unque se aleguen varias razones que lo justifican, no es fácil entender por
qué un presidente, elegido en la primera semana de noviembre, haya de
esperar al 20 de enero del año siguiente para acceder al cargo y empezar a
ejercer las responsabilidades propias del mismo. Transcurren así once
semanas durante las cuales el presidente saliente está dedicado a planear su
inmediato retiro y el presidente electo espera con impaciencia el momento en
que asuma el poder para el que ha sido democráticamente elegido.
Ese improductivo periodo de transición es aún más chocante en una época
como la actual, en la que se abate sobre el mundo una crisis económica de
graves proporciones, cuyo origen está precisamente en EEUU y cuya evolución
es, hoy por hoy, impredecible. Además, EEUU sostiene dos guerras activas y
se enfrenta, como otros países, al acelerado auge del terrorismo de los
fundamentalistas islámicos, cuyo más reciente zarpazo cayó sobre Bombay. En
esas circunstancias, cualquier pérdida de tiempo puede ser irremediable.
La irregularidad que causa tal retardo se pudo comprobar en la
conferencia que sobre la crisis económica tuvo lugar en Washington el pasado
15 de noviembre. Fue convocada por un presidente Bush cuyo prestigio se
hallaba ya bajo mínimos y cuya capacidad de maniobra operativa era casi
nula; a ella declinó asistir Obama, aduciendo, con sobrada razón, que no
podían existir a la vez dos presidentes activos en un mismo foro
internacional. La inutilidad práctica de la citada conferencia, como ha
podido comprobarse, se debió mucho a la ausencia de un presidente de EEUU en
plenitud de sus funciones.
En el caso actual es todavía más sorprendente el hecho de que el único
vínculo personal entre el Gobierno saliente y el entrante sea el último
"señor de la guerra" de Bush, su secretario de Defensa, Robert Gates, quien
ha sido confirmado en el mismo cargo por Obama. Por tanto, será el único
miembro del Gobierno de Bush que, sin abandonar su despacho en el Pentágono,
pase a formar parte del primer Gobierno de Obama.
De ahí que sus declaraciones adquieran cierta relevancia, como las que
efectuó la pasada semana, con motivo de una actividad del prestigioso
"Instituto Internacional de Estudios Estratégicos" de Londres. Dedicado al
estudio de los conflictos político-militares, este organismo convocó una
conferencia de seguridad regional en Manama, la capital de Bahréin, a la que
asistieron representantes de los Estados del Golfo Pérsico. Con un pie
asentado todavía en la política de Bush y el otro afianzándose en la de
Obama, Gates declaró que EEUU "seguirá implicado en Oriente Medio, mediante
sus esfuerzos para luchar contra el terrorismo y para desarrollar una
solución biestatal entre Israel y el pueblo palestino".
Tocaba así dos importantes cuestiones sobre las que no existe unanimidad
entre los analistas políticos de dentro y de fuera de Israel: la vinculación
entre el terrorismo islámico y el problema palestino, y la fórmula más
adecuada para resolver éste. Más bien, cabe asegurar, son cada vez mayores y
más fundadas las discrepancias que se aprecian en relación con lo expuesto
por Gates.
En la actual situación, es prácticamente imposible la creación de un
Estado palestino viable, a menos que no se diera marcha atrás en la política
de asentamientos judíos en tierras palestinas y cambiaran radicalmente casi
todos los parámetros asumidos por el Gobierno de Israel en relación con esta
cuestión. Tampoco existe la menor certeza razonable de que, resueltas
plenamente las reivindicaciones palestinas, el terrorismo de base islámica
fuera a desaparecer del planeta, dado que las raíces que lo alimentan se
nutren en muy diversos estratos políticos y sociales, hasta el punto de que
no es disparatado afirmar que su apoyo a las reivindicaciones palestinas es
simplemente táctico y coyuntural.
Otras declaraciones de Gates, de índole más práctica, le llevaron a
insistir en la necesidad de aumentar los esfuerzos bélicos en Afganistán,
afirmando que se disponía a enviar un refuerzo de 20.000 efectivos. Por otra
parte, mostró un prudente temor de que tal aumento podría agravar la
sensación de los afganos de estar soportando a un ejército de ocupación.
"Tendremos que pensar mucho cuántas tropas enviamos", afirmó, quizá para no
comprometerse antes de que Obama adopte oficialmente su decisión al
respecto.
Que el enlace entre Bush y Obama sea el secretario de Defensa puede ser
debido a que el nuevo presidente no prevé, por el momento, modificar
notablemente la política de defensa de EEUU, lo que no estaría en línea con
sus declaraciones electorales; o también a que está tan seguro en sus
percepciones políticas que consideraría que un heredero político de Bush, no
tan desprestigiado como su antecesor en el cargo, el nefasto Donald Rumsfeld,
podría ser el mejor instrumento para ponerlas en práctica. El tiempo lo
dirá.