Si eres rico, los que tienen
dinero nos quieren hacer creer que debes de ser muy listo. Y si eres muy rico,
entonces todavía has de ser más listo.
Por Sam Pizzigati (*) - Revista
Sin Permiso
Traducción para www.sinpermiso.info: Sandra González
Quizá casi tan
listo como Henry Paulson – o cualquier otro alto ejecutivo de repente sospechoso.
Este no ha sido un buen otoño para las brillantes superestrellas que se sientan
en lo alto de la pirámide económica de EEUU. Su genio de repente parece
sospechoso. Desde Wall Street hasta Silicon Valley pasando por Hedge Fund
America, los chicos listos se están tambaleando. Consideren por ejemplo a Henry
Paulson, nuestro asediado secretario del tesoro de EEUU. Paulson llegó al
departamento del tesoro hace dos años, procedente de Goldman Sachs, el banco de
inversión mas aclamado de la nación. A lo largo de su carrera en Goldman,
incluyendo ocho como director general (CEO), Paulson ha amasado una
participación en la empresa cuyo valor está estimado en 500 millones de dólares
en el momento del canjeo. Nadie en Wall Street le envidió un centavo. En “un
feroz mercado compitiendo por el talento intelectual”, los habitantes de Wall
Street creían, la brillantez de Paulson había ayudado a establecer a Goldman
como “la firma preeminente de su clase”. Los ingresos en Goldman subieron,
durante el exitoso periodo de Paulson como director, de 8’5 a 46 miles de
millones de dólares, y las ventas de 2’4 a 11’6 miles de millones.
El pasado septiembre, con la economía estadounidense en vía de naufragar en la
crisis, los comentadores encontraron en su historial una fuente de consuelo. “El
Presidente puede que no tenga ni idea”, decía la sabiduría convencional, pero al
menos la nación tiene a verdaderos cerebros en la Tesorería. “Este antiguo
banquero de inversión” pronunciaba una historia de portada en Newsweek: “puede
ser el hombre correcto en el momento acertado”.
Ahora, dos meses después, la reputación de genialidad de Paulson se ha ido al
mismo foso que la economía de EEUU. Paulson parece haber estado esposado a la
operación de rescate prácticamente desde el principio. La semana pasada, en la
audiencia de Capitol Hill, el congresista Gary Ackerman de Nueva York atacó a
Paulson por “pilotar un avión de 700 miles de millones de dólares dejándose
llevar por el instinto”.
Mientras tanto, en Silicon Valley, Jerry Yang anunció el pasado lunes que
renunciaba a su cargo como director general de Yahoo!, el ahora en problemas
centro neurálgico de Internet. Yang, un estudiante de doctorado en ingeniería
eléctrica en Stanford, co-fundó Yahoo! en 1995, y salió de la burbuja dot.com
con el estatus de milmillonario. Personificó, más que nadie, los asombrosos
genios de veintitantos años punteros de la era conectada. Yang se apartaría a un
segundo plano en el 2001, después de escoger a su sucesor Terry Semel,
proveniente de la industria del entretenimiento. Semel continuaría con media
docena de años fenomenalmente lucrativos. Se llevó 230 millones en beneficios de
bolsa en el 2004, y después se embolso 71’7 millones de dólares en
compensaciones en el 2006, más del doble de lo que se llevó ningún otro
ejecutivo ese año en Silicon Valley.
Por desgracia, Yahoo! no lo hizo tan bien, perdiendo cuota de mercado a diestra
y siniestra. Los directores de la compañía acabaron enseñando a Semel la puerta
a mediados del año pasado.
Yang vino al rescate. El genio fundador de Yahoo!, esperaban los observadores,
salvaría noblemente la compañía. Pero no fue así. Durante sus 18 meses como
director general, el milmillonario ha deambulado de error en error.
Yang, tal y como lo explicó un analista de la industria la semana pasada en el
New York Times, ha pasado su tiempo “arruinando completamente” una posible
fusión con Microsoft – y maquinando “múltiples restructuraciones en la compañía
que han hecho poco por restaurar la confianza de propietarios, trabajadores y
clientes de Yahoo!”.
Yahoo! está actualmente echando al 10 por ciento de sus 15.000 trabajadores.
Citigroup, el banco más grande del mundo, en un abrir y cerrar de ojos acaba de
anunciar planes para echar a 30 veces más ese número de trabajadores: el 20 por
ciento de la fuerza laboral del gigante de la banca.
La semana pasada, el banco liquidó el fondo de inversión Citi, que había llegado
a manejar 4’2 mil millones de dólares. Era la novena vez en pocos meses que el
banco “había tenido que liquidar o rescatar un vehículo en su división de
inversión alternativa”. Estas noticias hicieron que las opciones de Citi bajaran
a un mínimo en 16 años. El banco, que valía 180 mil millones de dólares hace un
año, ahora tiene un valor de mercado de apenas 20. El bajón catastrófico de Citi,
entonó el Wall Street Journal la semana pasada, ilustra “qué ocurre cuando el
mercado pierde su confianza en la habilidad de una compañía de hacer, bueno,
cualquier cosa”. Esto son malas noticias para el director general de Citi,
Vikram Pandit. Se rumorea que está con un pie fuera, menos de un año después de
que tomara el cargo más alto del banco.
El consejo de Citi había albergado grandes esperanzas para Pandit. ¿Cómo de
grandes? Para atraer el genio de Pandit, el consejo del banco compró el fondo de
alto riesgo que Pandit había fundado un año atrás. La transacción le dejo a
Pandit 165 millones de dólares. Después, en enero, un mes después de nombrar a
Pandit director general, el consejo de Citi le dio un paquete de incentivos en
acciones valoradas en otros 30 millones de dólares. Al fin y al cabo, se debe
mantener bien implicada a la gente inteligente. O así piensan los consejos en
Wall Street y la América Corporativa. Y todos ellos deben de ser gente lista,
¿no? ¿Qué cómo lo sabemos? Porque todos ellos son ricos.
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(*)Sam Pizzigati es el editor general de Toomuch.org