rente a las crisis financieras, geopolíticas y climáticas del petróleo, las
empresas y el gobierno de Estados Unidos están dedicando fuertes inversiones a
desarrollar fuentes de energía y materiales que no dependan de éste.
Una de las líneas principales es el desarrollo de la llamada “economía del
azúcar” o “economía de carbohidratos”, una nueva escalada tecnológica que
aumentará la disputa por tierras, plantaciones y cultivos agrícolas, con
efectos devastadores para la biodiversidad, los campesinos e indígenas.
Esta nueva forma de producción se basa en el uso de biomasa (cualquier
materia prima biológica) a la que se le extraen azúcares, que fermentados se
pueden convertir en combustibles o directamente en sustancias como plásticos y
otros. Así se produce etanol a partir de maíz, caña de azúcar y otros
cultivos. Pero está demostrado que esta generación de agrocombustibles está
plagada de problemas –compite con la producción de alimentos (por tierra, agua
y/o por el propio cultivo) y usa incluso más petróleo para su producción del
que dice que sustituiría–, por lo que las empresas están haciendo otras
apuestas tecnológicas.
Las grandes empresas trasnacionales que controlan ése y otros sectores
claves (semilleras –incluyendo transgénicos–, cerealeras, petroleras,
fabricantes de automóviles, monocultivos forestales, fábricas de celulosa,
farmacéuticas) apuestan a la biología sintética, o como le llama el Grupo ETC,
a la ingeniería genética extrema.
Consiste en construir microbios artificiales que aceleren los procesos de
extracción de azúcares, su fermentación y su conversión en químicos, polímeros
y otras sustancias, a partir del uso de insumos biológicos como cultivos
agrícolas y forestales, pastos, algas, etc., con el objetivo de producir
combustibles, plásticos, tintes, cosméticos, fármacos, adhesivos, textiles y
muchos productos más.
La diferencia con los organismos transgénicos es que la inserción de
material genético no proviene de otro ser vivo existente, sino que son
secuencias diseñadas artificialmente en laboratorio, o modificando con
ingeniería el metabolismo de microbios existentes. La meta, como anunció el
nefasto genetista Craig Venter, es crear nuevas formas de vida completas,
totalmente artificiales.
El uso de este tipo de microbios vivos artificiales conlleva un aumento
exponencial de los riesgos y problemas que plantean los transgénicos al
medioambiente y a la salud. Otra grave consecuencia inmediata, será una
disputa de tierras aún más agresiva, para usar la biomasa natural o cultivarla
para satisfacer la demanda de insumos de esta nueva forma de producción.
Las empresas de biología sintética usan nombres nuevos: Amyris
Biotechnology, Athenix, Codexis, LS9, Mascoma, Metabolix, Verenium, Synthetic
Genomics y otras. Pero quienes están detrás o asociados con ellas, son las
principales petroleras (Shell, BP, Marathon Oil, Chevron); las empresas que
controlan más de 80 por ciento del comercio mundial de cereales (ADM, Cargill,
Bunge, Louis Dreyfuss); el oligopolio de semilleras y productoras de
transgénicos y agrotóxicos (Monsanto, Syngenta, DuPont, Dow, Basf); las
mayores farmacéuticas (Merck, Pfizer, Bristol Myers Squibb), junto a General
Motors, Procter & Gamble, Marubeni y otras.
Con este tipo de empresas, en varios casos financiadas por el Departamento
de Energía de Estados Unidos, es claro que se trata de emprendimientos
concebidos para apropiarse y mercantilizar la mayor cantidad posible de
biomasa del planeta. Según un estudio de ese Departamento, en el mundo se
utiliza 24 por ciento de la biomasa del planeta (en forma claramente
inequitativa).
Aún así, en sus planes está quintuplicar la apropiación de biomasa para uso
de ese país. Afirman que al emplear celulosa, árboles y residuos de cosecha
(lo que provocaría enorme degradación de suelos) no competirán con alimentos,
lo cual es falso.
Por ejemplo, DuPont ya instaló una “biorrefinería” en Tennessee, EUA, que
usará más de 150 mil toneladas de maíz para producir, con bacterias E-coli
modificadas con biología sintética, unas 45 mil toneladas de una sustancia
similar al nylon, llamada Sorona. Al contrario de lo que se pueda creer, este
“plástico” no es biodegradable ni compostable.
Y éste es apenas un caso. Hay empredimientos en marcha en Brasil: Amyris
Biotech firmó contratos con dos de las más grandes empresas brasileras de
producción y procesamiento de caña de azúcar –Crystalsev y Votorantim– para
este tipo de desarrollo.
Aún si esta nueva y peligrosa
tecnología no cumpliera todas sus metas, las amenazas y la disputa de recursos
y tierras avanza rápidamente y de no ser por una clara resistencia de la
sociedad civil, sus efectos serían devastadores.