omo parte de una ofensiva para no caer en una profunda desaceleración
económica, China planea gastar cuatro billones de yuanes (US$581.000 millones)
en un paquete de estímulo que se concentre en vías férreas, aeropuertos y otros
activos sólidos. No obstante, apenas el 1% de esa suma se dirigirá a mejorar los
servicios sociales.
Ese balance debe ser corregido, afirman muchos académicos, para que China
siga creciendo a un ritmo acelerado y mejorando el estándar de vida de sus
ciudadanos en los próximos años. Un mayor gasto por parte de sus propios
consumidores alimentaría el crecimiento y reduciría la dependencia del país de
las exportaciones, pero eso no sucederá a no ser que el gobierno alivie la carga
sobre las familias, para que puedan tener dinero para educación, salud y la
tercera edad. Una población más saludable y mejor educada también debería ser
más productiva.
"Es necesario invertir en capital humano para producir altas tasas de
crecimiento en el futuro", afirma Khalid Malik, director del Programa de las
Naciones Unidas para el Desarrollo en China.
Es fácil entender por qué China está haciendo una inversión tan cuantiosa en
infraestructura. La construcción es el sector de la economía que ha perdido más
fuerza y, por lo tanto, es el que necesita más apoyo. Invertir en obras de
infraestructura produce dividendos rápidos y es una estrategia probada que China
empleó en 1998 para escapar de la crisis asiática.
Sin embargo, la mejora de la infraestructura podría ser insuficiente para
sostener un crecimiento a largo plazo, especialmente en China, que ya tiene una
de las mayores tasas de inversión entre las principales economías del mundo.
Algunos temen que, a la larga, China pudiera transitar el mismo camino que
Japón, que continuó gastando incluso después de que se acabaran los proyectos
que valieran la pena.
Sin embargo, establecer una red de respaldo social ha resultado ser una tarea
particularmente complicada en China. El presidente Hu Jintao y el primer
ministro Wen Jiabao han convertido a los programas sociales en una alta
prioridad, pero el gasto habitualmente ha estado por debajo de las promesas del
gobierno. En 1997, el gobierno afirmó que para 2000 gastaría 4% del Producto
Interno Bruto (PIB) anual de China en educación. La meta nunca se alcanzó: el
gasto del año pasado ascendió a 2,8% del PIB.
"No nos faltan metas ni objetivos. Lo que nos falta son políticas y medidas
específicas para lograr esos objetivos", dijo recientemente Zhao Dianguo,
director del departamento de seguro social rural del Ministerio de Recursos
Humanos y Seguro Social, en un foro de la ONU.
En Estados Unidos, la expansión de los programas sociales es una parte del
arsenal convencional de medidas para hacer frente a las desaceleraciones
económicas. El Congreso ya ha aprobado una extensión de los beneficios de
desempleo y es probable que haya más iniciativas de este tipo en el paquete de
estímulo que el presidente electo Barack Obama ha prometido impulsar luego de
que asuma su cargo en enero.
Entre las opciones que se barajan figuran programas para ayudar a que las
familias de menores ingresos paguen sus gastos de salud y compren comida además
de becas universitarias.
Meses atrás, el gobierno del presidente George W. Bush ofreció devoluciones
de impuestos para impulsar el gasto de los consumidores. Pero recurrir a los
impuestos individuales no sería de mucha ayuda en China. Eso se debe a que, en
primer lugar, el incipiente sistema tributario cubre a muy pocas personas.
Asimismo, aumentar el gasto social es sorpresivamente difícil en China porque
suele ser poco claro qué partes del gobierno son responsables de financiar y
llevar adelante los programas. China es un país enorme con una burocracia
enorme: tiene 31 provincias, 333 municipalidades, 2.859 condados y 694.745
aldeas rurales. Durante décadas, Beijing ha dejado estos asuntos en las manos de
las autoridades locales.
Los funcionarios locales suelen estar más interesados en apoyar proyectos
industriales que apuntalan sus ingresos fiscales que en expandir programas
sociales que sólo les cuestan dinero. Por ejemplo, el programa para complementar
los ingresos de los que menos ganan —alcanza sólo a una fracción de la gente que
reúne los requisitos para recibirlo, y no se ha expandido de forma significativa
en los últimos años.
Muchas de las instituciones públicas de China colapsaron durante la
transición a una economía de mercado y en su mayoría no han sido reemplazadas.
En la China de hoy, la ayuda social a los más pobres y las pensiones para los
mayores son mínimas. Y hay poca o ninguna cobertura médica gubernamental o
privada.
La carencia de una red de seguridad social es una de las grandes razones por
la que los chinos ahorran tanto. Las familias urbanas ahorran más de una cuarta
parte de sus ingresos, un porcentaje que ha crecido con el tiempo. Esa capacidad
de ahorro es menos una señal de virtud que de las grandes presiones que hay
sobre la mayoría de las familias.