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Robert Gates, secretario de Defensa estadunidense, fue ratificado en su cargo
para el próximo gobierno encabezado por Barack Obama. (Foto AP)
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Bob Gates, secretario de Defensa que repite con Obama, publicó un ensayo
susceptible de transformar el abordaje bélico de Estados Unidos en el ambiente
multipolar (ver Bajo la Lupa; 7.12.08): “Una estrategia balanceada: la
reprogramación del Pentágono para una nueva era” (Foreign Affairs;
enero-febrero 09), que rompe con la tradicional inercia burocrática y exhorta al
enfoque primario en los “conflictos no convencionales de hoy y mañana”; es
decir, la “guerra asimétrica” que ha parado de cabeza al ejercito más poderoso
del mundo, tanto en Irak como en Afganistán, y que expuso la vulnerabilidad de
Israel, principal aliado de Estados Unidos en el Gran Medio Oriente, frente a la
guerrilla chiíta Hezbollah en Líbano.
Por Alfredo Jalife-Rahme
- La Jornada, México
"El trauma de la catástrofe militar de Estados Unidos frente a la insurgencia
guerrillera de sunitas y chiítas de Irak ha obligado a la “reprogramación” del
Pentágono para lidiar con el nuevo desafío de la “guerra asimétrica”; es decir,
la “Guerra de la Cuarta Generación” de William S. Lind (ver Bajo la Lupa;
25.6.08), a quien nunca cita el “realista” Gates.
La nueva Estrategia Nacional de Defensa (NDS, por sus siglas en inglés)
pregona un balance entre la modernización ineludible de las fuerzas
convencionales, que absorben el aplastante presupuesto burocrático del
Pentágono, y las nuevas necesidades más flexibles de la “contrainsurgencia”,
para contrarrestar la “guerra asimétrica” que no goza de simpatía pecuniaria de
los fiscalistas militares ni del Congreso: “lo que los militares denominan
operaciones cinéticas deben estar subordinadas a medidas destinadas a promover
una mejor gobernación, programas económicos que estimulen el desarrollo, y
esfuerzos (sic) que canalicen los agravios entre los descontentos, reclutados
por los terroristas”.
Refiere que “Estados Unidos nada probablemente ni próximamente repetirá otro
Irak o Afganistán; es decir, un cambio de régimen forzado seguido por la
construcción del país bajo fuego”. El grave problema, a nuestro juicio, es que
la “Doctrina Bush” de “guerra preventiva” con disfraz democrático cambia los
regímenes aniquilando eternamente a los países.
De ahora en adelante, tal tarea reconstructiva se realizará mediante
“abordajes indirectos, primordialmente, la edificación de la capacidad de
gobiernos socios y sus fuerzas de seguridad”. ¿Algo así como el fracasado Plan
Colombia y su caricatura funesta, la calderonista Iniciativa Mérida?
Su temor versa sobre las “consecuencias de no abordar adecuadamente los
problemas expuestos por las insurgencias y los estados fracasados”. Sin
definirlo explícitamente, expone la ominosa situación de Pakistán, ejemplo de
“un Estado nuclear que puede colapsarse en caos y criminalidad”.
La “contrainsurgencia” no es la forma preferida del Pentágono para librar sus
“guerras largas”, por lo que los “esfuerzos (sic) militares de Estados Unidos
deberán integrarse y coordinarse con las agencias civiles, así como
comprometerse con el conocimiento del sector privado, que incluya a las ONG y a
la academia”. ¿Dónde quedan los mercenarios privados y depravados tipo
Blackwater?
La verdadera victoria “es conseguir un objetivo político”, como definió
Clausewitz, cuando los “potenciales adversarios –desde las células terroristas,
pasando por los estados-canalla hasta los poderes emergentes– poseen en común
haber aprendido que es imprudente confrontar a Estados Unidos directamente en
términos militares convencionales”. Coloca en perspectiva las “amenazas
convencionales” de Rusia y China: “la flota de guerra estadunidense es todavía
la mayor de las siguientes 13 armadas combinadas del mundo, 11 de las cuales son
aliadas o socias de Estados Unidos”.
Repele el fantasma de la guerra fría y aduce que las “motivaciones
de Rusia” en el Cáucaso “representan el deseo de exorcizar su humillación pasada
para dominar su periferia inmediata, y no constituye una campaña ideológica para
dominar al mundo”.
Recuerda haber sido, durante su estadía en la CIA, un experto en la medición
del poderío militar soviético y deduce que la Rusia de hoy es una sombra de su
antecesor soviético”, con severos problemas demográficos.
Alega que en el “mediano plazo” el “predominio de Estados Unidos en la guerra
convencional es sostenible”, y realiza una pregunta acuciante: “¿En qué lugar
libraremos una larga guerra convencional?” Con ausencia de enemigos mayores al
frente, tal pregunta “realista” seguramente perturbará a los superbélicos
neoconservadores straussianos.
Su preocupación se centra en lo que denominamos el “Síndrome Hezbollah”:
cuando las “milicias, grupos insurgentes, otros actores no estatales y militares
de los países en vías de desarrollo adquieren cada vez más tecnología, letalidad
y sofisticación, como fue ilustrado por las pérdidas y la victoria de propaganda
que Hezbollah fue capaz de infligir a Israel en 2006. El realmacenamiento de
Hezbollah en misiles y cohetes empequeñece el inventario de muchos países”.
Gates cita a dos académicos militares: Michael Evans, quien describió las
próximas guerras “en las que Microsoft coexistirá con machetes y la tecnología
furtiva se conjugará con hombres-bomba”, y a Frank Hoffman, quien percibía que
los “escenarios híbridos” (con “tácticas de destrucción” que van “de lo simple a
lo sofisticado”) combinan “la letalidad del conflicto estatal con el fervor
fanático y prolongado de la guerra irregular”.
Recopila que en los recientes 40 años, con excepción de la primera Guerra del
Golfo, las guerras que ha librado Estados Unidos han sido de corte “no
convencional”: Vietnam, Líbano, Granada, Panamá, Somalia, Haití, Bosnia, Kosovo,
Afganistán, Irak y el Cuerno de África.
Invoca al general Charles Krulak, comandante del cuerpo de marines,
quien predijo hace una década que en lugar del bien amado “Hijo de la Tormenta
del Desierto”, los militares de Occidente están confrontados con el indeseable
“hijastro de Chechenia”.
Sin expresarlo explícitamente, Gates asesta una severa crítica al RAM
(Revolución en Asuntos Militares), el espejismo de su antecesor Donald Rumsfeld
y sus aliados neoconservadores straussianos: “no se debe descuidar la dimensión
sicológica, cultural, política y humana de la guerra que es inevitablemente
trágica, ineficiente e incierta, por lo que es importante ser escéptico de los
análisis de sistemas, de los modelos computacionales y teoría de juegos, que
sugieren lo contrario”.
Sugiere que “habría que ser modestos sobre lo que la fuerza militar puede
lograr y lo que la tecnología puede conseguir”, y concluye que durante sus 42
años de servicio en la “arena de la seguridad nacional” aprendió que dos de las
más importantes cosas son “la apreciación de los límites y el sentido de
humildad”.
Se quedó corta la Metamorfosis de Franz Kafka.