para retener o ejecutar a la herramienta humana de un Estado homicida (en lo que nos atañe, Estado colombiano que propicia o tolera masacres sin número contra el pueblo, “eliminaciones” selectivas o nada selectivas, “limpiezas” ciudadanas de indigentes y marginados, campañas de terror contra comunidades campesinas que obstruyen intereses capitalistas, etc.) sabe y siente que no necesita el apoyo de las víctimas sociales, que ni siquiera requiere la aprobación de los explotados y de los oprimidos. Responde a su conciencia individual soliviantada, responde sólo ante sí. Proclama y defiende la única “propiedad” (por usar la expresión de Stirner) que realmente aún le cabe: la propiedad de sí mismo, la propiedad de su “unicidad”.

5) Páginas y páginas de la Cultura Impresa Occidental, que se ha nutrido de los textos intempestivos de Latréamont, Sade, Genet, Armand, Onfray, Dahl, Anders,... por citar sólo a los autores que estos días he estado releyendo (muchos de los cuales fueron seleccionados, por cierto, por editoriales burguesas consagradas, a pesar de la intelección, implícita en sus obras, del fenómeno “terrorista”), surten argumentos para afianzar y hasta desarrollar el aserto de que lo demoníaco y lo demencial no están, para el caso que nos ocupa, del lado de la Guerrilla.

Lo demoníaco y lo demencial fundan y reproducen la institucionalidad y los usos políticos de este convulso Estado sudamericano; reproducen y sostienen a las clases o fracciones de clase apoderadas de los medios de producción, terratenientes y alta burguesía sobre todo; sostienen y amparan a las “familias” y círculos de advenedizos del narcotráfico...

6) Con este deslizamiento inicial de mi perspectiva, me distancio de las posiciones del lúcido escritor y penetrante analista colombiano Estanislao Zuleta: a la hora de interpretar la violencia, el autor de “Elogio de la dificultad” gustaba de repartir responsabilidades, imputando no menos a la extrema izquierda que a la extrema derecha, señalando tanto al Gobierno como a la Guerrilla; nunca cesó de ejercer, en sus conferencias y en sus artículos, un apostolado inteligente y sutil, en todas partes “rentable” y en todas partes aplaudido, a favor de la Democracia.

Yo tengo meridianamente claro que la responsabilidad mayor está del lado del Gobierno y de la oligarquía. Aún más: no se trata de jugar a la balanza, al platillo, a una suerte de economía política de la culpa. La responsabilidad matriz, la culpabilidad fuente, atañe a la clase política y a los sectores acomodados.

Persiste una estructura económica absolutamente injusta, con su correspondiente juego infame de intereses y su lógica social viciada, que por fuerza ha de traducirse en conflictos, en violencias, en horrores; quienes desean conservar incólume esta estructura, porque de ello depende su bienestar material, sus privilegios políticos y su ascendencia en la cotidianidad rural y urbana, deben recurrir irremediablemente a una maquinaria estatal sangrienta, a tecnologías de poder homicidas, a una administración de la crueldad y de la inhumanidad en la que se refleja “lo monstruoso” de sus propias ambiciones. Y habrán de encontrar repuesta entre sus damnificados... No faltará quien, por la vía de las armas, se oponga a un gobierno y a una aristocracia armados.

Estoy también persuadido de que constituiría una negligencia analítica, una frivolidad de la reflexión, condenar, en ese contexto, la metodología violenta de la Guerrilla. Y, como occidental, sé, no me cabe la menor duda, de que esa democracia optimizada por la que suspiraba Zuleta es también el sueño venidero de las gentes parapetadas tras la gestión de Uribe: es la forma “suprema” de la opresión capitalista, es el demofascismo que perpetuará los intereses dominantes sin necesidad ya (o con una necesidad menor) de policías y paramilitares sanguinarios, etnocidios, operaciones de “limpieza” social, terror local organizado, motosierras descuartizadoras,...

7) En Colombia contacté con muy diversos sectores de la resistencia anticapitalista; accedí a un cierto conocimiento de las cristalizaciones organizativas del número “dos” del conflicto colombiano (las organizaciones populares, el movimiento social). Venía de Venezuela, donde se estaba implementando una “Revolución sin revolucionarios”; y me encontré, sobre todo en Bogotá, ante el caso contrario: inflación de revolucionarios y ausencia de la Revolución en el horizonte.

“Revolucionarios sin Revolución”: hombres y mujeres que convocaba el Movimiento contra la Brutalidad Policial, lucha que halla en Yuri Neira un referente moral de primer orden, querido amigo que despliega sin desmayo la bandera de su hijo, niño libertario asesinado, a fin de cuentas, por la organización estatal; asociación y simpatizantes de Hijos e Hijas de Víctimas de la Violencia de Estado; colectivos anarquistas de la ciudad, como la Cruz Negra y el Centro de la Cultura Libertaria; jóvenes que trabajaban privilegiadamente en el ámbito de la contra-información y la comunicación alternativa, enfrentados cada día a la “capacidad de mentira” de las instituciones, como los hacedores de SomosSudacas, Prensa Rural y El Salmón; colectivos como la Red Revuelta, con su dinámica de labor crítica y creativa diversificada, organizados en la prevalencia de lo horizontal y lo anti-jerárquico; experiencias de activismo social y recreación político-ideológica en barrios populares, como la desplegada por la asociación “La Cometa”; asociaciones campesinas como la muy perseverante “ACVC”; colectivos de apoyo a los presos; entidades de asesoramiento y defensa jurídica de los trabajadores rurales como “Coospal”; grupos ecologistas, feministas, de liberación animal, estudiantiles; bandas de música políticamente comprometidas, tal Aquí y ahora, etc., etc., etc.

“Revolucionarios sin Revolución” también los presos de las FARC y del ELN que conocí en la cárcel de La Picota, y con quienes me fundí en un emocionado abrazo. Y mis entrañables amigos de la Universidad del Tolima, profesores y estudiantes, muchos de ellos amenazados de muerte por la jauría paramilitar de las Águilas Negras. “Revolucionarios sin Revolución”, asimismo, miles y miles, cientos de miles, de personas que niegan cada día, al nivel de su conciencia y de su práctica cotidiana, el estado de las cosas impuesto hoy en Colombia por una élite desalmada y sus socios capitalistas internacionales.

En definitiva, un número “dos” denso, complejo, heterogéneo, acaso demasiado parcializado y escasamente interrelacionado. Un número “dos” que mantiene con el “tres”, no podía ser de otra forma, relaciones más o menos fluidas, según los casos, de “simpatía que discrepa”, de “respeto divergente”, de “reconvención amistosa”.

8) En este contexto, no es tan fácil detestar a muerte a quienes toman las armas hartos de ver cómo las armas eran tomadas contra sus hermanos y seres queridos, contra los pobres y los desposeídos, contra la verdad y casi contra lo poco de humano que queda hoy en el hombre. No es tan fácil detestar a muerte a quienes tomaron las armas hartos de ver cómo las armas eran tomadas por los representantes en Colombia de los intereses del capital multinacional, particularmente norteamericano (y usadas contra cualquiera que obstruyera sus proyectos); hartos de ver cómo se armaban hasta los dientes, e incluso hasta el fondo del alma, los sicarios, paramilitares, pistoleros y “autodefensas” de empresarios, de terratenientes y de narcotraficantes rapaces, empeñados todos ellos en mantener unos niveles de explotación laboral y discriminación social a todas luces insostenibles, disparatados.

9) Estoy de acuerdo con Zuleta cuando sugiere la “necedad” de una oligarquía colombiana que exprime despiadadamente, podría decirse que “irracionalmente”, a sus trabajadores y que se desentiende de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de sus compatriotas, confiando meramente en el poder de aterrorizar que le garantizan la fuerza pública y las guardias blancas privadas.

Pero no me seduce la idea de luchar por un orden en que esa misma oligarquía, dejando atrás su necedad, despidiéndose de sus sicarios, licenciando a las guardias blancas, siga viviendo a expensas de unos trabajadores por fin “dignificados”, “contemplados”, “atendidos” al modo civilizado occidental –hablando en términos biopolíticos, y recurriendo a una metáfora “médica” muy del gusto de Foucault, podríamos decir “sujetos diligentemente tratados”.

10) Para los “revolucionarios sin revolución” de Colombia la Guerrilla no es “Satán”. Tampoco lo es para los campesinos conscientes, para los obreros reivindicativos, para los estudiantes inquietos, para muchos intelectuales, para los analistas extranjeros que no participamos de la eucaristía demo-liberal,... No constituyendo su expresión, reconociéndola sustancialmente desligada de las aspiraciones populares, sabiéndola autónoma en su desenvolvimiento, independiente en sus metas, prácticamente soberana en sus decisiones, padeciendo a menudo las consecuencias de su terco subsistir, anhelando en muchos casos un horizonte verdaderamente des-armado, todos estos hombres y mujeres son conscientes de que la Guerrilla representa de algún modo, en su aislamiento solipsista y en su orgullosa autodeterminación, la ambigüedad y el peligro del número “tres”, una fuerza que ya no está con ellos pero tampoco contra ellos. Es el número tres del conflicto socio-político colombiano: nada menos.

La inteligencia y la sensibilidad impiden odiar sin más al número tres. Cabe temerlo, de muchos modos. Yo lo respeto.

Abomino sobre todo de una Democracia futurible que se presumirá sin “tres”, sin “dos” y sin “uno”; una Democracia que ya hoy nos sueña a todos igualados en el “cero” de los ciudadanos, el “cero” terrible de los sujetos de Derecho.

Mejor “tres” que “cero”. Antes un “guerrillero” que un “ciudadano”.

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