No debiera haberla. "The Wall
Street Journal" estuvo cerca de acertar en un artículo de primera plana sobre el
supermartes, aquel día de múltiples primarias: "Los temas pasan a segundo plano
en la campaña 2008 a medida que los electores se enfocan en la personalidad".
Para ponerlo en forma más precisa,
los temas dejan de figurar en primer plano, mientras los candidatos y sus
agencias de relaciones públicas se centran en la personalidad. Como de
costumbre, los temas pueden ser peligrosos. La teoría demócrata progresista
sostiene que la población ("marginales ignorantes y entrometidos") debiera ser
"espectadora" y no "partícipe" de la acción, como escribió Walter Lippmann.
Los partícipes están conscientes
de que ambos partidos políticos están bien a la derecha de la población y que la
opinión pública es consistente a través del tiempo, asunto analizado en el útil
estudio "La desconexión de la política exterior", de Benjamin Page y Marshall
Bouton. Es importante entonces que la atención sea desviada hacia otra parte.
El trabajo concreto del mundo es dominio de un liderazgo iluminado. Y ello se
revela más en la práctica que en las palabras. El Presidente Wilson, por
ejemplo, sostuvo que se debía empoderar a una elite de caballeros de "altos
ideales" para preservar la "estabilidad y la corrección", esencialmente en la
perspectiva de los Padres Fundadores (de Estados Unidos). En años más recientes,
esos caballeros se han transmutado en la "elite tecnocrática", "intelectuales de
acción", los neocons "straussianos" de Bush II y otras configuraciones. Para
esta vanguardia, las razones para que Irak sea sacado de la pantalla de radar no
debieran ser oscuras.
Fueron convincentemente explicadas
por el distinguido historiador Arthur M. Schlensinger, articulando la posición
de los "palomas" hace 40 años, cuando la invasión de Estados Unidos a Vietnam
estaba en su cuarto año y Washington se preparaba para sumar otros 100 mil
efectivos militares a los 175 mil que ya estaban haciendo añicos Vietnam del
Sur. Por entonces, la invasión suponía arduos costos, por lo que Schlesinger y
otros liberales de la línea Kennedy eran reacios a pasar de halcones a palomas.
En 1966, Schlesinger escribió que
"todos oramos" porque los halcones tengan la razón al pensar que el incremento
militar del momento podrá "eliminar la resistencia" y, si lo hace, "todos
podríamos estar saludando la sabiduría y la capacidad estadista del Gobierno" al
obtener la victoria, dejando al mismo tiempo al "trágico país hecho polvo y
devastado por los bombardeos, arrasado por el napalm, convertido en una tierra
baldía por la defoliación química, una tierra en ruinas", con su "tejido
político e institucional" pulverizado. Pero la escalada probablemente no tendrá
éxito y resultará demasiado costosa para nosotros, por lo que tal vez habría que
repensar la estrategia. A medida que los costos para comenzaron a elevarse
severamente, pronto ocurrió que todos habían sido "fuertes opositores a la
guerra".
El razonamiento de la elite y las actitudes que lo acompañan conllevan hoy pocos
cambios. Y a pesar de que las críticas a la guerra de Irak son mucho mayores y
extendidas que en el caso de Vietnam en cualquier etapa comparable, los
principios que articuló Schlesinger siguen vigentes. Y él mismo ha tomado una
posición muy diferente ante la invasión de Irak. Cuando las bombas comenzaron a
caer sobre Bagdad escribió que las políticas de Bush son "alarmantemente
similares a la política que aplicó el Japón imperial en Pearl Harbor, en un
fecha que, como dijo un anterior Presidente estadounidense, perdurará en la
infamia.
Franklin D. Roosevelt tenía razón,
pero hoy somos nosotros los que vivimos en la infamia". Que Irak es "una tierra
en ruinas" no está en cuestión. Recientemente la agencia británica Oxford
Research Business actualizó su estimación de muertes adicionales causadas por la
guerra en 1,03 millones, excluyendo a Karbala y Anbar, dos de las peores
regiones. Sea correcta esa estimación, o exagerada, según algunos, no hay duda
de que el balance es horrendo. Varios millones de personas se encuentran
internamente desplazadas.
Gracias a la generosidad de
Jordania y Siria, los millones de refugiados que huyen del colapso de Irak,
incluyendo a la mayoría profesional, no han sido simplemente exterminados. Pero
esa acogida se debilita porque Jordania y Siria no reciben ningún apoyo
significativo por parte de los autores de los crímenes en Washington y Londres;
la idea de que ellos puedan admitir esas víctimas, más allá de casos puntuales,
es demasiado estrafalaria para ser considerada. La guerra sectaria ha devastado
a Irak. Bagdad y otras áreas han sido sometidas a una limpieza étnica brutal y
dejadas en manos de señores de la guerra y milicias, la primera carta de la
actual estrategia de contrainsurgencia desarrollada por el general Petraeus.
Uno de los más informados
periodistas que se han adentrado en la chocante tragedia, Nir Rosen, publicó
recientemente un epitafio, "La muerte de Irak", en "Current History". Escribe
Rosen: "Irak ha sido asesinado, para nunca más levantarse. La ocupación
estadounidense ha sido más desastrosa que la de los mongoles, que saquearon
Bagdad en el siglo XIII", percepción común de los iraquíes. "Sólo los tontos
hablan ahora de ‘soluciones’. No hay solución. La única esperanza es que tal vez
el daño pueda limitarse".
Independiente a la catástrofe, Irak sigue siendo un tema marginal en la campaña
presidencial. Eso es natural, dado el espectro halcón-paloma de la opinión
elitista. Las palomas liberales adhieren a su razonamiento y actitudes
tradicionales, rezando por que los halcones tengan la razón, EEUU obtenga una
victoria e imponga "estabilidad", palabra código para la subordinación a la
voluntad de Washington.
Los halcones son alentados y las
palomas silenciadas con entusiastas informes sobre menores bajas tras el
incremento de tropas. En diciembre, el Pentágono difundió "buenas noticias"
sobre Irak: un estudio mostraba que los iraquíes tienen "opiniones mezcladas",
por lo que la reconciliación debería ser posible. Las opiniones eran dos.
Primero, que la invasión de EEUU es la causa de la violencia sectaria que ha
hecho trizas a Irak. Segundo, que los invasores debieran retirarse.
Unas pocas semanas después del
informe del Pentágono, el experto militar en Irak de "The New York Times",
Michael R. Gordon, escribió un análisis razonado sobre las opciones respecto a
Irak que enfrentan los candidatos presidenciales. Hay una voz que falta en el
debate: la de los iraquíes. Más bien, no es digna de mencionar.
Y parece que a nadie le importa.
Eso tiene sentido en la habitual presunción tácita de casi todos los discursos
sobre política internacional: somos dueños del mundo, ¿qué importa entonces lo
que otros piensen? Son "no-personas", por tomar prestado el término usado por el
historiador británico Mark Curtis en su trabajo sobre los crímenes imperiales de
Gran Bretaña. Por rutina, los estadounidenses se unen a los iraquíes en ser
no-personas. Tampoco sus preferencias brindan opciones.
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