Algunos periodistas políticos que tienen acceso a las orejas de
Barack Obama dicen haberle preguntado varias veces durante el fin de semana la
razón para nominar un equipo de seguridad nacional, comenzando por la futura
secretaria de Estado, Hillary Clinton, que está mucho más sesgado hacia la
derecha ideológica de lo que el presidente electo se ha mostrado durante su
campaña. La respuesta invariable ha sido: "El cambio provendrá de mi, yo soy
quien tomará las decisiones".
Por Oscar Raúl Cardoso
- Clarín
¿Será así? Es imposible saber hasta que las nominaciones sean convalidadas por
el Senado -lo que se descuenta que ocurrirá sin mayores problemas- y el
gabinete comience a funcionar. El criterio empleado por Obama muestra
tempranamente algunas sombras de duda. El riesgo se puede percibir a simple
vista.
Pocos de los nombres ofrecidos ayer prometen ser la clase de funcionario que
se obsesiona por decir que sí a su jefe o que intente disimular su propio
perfil en las decisiones más relevantes. Dos ejemplos: ni Clinton ni el
general retirado (Infantería de Marina) James L. Jones, futuro asesor de
seguridad nacional, que en dos oportunidades rechazó otras tantas invitaciones
de la administración de George W. Bush para convertirse en el segundo hombre
del Departamento de Estado, aparecen como proclives al bajo perfil y al
silencio.
Se puede argumentar que las circunstancias de Obama son tan excepcionales que,
en la selección, éste se cuidó de compensar uno de los ángulos más vulnerables
de su perfil, esto es la ausencia de experiencia en funciones ejecutivas y su
limitado conocimiento de la política en Washington. ¿Pero habrá
sobre-compensado y al hacerlo habrá gastado de modo anticipado el período de
"luna de miel" del que tradicionalmente gozan los nuevos mandatarios?
Obama está armando su equipo de gobierno en el contexto de una formidable
crisis económica y en un país que -confirmó ayer el Buró Nacional de
Investigación Económica, una entidad no partidaria- está en recesión desde
diciembre del 2007. Un dato interesante es que la historia muestra que una
recesión de la economía estadounidense dura entre ocho y diez meses, pero una
global -como se considera a la presente- se arrastra durante un plazo que va
desde los 18 a los 24 meses.
Uno de los rasgos más deletéreos de esta crisis es la pérdida de puestos de
trabajo en el país que es su epicentro, 1.200.000 desde el inicio de la
recesión que serán unos 2.000.000 cuando Obama asuma a fines de enero próximo.
Es verdad que Obama insistió durante la competencia política en la que
finalmente triunfó que él era la figura que lograría superar el faccionalismo
que afecta a la política estadounidense y volver a unir al país. Pero esto se
dice de modo mucho más fácil de lo que se hace. En el siglo XIX otro
presidente, Abraham Lincoln, que asumió cuando el país se deslizaba hacia la
guerra civil, intentó la misma fórmula plural y, dicen los historiadores, sin
demasiada suerte.
Y conservar a Robert M. Gates al frente del Departamento de Defensa donde
sirvió a Bush administrando lo más reciente de la guerra de Irak supone un
riesgo de decepción en un electorado que le aprobó su crítica del conflicto y
su promesa de retirar del Golfo Pérsico a las tropas estadounidenses. Obama
admite ahora que esto no sucederá antes de los 16 meses, aunque es posible
que, como en otras cosas, esté ahora confiando en la capacidad de un esfuerzo
bélico difícil de sostener en este tiempo.
¿Y la coherencia? La puja electoral está aún tan fresca que casi se puede
escuchar el eco de lo dicho en su transcurso. Como cuando Clinton disputaba
con Obama la candidatura demócrata y lo acusó de no tener experiencia en los
asuntos mundiales. Obama respondió entonces que su contrincante había conocido
muchos líderes mundiales durante sus 8 años como primera dama pero "sólo para
tomar el té".
Algo es seguro; la maquinaria político-administrativa que monte Obama deberá
funcionar bien desde el minuto cero, algo que no se les exigió a muchos de sus
predecesores. Pero claro este presente es, en verdad, un mundo diferente donde
el margen para el ensayo y error se ha reducido a casi nada.