o han pasado ni 24 horas desde la
celebrada dimisión de Pervez Musharraf de la presidencia de Pakistán y el
gigante islámico con dientes nucleares ya podría estar precipitándose a su
primera crisis: las esperadas negociaciones entre los decadentes socios
"democráticos" de la coalición sobre la formación del nuevo gobierno terminaron
este martes sin resultado.
Además la guerra interna por el
poder proyecta una crisis institucional que complica la continuidad de los
planes de control militar del país, sobre todo en la peligrosa frontera con
Afganistán donde los grupos talibanes han recrudecido sus operaciones tanto
hacia Afganistán como hacia adentro de Pakistán.
En esta pelea de conventillo,
respecto del destino de Musharraf, los partidos mayoritarios no acuerdan sobre si debe
recibir inmunidad o ser enjuiciado por sus supuestos delitos, entre los que
se incluyen el desvío ilegal de fondos y hasta acusaciones de traición.
Esto crea, a su vez, un
malestar en las fuerzas armadas y en los servicios de seguridad donde sus
oficiales, mayoritariamente, siguen una marcada línea de fidelidad a Musharraf quien
los privilegió económicamente con los cuantiosos fondos otorgados por Washington
como "ayuda" para la guerra contra el "terrorismo".
Este cuadro de descomposición y
decadencia del poder, a su vez hace pensar a los analistas en una posible
salida militar del conflicto (muy al estilo de Pakistán) por medio de la
cual Washington podría intentar restablecer el control en una región de alta
importancia estratégica para su dominio en la región.
Un grupo de parlamentarios pidió durante un debate en la Asamblea Nacional que
Musharraf no abandone el país y sea enjuiciado en "un proceso claro y
transparente", informó la prensa local. A su vez, miembros de la oposición, en
especial de la Liga Musulmana Paquistaní, defendieron al ex presidente.
Finalmente, la mayoría de los legisladores del Partido Popular abogó por dejar
la decisión sobre el futuro de Musharraf a una votación parlamentaria.
Dirigentes de los cuatro partidos
mantuvieron un encuentro infructuoso de más de cinco horas el martes, en el que
no consiguieron llegar a un acuerdo sobre la restauración de los jueces
destituidos por Musharraf en 2007, a pesar de que ya se habían comprometido a
rehabilitarlos "inmediatamente" después de su salida del poder.
El Partido Popular de Pakistán (PPP) y la Liga Musulmana de Pakistán-Nawaz (PML-N)
no pudieron ponerse de acuerdo sobre la modalidad de restitución de los 60
magistrados y de la sucesión de Musharraf.
"Éste era el momento que la amplia mayoría de la clase política esperaba", clamó
en su editorial el rotativo Dawn, que hizo un llamamiento al Gobierno
para que se enfrente "a los problemas más acuciantes que atraviesa la nación"
y no se enzarce en uno de sus "regateos eternos" con el relevo de Musharraf.
Precisamente, fueron las desavenencias entre el PPP y la PML-N sobre el el tema
del Supremo las que desencadenaron la ruptura del Gobierno el pasado mes de
mayo, cuando los ministros de la Liga abandonaron sus cargos para presionar al
partido de Asif Zardari, el viudo de Benazir Bhutto.
"Los paquistaníes se darán cuenta
de que Musharraf no es el motivo de todos los males", comenta el sociólogo Ikram
Sehgal citado por Reuters.
El gobierno apenas dio valor
alguno en los últimos meses a enfrentar problemas urgentes como la mejora de la
situación económica y de la seguridad en el país, afirma Sehgal.
Los expertos temen que el vacío de
poder y la guerra interna por el poder haga resurgir el conflicto político entre
el PPP y el PML-N que ya asoló el país en los años 90 y que dio un motivo a
Musharraf para su golpe de Estado en 1999.
El cuadro de inestabilidad
política se produce en un momento en que la mayoría del territorio de
Pakistán se encuentra envuelto en conflictos armados y atentados "terroristas".
Un portavoz de los talibán paquistaníes amenazó este martes abiertamente con
atentados suicidas en todo el país si las fuerzas de seguridad no ponen fin
de inmediato a sus operaciones militares en las regiones tribales fronterizas
con Afganistán.
Este es el punto clave que hoy
debe enfrentar Washington sin la presencia de su hábil aliado "contraterrorista"
Pervez Musharraf.