(IAR Noticias) 08-Marzo-08
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La recesión se ha instalado en el centro del Imperio, el debate ahora gira
en torno de su profundidad, duración y alcance mundial.
Por
Jorge Beinstein
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jorgebeinstein@yahoo.com
“La peste ya está aquí,
¿que hacer cuando llega la peste?”
Homero
La corte de admiradores
derechistas o progresistas del capitalismo global, que nos apabulló en los
últimos años con sus reiteraciones acerca de la solidez del sistema, está ahora
en pleno repliegue táctico; sus integrantes ya no niegan la crisis pero intentan
quitarle dramatismo, acortar sus raíces y amplitud. Algunos ensayan
explicaciones anecdóticas, otros la califican como “crisis cíclica”, es decir
pasajera, la mayor parte se refugia en la explicación simplista que reduce el
fenómeno a una gran perturbación financiera combinada con un brote pesimista de
los consumidores norteamericanos provocado por los deudores morosos de los
Estados Unidos (que no pagan sus créditos inmobiliarios)... y por quienes les
otorgaron prestamos de manera demasiado generosa. Según esta gente los problemas
serán pronto superados gracias a las intervenciones de la Reserva Federal, la
Casa Blanca y las autoridades políticas y monetarias de las otras grandes
potencias. El mítico estandarte del poder invencible de los amos del sistema
todavía flamea en las alturas aunque se va deshilachando rápido al ritmo de los
truenos globales.
Crédito, consumo y deudas
Al ser la crisis circunscrita al desinfle de la burbuja inmobiliaria
norteamericana y sus impactos colaterales en los Estados Unidos y el resto del
mundo la “solución” aparece clara: alentar a los consumidores e inversores,
subir el gasto público e inyectar liquidez en el mercado. Es lo que ahora están
haciendo el gobierno de Bush y la Reserva Federal, el primero acaba de impulsar
una rebaja de impuestos y un gasto estatal récord para 2009 de más de 3 billones
(millones de millones) de dólares, y en consecuencia un déficit fiscal
gigantesco con lo que la deuda pública superará bien pronto los 10 billones de
dólares. Por supuesto Bush lo hace desde la derecha; las reducciones fiscales
beneficiarán básicamente a los ricos y a la clase media alta, el mayor gasto
público privilegiará a las fuerzas armadas que dispondrán del más alto volumen
de fondos de toda la historia norteamericana: el gasto militar total de los
Estados Unidos llegó en 2008 a cerca 1,2 billones de dólares (si sumamos a las
erogaciones del Departamento de Defensa las de los demás sectores del estado),
según el proyecto de presupuesto enviado por Bush al Parlamento, en 2009 dicha
cifra será mucho más alta. Por su parte la Reserva Federal baja más y más la
tasas de interés.
Lo que ellos están haciendo ahora es una suerte de repetición, en condiciones
infinitamente más graves, de lo que ya hicieron en 2001, no tienen otro libreto.
Pero en aquel momento la deuda pública norteamericana alcanzaba los 5,7 billones
de dólares ahora ronda los 9,2 billones, y si a la misma le sumamos las del
resto de sectores públicos y privados se llega a los 50 billones de dólares
(equivalente al Producto Bruto Mundial). A ello es necesario agregar la
acumulación de déficits fiscales y comerciales, y un volumen de gastos militares
totales que podría llegar a representar en 2009 el 10 % del Producto Bruto
Interno norteamericano.
En 2001 la situación era difícil pero existían márgenes económicos y políticos
que permitieron al Poder (auto atentado terrorista mediante) salir de la
recesión acelerando las tendencias dominantes del sistema: hipertrofia
especulativa, concentración de ingresos. consumismo (con fuerte caída del ahorro
personal), crecimiento de las deudas públicas y privadas y keynesianismo
militar. Todos estos aspectos se exacerbaron al extremo en los últimos siete
años, las aventuras coloniales en Eurasia terminaron empantanadas (el aparato
militar aparece ahora como una pesada maquinaria tan sofisticada y cara como
incompetente) mientras que el Estado y la población están abrumados por las
deudas.
La recesión estadounidense es más una crisis-de-deuda que una depresión causada
por el enfriamiento del consumo, la primera es el fundamento del segundo. La
súper deuda estatal ha llegado a un punto tal que su expansión ha ingresado en
un círculo vicioso que enlaza de manera perversa emisiones de títulos públicos y
de dólares cada vez más depreciados, en caso contrario el Estado debería frenar
sus gastos y/o incrementar la recaudación fiscal lo que hundiría a la economía
en una recesión aún más profunda.
Por su parte la población con ingresos medios y bajos ha sufrido las
consecuencias del estancamiento (y del descenso en un importante sector) de sus
salarios reales, el ingreso familiar promedio es actualmente inferior al del año
2000. Cuando se lanzó la burbuja inmobiliaria con una avalancha de créditos
baratos se estaba al mismo tiempo restringiendo la solvencia a mediano plazo de
una gran masa de deudores, la serpiente neoliberal terminó mordiendo su propia
cola: a mediados de 2006 el mercado inmobiliario estaba saturado, los precios de
las viviendas comenzaron a descender y en 2007 estalló la morosidad. Lo que
siguió es bien conocido.
En los años del auge el tema del inminente agotamiento del crecimiento de la
economía norteamericana sobrecargada de deudas había sido abiertamente ignorado
o negado por periodistas, expertos, grandes empresarios y dirigentes políticos
de la superpotencia. Los negocios prosperaban ¿quien se hubiera atrevido en ese
período a decir que las grandes ganancias de ese entonces eran la base de un
próximo desastre?. Los pocos que se atrevieron quedaron marginados o
ridiculizados, señalados como catastrofistas, personas amargadas o amantes de
los terremotos.
Pero si la derecha pretende hacer más de lo mismo, el progresismo imperial no va
mucho más lejos, Joseph Stiglitz expresión de ese sector acaba de proponer una
variante “popular” del remedio orientada también a rehabilitar el consumo
incrementando el gasto público y en consecuencia el déficit fiscal y la deuda.
Según esa propuesta no serían beneficiados los militares y los ricos sino los
desocupados, los programas de desarrollo de la infraestructura, del sector
educativo, de salud, de ahorro de energía y de reducción de la contaminación
ambiental (1). La aspirina progresista (incompatible con el actual sistema de
poder estadounidense) y la repetición conservadora no son otra cosa que pequeños
parches impotentes ante una realidad que los desborda.
Recesión e inflación
Ahora que la recesión ha llegado al centro de la economía mundial sus
autoridades entran en pánico, perciben que sus acciones son ineficaces o incluso
contraproducentes. Las medidas antirrecesivas como los recortes fiscales en
curso, las drásticas bajas en la tasa de interés o el incremento del gasto
público traerán más déficits y deudas y si llegan a tener algún éxito, aunque
sea mediocre, alentarán la inflación; en ambos casos impulsarán la depreciación
internacional del dólar. La recesión y la inflación llegan juntas porque la
crisis financiera converge con la crisis energética que hace subir el precio del
petróleo arrastrando hacia arriba a un amplio abanico de materias primas. Los
costos de producción aumentan no solo cuando crece la economía mundial y en
consecuencia la demanda de esos productos sino también cuando la misma se
estanca e incluso cuando decae. Es así porque la extracción petrolera global
está llegando a su máximo nivel y detrás de ella las de otros recursos
energéticos no renovables como el carbón y el uranio que se encaminan hacia la
misma situación a más largo plazo pero bien antes de mediados del siglo XXI (2).
Y como sabemos el remplazo del petróleo por los biocombustibles lleva al rápido
encarecimiento generalizado de los precios de la producción agrícola, en
especial la de alimentos.
En síntesis, las autoridades norteamericanas saben que si tratan de revertir la
recesión reanimando al mercado alentarán la inflación y la caída del dólar lo
que terminará por traer más recesión pero que si buscan frenar la inflación
enfriando la economía profundizarían la recesión: un callejón sin salida.
Algunos expertos, por ahora discretos, empiezan a ilusionarse con la posibilidad
de un estancamiento prolongado pero ordenado, sin estallidos sociales ni crisis
institucionales graves, el modelo sería Japón en los años 1990. Aunque olvidan
que se trataba de una potencia de segundo orden que dispuso en ese momento de
dos tablas de salvación externas que suavizaron su aterrizaje, en primer lugar
las burbujas de prosperidad de Asia del Este que le dieron aire hasta la crisis
de 1997 y sobre todo los Estados Unidos, su principal cliente comercial, cuyo
mercado absorbió exportaciones e inversiones japonesas. Pero los Estados Unidos
son demasiado grandes, no existe una tabla de salvación externa a su medida, el
resto del mundo venia amortiguando sus desajustes fiscales y comerciales
acumulando montañas de papeles dolarizados que cada día valen menos pero esa
capacidad esta casi agotada.
La ilusión del desacople
En la última reunión de Davos se discutió mucho acerca del posible “desacople”
entre los Estados Unidos y las otras potencias industriales que tomarían de ese
modo distancia del naufragio de su hermano mayor.
Hasta hoy la globalización era presentada por la propaganda neoliberal como una
trama de la que nadie podía escapar, ahora sin mayores explicaciones se afirma
lo contrario, la red global permitiría al parecer salir del desastre a una
amplia variedad de países, dirigentes y comunicadores de algunas economías
desarrolladas las incluyen en la lista de sobrevivientes, incluso en numerosos
países periféricos los medios de comunicación locales tratan de tranquilizar a
sus poblaciones explicándoles que gracias al nivel de sus reservas
(dolarizadas), la naturaleza de sus exportaciones, su ubicación geográfica u
otra bendición del destino, esa nación no será afectada por la recesión
estadounidense (o lo será muy poco).
Pero resulta que - para desgracia de los neoliberales - los neoliberales tenían
razón: las interdependencias económicas mundiales son tan densas que como lo
estamos comprobando a diario no hay manera de desconectar los sacudones
estadounidenses (bancarios, bursátiles, etc.) del funcionamiento financiero
internacional. La burbuja inmobiliaria norteamericana fue la vanguardia de una
variada serie de burbujas similares en distintos lugares del planeta, países
como España, Inglaterra, Holanda, Australia, Irlanda, Nueva Zelandia fueron
parte activa de la fiesta. En España ya comenzó el desinfle, recientemente
Carlos March, cabeza de uno de los grupos financieros decisivos de ese país,
declaró que “la crisis inmobiliaria (española) va a durar mucho tiempo, al menos
tres años” (3), además numerosos bancos europeos y asiáticos son golpeados por
la desvalorización de títulos norteamericanos apoyados en deudas hipotecarias de
alto riesgo que compraron a manos llenas en pleno auge especulativo. La recesión
estadounidense ya afecta a Japón estrechamente asociado a la superpotencia en
los niveles comercial, financiero, político-militar, etc. Japón y los Estados
Unidos compran el grueso de las exportaciones industriales de China, columna
vertebral de su prosperidad económica, que por otra parte acumula más de 1,4
billones de dólares y papeles dolarizados en sus reservas y es atravesada por
varias burbujas (bursátil, inmobiliaria, etc.)(4).
Mucho más fuertes aún son las interconexiones entre la Unión Europea y los
Estados Unidos... lo que no le impidió al presidente del Eurogrupo Jean-Claude
Juncker declarar (a comienzos de febrero de 2008 y sin que se le mueva un solo
músculo de la cara) que “en Europa no hay riesgo de recesión al contrario que en
los Estados Unidos” (5).
Estas interrelaciones planetarias del capitalismo han sido a veces explicadas en
términos de “estafa” de la superpotencia al resto del mundo que durante un largo
período le ha estado suministrando bienes y capitales a cambios de papeles de
valor decreciente, ello le había permitido al Imperio consumir y hacer guerras
muy por encima de sus posibilidades productivas. Es lo que acaba de afirmar
George Soros (6), lo que durante muchos años era presentado como un argumento
“antiimperialista”, “desde la izquierda”, ha sido ahora asumido por el
personaje-paradigma de la especulación financiera mundial. Según él la actual
crisis “la más grave desde el fin de la Segunda Guerra Mundial” marcaría el fin
del reinado del dólar, la recesión en el mundo desarrollado y el ascenso de
naciones como China, India y algunos países exportadores de petróleo. En
síntesis, los Estados Unidos y posiblemente una parte de Europa habrían llegado
a su ocaso pero el capitalismo global quedaría a salvo gracias a la inyección de
sangre joven proveniente de la periferia... lo que les permitiría a Soros y sus
colegas continuar de manera renovada sus ingeniosos negocios.
Pero la realidad es menos simple, el mercado norteamericano ha sido el espació
decisivo para la colocación de mercancías y excedentes de capitales del resto
del mundo. Gracias a su capacidad de absorción (apuntalada por el conjunto del
capitalismo global) las burguesías de Europa, Asia y de otros continentes
pudieron realizar operaciones especulativas, inversiones productivas y
exportaciones sin los cuales sus prosperidades hubieran sido imposibles. A
partir de la crisis crónica de sobreproducción mundial (con centro en las
naciones desarrollados) iniciada a fines de los años 1960 la economía
estadounidense, crecientemente parasitaria, fue el principal sostén de la
demanda global. Las clases dirigentes de China, India, Japón o Europa no fueron
estafadas ni coaccionadas para que le cedieran bienes y capitales a la
superpotencia... solo estaban sosteniendo a su principal cliente con créditos y
precios accesibles.
Se trata de una trama internacional muy compleja en cuya cúspide se encuentran
las elites dirigentes de los Estados Unidos y numerosos países ricos y pobres
mientras que en la base se agolpan los excluídos y trabajadores superexplotados
de la periferia y una creciente masa de empobrecidos de las naciones
industrializadas. El resquebrajamiento de ese pilar central hace ahora tambalear
al sistema mundial.
El discurso acerca del ascenso del capitalismo periférico en tanto futuro líder
del mundo aparece como la componente tragicómica de la ilusión del desacople.
Los dirigentes chinos, por ejemplo, proseguirían su enriquecimiento vertiginoso
(tal vez un poco más suave) aunque no se sabe muy bien como lo harían si se
hunden los mercados norteamericano y japonés.
India y Brasil marcharían por un camino similar con sus burguesías
transnacionalizadas tal vez haciendo negocios Sud-Sud y tras ellos una variada
serie de países subdesarrollados. La sombra de la recesión cubriría a las
llamadas economías desarrolladas (en grueso encuadradas en la OCDE), que
representaron en 2007 casi el 70 % de la importaciones mundiales mientras
numerosos países del resto del mundo, vaya uno a saber gracias a que milagro, se
salvarían del desastre. No olvidemos que los más dinámicos y grandes de los
mismos basan su crecimiento en la expansión de sus exportaciones...
preferentemente dirigidas hacia las naciones ricas.
La fabula no solo es inconsistente desde el ángulo del comercio internacional
sino que lo es también (mucho más) cuando enfocamos la composición y
comportamiento de estas burguesías periféricas, transanacionalizadas, sumergidas
hasta el cuello en las burbujas financieras globales, buena parte de ellas
atrapadas por la cultura del corto plazo (el estilo de vida de los
especuladores), educadas en la rapiña y superexplotación de sus propios países.
Mundializan sus excedentes financieros ante la “estrechez relativa” de sus
mercados locales e incluso regionales (desde el punto de vista de sus
expectativas de altas ganancias) o bien empujados por la “necesidad” de extender
sus intereses al interior de tramas empresarias globales de las que forman parte
o incluso a veces ante la posibilidad de abastecer a las clases privilegiadas de
sus propios países a partir de firmas o marcas extranjeras “de prestigio”. Tres
ejemplos recientes llegados desde China ilustran bien esta realidad: el primero
de ellos se refiere a la suspensión el martes 22 de enero de 2008 de la
cotización de la acción del Bank of China (el segundo banco de China) en la
bolsa de Shanghai cuando este informó haber perdido unos 8.000 millones de
dólares en sus títulos ligados a préstamos hipotecarios norteamericanos de
riesgo (subprimes). El segundo es la compra realizada por Aluminium Corp. of
China (Chinalco) de una participación en la empresa minera anglo-australiana Rio
Tinto por una suma próxima a los 14 mil millones de dólares (7). El tercer
ejemplo es la reciente “adquisición de lujo” por parte del grupo Longhai, de la
ciudad de Quingdao en China, del viñedo francés de Chateau Latour-Laguens, la
empresa china aprovechó la marca francesa para rebautizar “”Latour-Laguens
International Wine Co” a su rama importadora de bebidas que vende a los nuevos
ricos de su mercado interno vinos australianos, italianos y sudafricanos (8).
Estas burguesías son la antítesis viviente de lo que los optimistas del
desacople y de la recomposición periférica del capitalismo pueden imaginar como
clases dirigentes medianamente estables y portadoras de proyectos productivos y
comerciales autónomos (“nacionales”) de largo plazo.
Hipertrofia financiera global y desaceleración productiva
Para entender lo que está ocurriendo es necesario reflexionar acerca del período
de “más de 60 años de duración” que nos propone George Soros, aunque no debería
ser visto como un único ciclo ascendente del crédito sino más bien como la
sucesión de dos períodos, uno ascendente entre el fin de la Segunda Guerra
Mundial (aproximadamente) y el final de los años 1960 o el comienzo de los años
1970 y otro descendente desde ese punto de inflexión hasta la actualidad.
La era de oro del mundo capitalista reconstituido con centro en el imperio
norteamericano y el dólar como moneda universal, basada en la intervención
económica del Estado, combinando según los casos keynesianismo civil y militar
tal vez dio sus primeros pasos hacia 1939, en los Estados Unidos, en ese momento
el keynesianismo militar logró allí el despegue que se transformó en una
prolongada prosperidad que se está acabando ahora. El inicio también puede ser
localizado hacia finales de los años 1940 cuando los capitalismos recompuestos
de Europa Occidental y Japón se incorporaron a la ola norteamericana.
El dinamismo productivo del
sistema comenzó globalmente a decaer a fines de los años 1960 expresándose luego
como una crisis de sobreproducción crónica que se prolonga hasta hoy (9). Una de
sus manifestaciones más evidentes fue la declinación en el largo plazo de la
tasa de crecimiento de la economía mundial donde el rol negativo principal fue
protagonizado por las naciones de alto desarrollo. La economía global creció a
una tasa anual promedio de 4,9 % entre 1950 y 1973, 3,4 % entre 1974 y 1979, 3,3
% en la década de los 1980 y 2,3 % en la de los 1990, la década actual que
comenzó con un pequeño enfriamiento continuó con la expansión-burbujeante de la
era Bush para concluir con una recesión (o estancamiento) que anuncia ser
prolongada. La desaceleración económica internacional engendró una vía de escape
para las rentabilidades productivas en baja: la expansión financiera. Un buen
ejemplo de ello es la contraposición entre la reducción de la tasa de
crecimiento de la economía mundial y el crecimiento veloz de los negocios con
productos financieros derivados que ingresaron en el período de la especulación
desenfrenada hacia comienzos de la década actual. Según el Banco de Basilea a
mediados del año 2000 los derivados representaban aproximadamente el doble del
Producto Bruto Mundial, hacia mediados de 2006 eran ocho veces superiores, y
diez veces un año después: sumaban unos 510 billones (millones de millones) de
dólares. Si a esta cifra le agregamos el resto del empapelamiento (acciones,
deudas públicas, etc.) nos estaríamos aproximando a los 1000 billones de dólares
(20 veces el Producto Bruto Mundial)...
Nos encontramos ahora en el espacio de saturación de la hipertrofia especulativa
que podrá tal vez prolongarse un poco más pero que de manera irresistible va
ingresando en una zona de múltiples turbulencias donde algunas burbujas se
desinflan y otras se expanden rápidamente en medio de un desorden financiero
generalizado. Debemos tener presente que lo que está tambaleando es el mayor
globo financiero de la historia del capitalismo.
El segundo acto
La primera etapa de la larga crisis-decadencia global iniciada hace casi 40 años
concluyó cuando la expansión financiera agotó su rol amortiguador para
convertirse en lo contrario. Si antes era el pilar del consumismo y de la
supervivencia concentradora de las grandes empresas ahora constituye el centro
de la recesión.
El punto de inicio del nuevo período suele ser situado en 2007 cuando estalló la
burbuja inmobiliaria norteamericana aunque con una visión más amplia deberíamos
localizarlo en 2001 en el momento en que la amenaza de recesión en los Estados
Unidos fue “eludida” gracias a la loca fuga hacia adelante de las peores
tendencias del sistema: militarismo, especulación, concentración de ingresos,
corrupción institucional. Ese hecho sobre determinó la marcha del mundo, no en
la dirección que pretendían los halcones de la Casa Blanca (instalación del
dominio imperial por muchas décadas) sino en sentido opuesto: se aceleró la
decadencia. Al comienzo predominó una apariencia engañosa de prosperidad
impuesta por la maquinaria mediática occidental, las economías desarrollas
tenían altas tasas de crecimiento, China, India y otras “naciones emergentes”
expandían como nunca sus estructuras capitalistas... pero la base de boom era
una especulación financiera sin frenos y con una esperanza de vida muy acotada.
Para entender mejor lo que ahora esta ocurriendo debe ser ampliado el espacio de
la crisis financiera para dar lugar a “otras crisis” que convergen con ella. En
primer lugar la crisis energética que está expresando el fin de la era del
petróleo barato (el comienzo del estancamiento de la extracción seguido a más
largo plazo por su descenso) introduciendo un sólido bloqueo inflacionario a las
políticas antirrecesivas.
Dicha crisis debe ser incluida en la bicentenaria historia del capitalismo
industrial (basado en los recursos energéticos no renovables) cuyo
funcionamiento expansivo hubiera sido imposible si no se independizaba de los
límites y ritmos de la reproducción de los recursos energéticos renovables,
abaratando y sometiendo a su dinámica a las nuevas fuentes de energía que
aparecían como reservas infinitamente grandes, siempre disponibles. Eso fue
posible gracias a una serie de proezas tecnológicas, trágicas a largo plazo, que
conformaron un mecanismo de depredación que no se podía prolongar
indefinidamente.
El estallido de la crisis energética coloca ahora al capitalismo ante un
callejón sin salida, por lo menos a mediano plazo, tiempo más que suficiente
como para que el desorden depresivo del sistema termine por producir daños
irreversibles que impidan su recomposición bajo condiciones civilizadas. Esto
significa que la futura supervivencia de la civilización burguesa debe ser
asociada con el ascenso de formas de barbarie nunca antes vistas, el parche de
los biocombustibles como reemplazante a escala planetaria esclarece bien esta
afirmación con sus secuelas de destrucción del recurso agrícola básico: la
tierra cultivable y de encarecimiento de los alimentos con los que compite en la
ocupación de ese recurso.
Este proceso depredador en su etapa de gran aceleración y control general del
planeta experimenta actualmente un enorme salto cualitativo al convertirse en
motor del fenómeno de cambio climático que amenaza a la humanidad, su mitigación
está obligada a recorrer el mismo sendero que el de la solución de la crisis
energética: la reducción y rediseño del consumo de energía a gran escala lo que
implica la transformación radical del sistema productivo ahora impulsado por la
lógica de la rentabilidad capitalista (el poscapitalismo ridiculizado en la era
neoliberal entra en escena).
Otra crisis decisiva es la del centro del mundo: los Estados Unidos, la
declinación del Imperio es no solo económica o institucional sino también
militar, su complejo industrial-militar en la cúspide de su despliegue económico
y tecnológico demuestra su incompetencia en el terreno concreto de la guerra, de
manera directa en Irak y Afganistan e indirecta en la reciente invasión israelí
al Libano. Esta crisis de la tecnología y del despilfarro militar modernos puede
ser enfocada como el más reciente eslabón de una secuencia iniciada hacia fines
del siglo XIX de militarización de la ciencia y la tecnología, de concentración
industrial en el objetivo bélico, atravesando dos guerras mundiales calientes y
una fría hasta llegar a la degradación actual.
El hecho sorprendente es la convergencia histórica de todas las crisis señaladas
que aparece como el encuentro de varios ciclos de diferente duración si pensamos
en un ciclo de los recursos energéticos no renovables (desde el carbón hasta el
petróleo despegando a fines del siglo XVIII) cuyo punto de inflexión hacia abajo
coincide con puntos similares en los otros ciclos, el financiero y el
militar-industrial nacidos a fines del siglo XIX. Pero la reflexión se
simplifica cuando visualizamos tres ciclos paralelos despegando aproximadamente
en el mismo momento si en el caso de la energía nos limitamos al del petróleo.
En este último caso podemos referirnos a componentes de un solo ciclo de algo
más de un siglo de antigüedad marcado por el desarrollo cada vez más rápido e
intenso del parasitismo (principalmente financiero y militar) y de la
depredación del ecosistema.
******
(1), Joseph Stiglitz, “How to Stop the Downturn”, The New Yor Times, January 23,
2008.
(2), Según dos estudios recientes del Energy Watch Group la cima de la
producción económicamente viable de carbón de mantenerse el actual ritmo de
crecimiento de la extracción se produciría en torno del año 2025 (Energy Watch
Group, “Coal:Resources and Future Production”, March 2007) y la del uranio diez
años más tarde (EnergyWatch Group, “Uranium Resources and Nuclear Energy”,
December 2006) en este último caso a partir de esa primera cima los incrementos
en la producción (siguiendo el ritmo actual) podrían prolongarse tres décadas
más pero con un ascenso exponencial de los costos.
(3),“ Según sus cuentas, tomando en consideración que en estos momentos se están
construyendo en cualquiera de sus fases alrededor de 1,3 millones de vivienda en
España, y que la demanda se sitúa entre 300.000 y 400.000 unidades, lo lógico es
que ese stock de viviendas no se liquide hasta pasados tres años. Carlos March,
admitió, durante la presentación de los resultados del banco, que la situación
es "preocupante" por lo que no será fácil recuperar niveles de actividad
"aceptables". El representante de una de las fortunas -mayores e históricas- del
país ha sido tajante con la actual crisis, que vive en sus propias carnes.
Corporación Financiera Alba, el brazo inversor cotizado de la familia March,
acumula una caída en bolsa del 33% en los últimos ocho meses”. Cotizalia,
05-02-2008.
(4), “Los precios de los inmuebles en China crecen imparables situándose por
encima del 8% interanual, de nada han servido las medidas dispuestas por el
Gobierno del país para intentar detener la escalada de precios... El incremento
de un 8,2% se convierte en un 10% en las ciudades donde la especulación
inmobiliaria se hace más notoria, y la tendencia se está generalizando por todo
el país... Quienes verdaderamente están haciendo su agosto de esta situación son
los bancos y entidades financieras que conceden los créditos hipotecarios, tal
es el auge de las hipotecas que incluso se ha comenzado a popularizar una
expresión entre los ciudadanos chinos, 'esclavos de las hipotecas' “. Programa
Inmobiliario, “Se infla la burbuja inmobiliaria en China” , 03-10-2007, http://www.programainmobiliario.tv/detalle.php?id=264.
(5), “No habrá recesión en Europa”, adnmundo.com, 04-02-2008.
(6), Según Soros nos econtraríamos ante “el fin de una era de expansión del
crédito fundada en el dólar como moneda de reserva internacional... un boom que
ha durado más de 60 años (y que) ha permitido a los Estados Unidos absorber el
ahorro del resto del mundo y consumir más de lo que producía”. George Soros,
“The worst market crisis in 60 years”, The Financial Times, January 22 2008.
(7),” Why Chinalco's Buying Into Rio Tinto”, Business Week, February 5, 2008.
(8) “Viñedos de Francia para los nuevos ricos de China”, Clarin-iEco, Buenos
Aires, 10de febrero de 2008.
(9), Jorge Beinstein, “La larga crisis de la economía global”, Corregidor,
Buenos Aires, 2000.
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